Capítulo 18 #3
Anne subió con premura las escaleras. Al acercarse a la habitación de lady Celia, volvió a ver la pluma de ganso tirada en el suelo, pero no se paró a recogerla.
Abrió la puerta de golpe, con temor de lo que pudiera encontrarse dentro.
Se detuvo y observó la estancia con atención.
Lady Celia estaba tumbada en la cama, tranquila, y su pecho subía y bajaba marcando una respiración superficial y lenta, pero regular.
Anne miró en derredor. Todo estaba en calma.
Entonces un sonido procedente del vestidor llamó su atención.
—No me toques.
—Eres tú la que ha venido a mi casa.
—Esta casa no es tuya. He venido aquí a trabajar para lady Celia.
—Claro que sí. ¿Estás segura de que eso es lo único que buscabas?
—Si aún conservara un atisbo de interés por ti, te aseguro que a estas alturas ya lo habrías hecho desaparecer. Ahora, suéltame.
Se oyeron ruidos de pelea. Un impulso de protección de carácter casi maternal se apoderó de Anne. Al notarlo, se acordó de Nancy y sus intentos por guiarla y ayudarla.
Anne llamó con fuerza a la puerta y abrió sin esperar respuesta. Dentro encontró al señor Dalby asiendo a Rosa de la cintura y apretándola contra su cuerpo. Al ver entrar a Anne, se apartó.
—Rosa, ya he vuelto. —Posó una mirada fría en el hombre que intentaba seducir a la muchacha—.
Ah, aquí está, señor Dalby. Todos nos preguntábamos por qué se estaba retrasando tanto.
Me sorprende hallarlo en el vestidor de su tía acosando a su doncella.
Sus primos todavía lo están esperando. Si me lo permite, le sugeriría que bajara a reunirse con ellos.
Él la miró entornando los ojos.
—Preferiría que fuera usted quien se marchara.
—No haré tal cosa, pero, si es necesario, puedo despertar a su tía y explicarle que estaba usted tratando de aprovecharse de su doncella.
—Buena suerte intentando que se espabile.
Ella lo miró fijamente. ¿Qué quería decir con eso?
—Lady Celia ni siquiera se movió cuando él entró en la habitación y se puso a revolver en los cajones del escritorio —explicó Rosa mientras pasaba la mirada de uno a otro.
Entonces Jasper entró en la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué demonios estás haciendo ahí, Jude?
—Me olvidé algo aquí arriba. —El señor Dalby volvió su fría mirada hacia Anne—. Le dije que me había olvidado algo, ¿no es verdad?
—Sí, pero…
—Pues eso. Y ahora que he encontrado lo que había venido a buscar, me retiro.
Rosa apretó los labios, quizá luchando por no estallar contra él.
—Creo que será lo mejor —dijo Jasper con severidad. Luego se volvió hacia Rosa y añadió—: Le ruego que disculpe la intromisión, señorita Stark. Y no dude en avisarme si cualquiera, sea quien fuere, vuelve a molestarla.
Rosa asintió levemente sin decir nada.
Cuando los dos hombres se hubieron marchado, Anne miró a la doncella con preocupación.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias a usted. No sabe cuánto me alegro de que llegara cuando lo hizo.
—No estaba segura de si le parecería bien que los interrumpiera, pero sonaba alterada.
—Lo estaba —contestó la doncella—. A él no le pareció bien que nos interrumpiera, pero a mí sí.
—Cuénteme qué ha pasado.
—Pensaba que iba a ser una noche tranquila, pero la señorita Fitzjohn subió y comenzó a revolver en el escritorio y la mesita de noche de su madre.
Yo estaba aquí leyendo, pero había dejado la puerta abierta por si lady Celia me necesitaba, de modo que lo vi todo a través de la abertura de la puerta.
No sabía si decir algo o no, así que me mantuve aquí escondida.
—¿Sabe si encontró lo que buscaba?
—Se llevó lo que me pareció un paquetito de cartas y otra cosa de color azul, tal vez una taza o un jarrón. No lo pude ver bien.
—¡Vaya!
«Las cartas y el jarrón azul», pensó Anne.
—Por cierto, la señorita Fitzjohn estaba muy hermosa esta noche —añadió después—. Tiene usted mucha mano para hacer peinados.
—Gracias.
—¿Y después de eso qué pasó? —le instó Anne.
—Se marchó y al cabo de una media hora la puerta de la habitación volvió a abrirse.
Me acerqué con discreción a echar un vistazo, y vi que esta vez se trataba del señor Dalby.
Al principio me quedé paralizada, preguntándome si no sería posible que viniera a decirme que había cambiado de idea o a disculparse.
