Susurros en Painswick Court Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

El doctor Finch miró al médico más veterano; parecía un tanto reacio a contradecirlo.

Katherine se volvió hacia Anne.

—¿De verdad cree que alguien podría haberle dado una dosis elevada de opio o algún otro veneno?

Ella dudó un momento antes de contestar.

—Eso pensé en el momento, pero no puedo demostrarlo. Es… es posible que me equivocara.

—¿Va a quedarse con la duda? —preguntó con delicadeza el doctor Finch mirando a la señorita Fitzjohn—.

Su madre era una mujer influyente y con dinero.

Tal vez sería buena idea hacerlo todo de la manera más oficial y correcta posible para asegurarse de que no cabe ningún tipo de duda respecto a cuál ha sido la causa de la muerte, y para que…

el resto del mundo también lo tenga claro.

Katherine meditó durante un momento.

—Estoy de acuerdo. ¿Pueden llamar ustedes al forense o debería mandar a Buxton a buscarlo?

—Creo que se encuentra en Stroud —dijo el doctor Marsland—. Le pediré a la policía que lo avise.

—Gracias. —Luego se volvió hacia Anne—. Por favor, quédese con nosotros al menos hasta que el forense termine. Es posible que tenga preguntas para usted.

Anne asintió.

—Por supuesto.

—Y, por favor, que nadie toque nada, y no muevan ni laven el cuerpo antes de que el forense lo examine —añadió el doctor Finch.

—Ah, es verdad —respondió Katherine—. No había pensado en eso.

—Hace unas horas, su madre me envió a pedirle al señor Strong que viniera a verla a las cuatro —le dijo Anne—. ¿Tal vez podría usted enviar a Toby para avisarlo de que ya no se requiere su presencia?

Katherine arrugó el ceño.

—¿Quería que viniera a rezar por ella o…?

—A servir de testigo para la firma del testamento.

—¡Dios santo! Entonces no es un error solicitar que se lleve a cabo una investigación. Muy bien, me aseguraré de que lo informen. —Katherine se volvió ahora hacia el médico de más edad—. Venga, señor Marsland, lo acompaño a la salida.

La mujer salió de la habitación, acariciando a Louie, que seguía en sus brazos.

Anne se dio cuenta de que debería avisar a la señora Pratt de que a ella tampoco se la necesitaba.

Cuando los otros se marcharon, el doctor Finch se quedó un momento en la habitación. Estaba mirando a Anne con semblante preocupado.

—¿Se encuentra bien?

Anne soltó una risita desolada.

—No.

—¿Puede explicarme todo lo acontecido? Lamento tener que pedirle que reviva la situación, pero me gustaría entender qué ha pasado.

—A mí también me gustaría.

Anne le contó todo lo que recordaba, dando tantos detalles como le fue posible.

—La única razón por la que dudaba si apoyar una investigación forense es que esta podría conducir a una autopsia —explicó él después de meditar durante un momento—, y si en ella se encuentra evidencia de envenenamiento por opio, podrían meterla a usted en líos, Anne.

—Tengo pruebas de que no he sido yo.

Y entonces explicó una vez más el sistema que ella y la doncella habían desarrollado.

—Me temo que eso no supone una prueba demasiado sólida. Podría haber rellenado el frasco con otro líquido. Tiene a su disposición toda clase de medicinas en su maletín.

—Ah… No había pensado en eso. Y tampoco he hecho tal cosa.

—Ya lo sé. No dudo de usted, pero hay gente que podría hacerlo. Si a lady Celia le han administrado una dosis letal de opio, ¿se le ocurre quién podría haberlo hecho?

—Bueno, hace no mucho la oí discutir con el señor Dalby por asuntos de dinero. Ella amenazó con quitarle de su testamento. De nuevo, no tengo manera de demostrarlo, pero está claro que él tenía un móvil.

La puerta del vestidor se abrió unos centímetros y Rosa asomó la cabeza con cautela. Al ver que solo estaban allí Anne y su tío, corrió a darle un abrazo a la enfermera.

—¡Todo eso ha debido de ser horrible para usted! Lo siento muchísimo, Anne. Sé que usted nunca le habría hecho daño, diga lo que diga el señor Dalby.

—Gracias. Por casualidad no vería a nadie aquí dentro con lady Celia mientras yo estaba fuera, ¿verdad?

Rosa sacudió la cabeza.

—¿Cree que alguien pudo entrar y envenenarla?

—Creo que es una posibilidad.

—Pero ¿quién? ¿El señor Dalby?

Anne vaciló. No quería darle más razones para querer vengarse de aquel hombre, para «querer verlo sufrir», así que solo dijo:

—Es posible.

Rosa asintió.

—A fin de cuentas, le preocupaba que su tía estuviera planeando cambiar el testamento, y no precisamente para favorecerlo a él. Y yo traje el borrador de la nueva versión de la oficina de su abogado en Gloucester…

—El cual pensaba firmar esta tarde —añadió Anne—. Con el coadjutor y su cocinera y ama de llaves presentes como testigos. —Le echó un vistazo al reloj—. Son casi las cuatro. Quizá debería bajar a informar a la señora Pratt de que ya no se requiere su presencia.

—Ya la aviso yo antes de marcharme —comentó el doctor Finch.

—Gracias. —Anne volvió a mirar a Rosa—. ¿Dijo que sabía dónde estaba el nuevo testamento?

—Sí, pero no estoy segura de si sigue ahí. —Rosa se dio la vuelta con intención de iniciar la búsqueda.

—¡No! —advirtió su tío—. No podemos tocar nada hasta que el forense y su jurado hayan visto el cuerpo de lady Celia en el lugar donde murió.

—Ah… —dijo Rosa mirándolos de nuevo.

—Si lady Celia ha sido envenenada, la persona responsable seguramente sea uno de los residentes de Painswick Court —añadió el médico—. Puede que hasta se trate del señor Dalby, sí. Ahí tienes otra razón para mantenerte alejada de ese hombre, Rosa. Cuanto antes salgas de esta casa, mejor.

—No puedo marcharme esta noche. Todavía tengo que terminar algunas cosas para la señorita Fitzjohn y después debemos acordar mi paga. Pero, con suerte, podré marcharme mañana o, a más tardar, pasado mañana.

—Entonces te sugiero, les sugiero a las dos, que cierren sus habitaciones con llave antes de acostarse.

Anne se retiró a su pequeño cuarto. Parte de ella estaba conmocionada, pero otra parte aún no había digerido del todo lo ocurrido.

¿Se habría equivocado? ¿Sería posible que sus crecientes sospechas le hubieran hecho ver —y oler— cosas? ¿O de verdad había un asesino viviendo en Painswick Court?

Aquel pensamiento le arrancó un escalofrío.

A pesar de que todavía era por la tarde, no perdió ni un segundo a la hora de seguir el consejo del doctor Finch.

Todavía no tenía forma de cerrar con llave su puerta, pero sí lo hizo con la del dormitorio de lady Celia y también el del sir Herbert.

En el supuesto de que Rosa también le hiciera caso a su tío y cerrara con llave la puerta de su habitación, ambas estarían a salvo.

Anne se acercó al cuarto de Rosa para asegurarse de que lo hubiera hecho y luego regresó al suyo.

Entonces se sentó a los pies del estrecho catre, se agarró la cabeza con las manos y comenzó a sollozar. Por lady Celia, por Katherine, por su propia madre y por ella misma. Intentó rezar, pero no fue capaz de encontrar las palabras, más allá de:

—Ay, Dios mío, por favor te lo pido, no permitas que esto haya sido culpa mía.