Susurros en Painswick Court Capítulo 14
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Capítulo 14

A la mañana siguiente, Anne se despertó un poco más tarde de lo habitual.

Y cuando lo hizo, se dio el lujo de permanecer unos maravillosos minutos allí tendida, estirándose y recordando lo mucho que había disfrutado de pasar una noche hablando y bailando con el doctor Finch, incluso cuando todavía tenía ciertas preguntas respecto a su relación con Rosa, y a pesar de las malas noticias del señor Palling.

Después de echarle un vistazo a su reloj en forma de broche, se levantó y comenzó con su rutina de todas las mañanas: tomarle el pulso a lady Celia, estudiar si estaba experimentado nuevos síntomas, administrarle su dosis de digitalina y acomodar los almohadones para que pudiera respirar mejor.

Luego bajó al almacén para preparar más mezcla diurética de enebro y diente de león y otra tanda de píldoras para la jaqueca para la señorita Fitzjohn.

Cuando se dio cuenta de que apenas le quedaba corteza de sauce, volvió a comprobar que lady Celia seguía bien, se puso los guantes y la capota y salió a hacer un viaje rápido hasta la botica del pueblo, aprovechando también para sacar a Louie y que hiciera algo de ejercicio.

Cuando regresó poco después, la criada le ofreció bajar a Louie a la cocina para darle agua y algo de comer.

—Gracias, Jane.

—Mientras estaba fuera, lady Celia llamó al timbre para pedir el té —añadió la muchacha—, pero puedo llevarle yo la bandeja en un momento. De todas formas, tengo que subir.

—Se lo agradezco; eso me ahorraría un viaje.

Anne subió las escaleras mientras se quitaba la capota y los guantes por el camino y entró por la habitación de sir Herbert para guardar sus cosas en el vestidor antes de llegar hasta su paciente.

Oyó los gemidos incluso antes de abrir la puerta del vestidor. ¿Se trataría de otra pesadilla o algo peor?

Anne dejó caer las cosas y corrió hasta la cama de lady Celia. La mujer emitió un quejido y se incorporó, sacudiendo las mantas.

—Milady, ¿qué sucede? ¿No será otra vez el marisco?

—No, marisco no. —Recorrió la habitación con la mirada—. Todo está amarillo. —Posó la vista en Anne—. Usted también está amarilla. ¿Tiene ictericia? —Entornó los ojos—. ¿Lleva puesta una aureola?

A Anne se le aceleró el corazón, y notó que el estómago se le encogía de miedo.

Lady Celia volvió a recostarse y se llevó una mano al pecho.

—Me siento… extraña.

Anne puso los dedos en la muñeca de la mujer. Tenía el pulso demasiado lento y, por si eso fuera poco, también irregular.

¿Cómo había ocurrido esto? Había medido la medicación con cuidado, sabía que sí. Pero, entonces, ¿por qué lady Celia exhibía los síntomas propios de una sobredosis de digitalina?

—¡Rosa! ¡Rosa! —gritó.

La doncella llegó corriendo; sin duda había notado la ansiedad en el tono de voz de Anne, porque prácticamente entró en la habitación de un salto.

—¿Qué sucede?

—Por favor, dese prisa y llame a uno de los doctores, o a ambos. Al que pueda llegar más deprisa.

Después de mirar a la enferma con los ojos muy abiertos, la joven fue a cumplir el encargo con premura.

Anne decidió que iba a probar con todos los remedios que se le ocurrían para un caso como este. Empleó un emético de agua y mostaza y una pluma para intentar inducir el vómito de la paciente. Después de eso, le dio aceite de ricino.

El doctor Marsland llegó corriendo poco después, con su maletín negro en la mano y la cara colorada a causa del esfuerzo. El doctor Finch le pisaba los talones.

Anne detalló con rapidez los síntomas de lady Celia y las medidas que había tomado antes de que llegaran.

A partir de ese momento, los médicos se hicieron cargo de la situación.

* * *

Cuando las cosas se calmaron y lady Celia parecía estable, el doctor Finch le dirigió una mirada compasiva a Anne y luego se marchó a una cita a la que ya llegaba tarde. Lo esperaban en Damsell para atender a la señora Cox, que estaba muy enferma.

Cuando el doctor Marsland y Anne se quedaron solos en la habitación con lady Celia, que seguía dormida, hablaron en voz baja junto a la chimenea.

—¿Cómo ha ocurrido esto? —preguntó él en tono delicado, incluso se podría decir que amable.

—No lo sé. Siempre mido la dosis de manera concienzuda. He revisado el frasco de jarabe después de que ustedes llegaran, y queda menos de lo que debería. Lo guardo en el vestidor donde duermo, pero no tengo llave para cerrar la puerta. Cualquiera podría haber entrado a buscarlo.

Él frunció el ceño.

—¿Qué es lo que está insinuando?

—Que alguien podría haber echado algo de digitalina en esa taza de té de ahí mientras yo estaba fuera y la señora dormía.

Anne se percató de que ahora dicha taza estaba vacía.

—¿Quién? ¿Quién haría algo así?

—No lo sé.

Se acordó de que Jane le había dicho que le subiría el té a lady Celia, pero sabía que la criada nunca haría algo así.

Las comisuras de los labios del médico se inclinaron hacia abajo en un gesto triste, compasivo.

