Susurros en Painswick Court Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Me alegra oírla decir eso. Me ofrece un motivo para no perder la esperanza.

Anne sintió que le ardía la cara, y dio gracias de que él no pudiera ver cómo se sonrojaba. ¡Qué atrevida debía de haberle parecido!

El médico levantó la mano libre con lentitud y, cuando ella no se apartó, le acarició la mejilla con suavidad. Un agradable hormigueo la sacudió de pies a cabeza.

—Está usted muy hermosa a la luz de las velas.

La mirada del doctor Finch le recorrió el rostro hasta detenerse en sus labios. Entonces apretó los suyos un momento antes de estirarse de golpe y echarse un paso hacia atrás.

—Aunque la tentación es enorme, debo contenerme y tratarla con el respeto que se merece.

Al sentimiento inicial de decepción le siguió enseguida la admiración, incluso aunque en ese momento Anne casi deseara que él no fuera así de honrado.

Después se acordó de Fanny y de Rosa y sus cortejos clandestinos con Jude Dalby, de los besos robados y los encuentros furtivos, los susurros en la oscuridad, los intentos de hallar formas de encontrarse a solas cada vez que fuera posible…

El doctor Finch tenía razón. Ese tipo de comportamientos podían conducir a otras cosas. Arrepentimiento, dolor, puede que incluso a la humillación.

Como si lo hubiera conjurado con la mente, el señor Dalby dobló la esquina.

—Vaya, vaya, vaya. —Sus ojos resplandecieron al entender lo que había interrumpido—. ¿Pero qué está pasando aquí?

El doctor Finch se aferró con más fuerza al maletín que llevaba y tensó la mandíbula.

—Me asombra encontrarlo a solas en la oscuridad con una mujer soltera y desprotegida, doctor Finch —continuó el señor Dalby—. Un tanto hipócrita por su parte, ¿no le parece?

—Acabamos de estar con su tía. No ha sucedido nada.

—Si usted lo dice…

—Se lo aseguro. Y como me entere de que va contando otra cosa por ahí, le…

—¿Qué hará? ¿Volverá a ser incapaz de proteger a una señorita, como la otra vez? —Jude sonrió con suficiencia.

Las fosas nasales del doctor Finch se dilataron por la irritación.

—Es posible que fallara una vez, pero le prometo que, si se atreve a ponerle la mano encima a cualquiera de las mujeres de esta casa, lo dejaré en evidencia como debí hacer entonces.

—¡Qué miedo!

Jude Dalby sacudió las manos y fingió un escalofrío. Luego avanzó hasta la habitación de Katherine, llamó a la puerta y, cuando ella contestó, pasó dentro.

Con temor de que el doctor Finch pudiera ir detrás de él y acabaran a golpes, Anne lo agarró del brazo.

—Venga conmigo, lo acompaño a la salida.

Colocó la pluma de ganso en la cerradura y condujo al doctor escaleras abajo hasta la puerta de servicio.

—Siento lo que ha pasado —le dijo Anne en voz baja—. El señor Dalby disfruta provocando a la gente.

—Eso es más que evidente. Buenas noches, señorita Loveday. Espero volver a verla pronto.

—Yo también deseo que así sea.

* * *

Después de que el doctor Finch se marchara, Anne sacó a Louie a dar el último paseo del día y luego bajó a la cocina a por un vaso de leche, con la esperanza de que eso la ayudara a dormir, pues era cierto que se sentía agotada.

Le dio una golosina a Louie y luego se sentó en un taburete junto a la encimera y se sirvió un vaso de leche acompañado de una galleta de jengibre glaseada.

Al regresar arriba un rato después, volvió a encontrarse con el señor Dalby, esta vez saliendo de la habitación de su tía sin hacer ruido.

—¿Qué hacía usted ahí? —le preguntó.

—¿Acaso es de su incumbencia, enfermera, que me pase a ver cómo se encuentra mi tía?

—Su tía estaba intentando dormir. ¿Es que no vio la pluma en la cerradura?

Él se agachó y recogió la pluma del suelo.

—¿Esto? Un elemento disuasorio muy eficaz, no cabe duda.

—¿Ha hecho usted… algo ahí dentro? ¿Le ha dado algo a su tía?

—Mis mejores deseos, nada más. Un momento… ¿Me acusa de algo? Si a mi tía le han administrado alguna cosa, habrá sido usted. O alguno de los dos doctores. Marsland, a pesar de mostrarse tan obsequioso, le guarda rencor a mi tía.

—Pues no es el único. Le oí a usted discutir con ella sobre dinero y la posibilidad de que cambiara el testamento.

—¿Ah, sí? —Anne asintió con la cabeza—. ¿Y ha redactado ya ese hipotético nuevo testamento?

Anne se encogió de hombros.

—No lo sé. Eso no es asunto mío, ni tampoco suyo.

—¿Acaso no tengo derecho a saberlo? —preguntó el hombre alzando el mentón.

—Su tía no cree que lo tenga.

—Lo más probable es que solo haya amenazado con cambiarlo para mantenerme a raya —declaró mientras se cruzaba de brazos—. Agarrarse con uñas y dientes al monedero siempre ha sido una de sus estrategias favoritas.

—Eso me recuerda algo —dijo Anne—. Su tía me ha contado que no le prohibió que se casara con Fanny. Usted ni siquiera le habló de ella. Y, desde luego, no amenazó con desheredarlo por ese motivo.

—Bueno, ahora sí que está amenazando con desheredarme.

—Y entendería que lo hiciera.

—Pues yo no. —Sus ojos verdes se clavaron en los de ella con un destello de malevolencia—. Hágame caso, señorita Loveday: deje de meter la nariz y su pluma de ganso en asuntos que no le incumben.