Susurros en Painswick Court Capítulo 12
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Capítulo 12

A la mañana siguiente, Anne salió a dar un paseo por el pueblo con Louie .

Saludó con la mano a la encargada de la estafeta y se detuvo a charlar con la señora Baylis por encima del murete del jardín.

Después, visitó la botica del señor Greaves, para comprar jarabe de algodoncillo.

Louie arrugó la nariz ante todos aquellos olores exóticos y especiados.

Al salir de la tienda, un musculoso bull terrier sin correa ni dueño vino corriendo hacia ellos.

Anne se agachó para agarrar a Louie, que era más pequeño que el otro can.

La puerta de una casita cercana se abrió y alguien gritó:

—¡ Nelson, chico, ven aquí!

Y entonces el perro se alejó con rapidez.

Aliviada, Anne volvió a dejar a Louie en el suelo, y continuaron su camino.

Cuando se estaban acercando a la carnicería, las fosas nasales de Louie volvieron a dilatarse al percibir olores que sin duda le resultaban tentadores, si bien a Anne le causaban cierta repulsión.

Arrugó la nariz y siguió avanzando, aunque Louie la sorprendió dando un tirón que le hizo soltar la correa, y el perro salió disparado por el angosto callejón de al lado de la carnicería.

Se abalanzó directamente sobre un cubo de basura volcado y comenzó a hurgar entre los desechos con el hocico.

—¡ Louie , no!

Sabe Dios qué cosas repugnantes podría encontrar allí.

Anne se dio prisa para ir a buscar al animal, y lo alcanzó justo cuando estaba engullendo algo.

—¡Escúpelo, Louie ! ¡Escúpelo!

Pero el perro no quiso —o no pudo— escupir lo que fuera que tuviera en la boca.

Empezó a asfixiarse.

El pánico se apoderó de Anne. ¿Qué debería hacer? Se agachó y sujetó al animal con un brazo mientras intentaba sin éxito abrirle la boca. No podía hacerlo sola.

Lo levantó en brazos y corrió hacia la puerta de la carnicería gritando.

—¡Que alguien me ayude!

Y de repente, como respuesta a sus plegarias, el doctor Finch apareció frente a ella con su maletín en la mano.

—¿Qué sucede?

— Louie se está ahogando con algo. Se me escapó y se puso a hurgar entre la basura. Quizá sea un hueso o un trozo de cartílago. Con suerte, nada que sea fatal para los perros.

—Alejen a ese chucho de aquí —les pidió el carnicero haciendo un ademán con la mano—. Es malo para el negocio.

El doctor Finch no le prestó atención al hombre, sino que se concentró en Louie, que se sacudía en brazos de Anne. Dejó el maletín a la puerta de la tienda, agarró al animal por el hocico y, de manera delicada, pero firme, se lo abrió.

—Lo veo, aunque a duras penas.

Soltó al perro y sacó una pieza de instrumental de su maletín. Anne la reconoció: un probang, una herramienta que se usaba para retirar cuerpos extraños de la garganta o el esófago de la gente —y, al parecer, también de los animales—.

—Sujételo lo mejor que pueda.

El médico insertó aquel instrumento flexible terminado en un gancho en la boca del animal y parcialmente dentro de su esófago. El perro empezó a resoplar y a sufrir arcadas.

—Quieto, quieto, ya casi lo tengo… ¡Aquí está!

Extrajo con cuidado el dañino fragmento de hueso y lo lanzó hacia el cubo de basura.

Louie se calmó y empezó a respirar mejor de inmediato.

—¿Ya estás recuperado, chico? —El doctor Finch le frotó las orejas.

Anne respiró aliviada.

—Lo ha salvado, y también a mí. Muchísimas gracias.

—Ha sido un placer.

Anne echó un vistazo al reloj del campanario de la iglesia.

—Tengo que volver a Painswick Court.

—La acompañaré parte del camino, si no le importa.

—En absoluto.

El joven médico agarró su maletín.

—¿Quiere que lleve a Louie ?

—No es necesario. Pesa poco.

Comenzaron a caminar por el camposanto, y sus pasos los llevaron cerca del tejo. Anne no pudo evitar detenerse a contemplarlo y recordar momentos que le eran muy preciados, como siempre hacía al pasar por allí.

—De los noventa y nueve tejos que hay aquí, este es mi favorito.

—¿Y eso por qué?

—Mi abuelo le pidió matrimonio a mi abuela en este lugar, y, más tarde, mi padre se lo pidió a mi madre, también aquí.

—¿Por qué aquí?

Anne se encogió de hombros.

—No lo sé con exactitud, pero este árbol se ha ganado el nombre de tejo. Seguramente tenga que ver con el modo en que sus ramas se entrelazan con las del árbol que está al otro lado del camino.

Él miró hacia arriba.

—Ah, sí. Es como si dos personas se agarraran de la mano formando un arco.

Anne soltó una risita al considerar sus palabras.

—No lo había pensado de esa manera, sin embargo es una descripción acertada.

Louie empezó a moverse con impaciencia en los brazos de Anne, así que lo dejó en el suelo, asegurándose de que la correa estaba bien enganchada al collar.

—Será mejor que lo lleve a casa.

El doctor Finch asintió.

—Yo voy de camino a ver a un paciente, pero tengo pensado visitarla más tarde. Tengo algo para usted.

—¿Cómo?

