Susurros en Painswick Court Capítulo 16
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Capítulo 16

A l día siguiente, Anne y Rosa ayudaron a lady Celia a ponerse la bata nueva y la observaron mientras se colocaba el gorro de dormir.

—Muy bien —comentó mientras contemplaba su reflejo en el espejo del tocador, claramente satisfecha con las compras que había hecho Rosa en su nombre.

Después del desayuno, Anne sacó de paseó a Louie y se volvió a detener en casa de la señora Baylis.

—Hoy apenas he oído al corderito —dijo después de invitarla a pasar—. ¿Ya está bien?

—Está mejor, sí. Tenía dolor de oídos. Es algo muy desagradable, pero se está recuperando.

—¡Qué noticia tan excelente!

—El doctor Finch y yo estamos en deuda con usted. Gracias otra vez por dejarnos atajar por su casa.

—No hay que darlas. En todo caso, soy yo la que está en deuda con ustedes.

¿Se puede creer que mis vecinos han estado trayéndome presentes desde que oyeron el rumor de que al fin he caído enferma?

Gelatina de ciervo, caldo de pollo y pastel de semillas de alcaravea.

Me he visto recompensada más que de sobra por mi papel en nuestra pequeña farsa, así que no se preocupe.

—¿Qué enfermedad les ha dicho que padece usted? Por si alguien me pregunta.

—Una enfermedad misteriosa. —Movió varias veces las cejas grises—. Una que ya he superado.

* * *

Ese mismo día por la tarde, Anne le leyó a lady Celia La abadía de Northanger .

A pesar de sus protestas previas respecto a los romances, disfrutó de las irónicas burlas del género del romance gótico, tan popular entre las jovencitas impresionables.

Y aunque ponía los ojos en blanco ante el melodramatismo de Catherine Morland, Henry Tilney la hacía reír.

—Me gusta este hombre —dijo—. Me recuerda a mi Herbert.

Rosa se sentó con ellas y escuchó la historia mientras cosía. De repente, algo que el doctor Finch le había dicho a Anne en la biblioteca volvió a su mente: «A mi hermana y su hija les encantaron La abadía de Northanger y Persuasión …». Entonces no lo sabía, pero aquí estaba dicha hija.

A medida que el día se acercaba a su fin y llegaba la hora de ir a buscar la cena de lady Celia, a Anne se le ocurrió una idea.

—Rosa, pareces exhausta.

La joven doncella levantó la vista con expresión de sorpresa.

—¿De veras?

—Sí. Quizá sea por el viaje a Gloucester. ¿Por qué no te acuestas temprano? Date por liberada de tus tareas el resto de la noche. Lady Celia, ¿necesita algo antes de que se marche? Yo me quedaré aquí con usted y la ayudaré a prepararse para que se vaya a dormir cuando lo desee.

Rosa las miró a una y otra, indecisa.

—Pero si yo…

—Como enfermera, mi opinión profesional es que usted debería disfrutar de una noche de descanso ininterrumpido —insistió Anne, levantando las cejas en un gesto de complicidad—. ¿No agradecería pasar un tiempo fuera de esta habitación? Unas cuantas horas para escaparse a… al país de los sueños.

—¿El país de los sueños? Menudo disparate. —Lady Celia frunció el ceño—. Puede que Rosa sea joven, pero no es una niña.

El semblante de la doncella cambió cuando comprendió lo que le quería decir Anne. Le resplandecieron los ojos.

—A decir verdad, lo agradecería. Pero solo si las dos están seguras de que pueden arreglarse sin mí.

—Por supuesto que podemos. —Lady Celia agitó la mano para restarle importancia—. Adelante, váyase, disfrute de un sueño reparador.

Cuando Rosa se hubo marchado, lady Celia miró a Anne con los ojos entornados en un gesto de sospecha.

—¿Qué está tramando?

—Nada. De verdad pienso que a Rosa le vendrá bien una noche de descanso.

«Y a su hijo y a su tío también».

—Se ha vuelto usted muy protectora con ella de repente. Me pregunto a qué se deberá.

Anne se encogió de hombros.

—Supongo que en parte se debe a que me recuerda a mi hermana. —Miró a lady Celia a los ojos—. ¿Fanny? Seguro que se acuerda de ella.

—¿Debería? ¿Y eso por qué? Me acuerdo de sus padres y de sus abuelos, pero no de su hermana. Tampoco la recordaba a usted cuando el doctor Marsland la trajo el primer día.

—¿Fanny Loveday? Una chica hermosa, mucho más hermosa que yo; con el pelo claro. Se parece más a Rosa que a mí.

Lady Celia negó con la cabeza.

—Existe alguna razón en particular por la que debería acordarme de ella?

Anne sintió un arrebato de irritación, pero hizo un esfuerzo por mantener su tono de voz bajo control.

—Porque prohibió que su sobrino se casara con ella.

—¿Qué sobrino?

—El señor Dalby.

Ahora que Anne conocía mejor la personalidad del señor Dalby, ya no se sentía obligada a guardar silencio sobre su conexión con Fanny.

La anciana negó con la cabeza una vez más.

—No hice tal cosa. Jude nunca llegó ni siquiera a hablarme de ella. ¿Insinúa usted que la cortejó con… intenciones honestas?

