Susurros en Painswick Court Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Tras el incidente con la digitalina, empecé a hacer marcas en los frascos y a apuntar las dosis administradas junto con la fecha.

He pedido a Rosa que verifique y firme cada una de las anotaciones.

¿Lo ven? El nivel del frasco anoche estaba en la marca número once, y todavía sigue en el número once.

Compruébenlo ustedes mismos. Además, estoy segura de que el aliento de lady Celia olía a nuez moscada y clavo, seguramente para disimular el aroma de lo que quiera que le hayan dado.

Esta mezcla, sin embargo, no contiene más que opio y alcohol.

—Podría haber usado otro frasco —dijo el señor Dalby.

—Tiene permiso para inspeccionar mi maletín de medicinas, mi cuarto y todas mis pertenencias.

—Podría haberse desecho de él antes de que llegáramos.

—¿Por qué haría tal cosa? Sobre todo, sabiendo que sería la primera a quien culparían de lo ocurrido.

—Entonces, ¿a quién está acusando?

—A nadie. No sé quién ha podido hacerlo.

—La señorita Loveday estaba intentando ayudar a mamá cuando llegamos —intervino Katherine—. Si tuviera intención de causarle algún daño, no habría tratado de salvarla.

—A no ser que quisiera parecer inocente. —El señor Dalby se cruzó de brazos.

—¡Es que soy inocente!

—La señorita Fitzjohn lleva razón. —Cuando habló, la voz del doctor Marsland sonó sorprendentemente amable—. Tratemos de calmarnos todos. Lady Celia levaba bastante tiempo enferma y su corazón se ha ido debilitando cada vez más. Es posible que solo haya muerto de causas naturales.

—Pero… —comenzó a protestar Anne.

—Ahora, por favor —dijo el doctor Marsland—, mostremos respeto por esta mujer tan querida que ha fallecido y por su hija. —Se volvió hacia Katherine—. Señorita Fitzjohn, si quiere tener un momento a solas con su madre, la esperaremos abajo, y podemos continuar esta conversación allí.

* * *

Bajaron a la sala de estar a esperar por Katherine. Esta se reunió con ellos unos minutos más tarde, con un pañuelo hecho una bola en la mano y los ojos rojos y llorosos.

Rosa regresó seguida del doctor Finch. Cuando entraron en la sala de estar, las miradas de ambos se fueron directas hacia Anne. Ella negó con la cabeza, incapaz de pronunciar las palabras a través del doloroso nudo que se le había formado en la garganta.

—¡No, por Dios! —Rosa se cubrió la boca con las manos.

El doctor Finch se estremeció.

—Siento no haber podido llegar antes.

—¿Dónde estabas? —preguntó el doctor Marsland, aunque no sonaba como una acusación.

—La señorita Cox me pidió que volviera a acudir para examinar a su madre en Damsell. He venido tan deprisa como he podido, pero parece que llego demasiado tarde.

—Lamentablemente, sí —contestó el doctor Marsland—. Aunque no estoy seguro de que ninguno de los dos pudiéramos haber hecho nada por salvarla.

Ahora que estaban todos reunidos, el doctor Marsland recorrió la habitación con la mirada.

—¿Dónde está el coronel Paine?

—No lo sé —respondió Katherine—. ¿Jude?

Este se encogió de hombros.

—No lo he visto en todo el día. Ni tampoco ayer, ahora que lo pienso.

—Yo tampoco lo he visto. Qué extraño…

El doctor Marsland les hizo un resumen de lo ocurrido a los recién llegados:

—Por desgracia, lady Celia ha fallecido.

Es una lástima, pero no es algo del todo inesperado.

Después de un somero examen, creo que la explicación más factible es que ha muerto de un fallo cardíaco.

En un primer momento, la señorita Loveday sospechó que podría tratarse de una sobredosis.

Sin duda está muy sensible con ese asunto después de su percance con la digitalina, y tal vez por eso haya sacado tal conclusión.

—Eso es algo que tendrán que determinar el forense y el tribunal que lo asista —declaró el doctor Finch—. Una autopsia demostrará si ha sido una cosa o la otra.

—Quizá no —respondió el doctor Marsland—. Ya sabes que a menudo sucede que los resultados de las autopsias no son concluyentes. Y es raro que se solicite que se haga una en casos en que la explicación más obvia parece una muerte por causas naturales.

—Bueno, si ha habido sobredosis —dijo el señor Dalby—, sigo creyendo que la señorita Loveday es la responsable.

—¿Por qué? —contestó Anne, desafiante—. No soy la única persona que tiene acceso a opio y digitalina.

—¿Se refiere usted a mí? —El doctor Marsland alzó las cejas oscuras en un gesto de asombro—. Por supuesto que, como médico, tengo acceso a ambas sustancias, igual que el doctor Finch y el boticario del pueblo. Sin embargo, dudo mucho que…

—Por no hablar de todas las casas que tienen un botiquín o un jardín —continuó diciendo Anne—. Por ejemplo, hasta la señorita Fitzjohn cultiva amapolas y dedaleras.

El doctor Marsland frunció el ceño.

—Entiendo que no estará usted insinuando ni mucho menos que la señorita Katherine…

—Cálmese, doctor —le suplicó la señorita Fitzjohn—. Y tú también, Jude. La señorita Loveday no tenía ningún motivo para querer hacerle daño a mamá.

—Bueno… —comenzó a decir el doctor Marsland.

