Capítulo 18
E l lunes por la mañana, mientras Rosa atendía a lady Celia, Anne se acercó al hospicio a llevar los calcetines que la señorita Lotty había tejido para sus residentes.
La señora Burdock, la esposa del administrador del hospicio, aceptó aquel donativo con una amable sonrisa que dejaba a la vista sus dientes separados.
—Dele las gracias de mi parte —dijo—. Y un placer haberla conocido, señorita Loveday.
Cualquier amiga de la señorita Newland es amiga nuestra.
De hecho, otro de sus amigos se encuentra aquí ahora mismo.
El doctor Finch, ¿lo conoce? Vino a examinar un sarpullido que le ha salido al chiquillo de los Jones y se ha quedado a leerles a los niños.
—¿De verdad? Qué amable por su parte.
La señora Burdock asintió.
—Están en el aula. Venga a verlos.
La mujer la condujo hasta la puerta de una pequeña habitación en la que había un escritorio y una pizarra. El doctor Finch ocupaba una vieja silla de madera, con los niños sentados a su alrededor en el suelo. Anne escuchó con satisfacción cómo les leía pasajes de un libro de cuentos de hadas.
Se dio cuenta enseguida de que se trataba de El gato con botas, de Perrault.
Anne se lo había leído muchas veces a su medio hermana Matty.
La historia trataba sobre un molinero que tenía tres hijos.
El mayor heredaba el molino, el mediano un burro y el menor solo un gato.
Este tercer hijo temía por su futuro, pero, gracias a una serie de artimañas, el gato conseguía que se hicieran ricos.
Al contemplar las caritas que escuchaban al doctor Finch con tanta atención, Anne se inclinó hacia la esposa del administrador del hospicio y susurró:
—Son muy jóvenes.
La señora Burdock asintió.
—Los mayores ejercen como aprendices de tejedores y otros oficios parecidos. Los hombres que pueden hacerlo, trabajan, y las mujeres se dedican a limpiar o remendar ropa.
El doctor Finch empleaba una aguda voz felina para leer las partes del gato.
—No se preocupe, amo querido. Con que solo me dé un saco y un par de botas hechas a mi medida, cruzaré corriendo el barro y las zarzas y usted se dará cuenta de que, teniéndome a su lado, no es tan pobre como se imagina.
Los niños se rieron, y la señorita Loveday no pudo sino sumarse a sus carcajadas.
El doctor Finch alzó la vista y, nada más verla, se sonrojó.
—Ah… eh… Solo nos estamos divirtiendo un poco.
—Disculpe la interrupción —dijo Anne—. Continúe.
—No pasa nada. Leeremos el resto en otro momento, niños.
Aquel anuncio fue recibido con un coro de quejas.
—No, no —insistió Anne—. Tiene que terminar la historia. Esta tiene un final feliz.
—De acuerdo.
El joven médico leyó el resto del cuento, aunque se contuvo con las voces divertidas.
—El gato se convirtió en un gran señor y nunca más volvió a perseguir ratones, salvo cuando quería entretenerse. Fin.
Los niños le aplaudieron y, una vez más, Anne se sumó a ellos.
El doctor Finch se levantó, dijo adiós a los niños y se acercó a las mujeres. La señora Burdock le dio las gracias por el ungüento de Tommy Jones y por leerles el cuento.
—Ha sido un placer.
Después, la mujer los acompañó a la salida.
—Vuelvan cuando quieran. Ambos serán recibidos con los brazos abiertos.
Después de despedirse de la mujer, el doctor Finch acompañó a Anne durante parte del trayecto de regreso a Painswick Court.
—Ha sido muy generoso por su parte leerles un cuento a los niños —comentó Anne.
—Me gusta hacerlo, aunque me avergüenza que escuchara usted mi intento de sonar somo un gato. —Él le dedicó una sonrisa avergonzada.
—Fue maravilloso oírlo.
—Últimamente he adquirido bastante práctica con eso de leerles a los niños. Al menos a uno. Al pequeño Robbie ya le encantan los libros.
—Eso quiere decir que lo están criando bien.
El doctor perdió la sonrisa.
—Lo hago lo mejor que puedo, pero las Tufley y yo no podemos sustituir a su madre. Rezo para que mi sobrina recapacite y vuelva pronto a casa.
Anne le dio la razón con un asentimiento.
—Entretanto, Robbie es afortunado por contar con usted.
—Le agradezco sus amables palabras y espero que lleve razón.
* * *
Más tarde, Anne pasó por delante de la sala de estar con la bandeja del almuerzo de lady Celia.
Jasper se levantó y la saludó sonriente.
—Señorita Loveday, ¿por qué no cena con nosotros esta noche? La señora Pratt va a preparar todo un festín para celebrar el cumpleaños de Kat.
Aquella era la primera noticia que Anne tenía al respecto. Lady Celia no había hecho mención del cumpleaños de su hija.
—Habrá tarta —añadió el señor Dalby desde el sillón en el que estaba sentado mientras sostenía con desgana un vaso de líquido dorado, pese a que todavía era mediodía.
—Gracias, pero una enfermera no ha de cenar con la familia.
—Vamos, no es usted una enfermera de verdad —dijo Jasper—. No es su profesión, quiero decir. Y, además, es una vieja amiga.
—Es una invitación muy amable por su parte. No obstante no creo que la señorita Fitzjohn quiera cenar con alguien de fuera el día de su cumpleaños.
