Susurros en Painswick Court Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

El silencio fue roto por una serie de exclamaciones de incredulidad y maldiciones entre dientes.

Anne y el doctor Finch intercambiaron una mirada de preocupación. La joven recordaba haber oído a alguien quejarse de lo mal que manejaba el señor Dalby el negocio y, al mirar en derredor, no lo halló por ningún lado.

—¿Y qué va a hacer usted, jefe? —preguntó Joe Webb.

El señor Palling se encogió de hombros.

—Empezar a empaquetar todo lo que tengo en casa, pues también tendré que venderla.

Hablando de eso, me vendría bien la ayuda de un puñado de hombres con buenas espaldas dentro de una semana o dos.

Les pagaré, por supuesto. Si a alguno le interesa, denle su nombre a Simon y sacaremos tres papeles de dentro de un sombrero para que sea una decisión justa.

No me puedo permitir contratarlos a todos.

—Antes sí podía —murmuró alguien.

—¿Cree que no lo sé? Miren, entiendo que estén enfadados, y no les puedo juzgar por ello. Yo también lo estoy. Sé que algunos podrían sentir la tentación de desahogarse actuando contra mí o contra el molino…

A Anne no se le pasó por alto que no había mencionado el nombre del señor Dalby.

—Pero si la razón se impone a la pasión, les recompensaré por ello.

Pienso compartir lo que quede de mis ahorros con todos mis empleados, siempre y cuando no se produzcan daños en los molinos.

Al final de la semana, si todo sigue en orden, pueden pasar por mi casa para recibir su último salario, que incluirá tres libras de mis propios ahorros.

Espero que esto les permita alimentar a sus familias mientras encuentran otro empleo.

Sin embargo, si hubiera daños en el molino, el valor de la propiedad descendería, y entonces no podría ofrecerles dicho dinero.

Un hombre lanzó una maldición y comenzó a protestar, pero otro trabajador lo silenció enseguida.

—Quizá tú puedas arreglarte sin esas tres libras, pero yo no. Tengo una familia que alimentar.

Otros hombres apoyaron lo que decía este.

El doctor Finch y Anne volvieron a mirarse. Albert Palling era un tipo inteligente.

Al darse la vuelta, Anne reparó en dos figuras femeninas que merodeaban cerca de la puerta del almacén: Rosa y la señorita Fitzjohn, esta última vestida con una capa azul y con la capucha puesta. Anne se preguntó cuánto tiempo llevarían allí.

—Eso es todo lo que tengo que decir —concluyó el señor Palling—.

Soy consciente de que esto va a empañar la celebración, pero quería darles las gracias por su trabajo de estos años.

Me habría gustado que las cosas hubiesen terminado de otro modo.

—Miró hacia la mesa de los refrigerios—.

Me temo que la bebida ya se ha acabado, pero pueden llevarse la comida que ha sobrado, en especial aquellos de ustedes que tienen familia. Y ahora sí, les deseo una feliz noche.

Caminó hacia la puerta, y se detuvo al encontrar a la señorita Fitzjohn allí de pie. Su expresión derrotada se acentuó aún más.

—Ah, señorita… Lamento que haya tenido que ser testigo de esto. Pensaba que no vendría.

—No, eh… Solo he salido a dar un paseo por la zona, aprovechando que hace tan buena noche. Lamento mucho la noticia que acaba de comunicar, señor Palling.

Él trató de sonreír, pero el resultado fue más parecido a una mueca.

—Gracias. —Inclinó la cabeza mirando al resto y salió del almacén.

—Desde luego, no ha sido la clase de fiesta que esperaba —comentó el doctor Finch después de que el señor Palling se marchara.

—Pobre hombre —dijo Anne. Luego miró a Rosa y a la señorita Fitzjohn con el ceño fruncido y preguntó—: ¿Se ha quedado… el coronel Paine con su madre?

—No, ha salido. Pero no se preocupe, el doctor Marsland vino a verme…

, quiero decir, a ver a mamá, y se ofreció a quedarse con ella mientras Rosa y yo dábamos un paseo.

Les dije que necesitaba tomar el aire, pero he de admitir que sentía curiosidad por la fiesta, y se me ocurrió pasarme un momento por aquí, sobre todo después de que Jude se negara a hacerlo.

—Todo un detalle por parte de Marsland —señaló el doctor Finch.

Anne se inquietó. ¿Se enfadaría el doctor Marsland? A fin de cuentas, era ella quien debía hacer compañía a lady Celia, no él.

El doctor Finch fue a buscar su chal y se lo colocó sobre los hombros, rozándolos con sus cálidas manos.

Después emprendieron el camino de vuelta.

Rosa y la señorita Fitzjohn iban delante y, esta vez, el doctor Finch sí que le ofreció el brazo a Anne.

Esta se agarró a él, notando su firmeza, y aquella presencia recia la hizo sentirse a gusto.

Cuando llegaron a Painswick Court, Anne le dio las gracias al doctor por acompañarla y le deseó que tuviera una buena noche.

Estaba ansiosa por regresar a la habitación de lady Celia.

