Susurros en Painswick Court Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Creo que tú ya has hecho más que suficiente —declaró Lady Celia.

Sus miradas se encontraron y se mantuvieron fijas, como si se batieran en duelo.

Jude Dalby fue el primero en apartar la vista.

—Entonces, perfecto, que mi presencia no te estorbe.

—No pienso dejar que lo haga.

* * *

Con Louie siguiéndola, Anne se dirigió primero a la iglesia.

No encontró al señor Strong allí, pero una mujer que estaba colocando las flores enfrente del púlpito le dijo que el coadjutor había ido a comer al Falcon Inn.

La joven se encaminó entonces hacia allí, donde encontró al clérigo disfrutando de un pastel de carne con el sacristán, y le transmitió la petición de lady Celia.

El señor Strong prometió acudir a la cita.

Aquel recado había llevado a Anne cerca de Yew Cottage, de modo que se detuvo un momento para desearle un buen día a su amiga antes de continuar su camino.

La señorita Newland fue a abrir la puerta ella misma, con la ayuda de dos muletas.

—¡Mira, Anne! El doctor Marsland vino a traérmelas antes de salir de viaje. Todavía estoy aprendiendo a manejarme con ellas.

Anne sonrió.

—Lo está haciendo muy bien para ser la primera vez.

Le transmitió el agradecimiento de la señora Burdock por los calcetines y luego regresó a Painswick Court.

Cuando entraba por la puerta de servicio, un sonido en lo alto de las escaleras hizo que levantara la mirada hacia allí.

Alcanzó a ver el dobladillo de una túnica larga ondeando detrás de alguien antes de desaparecer.

Anne dio un respingo. ¿El rey Carlos? O más bien, su espíritu.

Sintió un escalofrío y se quedó mirando hacia allí con asombro, preguntándose si se lo habría imaginado. Tenía que ser así.

Se acordó de que también debía hablar con la cocinera, por lo que bajó a informar a la señora Pratt de que lady Celia quería que subiera a su habitación a las cuatro.

—¿A su dormitorio? ¿Para qué?

—No se preocupe, no es nada malo. La señora quiere que sea su testigo cuando firme su testamento.

—Ah, ¿solo eso? De acuerdo, señorita.

La cocinera le dedicó una sonrisa de alivio antes de desaparecer en el interior del almacén.

Kezia, la fregona, se acercó a Anne mientras jugueteaba tímidamente con su delantal.

—Señorita… Estaba esperando para contarle algo. ¿Recuerda que le preguntó a Clara quién había traído el jarrón de flores aquí abajo? Yo lo vi.

—¿Sí? ¿Y quién lo trajo?

—El coronel Paine.

Para Anne aquello fue como un puñetazo en el estómago.

—¿El coronel? ¿Está segura?

—Sí, señorita. Dijo que era una sorpresa para su tía. Pensé que era un secreto, por eso no dije nada. Luego he pensado que a lo mejor sí que debería contárselo…

Aquella revelación la inquietó, así que decidió que hablaría del asunto con Jasper.

—Gracias por contármelo, Kezia.

Después de darle una golosina y algo de agua a Louie, Anne lo llevó escaleras arriba de regreso a la habitación de lady Celia.

Al llegar a lo alto de las escaleras, se dio cuenta de que la pluma de ganso volvía a estar en el suelo.

Louie tiró de la correa, con insistencia para olfatear algo que había encontrado en el suelo.

—No, Louie .

Temerosa de que el animal se comiera lo que fuera que hubiera encontrado, se agachó para levantarlo del suelo.

Después tomó el objeto y lo alzó para poder verlo mejor bajo la luz tenue del corredor.

Era un pelo largo y rizado de color oscuro; humano, pero tenía pegamento en uno de los extremos, como si se hubiera desprendido de una peluca.

Qué extraño.

Intranquila, dejó el pelo en la consola que había junto a la puerta y luego entró en el dormitorio de lady Celia. Percibió de inmediato que algo no iba bien. La habitación había sido invadida por un olor nuevo, y también por una nueva quietud.

Se acercó con rapidez a la cama y encontró a lady Celia inconsciente.

Su aliento desprendía el intenso aroma dulzón del opio, mezclado con algo acre.

¿Nuez moscada y clavo? Anne le tomó el pulso.

Era débil y estaba muy acelerado. Su respiración también estaba agitada y tenía la piel caliente y cubierta de sudor.

«No, otra vez no».

¿Podría volver a sobrevivir a otra sobredosis y a los desagradables tratamientos necesarios para tratarla?

—Lady Celia —dijo Anne, y luego lo repitió con más brusquedad—: ¡Lady Celia!

Como respuesta no obtuvo más que un leve quejido.

Anne llamó a gritos a Rosa y cuando la joven apareció, estupefacta, le pidió que fuera corriendo a buscar a su tío y que enviara a Toby a pedirle al doctor Marsland que viniera tan pronto como le fuera posible.

Confiaba en que el médico ya hubiera regresado de Nailsworth.

Cuando Rosa se hubo marchado, Anne agarró la jarra de agua fría y se la echó a su paciente por el rostro, cuello y pecho. La mujer apenas reaccionó.

Anne se dirigió apresuradamente a su cuarto en busca del frasco de láudano. Quedaba la misma cantidad que después de administrarle la dosis de anoche. Y ella no le había dado opio en lo que iba de día. Pero alguien lo había hecho, y en exceso, a juzgar por la severidad de la reacción de la mujer.

