Capítulo 17
A nne no había recibido respuesta de Fanny a su última carta, pero, aun así, sintió que era su obligación volver a escribirle para informarla de los cambios que se habían producido y de que había descubierto las mentiras del señor Dalby.
Así pues, al día siguiente volvió a sentarse en el escritorio de lady Celia con pluma, tinta y papel.
Querida Fanny:
He pensado que debía contarte que, desde mi última carta, el señor Dalby se ha mudado de regreso a Painswick Court. Me he enterado hace poco de que su esposa falleció el año pasado.
Creo que también debo compartir contigo el siguiente hallazgo, el cual espero que no te angustie demasiado: lady Celia no le prohibió que se casara contigo.
Cuando hablé con ella del asunto, me dejó claro que no estaba al corriente de vuestra relación.
Parece ser que él se inventó las objeciones de su tía a modo de excusa para romper la relación contigo sin cargar con las culpas.
Lady Celia cree que sus intenciones podrían haber sido honorables en un primer momento, hasta descubrir que tu dote era insuficiente para el estilo de vida al que se había acostumbrado. Está convencida de que, si te hubieras casado con él, habríais sido pobres e infelices, y que te va mejor sin él.
Yo estoy de acuerdo con ella, ya que recientemente he conocido a otra joven de la que se aprovechó y a la que luego abandonó, y también me he enterado de que su excuñado (Albert Palling, a quien es posible que recuerdes) lo acusa de haberle sido infiel a su esposa e incluso lo responsabiliza de la muerte de esta.
No te cuento todo esto como una suerte de «te lo dije», sino con la esperanza de que te ayude a entender cómo es de verdad el señor Dalby y que así puedas al fin pasar página y dejar de preguntarte cómo podrían haber sido las cosas con él y comiences a apreciar la vida y el marido que tienes.
Espero de corazón que tú y Stephen estéis bien.
Con cariño:
Anne.
Después de acudir a la iglesia el domingo, Anne pasó otra agradable tarde con la señorita Lotty en Yew Cottage.
En esta ocasión, Úrsula no las acompañó, pues había sido invitada a cenar con un pariente mayor.
Anne agradeció esta oportunidad de compartir una comida sencilla y una conversación sincera con la que había sido una gran amiga de su madre y ahora lo era suya.
—Me había contado que tras la muerte de su padre cuidó de su madre en sus últimos días —dijo Anne, sacando a colación un asunto que llevaba un tiempo en sus pensamientos.
—Así es. Mamá y yo nos turnamos para cuidar de mi padre, pero, cuando fue ella la que enfermó, yo me encontré sola. Bueno, excepto por Richard y vecinos generosos como Úrsula. Fueron unos días muy difíciles, pero también muy bonitos.
—¿En qué sentido?
—Buena parte de ello fue muy desagradable, no te voy a mentir, pero antes de que mamá muriera, tuvimos la oportunidad de compartir muchas horas felices juntas.
Hacia el final, se mostraba menos agitada, más en paz.
No sé si aún podía escucharme o no, pero le leí extractos del Libro de los Salmos y le canté y recé.
Mientras exhalaba su último aliento, se le cayó una sola lágrima.
Me gusta creer que estaba viendo al Salvador, aunque no tengo manera de estar segura, claro.
En cualquier caso, sé que ahora está en el cielo, y eso me trae esperanza y consuelo.
—¿Alguna vez se sintió… culpable? —preguntó Anne—. ¿Alguna vez se preguntó si pasó por alto algo que podría haber alargado su vida?
Lotty abrió mucho los ojos.
—No, querida. Me arrepiento de algunas cosas, por supuesto; todos lo hacemos.
Estoy segura de que podría haber sido mejor hija, más cariñosa y atenta antes de que mamá enfermara.
Lamento algunas malas palabras que le dirigí en mi juventud y también las buenas acciones que quedaron sin hacer.
Pero no, al final de sus días, no me sentí culpable.
Hice todo lo que pude por aligerar su sufrimiento, pero no estaba en mi poder salvarla.
Era Dios quien tenía la vida de mamá en sus manos.
—Lotty contempló el rostro de Anne con una mirada llena de compasión—.
En una de tus cartas me contaste que estabas sola con tu madre cuando falleció y que temías no haber hecho suficiente por salvarla.
¿Aún tienes dudas? Imagino que tu padre jamás te culparía por lo que ocurrió.
—Cuando regresó y descubrió que mamá había muerto, dijo: «no tendría que haber dejado que me convencieras de no probar esos tratamientos alternativos y nunca tendría que haberla dejado sola contigo» —admitió Anne sintiendo una punzada de dolor en el pecho.
—Estaba enfadado. Estoy convencida de que no se sentía así de verdad.
Anne se encogió de hombros.
—Me dijo algo parecido antes de que viniera aquí.
De todos modos, me he sentido culpable durante años.
Siempre he temido que su muerte fuera culpa mía, al menos en parte.
Después de que ocurriera aquello, continué ayudando a papá a cuidar de los pacientes, siempre bajo su supervisión, pero no quise volver a quedarme sola con ninguno.
