Capítulo 12 #2
Anne traspasó el umbral con reticencia. El coronel se puso de pie cuando entró, pero el señor Dalby permaneció reclinado en un sillón mientras sostenía un vaso lleno de un líquido ambarino.
A pesar de ello, tenía un atractivo innegable vestido con su traje de noche.
Anne se recordó que, además de atractivo, también era un libertino, y se centró en el coronel Paine, que también estaba bastante apuesto con su atuendo formal.
—Díganos, en su opinión, ¿cuál es el pronóstico de tía Celia? —preguntó Jasper—. Marsland y Finch nos dan respuestas bastante vagas cuando se lo preguntamos.
—El doctor Marsland estuvo aquí hace un rato y mencionó que le había incrementado la dosis de láudano —dijo Katherine—. Mamá ya duerme mucho. ¿No hay otra cosa que podamos hacer para ayudarla?
Anne respondió a sus preguntas lo mejor que pudo, si bien, ella tampoco podía darles un pronóstico definitivo.
Ya estaba a punto de despedirse y volver arriba cuando alguien llamó a la puerta de la casa.
Un momento después, Buxton anunció a Albert Palling, que entró con el sombrero en la mano.
El mayordomo trató de tomar el sombrero, pero el dueño del molino se aferró a él.
—Me lo quedo, si no le importa. No me voy a alargar mucho.
—Ah, señor Palling, qué alegría verle —comentó Katherine con amabilidad—. ¿No quiere quedarse a cenar?
—Gracias, pero no. Ya cené hace una hora.
—Aquí cenamos tarde, como hace la gente elegante —le dijo el señor Dalby a su excuñado—. Nunca logré acostumbrarme a los horarios de las comidas en Brook House.
—Bueno, es que la mayoría de nosotros madrugamos. Nos levantamos al amanecer, si no antes, y nos ponemos a trabajar. Tú eso no lo has hecho nunca. A lo mejor ese es el motivo por el que los molinos están pasando por apuros.
El señor Dalby se levantó de un salto, arañando el suelo con las patas del sillón.
Lanzando una rápida mirada hacia Katherine, el señor Palling levantó la mano en un gesto apaciguador.
—Lo siento. No he venido aquí a pelear, sino a invitarlos a una fiesta que se celebrará dentro de dos días en el almacén del molino. Todos los trabajadores y sus esposas están invitados, así como otros vecinos.
—¿Qué se celebra?
Albert Palling abrió la boca para decir algo y, tras mirar otra vez a Katherine, volvió a cerrarla.
—Quiero mostrarle mi agradecimiento a la gente.
Katherine sonrió.
—Eso es muy generoso por su parte.
El señor Palling inclinó la cabeza mirando a Anne.
—Me alegra volver a verla, señorita Loveday. Joe Webb no deja de alabarla.
—Ya ha cumplido su propósito en la vida, señorita Loveday —declaró el señor Dalby—: se ha ganado las alabanzas de un tejedor.
La petulante mordacidad del señor Dalby la irritó, pero aun así se esforzó por mantener el tono cordial.
—Para mí fue un privilegio poder ayudar al señor Webb. Su abnegada esposa y sus cuatro hijos dependen de él.
Ahora fue el señor Dalby quien hizo un ademán apaciguador.
—Ah, entonces le pido disculpas, santa Anne.
El dueño del molino volvió a mirarlo con el ceño fruncido antes de dirigirse al resto.
—Vengo de casa del señor Finch. Ha dicho que acudirá a la fiesta; espero que usted también lo haga, señorita Anne. Y señorita Fitzjohn, coronel Pain, ustedes también, aunque soy consciente de que les será difícil… escaparse de aquí.
Durante un instante, Katherine le sostuvo la mirada; luego la bajó.
—Cierto —murmuró.
—Aprecio de todo corazón que me invite —afirmó Anne—, pero, como me hallo al cuidado de lady Celia, me temo que no podré asistir.
—Venga, Anne, vaya y páseselo bien —manifestó Jasper—. Estoy seguro de que entre todos los demás podremos echarle un ojo a nuestra adorable ancianita durante unas horas. Si hace falta, llamaremos al doctor Marsland para que venga.
Los otros dos no secundaron su propuesta, si bien tampoco se opusieron.
—De acuerdo. —El señor Palling asintió—. Entonces estaremos deseando verla. Y a usted también, señorita Fitzjohn, si al final puede asistir.
Katherine sonrió de manera vaga y no respondió.
Una vez más, el señor Palling lanzó una mirada acerada al señor Dalby.
—Y tú deberías pasarte por ahí un rato, en serio.
El señor Dalby exhaló un suspiro.
—Muy bien. Lo haré si no tengo otras obligaciones urgentes.
Después de que el visitante se marchara, Buxton regresó a anunciar que la cena ya estaba servida. Los hombres se dirigieron a la sala contigua, pero Kathetine se quedó atrás y acompañó a Anne hasta el pie de las escaleras.
—Qué afortunada es usted, señorita Loveday, al no verse constreñida por los dictados de la sociedad… ni de su madre —dijo—. Es libre de acudir a la fiesta.
