Susurros en Painswick Court Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Por cierto, ya le he dado a lady Celia las medicinas de la noche.

—Ah, muy bien.

—Sí, nuestra Anne es muy diligente —declaró lady Celia—. Tan diligente como la enfermera Horlick, y además no ronca. También huele mejor. Casi tan bien como el doctor Finch.

Todos sonrieron ante aquellas palabras y luego la joven salió a pasear al perro.

Al regresar poco después, encontró al doctor Marsland sentado en la silla a los pies de la cama que ella había dejado libre y a lady Celia tumbada con los ojos cerrados y roncando levemente, sumida en un profundo sueño gracias a la ayuda del láudano.

—Voy a llevar mis cosas al cuarto y luego me puedo quedar con ella —dijo Anne.

Volvió a entrar en el vestidor con la lámpara de parafina y la dejó en el estante al lado de varios frascos de medicinas mientras se quitaba el chal y los guantes.

Bajo la luz de la lámpara, se percató de que algo había cambiado.

Pero ¿de qué se trataba? Prestó más atención.

El frasco de digitalina seguía donde lo había dejado, pero el de láudano estaba ladeado y, además, lleno.

Antes no estaba lleno; ya le había dado a lady Celia tres dosis extraídas de aquella botella.

Alguien había estado allí… Sabía que la criada limpiaba el cuarto con regularidad, pero esto era diferente. Lo sintió como una invasión.

Regresó a la habitación de lady Celia con el frasco en la mano.

—Doctor Marsland, ¿ha dejado usted este frasco de láudano en mi cuarto? No es el mismo que tenía ahí.

—He comprado uno nuevo.

—Pero si el otro todavía estaba a medias.

—Pensé que sería mejor ser precavido después del… incidente con la digitalina.

—¿En qué sentido?

—Como recordará, reemplacé el frasco de digitalina al momento, en caso de que estuviera contaminado o el farmacéutico se hubiera equivocado con la preparación. He decidido que sería inteligente hacer lo mismo con el láudano.

A Anne aquello le produjo sentimientos contradictorios.

Por un lado, vergüenza al pensar que el doctor considerara necesarias todas aquellas preocupaciones por culpa del supuesto error que ella había cometido.

Por otro, incomodidad al imaginarlo —a él o a cualquiera— entrando en su habitación sin permiso.

—Se me ocurre que tal vez debería guardar las medicinas en un maletín con llave. ¿Le sobra alguno que me pueda prestar?

—No tengo ninguno, aunque estoy convencido de que no serán necesarias tales precauciones.

Anne no lo tenía tan claro. Quizá debería pedirle a Buxton una llave para poder cerrar la puerta de su habitación cuando saliera.

Al cabo de un rato, el doctor Marsland se puso en pie.

—Bueno, ahora que ha regresado, me retiro. Buenas noches, señorita Loveday.

¿De verdad había venido a traer un nuevo frasco de láudano debido al problema de la digitalina, cuando todavía quedaba otro frasco a medias que no le había provocado ninguna reacción adversa a lady Celia?

¿O es que acaso el doctor tenía otros motivos para venir a Painswick Court aquella noche, y el medicamento era solo una excusa?

Llena de curiosidad, Anne entró en el otro vestidor y llamó con suavidad a la puerta de Rosa. Un instante después, la doncella abrió, ya vestida con su camisón y sosteniendo un libro en la mano.

—¿Pasa algo?

—No, solo quiero bajar un momento. ¿Podría dejar su puerta abierta hasta que vuelva por si lady Celia necesita algo? Está durmiendo con serenidad, pero solo por si acaso.

—Por supuesto.

—¿Necesita algo de abajo?

—Mmm… ¿Leche y unas galletas? —sugirió la doncella con una sonrisilla.

—Buena idea.

Anne salió al pasillo caminando de puntillas.

La puerta de la señorita Fitzjohn estaba entornada y su habitación se encontraba a oscuras.

Bajó las escaleras haciendo el mínimo ruido posible y sin llevar una candela; confiaba en no tropezarse y caer.

Al llegar a la planta baja, atravesó el corredor de puntillas hasta la sala de estar, donde la luz del fuego y las voces susurrantes le confirmaron sus sospechas.

Se trataba de Katherine y una voz de barítono.

Sin embargo, al acercarse más se dio cuenta de que estaba equivocada. No era el doctor Marsland el hombre con quien Katherine estaba manteniendo un tête à tête . Aquella voz pertenecía al señor Dalby.

—Si lo ha hecho, tengo que encontrarlo. Pero entre esa maldita enfermera y la doncella, siempre hay alguien a su lado.

—Yo también tengo… cosas que buscar ahí.

—Pues colaboremos. Seguro que entre los dos podemos conseguirlo. Tú y yo siempre nos hemos entendido bien, ¿o no, Kat? Y podremos volver a hacerlo una vez que ella…

—No hables de eso.

—Ambos tenemos mucho que perder. Y también mucho que ganar.

—Tú más que yo.

—Tal vez en términos financieros, pero en lo que se refiere a los asuntos del corazón…

Katherine soltó una carcajada sarcástica.

—¿Qué sabes tú de corazones?

—Sé cómo es el tuyo. Y sé que cuando ella ya no esté aquí para prohibírtelo, podrás casarte con quien quieras.

¿De verdad había algo entre él y Katherine, se preguntó Anne, o se estaba refiriendo a otro hombre?

—Tienes una concepción realmente desproporcionada de tus encantos, Jude —dijo Katherine—. Ve con cuidado. Si le cuento una sola palabra de esto a mamá, mañana mismo te habrá desheredado. Si es que no lo ha hecho ya.

Anne se alejó caminando de puntillas y bajó a la cocina en busca de la leche y las galletas que le había prometido a Rosa. Después de oír aquello, había concluido que, en caso de existir un interés romántico, era solo por parte del señor Dalby.