—¿No sería una explicación más factible que usted le haya dado una dosis demasiado elevada? Todos cometemos errores, señorita Loveday. Demos gracias de que la situación no haya sido más grave.

¿De verdad había sido un error suyo? ¿Era posible que de algún modo le hubiera administrado a lady Fitzjohn una dosis demasiado elevada, o que se hubiera olvidado de que ya le había dado la digitalina y le hubiera dado una dosis extra?

No creía haber hecho tal cosa. O, por lo menos, esperaba no haberlo hecho. «Que Dios se apiade de mí».

—Para no correr riesgos, sustituiré ahora mismo este frasco por uno nuevo. Ya que, si no se trata de que haya ingerido una dosis demasiado alta, podría ser que la digitalina esté contaminada o que la hayan preparado de forma incorrecta.

—Sí, es una buena idea.

A Anne le sorprendió que el doctor Marsland no la despidiera en el acto. Seguramente lo habría hecho si hubiera habido otra persona cualificada que pudiera sustituirla. Se sentía aliviada de no tener que marcharse de allí de un modo tan vergonzoso.

Anne había empezado a adquirir confianza como enfermera. Se dijo que aquello solo era un revés; no significaba que fuera a fallarle a lady Celia. Estaba agradecida de que le concedieran otra oportunidad, y se aseguraría de que no volviese a ocurrir nada parecido.

* * *

Alertados de la situación por el doctor Marsland, la hija de lady Celia y sus sobrinos subieron con él a la habitación; traían los rostros contraídos de preocupación.

La enfermera se sintió como si estuviera frente a un pelotón de fusilamiento.

La ansiedad y la vergüenza se apoderaron de ella, haciendo difícil sostenerles la mirada a aquellas personas. Aun así, estaba convencida de que no había hecho nada equivocado.

¿O sí?

Katherine hizo algunas preguntas, y también Jude, con expresión escéptica y recelosa. Peor aún: Jasper, su viejo amigo, también parecía decepcionado.

El dotor Marsland tenía que ir a visitar a otro paciente, pero se aferró a la mano de la señorita Fitzjohn y le pidió que mandara a alguien a buscarlo si su madre empeoraba.

Los sobrinos salieron con el doctor, pero Katherine se quedó en la habitación. Anne y ella se sentaron junto a la cama de lady Celia. Al cabo de un rato, Rosa les trajo algo de comer, pese a que ninguna tenía demasiado apetito.

El doctor Finch regresó por la noche, después de haberse ocupado de su otra paciente, y subió de nuevo a la habitación para ver cómo se encontraba la enferma. Le auscultó el corazón con un tubo de madera y anotó su frecuencia cardiaca ayudándose de un reloj pulsómetro.

—Sus latidos todavía son irregulares —expresó—. Y la frecuencia cardiaca sigue siendo lenta, pero está mejorando. Todo debería regresar a los valores habituales dentro de uno o dos días.

—Doctor Finch, me preguntaba si podría usted hacernos un enorme favor —dijo la señorita Fitzjohn.

—Cualquier cosa que esté en mi mano.

—¿Podría quedarse con mamá esta noche? Solo hasta que nos aseguremos de que se halla fuera de peligro.

—Bueno, supongo… supongo que sí. ¿Quizá…, eh, quizá la señorita Stark podría acercarse a Valley View e informar a mi ama de llaves?

—Claro, no veo ningún inconveniente. A fin de cuentas, ni mamá ni yo vamos a requerir de una doncella esta noche.

—Muy bien —concluyó él—. En ese caso, me quedo.

Alrededor de una hora más tarde, Rosa ya había ido a Valley View Lodge y regresado para informar al doctor que por allí todo estaba en orden.

El médico se sentó en uno de los sillones situados junto al hogar.

En la cama, lady Celia seguía durmiendo; era obvio que su cuerpo estaba agotado a causa de la sobredosis de digitalina y las medidas que habían tenido que tomar para contrarrestarla.

Anne le llevó una manta al doctor.

—Creo que ya sabe dónde está el aseo. Le he dejado preparada una toalla y todo lo necesario para que pueda lavarse los dientes. ¿Qué otra cosa le hace falta?

—Nada más, gracias.

—Siento mucho todo esto. De veras no creo haberle dado una dosis superior a la que le habían recetado, si bien no tengo manera de demostrarlo.

—Sé que es usted una persona diligente y meticulosa, señorita Loveday. Quizá cuando lady Celia se reponga recuerde algo que nos ayude a determinar qué ha sucedido. No con intención de buscar a un culpable, sino para evitar que vuelva a ocurrir, por el bien de milady y también por el suyo.

Anne asintió con la cabeza, agradecida por su empatía y las palabras de aliento.

—Es muy generoso por su parte pasar la noche aquí, sobre todo teniendo… responsabilidades en casa —afirmó ella.

Él asintió con la cabeza.

—No pasa nada, nos las arreglaremos. Es solo una noche.

—Si puedo ayudarle de alguna manera, hágamelo saber.

—Gracias, señorita Loveday.

Anne regresó a su cuarto, se puso el camisón, se quitó las horquillas del pelo y se tumbó, pero fue incapaz de dormir pensando en él sentado toda la noche en uno de esos sillones. Volvió a levantarse, se echó una bata por encima y entró en la habitación de lady Celia.