—La cortejó durante un verano que Fanny y yo pasamos en casa de nuestros abuelos. Le declaró su amor y le dio su palabra de que se casaría con ella, pero más tarde le dijo que tenía que romper el compromiso.

Recordaba haber abrazado a su hermana mientras esta sollozaba desconsolada hasta el punto de llegar a enfermar del disgusto. Anne se había llegado a preocupar de verdad por su salud.

—Supongo que lo amenacé con desheredarlo o algo por el estilo —aventuró lady Celia.

—Sí.

—No hice tal cosa.

—Pero él…

—Déjeme que lo adivine. —La mujer alzó el mentón—. El pobre Jude, perdidamente enamorado, habría cumplido su palabra de no ser por su cruel tía. No fue culpa suya, y por eso ustedes se compadecieron de él.

—Fanny lo hizo, sí.

Lady Celia alzó las manos.

—Tal vez él sintiera cierta admiración por su hermana, y es posible que incluso tuviera intenciones honestas, hasta que se dio cuenta de que no había dote.

—¡Sí que la había! No una tan alta como a las que usted estará acostumbrada, pero sin duda se trataba de una suma respetable. Mi madre tenía algo de dinero que había heredado de uno de sus tíos, un hombre acaudalado, y mi padre es un cirujano próspero.

—No habría sido suficiente para el estilo de vida al que Jude se ha acostumbrado. En cuanto él se hubiera gastado el dinero de la dote, habrían sido pobres.

—Sin embargo, el hecho de que usted pueda amenazar con desheredarlo implica que él espera recibir una herencia, y con eso podrían haberse mantenido.

La anciana volvió a negar con la cabeza.

—Mi hija va a recibir la mayor parte. Tenía planeado dejarles algo a mis sobrinos, no una fortuna, claro, pero sí al menos varios cientos de libras.

Pero incluso si lo hiciera, no recibirán la herencia hasta después de mi muerte.

—Respiró hondo—. Para serle sincera, si hubiera conocido el interés de mi sobrino por su hermana, quizá habría tratado de disuadirlo, ya que un enlace como ese los habría conducido a ambos a la penuria.

Pero no sabía nada al respecto. —Arrugó el entrecejo—.

No entiendo por qué no llegué a enterarme.

La mayoría de los chismorreos acaban llegando a mis oídos…

—Creo que la salud de su marido estaba decayendo y usted pasaba los días a los pies de su cama.

—Y las noches también. Sí, me acuerdo de aquellos lúgubres días. ¿Fue entonces cuando tuvo lugar este amorío?

—No fue un «amorío». Al menos, no para mi hermana. Se quedó destrozada.

—Entonces lo lamento mucho por ella, aunque seguramente esté mejor sin él en su vida.

No me malinterprete, quiero muchísimo a Jude.

Cuando era niño, teníamos una relación muy cercana; era como el hijo que nunca llegue a tener.

Era cariñoso, divertido y encantador. Pero a medida que se fue haciendo mayor…

—Resopló y luego añadió—: Debo aclarar también que, incluso si yo le hubiera desaconsejado casarse con su hermana, eso no quiere decir que me hubiera hecho caso.

A fin de cuentas, acabó casándose en contra de mis deseos.

»La señorita Palling también tenía una dote. Quizá más alta que la de su hermana, lo desconozco, pero, en cualquier caso, insuficiente. Por eso Jude negoció para obtener dividendos vitalicios del negocio de los molinos como parte del acuerdo de matrimonio.

Anne se acordó del discurso del señor Palling, y también de aquella discusión que escuchó entre tía y sobrino.

—Y ahora se enfrentan a la bancarrota —dijo.

—Exacto. Ahora Jude tiene que cargar con parte de la deuda y la humillación en lugar de recibir las ganancias que buscaba.

—¿Cómo murió su esposa? —preguntó Anne después de meditarlo un momento.

—Lo desconozco. Han guardado en secreto los detalles de lo ocurrido.

Jude me contó que fue un accidente, aunque yo también he oído los rumores; se dice que podría haberse quitado la vida.

Otros lo culpan a él y dicen que la pobre murió a causa de la humillación y el modo en que le rompió el corazón descubrir que él tenía ojos para otras. Puede que incluso le fuera infiel.

«Definitivamente lo fue», pensó Anne.

—Sea cual fuere la verdad, la investigación concluyó con un veredicto de muerte por accidente, y gracias a eso se la pudo enterrar en el camposanto. Por su familia, y también por la nuestra, me alegro de que así fuera.

—Sí, pobre mujer —murmuró Anne, pensando que su hermana había tenido la fortuna de escapar de semejante destino, se diera cuenta o no de ello.

—Por cierto, ha de saber que mis hermanas también eran mucho más hermosas que yo —confesó lady Celia—.

Sobre todo Elizabeth, la madre de Jude. Ambas se casaron por amor en vez de por estabilidad.

Sir Herbert no era el hombre más guapo ni el más fascinante, pero era inteligente con el dinero y amable.

»Marianne, la madre de Jasper, se casó con un hombre con propiedades pero poco dinero, y lo que quede va a ir a parar a manos del hermano mayor de Jasper.

Anne recordaba que él le había dicho eso mismo.