Capítulo 11 #2
—Sí, Rosa le está lavando el pelo, así que he decidido salir un momento a respirar aire puro. Sus flores están muy bonitas. Se nota que disfruta de la jardinería.
—¿Usted cree? No sé si de verdad disfruto de ella o simplemente es una forma de mantenerme ocupada. Algo de lo que cuidar, a lo que ayudar a crecer. Y las flores son agradables a la vista, en eso estoy de acuerdo.
Anne contempló el jardín una vez más y se encontró con lavandas, azucenas, dedaleras e irises entre otros. Después reparó en las amapolas que crecían cerca del muro de piedra del jardín, con sus suaves pétalos meciéndose al viento.
—Esas flores rojas tienen un aspecto muy llamativo, muy alegre.
Katherine miró hacia allí.
— Papaver somniferum . Prefiero las que son más claras, con el exterior blanco y el corazón del color de un cardenal.
Una abeja pasó volando y Anne se echó hacia atrás, sobresaltada. El insecto se posó en un delfinio cerca de Katherine, pero ella no le prestó atención.
—¿No le dan miedo las abejas? —preguntó Anne.
—¿Mmm? —Katherine alzó la vista, como si acabara de percatarse del insecto que se encontraba sobre la flor—. No. Las ignoro, y ellas a mí también. Aunque eso es lo que hacemos todos. Bueno, casi todos.
—Entonces, ¿usted no sufre las mismas reacciones a sus picaduras que experimenta su madre?
—Por fortuna no.
Anne se humedeció los labios secos con la lengua y preguntó con aire despreocupado:
—Supongo que fue usted quien puso el jarrón con flores en la bandeja de su madre, ¿no es verdad?
—¿Yo? —Katherine sacudió la cabeza—. Seguramente fuera la señora Pratt. Yo ya aprendí hace tiempo a no hacerle regalos.
—¿Qué quiere decir?
Katherine emitió una risita seca.
—De pequeña, le fabriqué un jarrón para su cumpleaños.
Mi profesor de arte de aquel entonces se lo llevó a un alfarero que conocía en Stroud para que lo cociera en el horno.
Lo pinté de azul, su color favorito. Estaba absurdamente orgullosa de aquella bagatela.
Le puse unas cuantas flores y se lo llevé a mamá.
Ella me dio las gracias y la colocó encima de la cómoda.
No se puede decir que sus elogios fueran efusivos, aunque es verdad que ella rara vez lo es, pero aun así me marché de allí sintiéndome satisfecha.
Sin embargo, dos días más tarde estaba jugando fuera y, al pasar por delante de la basura, allí estaba el jarrón.
Roto y desechado, esperando para ser quemado junto al resto de basura inservible.
Me lo llevé a mi habitación, lo reparé lo mejor que pude y luego lo metí en el cajón de mi mesita de noche.
Mamá nunca volvió a mencionarlo, y yo tampoco lo hice, pero cada vez que abro ese cajón, me acuerdo, y entonces se me vuelve a caer el alma a los pies.
Katheine miró un momento a Anne y luego apartó la vista otra vez.
—Pensará que soy ridícula. Hay tantos problemas de verdad en este mundo, niños hambrientos, hombres aplastados por la maquinaria del molino…
No tengo motivos para compadecerme de mí misma, ya lo sé.
La autocompasión nunca resulta atractiva.
—Emitió otra carcajada forzada—. Y si viera usted ese humilde jarrón, sin duda entendería por qué mamá se deshizo de él.
—No es verdad. Además, ya lo he visto. Un pequeño florero azul con una grieta reparada con pegamento.
Katherine la miró boquiabierta.
—¿Cómo es posible que…? ¿Dónde lo ha visto?
—Estaba en la bandeja de la comida de su madre junto con unas flores y…
—¿Qué?
Estaba a punto de decir «unas abejas» cuando Katherine la interrumpió.
Katherine dejó caer el resto de los tutores que estaba empleando para sujetar las plantas y se dio la vuelta.
—Venga conmigo.
