Capítulo 18 #2
Anne entró en aquel armario que hacía las veces de habitación y se puso un vestido de noche que la doncella había insistido en prestarle.
La propia Rosa entró y la ayudó a ajustárselo para asegurarse de que le quedaba bien.
También se ofreció a arreglarle el pelo y, aunque Anne le agradecía el detalle, dijo que no hacía falta.
No quería parecer demasiado entusiasmada con la invitación ni tampoco rivalizar con la señorita Fitzjohn, mucho menos en una noche como esta.
Cuando llegó a la planta baja, encontró al señor Dalby y al coronel Paine tomando una copa en la sala de estar. Los dos estaban muy apuestos con sus trajes, aunque a Anne el señor Dalby ya no le parecía tan atractivo como lo hizo en su día.
La señorita Fitzhjohn todavía no había llegado.
—¿Quiere un jerez, señorita Loveday?
—No, gracias. —Anne se sentía como un pez fuera del agua y quería mantener la mente despejada.
—¿Limonada? —sugirió Jasper.
—Sí, por favor.
Él le hizo un gesto al criado para que fuera a buscarla.
—¿No ha llegado la señorita Fitzjohn? —preguntó Anne.
—Aún no —dijo el señor Dalby—. Estará sometiéndose a sus tratamientos de belleza.
Anne sabía que Rosa había terminado de ayudarla a arreglarse hacía rato, pero no hizo ningún comentario al respecto.
El criado regresó con un vaso de limonada para Anne, el cual ella aceptó de muy buen grado, encantada de tener algo con lo que ocupar las manos y humedecerse la boca, que se le había quedado seca a causa de los nervios.
Se dio cuenta de que el señor Dalby la miraba con atención.
—Su vestido, señorita Loveday… ¿Es posible que lo haya visto antes?
—Ah, es de Rosa. Insistió en prestármelo.
—Le sienta muy bien —dijo con cortesía Jasper.
—Eso lo explica todo —comentó Dalby, con los ojos resplandecientes mientras volvía la vista hacia un punto distante. O tal vez a sus recuerdos.
Jasper frunció el ceño.
—¿Qué significa eso? Estoy bastante seguro de no haber visto nunca a la señorita Stark con este vestido.
—No es asunto tuyo —declaró el señor Dalby mientras levantaba su bebida con una sonrisa de suficiencia.
Jasper negó lentamente con la cabeza e hizo una mueca de repugnancia.
—No me digas que…
—Muy bien, pues no te lo diré.
El criado regresó a anunciar que la cena estaba servida.
Todavía no había rastro de la señorita Fitzjohn.
—Pasemos y sentémonos. Estoy convencido de que Kat bajará directamente al comedor. —El señor Dalby se levantó y caminó sin prisa hacia el comedor.
Anne lo siguió.
Jasper echó un vistazo hacia las escaleras por encima del hombro.
—Quizá debería ir a ver por qué tarda tanto.
—No la molestes. Seguro que se nos une enseguida. Empecemos. —El señor Dalby tomó asiento y agarró su servilleta.
—No podemos empezar sin ella. Es su cumpleaños.
Jude soltó un suspiro y se repantigó en la silla lanzando la servilleta a un lado.
Por fin, la señorita Fitzjohn atravesó la puerta, deteniéndose un momento en el umbral.
—Lamento la tardanza. Pasé por la habitación de mamá para enseñarle mi nuevo vestido.
El vestido de escote cuadrado de color coral le sentaba muy bien. Katherine era una mujer muy bonita, con sus grandes ojos marrones, la piel clara y el pelo oscuro recogido y dos mechones rizados sueltos que acentuaban su rostro anguloso.
—Estás muy hermosa —le dijo Jasper con cariño.
«Hermosa y colorada», pensó Anne.
Lady Celia se había quedado dormida antes de que ella saliera de la habitación. ¿Se habría despertado para poder admirar el aspecto de su hija o es que Katherine mentía? ¿Era posible que hubiera estado buscando las cartas que su madre le había confiscado?
Jasper se levantó para sujetarle la silla a Katherine mientras se sentaba y luego volvió a ocupar la suya.
La comida comenzó con una sopa blanca y bacalao a la crema, seguidos de fricasé de pollo y verduras con mantequilla. Hacía tiempo que Anne no comía nada tan delicioso y bien cocinado.
Los platos fueron pasando, y el vino, fluyendo, pero la conversación decaía. Cuando un silencio incómodo se extendió más de la cuenta, Jasper miró a sus primos.
—¿De qué deberíamos hablar?
—Ya lo tengo, ¿por qué no nos cuentas por qué te expulsaron del Ejército? —dijo Jude.
Jasper hizo un mohín.
—No me parece el tema de conversación más agradable para una cena de cumpleaños.
—Cuéntanoslo —pidió Katherine con una mirada de preocupación—. Queremos saberlo.
—Muy bien. —Jasper le dirigió una mirada de disculpa Anne y luego comenzó—: Quizá no seáis conscientes, pero a veces el Ejército pone a los oficiales en aprietos. El derecho militar prohíbe los duelos, pero las costumbres militares a veces los exigen.
—¿A qué te refieres? —preguntó Katherine.
—Los Artículos de Guerra establecen de manera muy clara que ningún oficial ni soldado puede desafiar a otro a un duelo, bajo pena de expulsión del Ejército.
Pero las costumbres dictan que un oficial no ha de permitir que nadie lo insulte, ponga en duda su coraje ni, mucho menos, que lo golpee.
