Capítulo 14 #2
La paciente seguía dormida, y el doctor Finch estaba leyendo a la luz del fuego y de una lamparita de color verde.
Se había quitado la corbata, pero, por lo demás, estaba completamente vestido.
Al oírla llegar, levantó la cabeza para seguirla con la mirada, deteniéndose un poco en su ropa de dormir y en la larga trenza que le caía por encima del hombro.
—Acabo de auscultarla otra vez —dijo él en voz baja— y tiene la frecuencia cardiaca estable y la respiración regular. Váyase a dormir, señorita Loveday.
—No me siento bien dejando que duerma en ese sillón. Puede acostarse en mi cama, y yo dormiré en el vestidor de la señora. No puedo ponerlo a usted ahí, en caso de que milady necesite usar el dompedro por la noche, pero yo sí puedo.
—Es una oferta muy generosa, pero no creo que fuera… lo mejor… que yo durmiera en su cama.
Anne sintió que se le subían los colores.
—Supongo que tiene razón.
El médico señaló con la cabeza el otro sillón que estaba libre junto al fuego.
—Pero podría… sentarse un rato conmigo.
Anne apenas dudó.
—Muy bien.
Él le ofreció la manta.
—Quédesela, voy a por otra.
Fue a buscar una a su habitación y luego se sentó en el sillón de al lado. Pasaron un tiempo contemplando el fuego en silencio, hasta que él empezó a hablar en voz baja.
—Esta situación debe de ser muy difícil para usted. La señorita Fitzjohn mencionó que tuvo usted que cuidar a su madre en sus últimos días. ¿Me… me hablaría de ello? De ella.
Anne esperaba que la señorita Fitzjohn no se lo hubiera contado con intención de sembrar dudas sobre si estaba capacitada para esta tarea. En estos momentos, se sentía demasiado agotada como para tratar de defenderse si ese había sido el caso.
—Mi madre enfermó de tisis. Mi padre y yo lo intentamos todo… Hay gente que se recupera, ¿sabe? Así que nos aferramos a la esperanza. Pero… no.
Anne sacudió la cabeza para apartar aquellos terribles recuerdos: la respiración cansada de su madre, la piel macilenta y la tos.
—¿Le importa si le pregunto qué remedios probaron?
Anne asintió con la cabeza.
—Por supuesto, nos aseguramos de que descansara mucho, respirara aire puro y se alimentara de manera saludable.
Le dimos aceite de hígado de bacalao, friegas de vinagre e inhalantes para calmarle los pulmones.
Lo intentamos con ungüentos y decocciones de acónito, apio del diablo e hidróxido de calcio y azufre entre otros.
»Mi padre quería enviarla a Italia, pues se supone que el aire de las montañas de allí puede ser beneficioso, pero ella se negó a separarse de nosotros.
Además, con la guerra… —Negó con la cabeza—.
Padre no podía abandonar su consulta durante periodos largos, así que, en vez de ir a Italia, Fanny y yo la acompañamos a las montañas del Distrito de los Lagos.
Anne recordaba la decepción que sintieron al darse cuenta de que cada pequeña mejoría que notaban resultaba ser solo temporal.
—Por desgracia, no hubo beneficios a largo plazo.
Entonces mi padre probó suerte en un par de ocasiones con purgas y sangrados, como a veces recomiendan los médicos, pero eso solo servía para debilitarla aún más, de modo que dejamos de hacerlo.
Padre se planteó probar la cicuta como inhalante, pero yo se lo desaconsejé.
Luego leyó un artículo firmado por un doctor escocés que hablaba sobre un tratamiento quirúrgico experimental consistente en colapsar de manera parcial uno de los pulmones para dejarlo reposar.
Lo convencí de que no era buena idea recurrir a un tratamiento tan arriesgado, pero ahora me arrepiento.
—Ah, sí, un neumotórax artificial. Yo también he leído el tratado de Carson.
Ella asintió con la cabeza antes de continuar.
—A mi padre lo llamaron para que se encargara de una cirugía urgente y yo me quedé al cuidado de mamá en las que resultaron ser sus últimas horas.
Estaba sola con ella cuando murió, y me he sentido culpable desde entonces.
Si no hubiera disuadido a mi padre de intentarlo con aquel método, si hubiera tenido más conocimientos o hubiera sido más diligente con los inhalantes y las bebidas, tal vez podríamos haberla salvado.
Yo podría haberla salvado. Pero fracasé.
Él guardó silencio durante un buen rato. Anne temió que estuviera de acuerdo con lo que acababa de decir, o que estuviera repasando en su mente la lista de todos los remedios que no habían probado.
El fuego crepitaba.
—Lo siento mucho —dijo él al fin—. Qué experiencia más terrible.
Ella asintió de nuevo.
—Y ahora me da miedo volver a fallar con lady Celia, si bien estoy decidida a que no sea así.
Anne notaba la mirada del médico fija en su perfil.
—No es usted la única que tiene miedo a fallar —comentó—. Yo me enfrento cada día a esa sensación. Es algo inherente a lo que hacemos, a esta vocación que usted y yo compartimos.