Pero en lugar de eso, se acercó a la cama y…
A Anne se le encogió el estómago.
—¿Y qué?
—Se inclinó para decirle algo al oído a lady Celia, o quizá para darle un beso en la mejilla.
No lo sé, porque me apoyé sin querer en la puerta y esta se abrió con un crujido.
Él se levantó de un salto y se dio la vuelta.
Supongo que fue un comportamiento insincero por mi parte, pero fingí sorpresa al verlo y me disculpé por la intromisión.
No me dijo qué estaba buscando, solo que había fingido venir a ver a su tía como excusa para encontrarse conmigo.
Durante un momento, me sentí feliz. Entonces me fijé en cómo me miraba y volví aquí dentro, arguyendo que tenía que terminar de coser unas prendas.
Él me siguió. Le prometo que no lo invité a entrar.
—La creo, Rosa. ¿Le ha hablado de Robbie?
—No. Cuando me resistí a sus insinuaciones, se irritó.
Sabía que en ese estado no recibiría bien la noticia.
Qué ingenua he sido. Sé que no debería haber cedido a sus insinuaciones aquella primera vez, pero de verdad creí que me amaba.
—Soltó una risa amarga—. Más tarde me enteré de que estaba casado y que sabía perfectamente que no podría cumplir todas aquellas bonitas promesas vacías que me hizo…
—Y a pesar de todo, usted sigue aquí. ¿A qué se debe?
Con la mirada perdida, Rosa se encogió de hombros.
—Por mi hijo. Por si todavía existe una remota posibilidad de que crezca teniendo un padre. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba al pensar que un hombre que miente tan bien como él, que es capaz de engañar a alguien de esa manera, podría ser buen marido o padre.
—Y ahora que lo sabe, ¿se marchará de Painswick Court?
—Pronto, pero antes hay algo que quiero hacer.
Anne se preocupó al oír aquello.
—¿El qué…?
—Quiero que pague por lo que ha hecho.
—¡No, Rosa! Por favor, no cometa una insensatez. Piense en su hijo, en su tío.
—No se preocupe, tendré cuidado. Pero resulta que sé que lady Celia planea cambiar su testamento…
—¿Eso le ha dicho?
—No directamente, pero lo cierto es que me pidió que recogiera un borrador del nuevo testamento del despacho de su abogado cuando fui a Gloucester.
—¿Entonces eso es lo que buscaba el señor Dalby? ¿El nuevo testamento? ¿Acaso lady Celia planea desheredarlo?
—Espero que sí. Quiero verle sufrir.
—Rosa… —dijo Anne, observando el semblante severo de la joven—. Me preocupa usted.
—No hay motivo para preocuparse. Ya no soy la chiquilla ingenua que un día fui.
—¿Sabe dónde se encuentra ese nuevo testamento?
Los ojos de la doncella centellearon.
—Sí, y no se lo voy a contar a nadie.
* * *
Al día siguiente, mientras el coadjutor visitaba a lady Celia, Anne volvió a sentarse en el cortejador que tanto le gustaba a tomar el té y leer la carta de Fanny que acababa de llegar con el correo.
Anne:
No sé qué decir. ¿Estás segura? ¿O es posible que su tía te mintiera?
Me cuesta creer lo que me cuentas —o lo que te cuenta ella a ti— de que el señor Dalby no se vio obligado a romper la relación conmigo.
Y esta otra joven a la que mencionas en tu carta, ¿acaso te la has inventado solo para herir mis sentimientos?
Dices que Albert Palling culpa al señor Dalby por la muerte de su hermana. Esta afirmación me cuesta más desestimarla. Quiero creer que me has contado todo esto con buena intención, aunque debo admitir que me cuesta.
Haré un esfuerzo por aceptar que toda esta información es veraz y ajustaré mis concepciones previas en base a ella.
También he decidido que quizá ya sea hora de hablarle a Stephen de mi antiguo amor y de cómo me rompió el corazón.
Se le da bien aconsejar a los demás; me pregunto si sus consejos serán igual de sabios y comprensivos cuando se trata de su propia esposa.
Entretanto, mantente alejada del señor Dalby. Por tu bien y por el mío.
Fanny.
Anne se encogió ante aquellas palabras cortantes. Sabía que a su hermana no le gustaría lo que le contaba en la última carta, pero no esperaba que la regañara ni le recriminara nada. Confiaba en no haber causado más mal que bien.
Mientras volvía a doblar la hoja de papel, oyó que una puerta se abría. En un primer momento, se sintió confusa. La puerta más cercana era una que rara vez se usaba y que conectaba el pasillo con el vestidor del señor Dalby, donde se alojaría su ayuda de cámara, si es que el hombre contaba con uno.