Capítulo 19
E sa tarde, el doctor Finch se acercó a ver cómo se encontraba lady Celia. Tras examinarla, auscultarla, tomarle el pulso y evaluar la inflamación, declaró que le animaba ver cuánto estaba progresando la paciente.
—Buen trabajo, milady.
—Yo no he hecho nada. Todo el mérito es de la señorita Loveday, con sus pociones, pinchazos y demás.
—Remedios naturales y friegas —corrigió Anne con suavidad, satisfecha con el halago, pese al modo en que la mujer describía el tratamiento que seguía.
Antes de marcharse, el doctor Finch mencionó que el otro médico estaría fuera del pueblo al día siguiente, visitando a un paciente en Nailsworth, pero que él vendría a ver a lady Celia en su lugar.
Para Anne esto eran buenas noticias, ya que se había acostumbrado a disfrutar de la compañía del joven médico.
Disfrutaba de ella más de lo que debería, era consciente.
Esa noche, Anne y Rosa ayudaron a lady Celia a ponerse un camisón limpio, luego ella le dio las medicinas y la doncella verificó las dosis anotadas en el cuaderno y las firmó.
Cuando hubieron terminado con todo aquello, Rosa se quedó de pie delante de lady Celia, entrelazó las manos y se aclaró la garganta.
—Lady Celia, tengo algo que contarle.
«¡Ay, madre!», pensó Anne mientras se giraba hacia su cuarto.
—¿Quieren que las deje hablar en privado?
—No, quédese, Anne, si no le importa. Usted ya sabe de qué se trata. Me temo que debo confesarle mi engaño, lady Celia.
—¿Su engaño? —La mujer entornó los ojos con suspicacia.
Rosa asintió y respiró hondo.
—Usted me ha hecho un hueco en esta casa, ha confiado en mí para este puesto sin saber apenas nada de mí, y…
la mayoría de lo que le he contado no es verdad.
Una vez que se lo cuente, no me cabe duda de que querrá que me marche.
Aun así, le debo un respeto, y prefiero que se entere por mí antes que por el señor Dalby.
—Ay, no. ¿Tú también?
—Mi objetivo no es acusar a su sobrino de nada.
Creo que usted ya conoce sus defectos. No soy responsable de sus pecados, solo de los míos.
Llegué a Painswick Court con el deseo de ganarme su aprecio para que autorizara que nos casáramos.
Y también con la esperanza de convencer al señor Dalby de que me amara, como en su día dijo hacer.
Lady Celia abrió la boca para contestar, pero Rosa levantó la mano para detenerla.
—No hace falta que lo diga. Ahora soy consciente de lo necias, lo estúpidas, que eran tales esperanzas.
Jamás habría intentado esto si solo se tratara de mí, pero ser madre la hace a una valiente.
Estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en mi poder para garantizarle a mi hijo una vida mejor.
Pensé que, si el señor Dalby se casaba conmigo y podía darle un padre a mi hijo, su padre real, sería mejor tarde que nunca.
»No le he hablado del niño al señor Dalby.
Al venir aquí, he descubierto que es demasiado egoísta para poder ser un buen padre para nadie, o al menos para el hijo de una chiquilla a la que sedujo y olvidó al instante.
Le prometo que no sabía que era un hombre casado y que, si su esposa no hubiera fallecido, nunca habría venido aquí ni pedido nada para Robbie o para mí.
Y no se preocupe, ahora tampoco se lo estoy pidiendo.
Me he dado cuenta de que mi hijo y yo seremos más felices sin él en nuestras vidas.
Rosa respiró hondo una vez más antes de concluir diciendo:
—Lo siento mucho, lady Celia. Me convencí a mí misma de que el fin que perseguía justificaba engañarla, pero me equivocaba.
No espero que lo entienda ni que me perdone o deje que me quede.
Ya es hora de que vuelva a ocuparme del cuidado de mi hijo.
Con todo, dicen que confesarse es bueno para el alma, y a mi alma le hace falta algo bueno.
Una chispa de comprensión saltó en los ojos de lady Celia.
—¡Ah! ¿Se trata del niño que está al cuidado del doctor Finch? El doctor Marsland mencionó que su socio estaba ocupándose del hijo de su hermana. ¿El doctor es su hermano?
—No, mi tío.
—¿Su tío?
Rosa asintió.
—Mi madre es su hermana mayor. Nada de esto fue idea de mi tío.
Él no quería que viniera a Painswick, y mucho menos a Painswick Court.
Cuando hice caso omiso de sus consejos y lo seguí hasta aquí, decidimos mantener en secreto nuestro parentesco para que la gente no adivinara que soy la madre de Robbie.
Yo sabía que usted nunca emplearía a una mujer soltera con un niño.
El tío Ernest quería protegerme de las murmuraciones y el escarnio, y también evitar que el doctor Marsland cortara lazos con él.
Nada de esto es culpa suya, aunque sé que él piensa que sí.
—¿Dónde conoció a Jude?
—En Cheltenham.
—Ya veo. Y usted estaba allí con…
—Con el tío Ernest y una amiga de la escuela.
Mis padres acababan de marcharse a la India y mi tío quería animarme.
Yo era una chiquilla joven e ingenua y el señor Dalby me pareció tan apuesto y encantador…
Creí que… Bueno, ahora eso da igual. Me equivocaba.
Podría haberme resistido, pero no lo hice, y ahora debo asumir las consecuencias.
—¿Es esa la razón por la que dejó usted de ir a misa? —preguntó Anne con delicadeza.