La señorita Fitzjohn se fue a tomar un jerez en la sala de estar, mientras que Rosa se quedó un rato en la entrada con el joven médico.

Anne subió con premura las escaleras, llamó a la puerta con suavidad y luego entró.

El doctor Marsland estaba sentado al lado de la cama de lady Celia, en la silla que solía ocupar Anne. La señora parecía sumida en un sueño profundo.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Anne en voz baja.

—Durmiendo plácidamente. —El médico miró a la paciente y luego añadió sin darle importancia—: Le habría administrado su bebida nocturna para que no tuviera que hacerlo usted, pero se quedó dormida antes de que pudiera hacerlo.

—¡Ah! —Anne dirigió la vista hacia la habitación donde guardaba las medicinas, aliviada al saber que él no había tenido ocasión de entrar en lo que consideraba sus dominios—. Entonces quizá ya no le haga falta. O, por lo menos, no una dosis tan elevada.

—Tal vez, pero no es bueno que deje de tomarla de golpe. —Él se puso de pie—. Si al final decido que ya no la necesita, le pediré que vaya disminuyendo la dosis de manera gradual.

—Por supuesto —dijo Anne, sintiéndose en parte como si la estuvieran regañando—. Es usted muy sensato. Bueno, gracias por hacerle compañía a la señora. Espero que no le haya molestado.

—En absoluto. Antes de que usted llegara a Painswick, antes del doctor Finch, yo pasaba muchísimas horas en esta casa. Le tengo aprecio a esta familia, y me agrada especialmente lady Celia… cuando duerme.

El médico le sonrió, y ella, ante aquella inesperada muestra de humor por parte de un hombre que a menudo se comportaba de manera adusta, soltó una risita y le devolvió la sonrisa. No le sorprendía que a Charlotte Newland le gustara.

Después de eso, el doctor Marsland se marchó. Cuando Anne hubo cerrado la puerta de la habitación tras él, lady Celia abrió un solo ojo.

—¿Ya se ha ido?

Anne volvió la cabeza hacia ella, asombrada al darse cuenta de que había estado fingiendo que dormía.

—¡A mí él me agrada especialmente cuando no anda molestando a mi hija! —exclamó lady Celia con aspereza—. ¿Ha regresado ya Katherine de su paseo con Rosa?

—Sí, creo que se ha quedado en la sala de estar.

—Baje a ver, por favor. Y si los encuentra al doctor y a ella en un tête à tête, interrúmpalos.

—¿Por qué? Les parecería muy descortés. Quizá solo quiera informar a la señorita Fitzjohn de cómo se encuentra usted.

—Eso no es lo que quiere hacer. Vaya. —Luego, con más delicadeza, añadió—: Por favor. Si están juntos, dígale a Katherine que me gustaría hablar con ella.

—¿Insinúa usted que el doctor Marsland tiene un interés… romántico por ella?

—¿Acaso le sorpende que así sea? Después de todo, mi hija es una heredera.

La puerta del vestidor de lady Celia se abrió y la doncella asomó la cabeza.

—¿Va todo bien?

—Sí —contestó Anne—. Tengo que bajar a… hacer una cosa. Si pudiera ayudar a lady Celia a cepillarse los dientes y usar el dompedro, yo estaré de vuelta enseguida.

—Por supuesto.

Anne se dirigió escaleras abajo a regañadientes, confiando en no sorprender a la pareja en un gesto romántico.

Qué vergonzoso resultaría eso para todos ellos.

Pero cuando llegó a la sala de estar, se encontró a Katherine Fitzjohn sola con un vaso vacío en la mano y contemplando el fuego del hogar con expresión ausente.

Levantó la vista cuando Anne se detuvo en la puerta.

—Ah, esto… ¿El doctor Marsland ya se ha ido? —preguntó Anne.

Katherine la miró fijamente, con la luz del fuego reflejada en sus ojos oscuros.

—Así que mamá tiene una nueva espía… ¿Por qué no sube y le cuenta que me ha encontrado besándolo de manera desenfrenada? Eso le dará un buen sobresalto.

Anne se sintió muy avergonzada.

—No ha sido idea mía…

—Ya lo sé, querida. Todos somos siervos de la voluntad de mamá, ¿no es verdad? —Katherine exhaló un suspiro—. Olvídelo. Puede decirle a mamá que el doctor no ha abusado de nuestra hospitalidad.

Anne regresó a la planta de arriba sintiéndose confusa. ¿Sería la señorita Fitzjohn la mujer que había decepcionado al doctor Marsland hacía un tiempo? Y si así fuera, ¿estaba él volviendo a intentarlo, como sospechaba lady Celia? La respuesta de la señorita Fitzjohn la dejó llena de dudas.

Sea como fuere, todo apuntaba a que la señorita Lotty estaba en lo cierto al pensar que el médico no estaba interesado en ella, al menos de manera romántica.

Pero ¿acaso no podían un hombre y una mujer ser, sencillamente, buenos amigos?

La imagen de los rostros de Ernest Finch y Jasper Paine acudió a su mente.

Sí, de verdad esperaba que ese tipo de amistad fuera posible.