—¿Y usted no? ¿Ni siquiera cuando una parte tan importante de la fortuna de Painswick procede de las fábricas textiles de los molinos y su propio primo se casó con una joven de una familia que se dedica a ello?
—Lamentablemente no. Mamá no lo aprobaría. Aunque yo iría si pudiera.
Anne dudó un momento.
—Siente admiración por usted, ¿lo sabe, verdad? El señor Palling.
Una extraña mueca de desolación se extendió por el rostro de Katherine.
—Entonces me temo que no será el primero que se lleve una decepción.
* * *
Unas horas más tarde, Anne ya estaba casi dormida en el catre del antiguo vestidor de sir Herbert cuando un ruido la sobresaltó. Abrió los ojos de golpe; volvía a estar del todo despierta.
Aguzó el oído y oyó otro sonido: la puerta de lady Celia crujiendo al abrirse. A aquello le siguió un breve silencio, y después unas pisadas amortiguadas se adentraron en la habitación.
Anne se levantó de la cama tan silenciosamente como le fue posible.
Como de costumbre, había dejado su puerta entornada para poder oír a lady Celia, y ahora echó un vistazo a la oscuridad a través de aquella abertura.
Una figura vestida de blanco avanzaba de manera sigilosa por la habitación.
A Anne se le aceleró el pulso. ¿Quién era?
Abrió la puerta un poco más para observar el avance de la figura —una figura femenina— en la oscuridad. Cuando la mujer pasó cerca del resplandor del fuego, se dio cuenta de que se trataba de la señorita Fitzjohn vestida con una bata blanca.
¿Por qué habría entrado a hurtadillas en el cuarto de su madre?
Anne observó cómo Katherine agarraba la cajita plateada que se encontraba sobre la repisa de la chimenea, levantaba la tapa y miraba lo que había dentro. Luego pasó al escritorio y abrió el cajón de arriba.
¿Qué estaría buscando? ¿El jarrón azul u otra cosa?
Anne no sabía si interferir o no. Después de todo, se trataba de la hija de la mujer.
Entonces Katherine se giró hacia la cama y se quedó allí de pie mirando a su madre. ¿Qué pretendía? ¿Sería posible que quisiera hacerle daño a lady Celia?
Por encima de sus latidos, Anne oyó que la señorita Fitzjohn preguntaba algo en voz baja.
—¿Dónde están? ¿Dónde las guardaste?
Incapaz de permanecer por más tiempo en silencio, Anne entró en la habitación.
—Señorita Fitzjohn —susurró—. Disculpe, ¿va todo bien? ¿Puedo… ayudarla en algo?
—Ah, la diligente enfermera. —Katherine se volvió hacia ella y se enderezó—. Qué insensible debo de parecerle por no cuidar yo misma de mi madre.
Anne no contestó, aunque se acercó a ella al lado de la cama de lady Celia.
Katherine suspiró.
—Al menos diga algo, aunque sea algo insincero. «En absoluto». Hágame sentir un poco mejor… Pero no, supongo que en realidad usted solo está aquí para hacer que mamá se sienta mejor.
En la cama, lady Celia no se movía. Tenía la boca entreabierta y respiraba con pesadez. La nueva dosis de láudano estaba surtiendo efecto.
—Si le sirve de algo saberlo, yo me encargué de cuidar a mi madre durante la enfermedad que se la llevó —le confesó Anne sin pensar—. Recé e hice todo lo que pude por ella. Y, aun así, murió.
Se produjo un momento de silencio, y después la señorita Fitzjohn preguntó:
—¿Le apenó?
—Muchísimo. Todavía me duele.
—Supongo que quería a su madre.
—Así es.
—Y ella la querría a usted.
—Sí.
La señorita Katherine Fitzjohn se tensó a su lado. Su angustia era casi palpable.
—Usted también le importa a su madre —susurró Anne.
Extendió la mano con intención de reconfortarla acariciándole el brazo, pero se detuvo justo antes de llegar a tocarla. Sospechaba que a la señorita Fitzjohn no le agradarían tales confianzas.
—A veces me lo pregunto —respondió Katherine en un susurro—. La quiero, pero hay momentos en que… también la odio.
Ambas permanecieron allí durante un rato más, contemplando a lady Celia.
—¿Me permite que le pregunte qué estaba buscando? —dijo Anne—. No tenga reparos en decirme que no es de mi incumbencia.
—No es de su incumbencia, pero se lo contaré de todos modos. Buscaba unas cartas que mamá me confiscó; cartas de un hombre con el que no quiere que me case.
—¡Vaya! —Anne se mostró bastante asombrada—. ¿Y usted se quiere casar con él?
—Pues… Lo que importa es que las cartas son mías; me las escribió a mí.
Katherine había alzado la voz y, en la cama, lady Celia resopló y giró la cabeza sobre la almohada.
—Bueno, será mejor que no la despertemos. Me marcho —dijo Anne, sin atreverse a pedirle a la hija que se fuera.
Anne regresó despacio a su vestidor y, al llegar a la puerta, se volvió, esperando ver a la señorita Fitzjohn salir de la habitación.
Sin embargo, Katherine se dejó caer con pesadez en la silla de al lado de la cama de su madre.
—Sabes que lo siento, mamá —susurró tras un momento de silencio.
«¿Qué siente?», se preguntó Anne.