Si un oficial no se defiende de estas faltas de respeto contra su honor, acaba enfrentándose a una corte marcial o, como mínimo, a un consejo de investigación dirigido por los demás oficiales.
Entonces, lo que ocurrió fue que había un capitán que me odiaba por cierto motivo y…
—¿Por qué motivo? —preguntó Jude.
Jasper exhaló un suspiro.
—Acusó en público a su ordenanza de haberle robado algo, una tabaquera de plata, pero yo le recordé que la había perdido jugando a las cartas. Aquella noche había estado bebiendo y, según parece, no recordaba lo ocurrido. No le gustó nada que yo lo contradijera delante de todo el mundo.
»Después de eso me insultó en varias ocasiones.
No voy a castigar vuestros oídos repitiendo lo que dijo.
En cualquier caso, yo me abstuve de llamarlo a capítulo y exigir la reparación de mi honor.
Como resultado de ello, mis compañeros oficiales y otros muchos soldados se negaron a relacionarse o incluso a cenar conmigo.
—¿Y el capitán? —preguntó Anne.
Jasper sacudió la cabeza.
—A él no lo censuraron por iniciar una disputa que violaba los Artículos de Guerra, pero yo estaba permitiendo que me insultaran. El código de honor demandaba un duelo, pero desafiarlo supondría incumplir las leyes del Ejército y me pondría delante de un tribunal militar.
—¡Qué injusto! —exclamó Katherine.
Jasper se encogió de hombros.
—Confiaba en que el capitán se diera por vencido al ver que yo no mordía el anzuelo, pero no fue así.
Al final, fui acusado de recibir palabras impropias del carácter de un oficial y de un caballero sin tomar medidas al respecto.
Mis compañeros oficiales testificaron en mi contra, repitiendo los insultos que me había lanzado el capitán.
Me declararon culpable y me suspendieron de empleo y sueldo.
—¡Ay, por favor! —exclamó Anne—. Eso es terrible.
Jude le dio un sorbo a su vino antes de decir:
—Y hay quien me acusa a mí de estar desesperado por conseguir algo de dinero.
—Ya basta —insistió Jasper—. Hablemos de otra cosa.
En ese momento, el señor Dalby se puso en pie y dobló su servilleta.
—Con vuestro permiso, me he olvidado algo arriba. Por favor, seguid sin mí.
—Pero vamos a comer la tarta —le recordó Jasper.
—Regresaré a tiempo. Y si no, guardadme un trozo.
Anne lo observó mientras salía del comedor y lo oyó subir por las escaleras.
¿A dónde se dirigía? ¿De verdad se había dejado algo arriba?
¿Qué podía hacerle falta en la mesa en mitad de la cena?
Tal vez un regalo para su prima. ¿O acaso estaría yendo a inspeccionar la habitación de lady Celia igual que había hecho Katherine?
—Bueno, Kat. Por ti —dijo Jasper levantando su copa—. Has alcanzado los treinta y un años de edad, igual que Jude y yo. No está tan mal, ya lo verás.
—Quizá para un hombre —respondió Katherine—. En el caso de la mujer, supone una sentencia de muerte para sus sueños y sus esperanzas de casarse y tener hijos.
—No estoy de acuerdo —expuso Jasper—. ¿Tú qué opinas, Anne?
La súplica en sus ojos era evidente.
—Desde luego espero que no sea así —contestó ella—. Ya que a mí me quedan solo unos años para alcanzar esa edad.
—Mejor que los aproveches —comentó la señorita Fitzjohn, y luego apuró su copa de vino.
Tobby les sirvió el café mientras Buxton traía la tarta, cubierta de un cremoso glaseado blanco.
—¿Esperamos a Jude? —sugirió Jasper.
—¡No, por Dios! —dijo Katherine—. Tratándose de tarta, no podemos esperar.
Le pidió con un gesto al servicio que la cortaran y sirvieran.
A medida que pasaban los minutos, Anne se inquietaba cada vez más.
—Quizá yo también tendría que retirarme. La cena ha sido deliciosa, pero…
—Tonterías, todavía no ha tomado el postre —expresó Katherine—. Y tampoco el café.
¿Qué estaría haciendo el señor Dalby allí arriba? Anne seguía preguntándoselo. ¿Estaba en su propia habitación o en la de lady Celia, o puede que incluso en la de Rosa?
Cuando el criado colocó un pedazo de tarta frente a ella, tomó un pequeño bocado. Le sabía a serrín.
—Está muy rica, ¿verdad? —preguntó Jasper.
Anne se obligó a sonreír sin haber terminado de tragar la tarta y luego dio un sorbo de agua.
—Se me había ocurrido que después de cenar podríamos echar unas partidas de whist [11] —propuso Katherine.
Notando la garganta cada vez más tensa, Anne tragó con esfuerzo otro bocado de tarta; luego se levantó de la silla, cuyas patas chirriaron al deslizarse por el suelo.
—Les ruego que me disculpen, pero no puedo quedarme más tiempo.
—Señorita Loveday, haga el favor de sentarse y terminarse la tarta —dijo Katherine con voz chillona.
—Sería incapaz de tomar otro bocado. Gracias por invitarme y felicidades por su cumpleaños.
—¡Espere! ¡Aún no hemos terminado!
Sin embargo, Anne se dio la vuelta, más preocupada por lo que pudiera estar ocurriendo arriba que por si les parecía maleducada.
—Jasper, ve a buscarla —oyó a Katherine decir con brusquedad detrás de ella.
—¿Por qué? Deja que se vaya.