Susurros en Painswick Court Capítulo 15
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Capítulo 15

A l día siguiente, cuando Anne regresaba de sacar de paseo a Louie, se encontró con Rosa en el vestíbulo. Su hermoso rostro estaba deformado a causa de la angustia.

—¡Lady Celia me manda a Gloucester! A su modista favorita.

Ahora que pasa tanto tiempo en cama, quiere que le escoja una bata nueva, algo parecido a los batines estilo banyan para caballeros.

Y también un nuevo gorro de dormir. Le sugerí que enviara a Toby a buscarlos, pero insiste en que sea yo quien vaya.

Supongo que tiene razón y que un lacayo no entendería de prendas femeninas. Sin embargo…

—Una pensaría que le haría ilusión tener la oportunidad de ir a la ciudad.

—No quiero pasar tanto tiempo fuera.

—Gloucester está a solo seis o siete millas.

—Aun así, ir y volver me llevará unas cuantas horas; puede que incluso más. Milady también quiere que pase por la oficina de su abogado y, según parece, Toby tiene una lista de cosas que debo conseguirle a la señora Pratt. ¿Y si ocurre algo mientras estoy fuera?

—Yo voy a estar aquí.

—No, no me refiero a lady Celia, sino… —Emitió un gemido—. Ojalá no me hubiera obligado a prometérselo.

—¿De quién habla?

Rosa la miró con los ojos entornados, luego apartó la vista.

—¿Reza usted?

Anne reaccionó con sorpresa ante aquella inesperada pregunta.

—Sí, aunque no tan a menudo como debería.

—¿Rezaría por… por alguien muy preciado para mí? No se encuentra bien. Seguramente no sea nada serio, pero…

—¿El doctor Finch está enfermo?

—No, no se trata del doctor Finch. —Rosa suspiró—. Solo rece mientras estoy fuera, ¿podría hacerlo?

—Por supuesto, lo haré. No tiene que darme los detalles.

Aunque le habría encantado que lo hiciera.

Después de que Rosa se marchara, Anne regresó a la habitación de la paciente para ocuparse de lady Celia. Le leyó y la ayudó a ir al dompedro mientras la doncella estaba fuera.

Unas horas más tarde, volvió a sacar a Louie, que no paraba quieto. Cuando estaba volviendo a casa, vio llegar al doctor Finch deprisa y con aspecto angustiado.

—Tengo que hablar con Rosa —expresó al entrar en la casa.

—Me temo que está ausente. Ha ido a Gloucester a hacer unos recados para lady Celia.

Él hizo un mohín.

—¿En serio? ¿Y cuándo regresará?

Anne miró el reloj que llevaba prendido de la solapa.

—Según mis cálculos, dentro de una hora más o menos.

El joven médico masculló algo entre dientes y se pasó la mano por el rostro con aire de preocupación.

—Entonces, ¿podría acompañarme usted? Necesito ayuda con —lanzó una mirada en derredor por el vestíbulo—… un paciente.

Varias preguntas comenzaron a darle vueltas por la cabeza. Si se trataba de eso, ¿por qué había preguntado por Rosa? ¿Y quién era el paciente? Entonces se acordó de la angustia de la doncella unas horas antes, y creyó haber hallado la respuesta.

—¿Se trata de su joven… pupilo?

El doctor tragó saliva.

—Sí.

—Me encantaría ayudarle, solo déjeme comprobar si Jasper o la señorita Fitzjohn están libres para hacer compañía a lady Celia.

Cuando comenzó a subir las escaleras, Louie la siguió.

—Traiga su maletín de medicinas, por favor —dijo el doctor desde abajo—. Quizá nos ahorre un viaje a la botica.

Dejó al doctor Finch caminando de un lado a otro por el vestíbulo y se dio prisa por regresar a la habitación de lady Celia, seguida de cerca por Louie . Se encontró a Jasper ya allí sentado con un libro en la mano.

—¡Ah, estupendo! —comentó—. ¿Le importaría quedarse aquí hasta que regrese? El doctor Finch necesita ayuda con un paciente.

—Claro, no hay problema.

Entonces Anne miró a lady Celia.

—Suponiendo que a usted no le importe, milady.

—Adelante. —La señora hizo un ademán desdeñoso con la mano—. Vaya y venga cuando le plazca. Nunca dije que me hiciera falta una enfermera solo para mí.

Aquel tono cortante le dolió, pero, acordándose del rostro asustado del doctor Finch, Anne forzó una sonrisa, le dio las gracias y se marchó tras hacer una rápida parada en el vestidor para recoger su maletín.

El doctor Finch se mostró visiblemente aliviado cuando la vio regresar tan pronto, y se pusieron en marcha de inmediato.

Anne casi tenía que correr para mantener el ritmo de las zancadas del médico.

A lo largo de su recorrido por la calle Tibbiwell, apurados y cargados con sus maletines, la gente se dio la vuelta para mirarlos.

—¿Le importa si propongo una ruta alternativa? —le preguntó en voz baja cuando no había nadie cerca.

—¿A qué se refiere?

—Paremos aquí. —Señaló la antigua casa de sus abuelos.

—No entiendo… ¿Por qué quiere hacer eso?

—Un pequeño desvío. Llegaremos más deprisa así que dando toda la vuelta.

Anne llamó a la puerta y la amable señora Baylis abrió enseguida.

—Señorita Loveday, qué alegría volver a verla. Y creo que usted es el señor Finch, ¿no es así? Aunque solo lo he visto de lejos. Tengo una constitución excelente; no he pasado ni un solo día de mi vida enferma.