—Sí. Otra tontería. Al principio, acudía siempre que encontraba las puertas abiertas y rezaba con toda mi fe para que el señor Dalby cumpliera las promesas que me había hecho.
Luego, la realidad de mis actos, la pérdida de mi virtud, de mi cordura, de mi futuro…
y la humillación empezaron a pesarme. Por supuesto que Dios no iba a responder a mis plegarias, pensé; no me lo merecía.
Pero últimamente he estado leyendo la Biblia que me dejaron mis padres y he empezado a darme cuenta de que el padre celestial me ama, incluso más de lo que amo yo a Robbie.
Su hijo se sacrificó por mis pecados y yo he sido perdonada.
—Por Dios —dijo lady Celia de manera mordaz—, un sermón y un espectáculo.
Rosa se encogió ante aquel comentario sarcástico.
—Le pido disculpas de nuevo por engañarla —expresó—. Puedo dejar Painswick Court esta misma noche o esperar hasta que encuentre un reemplazo. Me parecerá bien lo que decida.
Rosa inclinó la cabeza y se quedó frente a lady Celia como lo haría un penitente o un prisionero esperando el veredicto del juez.
Anne contuvo el aliento, esperando también la respuesta de la mujer.
En vez de contestar, lady Celia lanzó una mirada suspicaz a su enfermera.
—¿Cuánto hace que lo sabe?
—Me enteré hace poco —confesó Anne, afligida—. Cuando envió a Rosa a Gloucester, el doctor Finch me pidió ayuda con el niño. Fue entonces cuando descubrí quién era la madre de Robbie.
—¡Buf! Bueno, por lo menos no soy la única engañada.
—Le pido disculpas una ve… —comenzó a decir Rosa con una vocecilla lastimera.
—Sí, sí —la atajó lady Celia—. Eso ya lo ha dicho. Muy bien, ya me ha contado lo que tenía que contarme, ahora déjeme en paz mientras medito sobre ello.
—¿Quiere que me marche… del todo? —preguntó la joven.
—Aún no —determinó la mujer con brusquedad—. Todavía podría necesitarla…, necesitarlas a las dos. —Volvió a mirar a la doncella—. ¿Se llama Rosa de verdad?
—Sí, milady.
—Bueno, algo es algo. —Resopló—. Dice que no le ha hablado a Jude del niño, ¿correcto? ¿Y qué hay de Jasper y Katherine? ¿Saben algo de todo esto?
—Que yo sepa, no.
—Muy bien. Pues de momento, mantengámoslo entre nosotras. Ahora, Rosa, vaya a pasar algo de tiempo con ese hijo suyo, pero regrese mañana a primera hora. Anne, tráigame mi caja de escritura, y cierre la puerta con llave para que nadie me moleste.
Las jóvenes intercambiaron una mirada cargada de asombro e incertidumbre y luego se apresuraron a hacer lo que lady Celia les había ordenado.
* * *
Tal como se le indicó, la doncella regresó temprano al día siguiente. Al verla entrar en la habitación, lady Celia se incorporó en la cama y le pidió que la ayudara a asearse y a quitarse el camisón y ponerse un vestido de día. Tenía el semblante lleno de serena determinación.
Anne bajó a buscar la bandeja con el desayuno. Al regresar, oyó que lady Celia decía.
—Me temo que usted no me sirve. Tendré que buscar a otra.
«Ay, no, pobre Rosa». Anne sabía que la doncella tenía pensado renunciar a su puesto pronto, pero era duro que la consideraran inadecuada y la despidieran de forma tan abrupta.
Sin embargo, cuando Anne se asomó al vestidor, halló a Rosa peinando a lady Celia con mucha satisfacción.
—¡Ah, Anne! Deje la bandeja —dijo lady Celia al verla—. La señorita Stark se encargará de eso. A usted la necesito para otro asunto.
Entre las dos ayudaron a la mujer a regresar a la cama y le echaron una mantita por encima. Entonces lady Celia miró a Anne.
—Por favor, vaya a decirle al señor Strong que venga a visitarme… pongamos que a las cuatro. Y pídale a la señora Pratt que suba a esa misma hora. Con ella me servirá.
—Será un placer, milady. ¿Qué explicación quiere que les dé?
—¿Me hacen falta explicaciones para hablar con mi párroco y mi cocinera y ama de llaves? —Los ojos de la mujer centellearon durante un momento, pero luego se suavizaron—. Si tanto le interesa, sepa que van a servir como testigos de mi nuevo testamento.
—Ah.
Eso tenía sentido, supuso. ¿Qué testigos podían ser mejores que un clérigo y una sirvienta de confianza?
—Iré ahora mismo. ¿Quiere que me lleve a Louie ? No tardará en empezar a pedir que lo saquemos.
—Sí, por favor.
Después de ir a buscar la correa del perro, Anne abrió la puerta de la habitación para ir a hacer el mandado y se encontró allí al señor Dalby tratando de escuchar a escondidas.
Sus ojos verdes recorrieron la habitación, fijándose en cómo estaba vestida su tía y el modo en que Rosa y Anne iban de un lado a otro atendiendo sus peticiones.
—Vaya, vaya, cuánta diligencia —comentó—. ¿A qué viene tanto ajetreo?
—Estoy esperando visita —contestó su tía—. Estas dos me están ayudando a prepararme, eso es todo.
—¿Seguro? En ese caso, ¿puedo echar una mano de alguna manera?