Susurros en Painswick Court Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Elizabeth se casó con un apuesto caballero que resultó ser un calavera: inversiones temerarias, deudas de juego…

Ella murió joven, la pobrecita, y su marido se marchó a inspeccionar una plantación que había comprado en las Indias Occidentales y nunca volvió.

Esto ocurrió hace mucho tiempo, cuando Jude era todavía muy joven.

Su padre lo dejó a nuestro cargo, y lo que se suponía que debía ser una ausencia de un año se alargó hasta que llegó un momento en que dejamos de esperar su regreso.

»Sir Herbert se portó muy bien con los dos chiquillos.

Se aseguró de que Jude tuviera una educación y costeó el nombramiento de Jasper en el Ejército.

También decidió que yo tendría que dejarles algo a cada uno de ellos, aunque insistió en que Painswick Court y la mayoría de la herencia fuera para nuestra hija.

—¿Sus sobrinos saben todo esto?

—No los detalles concretos ni las cantidades. ¿Por qué lo pregunta?

—Tal vez sería bueno que lo supieran para que moderaran sus expectativas.

Lady Celia esbozó una sonrisa irónica.

—Ah, y que así estén menos motivados para acelerar mi final, ¿eh? Es probable que tenga usted razón.

* * *

Al cabo de un rato, lady Celia se cansó de hablar.

Anne fue a buscar la cena para ambas más tarde de lo habitual y luego le dio las dosis precisas de digitalina y láudano para ayudarla a dormir.

Le habría gustado que Rosa estuviera allí para verificar y firmar el registro de dosis, pero ya le pediría que lo hiciera cuando regresara.

Al final, ayudó a lady Celia a prepararse para ir a dormir. Cuando la mujer estuvo arropada bajo las mantas con sus prendas de dormir recién lavadas y los dientes y el rostro limpios, Anne encendió la lámpara de lectura y se sentó a leer junto al fuego.

Apenas había leído dos páginas cuando unos suaves golpecitos en la puerta acabaron con su concentración. Echó un vistazo a la cama y le alivió ver que la paciente no se había movido.

Se levantó, fue hasta la puerta sin hacer ruido y la entornó.

El doctor Finch se hallaba al otro lado, con su maletín en la mano.

Mientras que a otros invitados se los anunciaba con formalidad, el mayordomo y el lacayo permitían que los doctores entraran y salieran cuando quisieran y, en estos momentos, Anne se alegraba de que así fuera.

Sonrió al verlo. Luego dicha sonrisa se esfumó cuando se le pasó por la cabeza que podría haber ocurrido algo.

—¿Se encuentra bien Robbie?

—Sí —respondió él en un susurro—. Está mucho mejor.

—Ah, qué bien.

—Rosa está allí ahora mismo, y, gracias a usted, piensa pasar la mayor parte de la noche con él.

—Pensé que, después del día que tuvieron todos ayer, agradecerían poder pasar algo de tiempo juntos, y también le daría un respiro a usted.

—Sin duda. Le estamos todos muy agradecidos.

—¿Ha venido a ver a lady Celia? —Anne abrió más la puerta, si bien continuó hablando en voz baja.

—Eso es lo que le he dicho al lacayo al entrar. Se me ocurrió que, ya que tengo la noche libre, lo cual es raro que ocurra, podría visitarla y ver cómo se encuentra. Y verla a usted también.

Anne sintió que se ruborizaba.

—Es usted bienvenido, cómo no.

El doctor Finch se acercó hasta la cama y le sujetó con delicadeza la muñeca a su paciente. Después de medirle el pulso con el reloj, se dirigió a Anne.

—¿Qué tal está durmiendo?

—Bien. El láudano ayuda, eso es innegable, aunque me pregunto si es necesaria una dosis tan elevada.

—¿Qué dice el doctor Marsland al respecto?

Ella esbozó una sonrisa avergonzada.

—Que no me entrometa.

—Tiene el pulso bastante lento… Hablaré de ello con él.

—Se lo agradezco.

Mientras estaban allí de pie junto a la cama, uno al lado del otro, él le agarró la mano. Anne contuvo el aliento. ¿Qué estaba haciendo?

Entonces el médico la miró y sus dedos ascendieron hasta atraparle la muñeca.

—¿Y usted cómo se encuentra? —Inclinó la cabeza hacia un lado y la miró con atención—. Parece tan cansada como dijo que lo estaba Rosa. Me temo que todas estas noches quedándose despierta hasta tarde le están pasando factura.

—Me encontraba en perfecto estado hasta que usted ha señalado lo contrario.

—Tiene muy buen aspecto, no me malinterprete. Sus ojos, sin embargo, parecen algo cansados.

—No me sorprende, porque me despierto a menudo durante la noche, cada vez que oigo algún ruido.

Él le sonrió.

—Aunque su pulso es extraordinario. Puede que incluso lo tenga algo acelerado.

Eso no era ninguna sorpresa, pensó la joven, con él agarrándole así la mano.

El doctor Finch le apretó con suavidad los dedos antes de soltarla.

—Gracias de nuevo por… lo de antes.

Lady Celia giró la cabeza sobre la almohada.

—Si van a seguir flirteando descaradamente, al menos tengan la gentileza de salir al pasillo para dejar que esta pobre vieja descanse —gruñó la mujer sin abrir los ojos.

Los aludidos se miraron con los ojos muy abiertos en una mueca de asombro.

Reprimiendo una sonrisa, Anne se acercó a la puerta, con intención de abrírsela al médico para que saliera.

En vez de eso, este hizo caso a la sugerencia de la anciana, recogió su maletín y le hizo un gesto a Anne para que pasara primero.

Después de cerrar la puerta con suavidad, se quedaron en la entrada de la habitación, mirándose el uno al otro.

Las luces y sombras que proyectaba la vela que estaba sobre la consola del pasillo enfatizaban las facciones del doctor Finch, acentuando el hueco bajo sus pómulos, el hoyuelo de la barbilla, la elevación de sus cejas sobre los ojos cansados y la prominencia de su nariz.

Él dio un paso hacia ella.

—Ahora entiendo que a veces pareciera verme con malos ojos y que reaccionara de ese modo cada vez que le prestaba atención o le hacía un cumplido.

Estaba convencida de que yo tenía un hijo con otra mujer y, aun así, me dedicaba a flirtear con usted.

Eso habría sido una desvergüenza por mi parte.

Le pido disculpas por el papel que he desempeñado en este engaño, y espero que me haya perdonado ahora que conoce la verdad.

—Lo he perdonado, sí. —Anne meditó un momento y luego, envalentonada por la oscuridad y la ternura con la que él la miraba, añadió—: Debo admitir que me sentí aliviada al descubrir que no está usted casado ni… ligado a nadie.

—¿Ah, sí? ¿Le importa si pregunto por qué? ¿Se sintió así solo porque eso quiere decir que no le estoy siendo infiel a nadie?

—No, esa no fue la única razón.

Él se acercó más.