Capítulo 13
L a noche de la fiesta en el molino, el coronel Paine y la señorita Fitzjohn subieron a la planta de arriba después de cenar y se quedaron con lady Celia para que así Anne pudiera acudir.
Jasper comenzó a leerle Los viajes de Gulliver a su tía, mientras que Katherine, sentada a su lado, bordaba flores moradas en un pañuelo.
Satisfecha de dejar a su paciente en buenas manos, Anne se retiró a su pequeño cuarto a fin de vestirse para la fiesta.
Rosa llegó para ayudarla, sonriente y con los ojos brillantes de emoción.
—¿Me permite que la peine? Le confieso que llevo tiempo queriendo hacerlo. Agradeceré el cambio después de tanto peinar los tirabuzones grises de lady Celia.
—Tenía entendido que peinaba también a la señorita Fitzjohn.
—A veces. —Rosa suspiró—. Aunque ella suele insistir en llevar peinados sencillos.
—Le agradezco la oferta, pero, por favor, acuérdese de que se trata de una reunión en el almacén del molino, no de una presentación en la corte.
La doncella soltó una risita, y a Anne le agradó que a la joven le hicieran gracia sus bromas.
Rosa comenzó por quitarle las horquillas y cepillarle la larga melena de color castaño claro.
Después la recogió y se la fijó en la parte alta de la cabeza, dejando un mechón suelto a cada lado de la cara.
Planeaba rizárselos con unas pinzas de hierro caliente, aunque tendría que calentarlas en el vestidor de lady Celia, ya que el de Anne no tenía un hogar.
—¿Qué va a llevar? —preguntó Rosa.
—No lo tengo claro. Cuando hice la maleta para venir a Painswick, esperaba pasar los días en el cuarto de invitados de la señorita Lotty, no asistir a fiestas.
Solo tengo dos vestidos apropiados para la iglesia y algunos vestidos de día sencillos.
Traje un vestido de noche por si en alguna ocasión la señorita Lotty invitaba a alguien a cenar, pero lo dejé en Yew Cottage.
—Enséñeme los otros.
Anne se los mostró.
—Creo que tiene razón —dijo Rosa mientras examinaba sus pocos vestidos—, es mejor no vestirse demasiado elegante para una celebración de este tipo. Este de aquí servirá. El color resaltará los matices verdes de sus ojos de color avellana.
Con la ayuda de Rosa, Anne se puso el sencillo vestido de muselina verde claro, al que añadió un cinturón, y sustituyó la pañoleta blanca que había llevado todo el día por un collar de cuentas.
Entonces la doncella fue a buscar las pinzas de hierro y le rizó los mechones de pelo que le enmarcaban la cara, convirtiéndolos en tirabuzones.
—Por cierto, el doctor Finch tiene pensado pasarse por aquí para acompañarla —comentó Rosa mientras le rizaba el pelo—.
No sería buena idea que caminara usted sola hasta el molino después del anochecer; al menos no en una noche en la que los hombres van a estar bebiendo y quizá se les ocurran cosas raras.
—¿Va a acompañarme? Qué detalle.
Anne se preguntó cuándo y por qué le había revelado sus planes el doctor Finch a aquella joven. Observó con atención la reacción de la doncella para averiguar si le molestaba, pero su hermoso rostro no dio señal alguna de ello. Rosa se echó un paso atrás y miró a Anne de arriba abajo.
—Muy guapa. Y creo que le añadiremos un chal, porque cuando se ponga el sol hará más frío.
Poco después, la doncella la acompañó a la planta baja. Ernest Finch llegó en ese mismo momento.
—Ah, Ros… Señorita Stark. Y señorita Loveday, había pensado en acompañarla al almacén del señor Palling, si le parece bien.
—Sí, cómo no.
—Está usted muy hermosa.
—Gra… gracias. Rosa me ayudó a arreglarme.
Era innegable que el doctor estaba muy apuesto vestido con una colorida levita verde bajo la cual asomaban un chaleco estampado y una corbata sencilla. Gracias a su cabello claro, tenía un aspecto aún más elegante que si llevara un conjunto de noche más oscuro.
Anne se fijó en que él intercambiaba una mirada con la doncella, y eso le hizo sentir una pizca de inquietud.
La joven le dedicó una sonrisa a Rosa y le agradeció su ayuda; después el doctor y ella salieron de casa juntos.
Se dio cuenta de que él no le ofrecía su brazo.
¿Sería consciente de la mirada atenta de Rosa?
Anne estaba casi convencida de que la doncella era la joven que entraba en casa del doctor a horas intempestivas.
Si mantenían una suerte de relación, ¿por qué buscaba él entonces la compañía de alguien como ella?
Le costaba imaginárselo traicionándolas así a cualquiera de las dos.
O a lo mejor es que simplemente se negaba a aceptarlo.
Descendieron por la calle Hale y luego se encaminaron hacia el arroyo Painswick, siguiendo casi la misma ruta que habían tomado el día que acudieron a socorrer a aquel hombre.
Cuando se aproximaron a su destino, las luces de los candiles que se filtraban por las puertas del almacén del molino se convirtieron en un faro que los guio hasta allí. La música alegre de violines, flautines, dulcémeles y tambores los atrajo hacia el interior del almacén.