Intercambió una mirada de incomodidad con el doctor Finch, y luego se volvió hacia Anne y siguió hablando en un tono que casi parecía pedir disculpas—: En su momento usted nos contó que no se sentía preparada para cuidar de lady Celia porque le guardaba rencor.

—¿Rencor? —preguntó Katherine—. ¿Por qué habría de guardarle rencor?

—Sí, hace tiempo albergaba cierto resentimiento por lo que sucedió con mi hermana —explicó Anne—, pero jamás le habría hecho daño. Ni a ella ni a nadie.

—¿Qué tiene que ver mamá con su hermana? —preguntó la señorita Fitzjohn arrugando el rostro manchado de lágrimas en una mueca de confusión.

Anne exhaló un suspiro.

—El señor Dalby le dijo a mi hermana Fanny que quería casarse con ella, pero que su tía había amenazado con desheredarlo si lo hacía. Hace poco hablé con lady Celia y ella negó haber estado al tanto de aquel asunto. Por eso, ya no tenía ningún motivo para guardarle rencor.

Katherine lanzó una carcajada de incredulidad y luego se volvió hacia su primo.

—¿Eso es lo que le contaste a la muchacha? ¿Que tu «tita» te obligó a romper con ella? —Volvió a mirar a Anne—. Lo lamento, señorita Loveday, pero Jude solo hace lo que Jude quiere. Si dejó a su hermana, fue porque eso es lo que quería hacer. Lo más seguro es que no fuera lo bastante adinerada.

—Qué perspicaz eres, Kat —respondió el señor Dalby con sequedad.

Anne se percató de que el doctor Finch estaba mirando a Rosa con preocupación.

El doctor Marsland carraspeó.

—Bueno, si no les importa, volvamos al asunto que nos ocupa.

Por favor, recuerden que la señorita Fitzjohn acaba de sufrir una terrible pérdida.

Tratemos el fallecimiento de lady Celia con la solemnidad que merece.

Señorita Loveday, quizá podría volver a explicarnos sus sospechas ahora que el doctor Finch está con nosotros.

Anne tragó saliva y respiró hondo con dificultad.

—Tenía las pupilas muy contraídas y la respiración y el pulso muy acelerados, hasta que de repente empezaron a detenerse.

—Eso no me sorprende —dijo el doctor Marsland—. Recuerde que llevaba tiempo tomando digitalina y láudano, y estos tienen un efecto residual. En cuanto al pulso y la respiración, definitivamente podemos atribuirlo a la hidropesía. ¿No está de acuerdo, doctor Finch?

—Mmm…, eh, sí. Aunque no he sido testigo de los síntomas que la señorita Loveday describe.

—Y el aliento le olía a opio y especias —añadió Anne.

El doctor Marsland asintió.

—Una vez más, hay que tener en consideración que lady Celia consumía láudano de forma habitual.

No es sorprendente que la habitación o ella misma olieran así.

Y usted misma lo ha dicho: en el frasco no falta láudano.

La cantidad que queda es la que, según sus diligentes anotaciones, debería haber.

¿Acaso no es eso lo que nos ha explicado?

—Bueno… sí.

—Entonces quizá quiera replantearse sus acusaciones de que ha habido una sobredosis —reflexionó Jude—, sobre todo cuando es usted la persona más susceptible de haberle dado láudano.

—¡Pero no lo hice!

El doctor Marsland apoyó el brazo en la repisa de la chimenea y tamborileó en ella con los dedos mientras observaba a la joven con atención.

—Mi instinto me dice que la crea. Por tanto, propongo que evitemos exponer a lady Celia a la indignidad de que un jurado de doce personas entre en su habitación a mirarla y toquetearla, por no hablar de los horrores que conlleva una autopsia.

Siempre y cuando usted esté de acuerdo, señorita Fitzjohn.

Katherine se encogió de hombros.

—Mamá habría odiado que le hiciéramos eso.

El doctor Marsland asintió.

—Creo que lleva usted razón. Una vez más, yo no he encontrado evidencias de sobredosis de opio. A no ser que haya alguna prueba clara de delito, por mi parte estoy dispuesto a firmar el certificado de defunción.

* * *

El doctor Finch pidió permiso para subir a darle el último adiós a lady Celia y nadie se opuso, aunque el doctor Marsland y Katherine quisieron acompañarlo arriba. El joven médico le pidió a Anne que subiera también.

—¿Les importa si le echo un vistazo de cerca, si la examino? —preguntó el doctor Finch al entrar en la habitación—. Será un momento.

El doctor Marsland vaciló y miró a la señorita Fitzjohn, a la espera de que esta respondiera.

—Siempre es bueno tener una segunda opinión —contestó ella.

El doctor Finch retiró con cuidado la sábana que cubría a lady Celia. Le miró los ojos, le olió el aliento y examinó el estado de sus extremidades.

Mientras esto sucedía, Louie salió de debajo de la cama. Anne se había olvidado de él en medio de aquella crisis.

Katherine se agachó para agarrarlo en brazos.

—Ay, pobrecito. —Lo apretó contra ella, y ambos se dieron consuelo el uno al otro.

Todos observaron en silencio durante unos minutos más mientras el joven doctor continuaba con su examen.

—¿Qué opina, doctor Finch? —preguntó al fin la señorita Fitzjohn—. ¿Cree que sería buena idea insistir en que el forense lleve a cabo una investigación? El doctor Marsland no lo considera necesario.