—En realidad, ¿por qué no se lo doy ahora mismo? —Volvió a abrir su maletín y entonces vaciló—. Aunque no creo que los restos de saliva de perro que tengo en las manos vayan a ser de su agrado.

Anne se rio.

—Eso me da igual. Ya me he acostumbrado a las babas de este buen chico.

El médico le dedicó una sonrisa torcida y acto seguido sacó algo del maletín.

—Esto es para usted.

Le entregó un paquetito envuelto en papel. Por la forma y el peso, Anne supuso que se trataba de un libro.

Lo desempaquetó con cuidado, y al verlo se le aceleró un poco el corazón. Era el ejemplar de La abadía de Northanger que había estado admirando en la biblioteca.

—No sé si debo aceptarlo —dijo ella, consciente de lo caros que eran los libros.

—Me imaginé que diría eso. No se preocupe, no es un regalo como tal. Solo lo he cargado a mi cuenta de la biblioteca, y pagaré la tarifa habitual por él.

—Aun así, sigue siendo un gesto muy generoso.

Él se encogió de hombros.

—Pensé que podría amenizarle las horas sentada al pie de la cama de lady Celia. Cuando lo acabe, pediré prestado también el segundo volumen.

—Es muy considerado por su parte, gracias. Tendré mucho cuidado de no estropearlo.

—No me cabe duda de que así será. Y, haga lo que haga, no permita que Louie lo llene de babas. —Le guiñó el ojo—. O algo peor.

Anne sonrió y luego regresó a Painswick Court con el corazón lleno de alegría.

* * *

Poco después del regreso de Anne, el doctor Marsland vino a visitar a su paciente. Nada más entrar, le entregó a cada una un paquetito envuelto en papel encerado.

—De parte de la señorita Lotty. A pesar de su tobillo, ha podido preparar unas almendras garrapiñadas. Se acordó de cuánto le gustan a la señorita Loveday y me ha pedido que le traiga un paquete a cada una de ustedes.

—Gracias, doctor Marsland —expresó Anne al tiempo que aceptaba el que era para ella.

«De modo que el doctor ha vuelto a visitar a nuestra amiga en común», pensó ella con mucho interés.

A lady Celia también pareció interesarle el asunto, y lo miró haciendo una mueca irónica con los labios.

—¿La señorita Lotty, ha dicho? Veo que ha redirigido sus atenciones hacia ella, ¿eh?

—No entiendo a qué se refiere, milady. La señorita Newland y yo solo somos… buenos amigos.

—Ajá. —Lady Celia dejó su paquete de almendras encima de la mesita de noche—. Me las voy a guardar para después.

—Tengo una noticia que quiero compartir con usted antes de que se entere por otra fuente, ya que, por supuesto, es nuestra paciente más importante —dijo el doctor Marsland cambiando de tema.

—¿La más importante? He visto pocas evidencias que respalden tal afirmación. ¿Qué noticia?

—Por el pueblo circulan rumores sobre mi joven socio.

Me gustaría contradecir las posibles informaciones desagradables que le puedan llegar.

Permítame que le repita lo que él mismo me contó cuando hablé de este asunto con él.

Los hechos son los siguientes: aunque no es un hombre casado, tiene un niño viviendo en Valley View Lodge.

Sin embargo, puedo asegurarle que no está sucediendo nada indecoroso.

El doctor Finch está cuidado del hijo de su hermana y su cuñado, los cuales, antes de embarcarse en una larga travesía hacia la India, dejaron al niño bajo su tutela.

Lady Celia frunció el ceño mientras reflexionaba sobre ello.

—Si eso es así, ¿qué necesidad hay de dar pie a secretos y rumores? ¿Por qué no hacérselo saber a la gente desde el principio?

—Supongo que le preocupaba que yo no le ofreciera ser mi socio si me enteraba de la existencia del niño, al pensar que interferiría con sus responsabilidades y con las visitas a los pacientes. Afortunadamente, su ama de llaves y la hija de esta se encargan del chiquillo cuando él tiene que salir.

—Muy bien. —La anciana le restó importancia a la situación con un ademán—. Suficiente de ese asunto. Hablemos más de mí, su «paciente más importante».

Lady Celia le preguntó si podía recetarle algo para las pesadillas. Él meditó al respecto y decidió incrementarle la dosis nocturna de láudano para ver si eso ayudaba. El láudano era una potente mezcla de opio y alcohol que en grandes cantidades podía llegar a ser peligrosa.

Anne pensó que eso podría empeorar las pesadillas y se preguntó si no sería más eficaz la infusión de manzanilla y lavanda que había sugerido el doctor Finch.

Sospechaba que al doctor Marsland no le gustaría que ella interfiriera; de todos modos, se dijo que le mencionaría el aumento de la dosis al doctor Finch y dejaría que los dos médicos debatieran entre ellos sobre las ventajas e inconvenientes de aquel tratamiento.

* * *

Esa noche, Anne llevó la bandeja de la cena de lady Celia a la cocina, satisfecha al notar que su apetito había mejorado un poco y había comido más de lo habitual.

Cuando regresaba escaleras arriba, oyó voces que llegaban desde la sala de estar. El señor Dalby, el coronel Paine y Katherine, vestidos para cenar, estaban conversando dentro.

Al verla pasar, Jasper Paine la detuvo.

—Anne, acérquese un momento, si hace el favor.

—Eso es. ¿Hay alguna novedad con respecto a mamá? —añadió Katherine.