«Usted y yo…». A pesar de la culpa y los remordimientos, agradecía que el doctor la hubiera incluido entre esas personas que aspiran a ayudar y curar a los demás; alguien con una vocación lícita.
Anne se volvió y vio que él estaba inclinado hacia ella, con los codos apoyados en las rodillas para poder mirarla más de cerca.
—No olvide esto nunca, señorita Loveday: somos humanos y falibles, y siempre nos quedan cosas que aprender. Solo existe un médico de médicos que puede curarlo todo y a todos… si esa es su voluntad.
—Sí, sé que tiene usted razón.
—Tener razón no alivia el dolor y los remordimientos que uno siente al perder a un paciente, sobre todo a uno al que se quiere.
Anne asintió con la cabeza y pestañeó varias veces para contener las lágrimas. «No, no lo alivia».
—¿Y qué hay de sus padres? —preguntó ella al cabo de un rato—. El doctor Marsland mencionó que su padre es abogado.
—Sí, mis padres llevan ya ocho años viviendo y trabajando en la India. Yo me quedé aquí para ir a la escuela de medicina. Mi hermana también se quedó, pero a su esposo le ofrecieron hace poco un puesto en la empresa para la que trabaja mi padre, y se marcharon también a la India el año pasado.
—¿Los echa de menos?
—Sí, pero sé que estoy donde tengo que estar.
Transcurrió otro minuto de silencio, solo interrumpido por el sonido de la respiración de lady Celia, el susurro del fuego y el tictac acompasado del reloj de péndulo.
Entonces él preguntó:
—¿Cómo era su madre antes de enfermar?
Una sonrisa asomó de inmediato a los labios de Anne.
—Encantadora, buena, amable y generosa hasta el extremo.
—Entonces se parece a alguien que conozco.
Una agradable sensación de calidez creció dentro de ella, pero también se sintió cohibida.
—No tengo ni punto de comparación con ella.
—¿Y entiendo que su padre y ella eran felices juntos?
—Mucho. El suyo fue un matrimonio por amor. Eran almas gemelas y potenciaban las mejores cualidades del otro. La añoro muchísimo. Y también añoro cómo era mi padre cuando ella aún seguía entre nosotros.
—Y usted, señorita Loveday, ¿se ha enamorado alguna vez? Perdone mi impertinencia, sobre todo después de haberla acusado de ser demasiado inquisitiva.
Debía de ser por la luz del fuego, por estar sentados juntos bajo aquellas mantas acogedoras y porque ella llevaba puesto el camisón, pero la pregunta no la ofendió; incluso se sentía preparada para responderla.
—No lo creo, no. En Churchdown había un muchacho que venía a la botica casi a diario con la excusa de que necesitaba un remedio para su hermana. Al principio me agradaba, hasta que descubrimos que dicha hermana no existía y mi padre lo echó de allí con un rapapolvo.
El doctor Finch se echó a reír.
—Jasper Paine y yo éramos amigos de pequeños —añadió entonces ella—, y es posible que desarrollara un cierto cariño hacia él en mi juventud, el cual atribuyo a la primera vez que lo vi vestido con el uniforme del regimiento, pero no fue nada serio.
»Y, por descontado, no he sentido amor, ni siquiera me han gustado, ninguno de los hombres a los que mi madrastra me ha presentado tratando de ejercer de casamentera.
Anne respiró hondo, sopesando si debía preguntarle acerca de Rosa, la doncella. Entonces empujó las palabras a través del nudo que tenía en la garganta:
—¿Y usted?
Él asintió con actitud sobria.
—Sí, estuve enamorado una vez. Creí que había conocido a la mujer con la que me iba a casar.
Anne sintió una incómoda presión en el pecho, acompañada de celos, un sentimiento que era nuevo para ella y que le resultaba de lo más desagradable.
Tragó saliva.
—¿Y qué ocurrió?
Le aterrorizaba conocer la respuesta de lo que había pasado o, mejor dicho, con quién.
Lo que él contestó la sorprendió.
—A ella empezó a asquearle que yo hablara de mi aprendizaje o de los síntomas de los pacientes, y también el olor de las habitaciones de estos, de la enfermedad, y de cosas peores…
Por eso me he acostumbrado a lavarme las manos a menudo y a mantenerme limpio, tanto yo mismo como mi ropa.
También uso una colonia especial que contiene vainilla y evita que otros olores se peguen a ti.
Todas esas medidas resultaron ser insuficientes.
Su rechazo por mi profesión no hizo sino crecer.
Y cuando le dije que no estaba dispuesto a renunciar a mi vocación, ella decidió renunciar a un futuro conmigo.
Se casó con otro hombre y ahora tienen una preciosa familia juntos.
—Eso es terrible. Siento mucho que haya pasado por eso.
«Entonces, no se trata de Rosa», concluyó Anne, preguntándose de nuevo qué clase de relación tenían aquellos dos.
Él se encogió de hombros.
—Me alegro por ella, de verdad. Aunque a veces no puedo evitar pensar que, si hubiera tomado otra decisión, me sentiría menos realizado, sí, pero también mucho menos solo.
Anne se obligó a apartar la vista de su rostro afligido y se quedó mirando el fuego hasta que los ojos empezaron a arderle. Y a llorar.