—Entonces quizá hoy sea el día —dijo Anne de manera apresurada—. ¿Le supondría mucha molestia que tomáramos un atajo por su jardín? Hay una pequeña emergencia en Valley View Lodge.

La señora Baylis lo entendió enseguida. Miró a la calle detrás de ellos y se dio cuenta de que un vecino y la encargada de la estafeta de correos los estaban observando.

—Por supuesto.

La señora Baylis los dejó entrar. Luego volvió a mirar a los curiosos espectadores, tosió con fuerza y cerró la puerta.

—Gracias —expresó Anne mientras le apretaba la mano.

La señora Baylis los condujo hasta la parte de atrás de la casa.

Al mirar a través de la ventana, el doctor Finch abrió mucho los ojos.

—No se me había pasado por la cabeza que nadie tuviera una vista tan privilegiada…

—No se preocupe por eso. Dese prisa, que puedo oír a ese corderito llorando desde aquí.

—Gracias otra vez.

Atravesaron el jardín con rapidez y solo tardaron unos minutos en llegar hasta la puerta trasera de casa del señor Finch. Este miró a Anne de reojo.

—Se lo explicaré todo luego. Primero ocupémonos del niño.

Anne aceptó con un asentimiento de cabeza.

Dentro de la casa, encontraron a una mujer con delantal que mecía en vano a un bebé que no dejaba de llorar. El ama de llaves, supuso la joven.

—He vuelto tan pronto como he podido —dijo el doctor—. Esta es la señorita Loveday, la enfermera de lady Celia, y viene a ayudar. La señorita Stark se encontraba ausente.

—Buena idea, ya era hora de que llegaran los refuerzos. Soy incapaz de hacer que deje de llorar.

—Gracias por sus esfuerzos, señora Tufley.

El doctor Finch tomó al niño en brazos y lo llevó a otra habitación.

—Cuando la hija de la señora Tufley se resfrió, supuse que Robbie debía de haber contraído la misma enfermedad, pero ¿tantos llantos? Empiezo a temerme que sea algo peor. Podría tener fiebre; lo noto muy caliente.

—Cómo no va a estarlo con tanta agitación. —Anne observó al niño, que lloraba de manera inconsolable, moqueando y llevándose las manos a la cabeza—. ¿Podría ser dolor de oídos? —sugirió—. Una de mis medio hermanas lo padece a menudo cuando se resfría o tiene alguna molestia respiratoria.

—Parece que algo le está causando dolor, eso desde luego. Muchos médicos recetan el uso de azogue y azufre, pero no quiero someterlo a más tormentos cuando ya está pasándolo tan mal.

—¡Por Dios! No hace falta recurrir a eso. —Anne abrió su maletín y buscó en su interior hasta dar con el frasco que estaba buscando—. Unas gotas hechas por mi padre: aceite de gordolobo con ajo y otras hierbas.

—¿Qué quiere que haga?

Anne agarró al niño en brazos.

—Traiga un paño frío y húmedo y algo de leche en cualquier recipiente del que el niño esté dispuesto a beber.

Cuando regresó al cabo de unos minutos, Anne le señaló la mecedora que se encontraba en un rincón de la habitación.

—Siéntese ahí. —Cuando lo hizo, Anne le entregó al niño—. Échese para atrás e inclínelo de manera que las gotas puedan penetrar en el canal auditivo y no se salgan.

El doctor Finch siguió sus instrucciones.

Anne se arrodilló junto a la silla y destapó el frasco. Tiró con cuidado del lóbulo de la oreja del bebé, vertió unas gotas dentro de su oído y luego frotó la zona para ayudar a que el aceite penetrara con más facilidad. Durante todo este proceso, el niño continuó llorando.

—Tardará un tiempo en hacer efecto —le aseguró al preocupado doctor Finch.

Después Anne le ofreció el biberón, que no se diferenciaba tanto del pistero que se empleaba para dar de beber a los impedidos. Mientras el niño bebía, Anne le colocó la compresa fría sobre el oído dolorido, y el doctor Finch la sujetó con la mano para que no se la quitara.

Unos minutos después, los sollozos del niño empezaron a perder vehemencia, y poco después se quedó dormido con serenidad sobre el pecho del médico.

—Gracias, Señor. Y gracias, señorita Loveday. Hace usted milagros.

—Milagros no, simplemente soy hija de mi padre. Y medio hermana de cuatro niños pequeños que caen a menudo víctimas de toda clase de enfermedades infantiles.

—Aun así, se lo agradezco. Valoro mucho su experiencia en estos asuntos.

Al verlo sostener al niño con tanta ternura, el corazón se le llenó de cariño, pese a que tenía una pregunta en la punta de la lengua, pugnando por salir.

Apretó los labios y, luego, se aventuró:

—¿Es su hijo?

—No. —Él respiró hondo—. Sin embargo tampoco es quien le dije que era.

Ernest Finch exhaló un largo suspiro. Después, sin dejar de mecerse con lentitud, se explicó:

—Cuando el doctor Marsland me interrogó acerca del niño, le conté que estaba cuidando del hijo de mi hermana, que habían dejado bajo mi tutela.

—Eso es lo mismo que me dijo a mí.

—En parte es verdad. Mi hermana y su marido sí que dejaron a alguien bajo mi tutela, pero no se trata de Robbie, aquí presente. No se me da bien engañar a la gente, pero sentí la necesidad de proteger a la madre de Robbie. De protegernos a ambos, si le soy sincero.

—¿Es hijo de Rosa? —preguntó Anne al recordar la preocupación de la doncella por la salud de alguien muy querido.

—Sí —contestó él tras un momento de vacilación.

—¿Y su relación con ella es…?

—Es mi sobrina.