Recorrió el sendero que atravesaba el jardín dando energéticas zancadas que poco tenían que ver con la mujer débil y remilgada que se suponía que era. Anne tuvo que esforzarse para seguirle el ritmo.
Después de entrar en casa, Katherine dejó los guantes encima de la mesa del vestíbulo, se remangó la falda y comenzó a subir las escaleras. Anne fue en pos de ella.
Al llegar a su habitación, Katherine avanzó directa hasta la mesita de noche y abrió el cajón. Anne se quedó junto a la puerta, dudando de si debía entrar o no.
—No está aquí —dijo Katherine sin aliento—. ¿Quién se lo llevaría? ¿Y por qué?
«Eso es: ¿por qué?», se preguntó Anne.
—No lo sé, pero ahora está en posesión de su madre.
—Hasta que vuelva a tirarlo.
Anne Loveday sintió compasión del corazón herido de aquella hija, y dio gracias una vez más por haber sido criada por una madre buena y cariñosa.
—¿Quiere que… le pregunte a su madre? —sugirió la joven vacilante.
—¡No, por Dios! —Katherine se enderezó—. Ahora, si me disculpa, tengo que terminar de colocar los tutores a los delfinios.
—S… sí, claro.
Anne la observó alejarse. Se sentía desconcertada tanto por la reacción de la madre como por la de la hija.
* * *
Aquella noche, algo volvió a despertar a Anne. ¿Un gemido de lady Celia? Se levantó deprisa y entró sin hacer ruido en la habitación para ver qué pasaba.
El fuego se había apagado, así como la lámpara, y Anne no tenía nada con lo que encender una vela.
No quería andar a tientas en la oscuridad en busca del frasco de fósforo y las cerillas de azufre.
La débil luz de la luna se colaba a través del montante situado encima de la puerta del balcón.
Anne abrió los postigos para dejar que pasara más luz.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio a Louie mirándola desde su camita.
Lady Celia volvió a emitir un quejido.
Se acercó a la cama, preguntándose si la mujer estaría sufriendo dolor o si se trataba de otra pesadilla.
—¿Milady? Shhh, estoy aquí. —Le acarició el hombro con delicadeza—. ¿Se encuentra bien?
La anciana se despertó lanzando una exclamación ahogada.
—¡Ah! Ah, Anne, gracias a Dios.
—¿Otro sueño desagradable?
Lady Celia asintió con la cabeza, y aquel gesto hizo que todo el cuerpo se le estremeciera.
—Una pesadilla.
—Ya ha pasado.
Después de que Anne la tranquilizara y le ofreciera un trago de agua de cebada, lady Celia se sosegó y volvió a recostarse sobre los almohadones de la cama.
Ane se acercó de nuevo a la ventana con intención de cerrar los postigos. Entonces, a través del cristal, le pareció ver que algo se movía en el jardín. Alguien lo estaba atravesando bajo la luz de la luna.
¿Quién podría estar merodeando por los terrenos de Painswick Court a aquellas horas?
Su silueta estaba oscurecida por las sombras de la casa y de los árboles, pero al cruzar el jardín quedó a la vista durante un breve momento.
Anne distinguió una larga y ondulada cabellera morena y una capa larga.
La figura se dio la vuelta, y entonces alcanzó a ver que tenía bigote y la barba terminada en punta.
Llevaba puesto un jubón, pantalones bombachos y una gorguera blanca alrededor del cuello; iba vestido de una manera que había pasado de moda hacía cientos de años.
Un escalofrío le recorrió el espinazo.
El rey Carlos I.
Como si se diera cuenta de que la observaban, la figura del jardín levantó la mirada hacia la casa.
Anne lanzó un chillido y se apartó de la ventana.
—¿Qué sucede? —susurró lady Celia.
—Lo siento, es que he… he visto a alguien. O eso me ha parecido.
—¿A quién?
Anne emitió una risita, como si se burlara de su propia ocurrencia.
—Al fantasma del rey Carlos.
—Ah, ¿y eso es todo? —La anciana suspiró y volvió a cerrar los ojos—. No es usted la primera que lo ve.