Capítulo 18 #4
Le sorprendió, y también le decepcionó, oír a Rosa y al señor Dalby hablar en susurros en el pasillo, sin duda convencidos de que estaban a solas.
A Anne se le cayó el alma a los pies. ¿Para qué había entrado la doncella en la habitación del señor Dalby? ¿Es que no había aprendido nada?
—Pues entonces —estaba diciendo la joven—, si no estás cómodo, tendrás que marcharte.
—No te hagas ilusiones. Aunque a mi tía le gustes como doncella, se deshará de ti en un instante si descubre que has intentado engatusar a su sobrino.
—A no ser que… ¿Debería contarle yo primero mi versión de los hechos?
—Su tono de voz almibarado contradecía lo que implicaban sus palabras—.
Después de todo, tengo entendido que lady Celia está pensando cambiar su testamento.
Debería contar con toda la información pertinente antes de hacerlo, ¿no crees?
—¿Y tú cómo te has enterado de eso?
—Hace unos días, fui a Gloucester a recoger un borrador del documento de manos de su abogado.
—¿Fue allí donde estuviste el otro día?
—Así es.
Tratando de hacer el menor ruido posible, Anne posó sus cosas, se levantó y se acercó de puntillas a la puerta que la ocultaba de ellos.
—Cuando llegué, tenía la esperanza de que tu tía se encariñara conmigo y aprobara que nos casáramos —continuó Rosa—.
También esperaba reencontrarme contigo cuando vinieras de visita.
No sabía que habías planeado mudarte a Painswick Court.
Al principio la idea me emocionó, pero ahora le tengo mucho afecto a lady Celia, y a ti, ninguno.
Observándolos a través del hueco entre la pared y las bisagras, Anne vio que el señor Dalby se cruzaba de brazos.
—Entonces estás admitiendo que tus enredos no han funcionado.
Supongo que el doctor Finch también estaba metido en ellos, ¿verdad?
Como no es una mujer, en un primer momento no me fijé en él, pero luego recordé haberlo visto contigo en Cheltenham.
Debes saber que ambos habéis perdido el tiempo aquí.
—No, no es tiempo perdido, porque venir aquí me ha curado de ti. Pensaba que jamás podría olvidarte, sin embargo, ahora me doy cuenta de que estoy recuperada. La romántica fantasía que tenía en la cabeza se ha disipado como una neblina y ahora puedo verte como eres de verdad. Y te desprecio.
El señor Dalby trató de agarrarla, pero ella se apartó.
—Rosa, espera —rogo él, sonando casi herido.
Tal vez esta fuera la primera vez en toda su vida que una mujer lo rechazaba. O a lo mejor solo le daba miedo lo que Rosa pudiera contarle a su tía.
—Ya he esperado demasiado. Adiós, señor Dalby.
Rosa se alejó a zancadas por el pasillo hasta desaparecer.
Anne observó a aquel hombre allí de pie, mirando fijamente el lugar donde hasta hacía un instante se encontraba la doncella. Luego, él se dio la vuelta y volvió a entrar en su vestidor.
* * *
Durante las horas siguientes, mientras se ocupaba de sus tareas, Anne estuvo pensando con preocupación en Rosa, preguntándose si no estaría tentando demasiado a la suerte al interponerse en el camino del señor Dalby e incluso entrar en su habitación.
Sin embargo, poco después descubriría que la doncella tenía sus motivos para entrar en el cuarto del señor Dalby.
Desde las ventanas del cortejador, Anne vio que el hombre estaba una vez más sentado en un banco del jardín mientras Katherine practicaba tiro con arco. Sin darle demasiada importancia, se preguntó por qué Jasper no se habría unido a su prima esta vez.
Rosa apareció y, situándose junto a ella, miró también hacia el jardín con una expresión satisfecha y expectante.
De pronto, el señor Dalby se puso de pie con una extraña mueca de pánico y se dirigió con premura hacia la letrina del jardín. En lugar de pavonearse con su arrogancia habitual, prácticamente iba corriendo.
Permaneció allí durante un buen rato.
¿Qué narices…? ¿Estaría enfermo?
Anne miró a Rosa y la encontró observando la escena con una sonrisa de satisfacción. Entonces se acordó de nuevo de que la había visto salir del vestidor del señor Dalby hacía unas horas, y sintió una oleada de preocupación.
—Rosa, ¿qué ha hecho?
La joven se volvió hacia Anne y su sonrisa de satisfacción se amplió aún más.
—Bueno, he aprendido mucho de usted y del tío Ernest. Un poco de extracto de ruibarbo de levante y sen en su jarra de agua… Está claro que ha sido muy eficaz.
El ruibarbo de levante y el sen eran dos purgantes muy conocidos y, combinados, se convertían en un laxante de gran potencia.
—Rosa… —La señorita Loveday negó con la cabeza—. No tendría que haberlo hecho.
No se trataba de una reprimenda real. De hecho, Anne no fue capaz de reprimir del todo el amago de sonrisa que asomaba en sus labios.
La doncella se encogió de hombros.
—Se merecería un castigo mucho peor.
En lo que se refiere a venganzas, esta había sido bastante suave. Aunque el señor Dalby iba a pasar un buen rato ocupado en aquellos asuntos tan desagradables.
Anne respiró hondo.
—Muy bien, le ha hecho sufrir usando ruibarbo y sen. Con eso es suficiente.
Rosa negó con la cabeza.
—No lo es, ni por asomo.
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N. del Trad.: Juego de cartas muy popular en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX .