Capítulo 14 #3
Un tiempo después, Anne se despertó sobresaltada. No había planeado quedarse dormida. Recorrió la habitación con la mirada y vio que la paciente seguía durmiendo plácidamente, gracias a Dios. El médico también dormía. La joven se levantó y avivó el fuego tratando de no hacer ruido.
Luego se acercó al doctor y se quedó un momento a su lado.
Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sillón, las largas piernas estiradas hacia delante, los ojos cerrados y el pelo rubio le caía por delante de la frente.
Iba sin corbata, con la camisa un poco abierta dejando el cuello a la vista y la sombra de las patillas oscureciéndole la mandíbula.
Le alisó con delicadeza el mechón de pelo que le caía por la frente.
Entonces él abrió los ojos y, antes de que ella pudiera retirar la mano, la atrapó entre las suyas, se la acercó a los labios y le depósito un beso en la palma.
La barba incipiente le arañó la piel, pero el dulce beso la calmó e hizo que una oleada de agradable calidez le trepara por el brazo directa al corazón.
«Ten cuidado, Anne —se advirtió a sí misma—. Recuerda la decisión que habías tomado». Sin embargo, en ese instante, no habría sido capaz de explicar por qué.
* * *
Determinada a no permitir más errores ni que la culparan por algo que no había hecho, Anne comenzó a hacer marcas en los frascos de digitalina y de láudano después de cada uso, y tomaba nota de ellas en un cuaderno.
También le pedía a Rosa que verificara sus mediciones y firmara y fechara cada entrada del cuaderno.
La frecuencia cardiaca de lady Celia se mantuvo irregular durante el día siguiente y luego regresó a los niveles previos a la última crisis. El doctor Finch y el doctor Marsland continuaron visitándola a menudo y le aseguraron a la señorita Fitzjohn que la salud de su madre mejoraba por momentos.
Cuando lady Celia estuvo más o menos recuperada, Anne habló con ella, interrogándola con delicadeza en un intento de descubrir si alguien que no debía había entrado en el vestidor o si había visto a alguien echarle algo en el té, o si había notado que este tenía un sabor extraño… , algo. Lo que fuera.
Lady Celia cerró los ojos con fuerza, tratando de recordar.
—Ahora que lo menciona, el té sí que tenía un sabor raro. Más amargo de lo habitual y, al mismo tiempo, también empalagoso. Recuerdo haber pensado que debían de haberlo dejado infusionar demasiado tiempo y que luego alguien había añadido más azúcar para compensar.
—Pero usted no toma azúcar con el té… —dijo Anne, recordando oírle decir a su padre que la digitalina tenía un sabor muy amargo.
—Tiene razón. ¿A qué vienen todas estas preguntas?
Anne apretó los labios resecos antes de admitir:
—Experimentó usted una reacción a… lo que parece haber sido una dosis demasiado alta de digitalina. No creo haber medido mal las dosis ni haberle dado una doble por accidente, de modo que estoy intentando averiguar cómo ha podido suceder esto.
Anne volvió a preguntarse si era posible que alguien hubiera contaminado el té. Y si así fuera, quién lo había hecho, porque ya empezaba a notar un patrón: primero el caldo, luego las abejas y ahora esto.
—Mmm. —Lady Celia apretó los labios en un gesto pensativo y luego preguntó—: ¿Qué opinan los doctores?
—Los dos han sido extremadamente comprensivos. Están preocupados por usted, por supuesto, igual que su familia. Aunque hay quien piensa que… he debido de cometer un error.
—Usted no, Anne. Confío en usted.
La sensación de alivio y la incertidumbre se enfrentaron dentro de ella. Anne esperaba de corazón que lady Celia no estuviera depositando su confianza en la persona equivocada.
Entonces se recordó a sí misma que no era una persona olvidadiza ni atolondrada. Era una mujer hábil y competente, y haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que a ninguna paciente a su cargo volviera a sucederle nada malo.
* * *
Al día siguiente, bajó a la cocina para recoger la bandeja de té y tostadas del desayuno de lady Celia. Kezia se acercó a ella con timidez para darle las gracias por haber ayudado a su padre, Joe Webb.
Cuando Anne regresó al cuarto de lady Celia poco después, le sorprendió descubrir que la pluma de ganso se hallaba en el suelo, junto a la puerta, lo cual quería decir que alguien había hecho caso omiso de la señal y entrado en la habitación de todos modos.
Se detuvo al oír voces en el interior.
—Considéralo un préstamo —estaba diciendo el señor Dalby—. Después de todo, soy uno de tus herederos. Pero necesito el dinero ahora.
—No te debo ni un penique. Puedo quitarte del testamento con la misma facilidad con la que te incluí en él.
—No te recomendaría que hicieras tal cosa.
—Ándate con cuidado, Jude. Sir Herbert confiaba plenamente en mí y me lo dejó todo, y Katherine será quien herede la mayoría de lo que tengo.
Sí, tenía planeado dejaros algo a Jasper y a ti, pero si continúas molestándome, podría acabar cambiando de idea y de testamento. No me des motivos para hacerlo.
—Y tú no me des motivos para… actuar de manera desesperada. Necesito el dinero para final de mes o si no…
—¿Si no qué? ¿Me estás amenazando?
—Por supuesto que no. Soy yo quién está amenazado.
Albert Palling está al borde de la bancarrota y me va a arrastrar con él.
¿Es que acaso no te importa? No voy a recibir ningún dividendo.
Peor aún: me voy a ver obligado a pagar parte de la deuda si no quiero sufrir la humillación de aparecer en un anuncio de bancarrota en The Gazette .
¿Es que no te preocupa que se manche así el nombre de nuestra familia?
—¿Qué importa otra mancha después de todo lo que tú, y ahora también Jasper, nos habéis hecho pasar? —preguntó ella.
—Mis anteriores… indiscreciones no tienen ni punto de comparación con esto.
—¡No es una competición! Lo que importa es que yo no soy responsable de tus problemas financieros. Decidiste casarte con quien quisiste para obtener intereses del molino, incluso cuando te advertí de que su apogeo había pasado. ¿Me hiciste caso? No. Ahora, te toca pagar el precio.
—Muy bien, pero te prometo que no seré el único que lo pague.
—Te lo advierto una vez más, Jude: ten cuidado. Y ni se te ocurra andar detrás de Katherine por la herencia.
—No es que entre dentro de mis planes, pero ¿por qué te opondrías a eso? Los matrimonios entre primos son algo habitual. De hecho, cuando éramos más jóvenes, parecía que nos animabas a ello.
—Eso fue hace muchos años, antes de que me diera cuenta del peligro que entrañas para las mujeres. No querría que Katherine corriera el mismo destino que tu primera mujer.
—¡Cómo te atreves! ¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada, solamente repito los rumores que circulan por todo el pueblo.
—Pensé que eras lo bastante inteligente como para no creer en rumores. En cualquier caso, Kat ya es mayorcita y puede tomar sus propias decisiones. No le hace falta tu permiso.
—Pero a ambos os hace falta mi dinero. Estoy convencida de que es demasiado inteligente como para casarse contigo, pero si lo hace, os desheredaré a ambos.
—¡Maldita mujer!
Unas pisadas atravesaron la habitación. Conteniendo la respiración, Anne dobló la esquina con la bandeja en las manos, moviéndose tan deprisa que hizo que el té salpicara fuera de la taza.
Si el señor Dalby bajaba hacia el decantador de whisky, no la vería, pero si se dirigía a su habitación, la encontraría allí parada y sería obvio que estaba escuchando a escondidas.
La puerta se abrió de sopetón y dio un golpetazo contra la pared. Un instante después, unas pisadas airadas retumbaron escaleras abajo.
Anne dejó de contener el aliento. No la habían descubierto, aunque eso no la alivió demasiado. Los hombres desesperados podían llegar a cometer actos desesperados.
* * *
Esperó un tiempo prudencial y luego entró con cautela en la habitación de lady Celia. Encontró a la mujer sentada en la cama, con la mirada perdida en algún punto distante.
—Le traigo té y tostadas, aunque me temo que he derramado parte del té…
No parecía que lady Celia la hubiera escuchado.
—Anne, si me sucede algo, quiero que le diga a Katherine que Jude…
—¿Que… qué?
Lady Celia apretó los labios, como si se lo hubiera pensado mejor. En lugar de lo que fuera que iba a decir, dijo lo siguiente:
—Que no se acerque a él. Tal vez a usted le haga caso.
Anne se sintió tentada a preguntar qué argumentos debería ofrecer a la señorita Fitzjohn al respecto, pero, habiendo escuchado la discusión, se hacía una idea bastante clara.
—De acuerdo —concluyó Anne—. Aunque esperemos y recemos para que a usted no le pase nada. De hecho, me voy a asegurar de que así sea.
—Esa es una promesa que no podrá cumplir.
—Quizá. Aun así, haré todo lo que esté en mi mano para cuidar de usted.
Los recuerdos de otra mujer enferma, de otra cama, volvieron a darle vueltas por la cabeza, pero se obligó a no hacerles caso.
—No tengo hambre —dijo lady Celia haciendo un ademán hacia la bandeja—. En vez de eso, tráigame las cosas de escribir, por favor. Es hora de que le envíe otra carta a mi abogado.