Presa del pánico, buscó dentro de su maletín y sacó un frasco de jarabe emético y una pluma para inducir el vómito.

Regresó deprisa a la cama de lady Celia. Esta tenía la boca abierta, así que le levantó la cabeza y se preparó para hacerle tragar el jarabe.

Entonces la puerta se abrió de golpe, haciendo que Anne diera un respingo. El señor Dalby entró y se detuvo boquiabierto al verla sostener el frasco contra los labios de lady Celia.

—¡Señorita Loveday! ¿Qué está haciendo?

—La han drogado. Iba a darle un medicamento emético.

—Deje que lo vea. —Le quitó el frasco de las manos y lo olfateó—. ¿Está segura de que lo único que le ha dado es un emético?

—¡Claro! Todavía no le he dado su dosis nocturna de láudano, pero parece que alguien lo ha hecho.

—¿Quién?

—No lo sé.

Katherine llegó también, sin duda alertada por el alboroto.

—He oído gritos y a Rosa pidiéndole a Toby que fuera a buscar al doctor Marsland. ¿Qué ha ocurrido?

—Si tengo razón —expresó Anne—, a su madre le han dado una sobredosis de opio.

Katherine abrió mucho los ojos.

—¿Cómo que «le han dado»?

—Sí, ¡y no he sido yo! —Anne volvió a echarle agua fría en la cara a lady Celia y le frotó las extremidades de manera enérgica—. Tenemos que despertarla.

Katherine se inclinó sobre la mujer para gritarle al oído.

—¿Mamá? ¡Mamá! Despierta.

Sobresaltada por los gritos de su hija, lady Celia farfulló una respuesta.

—Deja de gritar.

—Creo que has tomado demasiado opio, mamá.

—¿Quién te ha hecho esto, tía? —inquirió Jude—. Ha sido la enfermera, ¿verdad?

—No. —Lady Celia negó con la cabeza; sus ojos eran apenas dos pequeñas hendiduras en su rostro—. Fue… Carlos I.

Todos intercambiaron miradas de perplejidad al oír aquello.

Lady Celia volvió a quedarse inconsciente antes de que pudieran pedirle que se explicara.

Sin duda debía de tratarse de una alucinación.

A no ser que… Anne recordaba haber visto la túnica de alguien o algo que se alejaba de la habitación y también había encontrado un cabello rizado en el suelo al lado de la puerta…

—Antes de que llegaran, estaba a punto de darle un emético —declaró la enfermera—. Voy a intentarlo ahora, aunque puede que ya sea demasiado tarde.

Por lo general, el paciente tenía el reflejo de tragar, pero esta vez eso no sucedió. El jarabe se acumuló dentro de la boca de lady Celia y permaneció allí. Anne le inclinó la cabeza hacia un lado para evitar que se ahogara, y el medicamento se desparramó fuera.

La respiración de lady Celia comenzó a detenerse. También su pulso. Anne le levantó un párpado y vio que tenía la pupila contraída de una manera anormal.

La mujer dejó escapar un último estertor y su piel adquirió un matiz ceniciento.

Con temor por lo que se iba a encontrar, Anne Loveday colocó una mano en el pecho de su paciente en busca de un latido, aunque fuera muy leve.

Nada. Le pareció que a ella también dejaba de latirle el corazón. «¡No! ¡Otra vez no!».

—¿Y bien? —preguntó Jude.

—Ha fallecido.

Katherine se echó a llorar.

* * *

Un cuarto de hora más tarde, el doctor Marsland subió a toda prisa las escaleras y entró en la habitación jadeando.

—Discúlpenme por las botas embarradas. Acababa de regresar cuando Toby vino a buscarme. ¿Qué ha pasado?

—Ha muerto —expuso Anne, abatida y todavía sin creérselo.

—¿Cómo? Dejen que la examine.

El doctor se acercó a la cama, haciéndoles un gesto a los demás para que se apartaran.

La enfermera se echó para atrás y observó como él la auscultaba y comprobaba si seguía respirando. La forma en que fruncía el ceño cada vez más confirmó lo que era un hecho innegable. Entonces, el doctor levantó la sábana muy despacio para cubrir el rostro de la mujer con ella.

Lady Celia estaba muerta. El mayor miedo que había acechado a Anne se había cumplido.

Su recién adquirida confianza en sí misma se hizo trizas. En el espacio que esta dejó libre se instaló un conocido sentimiento de derrota. Otra paciente que moría bajo su cuidado. En ese mismo instante, decidió que nunca volvería a ejercer de enfermera. Era una incompetente. Un fraude. Un fracaso.

Y el modo en que el doctor Marsland parecía rehuirle la mirada y el ceño fruncido del señor Dalby confirmaban todas las dudas que tenía respecto a sus propias capacidades.

—Cuando llegué, la señorita Loveday estaba a punto de hacerla tragar esto —expresó el señor Dalby levantando el frasquito.

—Es un emético —se defendió Anne.

—En apariencia, eso no es lo único que le ha dado. Dijo que tía Celia exhibía signos de sobredosis.

—Hoy no le he dado láudano.

—¿Y espera que nos lo creamos? —preguntó el señor Dalby.

—Sí, porque lo puedo demostrar.

Anne fue a buscar el frasco con las marcas que señalaban el nivel de láudano y el cuaderno donde las anotaba.