Allí dentro, un grupo de personas daba palmas al ritmo de la música festiva. Algunas parejas estaban agarradas de las manos y daban vueltas y más vueltas en un baile lleno de energía.
El señor Palling se acercó a darles la bienvenida, y Joe Webb y su mujer también fueron a saludarlos. El señor Palling les ofreció vasos de sidra y cerveza, así como pastel de pichón, queso Gloucester y pan crujiente, todo ello dispuesto en una larga mesa junto a una de las paredes del almacén.
Tomaron cada uno un vaso y se fueron aparte; eran dos personas que se encontraban en un territorio desconocido, fuera de su zona de confort.
Había un hombre mayor que ya parecía haber bebido demasiada sidra o cerveza. Se abrió paso entre la multitud en dirección a Albert Palling seguido de algunos compinches.
—Vi al fantasma la otra noche, señor Palling.
El fantasma del rey Carlos. Estaba yo allí en el cementerio, echando de menos a mi Helen, así que me bebí una botella para sentirme mejor.
Debí de quedarme dormido, con la espalda apoyada en la tumba de mi pobre Helen, porque cuando desperté, la botella estaba vacía, y la luna…
, llena. Ahí fue cuando lo vi acercándose por el camino, con su pelo largo, su barba y el manto real ondeando.
O a lo mejor estaba dormido y soñando. Y si así fue, estaba usted en mi sueño, señor Palling.
Le dio un beso al rey, vi cómo se lo daba, justo al lado del tejo.
Un beso de vasallaje, no estoy insinuando nada inapropiado.
¿Fue un sueño, señor Palling? ¿O de verdad estaba usted allí?
Los hombres congregados a su alrededor se rieron a carcajadas.
—¿Has visto al señor Palling besándose con un fantasma? ¡Rayos y retruécanos, Toddy! ¿Cuánto has bebido ya?
Los hombres palmearon al viejo en la espalda y volvieron a dispersarse mientras el dueño del molino negaba con la cabeza.
A Anne le alivió ver que el señor Palling había optado por no hacerle caso a aquella acusación ebria en vez de desafiarlo por afrentar contra su honor. Después de todo, estaban en una fiesta —su fiesta—.
La música seguía sonando. Un grupo de hombres comenzó a bailar la tradicional danza Morris, mientras que otros se quedaron al lado de sus mujeres, observándolos mientras comían y bebían.
Anne se percató de que dos jóvenes enamorados se daban un beso rápido, y aquello la llenó de una extraña nostalgia.
—Vengan todos aquí y súmense a esta danza en círculo —dijo entonces uno de los músicos.
Por todo el almacén, las mujeres posaron sus vasos y los hombres se terminaron de un trago las cervezas; a continuación todos se agarraron de las manos formando un gran círculo.
El doctor Finch se volvió hacia ella.
—¿Cree que deberíamos intentarlo, señorita Loveday?
—Si usted está dispuesto, yo también, aunque no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo.
—Yo tampoco.
Se agarraron de la mano y se unieron al círculo de baile, enlazando las manos libres con otras personas que rápidamente se sumaron a ellos. Mientras el resto de los músicos tocaban, había uno que actuaba como guía, dirigiendo los diferentes pasos de baile.
—Giren a la derecha ocho compases. Ahora a la izquierda. Manos arriba y hacia el centro. Ahora vuelvan para atrás…
Anne siguió las directrices lo mejor que puedo, riendo y bailando y, sobre todo, disfrutando mucho.
Notó en varias ocasiones que el doctor Finch la miraba con una sonrisa cuando los dos se hacían un lío con los mismos pasos, y le agradó agarrarlo de la mano.
El baile, la comida y la bebida continuaron durante otra hora, hasta que los músicos por fin hicieron una pausa para disfrutar de un merecido descanso.
El señor Palling dio un paso adelante e hizo un gesto con las palmas de las manos para pedir que los asistentes guardaran silencio. Cuando la mayoría lo hubo hecho, aunque fuera a regañadientes, el dueño del molino comenzó a hablar.
—Espero que se lo hayan pasado bien esta noche, que hayan comido lo suficiente y, quizá, bebido un poco de más, lo cual es probable que les ayude a sobrellevar lo que voy a anunciarles.
Tengo que vender los molinos, esa es la verdad.
Me enfrento a una bancarrota, como les ha ocurrido a otros antes.
Hace poco estuve revisando las cuentas con mi banquero y no puedo seguir negando la realidad de mi situación.
Por eso en este almacén de lana hay espacio para celebrar una fiesta.
He vendido todo lo que tenía guardado: la lana, el velarte, el tejido escarlata que se emplea en los uniformes del Ejército…
, y seguramente vaya a tener que vender también la maquinaria.
Se produjo un silencio sepulcral.
—Tal vez esto acabe convertido en una fábrica de alfileres, si es que no la siguen usando como fábrica de ropa. Espero de corazón que muchos de ustedes consigan trabajo a las órdenes del nuevo dueño, sea quien sea. No me agrada en absoluto todo esto; de hecho, me causa una profunda vergüenza.