Y de repente, allí estaba la aludida, en la entrada. Anne notó que le ardía el cuello a causa de la vergüenza.
—Al contrario, señorita Loveday —rebatió Katherine—. Disfrutaría mucho de poder conversar con otra mujer. Me cansan tantas comidas en las que solo tengo a mis primos.
—Vaya, muchas gracias, Kat —contestó Jasper con sequedad.
—Insisto en que es muy amable de su parte invitarme, pero les dejaré que cenen en familia.
—Tonterías —dijo el señor Dalby, uniéndose a la causa—. A fin de cuentas, tendrá usted que comer.
—Sí, pero, por lo general, como en la cocina o bien me subo una bandeja a mi cuarto.
—Seguro que podrá hacer una excepción una noche, y más siendo mi cumpleaños —imploró Katherine—. Mamá está demasiado débil para enfrentarse a las escaleras, por eso me gustaría que usted ocupara su lugar. Si no, será una triste fiesta con solo tres invitados.
Anne se preguntó si la señorita Fitzjohn desearía poder invitar a cierto caballero a la celebración. Le sorprendía que no lo hubiera hecho, ya que sabía que su madre no estaría allí para presentar sus objeciones.
El señor Dalby hizo un gesto con las cejas, primero en dirección a Anne y luego a Katherine.
—Quizá podríamos invitar al apuesto doctor.
«¿A cuál de los dos?», se preguntó Anne.
Esta vez fue Katherine quien dio una respuesta seca.
—Ja. Ja.
—Estoy seguro de que la señorita Stark podrá hacerle compañía a lady Celia en su ausencia —sugirió Jasper.
—Había pensado en pedirle que me ayudara a vestirme para la ocasión —expuso la señorita Fitzjohn—. Y que me hiciera algo en el pelo.
—Buena idea —terció Jude—. Una mujer de tu edad necesita toda la ayuda posible.
Lo dijo de manera coqueta y después le guiñó un ojo, pero a Anne, más que un comentario gracioso, le pareció hiriente. A juzgar por el desánimo en el semblante de Katherine, ella debía de pensar lo mismo.
—Estoy segura de que a la señorita Stark le encantará ayudarla —comentó Anne—, aunque ya tiene usted un aspecto encantador. Le diré que vaya a verla.
—Gracias, señorita Loveday. Ahora comprende por qué quiero que se una a nosotros.
—De acuerdo, le preguntaré a lady Celia si le parece bien.
—Ya hablo yo con ella —intervino Jasper—. Me aseguraré de que sepa que fue idea mía… Es decir, nuestra. Y entonces no se podrá oponer.
—Claro que podría —declaró Katherine—, pero yo también le diré que me gustaría contar con la compañía de Anne. Rara vez puede resistirse cuando ambos nos ponemos de acuerdo, ¿no es verdad? —Aunque se dirigía a Jasper, su mirada se desvió hacia Jude Dalby al pronunciar aquellas palabras.
—Eso es muy cierto. —Jasper sonrió y se volvió hacia Anne—. La acompaño arriba.
Le quitó la bandeja de las manos y se dirigió hacia las escaleras.
—Yo también voy —dijo Katherine saliendo en pos de él.
Al llegar a la habitación de lady Celia, Jasper saludó a su tía, dejó la bandeja y abordó el asunto que lo había llevado allí.
—Ya que tú todavía no puedes enfrentarte a las escaleras, tía, hemos invitado a la señorita Loveday a cenar con nosotros esta noche para celebrar el cumpleaños de Kat. Supongo que no te importará, ¿verdad?
Lady Celia entornó los ojos en un gesto de sospecha y los miró primero a él y luego a su hija.
—¿Qué estáis tramando?
—Nada en absoluto.
—Sea lo que fuere, mantened a la señorita Loveday al margen.
—Solo queremos disfrutar de su compañía —añadió Katherine.
—Además, lo más seguro es que tú ya estés dormida para cuando bajemos a cenar; no la echarás de menos. —Jasper sonrió para suavizar aquellas palabras.
—Es ese maldito brebaje para dormir…
—Últimamente estás más cansada, mamá —comentó Katherine—. Tienes que aceptarlo. Tu corazón…
—Sí, sí, muy bien. Por lo menos admites que tengo corazón.
—La señorita Stark se encontrará en la habitación de al lado, tía —añadió Jasper.
—Muy bien. —La mujer hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Anne puede ir a tu fiesta de cumpleaños.
—Gracias, mamá. Te guardaremos un pedazo de tarta.
Se dieron la vuelta para marcharse, pero justo en ese momento lady Celia preguntó:
—Me imagino, Katherine, que no habrás invitado a nadie más a esta velada, ¿verdad?
La aludida se volvió hacia ella con la mandíbula tensa.
—No, mamá, a nadie más.
* * *
Esa noche, Anne le subió a lady Celia la bandeja de la cena, la ayudó a incorporarse en la cama y a comer; luego le administró la dosis prescrita de medicina.
Entre ella y Rosa vistieron a la mujer con un camisón limpio y le cepillaron los dientes.
Luego la volvieron a acomodar bajo las mantas para que pudiera dormirse, ya que a cada día que pasaba lo hacía antes.
Después, Anne le leyó durante un rato mientras Rosa ayudaba a la señorita Fitzjohn a vestirse y peinarse. Para cuando la joven doncella regresó, lady Celia ya se había quedado dormida.