Esa es una de las razones por las que dudé si aceptar servir como enfermera de lady Celia.
—No tenía ni idea, o si no jamás te hubiera animado a que aceptaras.
—Me alegro de que lo hiciera. —Anne respiró hondo—.
Ha sido una experiencia positiva para mí.
He empezado a darme cuenta de que soy más capaz de lo que pensaba.
Tanto el doctor Finch como el doctor Marsland han alabado mi trabajo.
Hasta lady Celia lo ha hecho. A pesar de algunas…
complicaciones, me he dado cuenta de que soy bastante competente incluso sin tener a mi padre o a un doctor a mi lado día y noche.
Aún no estoy convencida de haber hecho todo lo posible por mamá, pero de lo que sí estoy convencida es de que hice todo lo que pude.
—No me cabe duda de que diste lo mejor de ti, querida. Y, al final, eso es lo único que podemos hacer; eso, y rezar.
—En aquella época rezaba muchísimo, y me preguntaba por qué Dios no me respondía.
Lotty le apretó la mano entre las suyas.
—Yo también he sufrido por tratar de responder a esa pregunta, pero la sabiduría infinita de Dios está muy por encima del entendimiento humano. Con todo, creo que Él nos escucha y nos contesta, aunque a veces no se trata de la respuesta que desearíamos oír.
Anne asintió suavemente con la cabeza. Sintió el calor de las lágrimas en los ojos y pestañeó para enjugárselas.
—Ahora, ¿qué le parece si salgo a cortar algunas de esas hermosas flores que tiene en el jardín y las dejo en la tumba de sus padres de camino Painswick Court? —preguntó con tanta alegría como pudo.
La señorita Lotty sonrió.
—Sería maravilloso, siempre y cuando cortes también algunas para la tumba de tus abuelos.
Poco después, Anne salió de Yew Cottage con las flores y una cesta de calcetines tejidos por Lotty para entregar en el hospicio cuando tuviera ocasión. Dejó las flores en las tumbas y luego continuó su camino hasta Painswick Court.
A su regreso, encontró a lady Celia charlando con un visitante, de modo que, tras dejar la cesta en su pequeño cuarto sombrío, agarró su ejemplar de La abadía de Northanger y se lo llevó a su rinconcito secreto de lectura.
Se acomodó en los cojines del cortejador, encontró la página donde se había quedado y retomó la lectura.
Además, para levantarle el ánimo, le dará a usted razones para suponer que la parte de la abadía donde usted se aloja está encantada, y añadirá a continuación que no dispone de ningún criado al que recurrir.
Con esta cordial despedida le hace una reverencia y se marcha; usted escucha el sonido de los pasos que se alejan mientras le llega el eco, y cuando, casi desvaneciéndose, intenta usted cerrar la puerta, descubre con creciente alarma que no tiene cerradura.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Anne lanzó un grito ahogado llevándose la mano al pecho.
Jasper Paine se detuvo de repente, sin duda sorprendido de encontrarla allí.
—Por Dios, Anne, qué susto me has dado. Veo que has descubierto mi escondite.
—¿Tu escondite? Pensaba que era solo mío.
—No, ni mucho menos. Este rincón ha sido especial para mí desde hace muchos años, aunque estaré encantado de compartirlo contigo.
De niño, solía esconderme aquí con un libro cuando venía alguna visita inoportuna o tía Celia estaba de mal humor.
Aunque yo no cerraba las dos puertas; eso es demasiado obvio.
Cerraba solo una de ellas, y eso creaba una barrera lo bastante amplia para poder sentarme detrás sin que la gente que pasaba por delante pudiera verme.
—¡Qué ladino!
—Así es. —Él esbozó una sonrisa amplia—. ¿Qué estás leyendo?
Ella se lo contó, y justo después se percató de que él también tenía un libro en las manos.
—Bueno, te dejo que continúes —dijo mientras se daba la vuelta para marcharse.
Anne se levantó apoyándose en los cojines.
—No, quédate. De todas maneras, tengo que ir a ver cómo se encuentra lady Celia.
—Creo que la visita acaba de marcharse.
—Entonces es el momento perfecto. —Anne le señaló el cortejador con un ademán—. Todo tuyo. Por ahora.
* * *
Esa noche, Anne estaba sentada junto a lady Celia leyéndole en voz alta cuando el doctor Marsland llegó a ver a la paciente.
Los tres mantuvieron una charla muy agradable durante un rato; después, él auscultó a la mujer, evaluó la inflamación de sus tobillos y le preguntó cómo se encontraba de apetito.
Louie fue hasta la puerta de la habitación y empezó a gimotear pidiendo salir.
—¿Le importaría sacarlo, señorita Loveday? —preguntó el médico.
—En absoluto. —Ya estaba a punto de hacerlo cuando él lo sugerió.
Prendió una cerilla en el fuego, encendió con ella la lámpara de parafina y la llevó al vestidor.
—Voy a buscar el chal y los guantes.
—Buena idea. Hace una noche fría y húmeda.
Cuando regresó, enganchó la correa al collar de Louie y se dirigió al doctor Marsland.