Capítulo 11
C uando al día siguiente Anne bajó a la cocina para recoger el desayuno de lady Celia, no lo encontró esperándola en el pasaplatos.
Al verla allí, Clara, la ayudante de cocina, le hizo un gesto con el dedo para que aguardara un momento, dejó el mortero en el que estaba machacando unas hierbas y entró en el cuarto frío.
Regresó poco después con una bandeja que colocó frente a Anne en la repisa. La bandeja contenía una copa de postre de cristal, un plato de ensalada de pepino y un florero de cerámica.
—Hemos preparado helado para ver si así le abrimos el apetito a lady Celia. Había que mantenerlo en el cuarto frío. Ahora, deme un momento y añadiré el caldo de pollo.
Clara se acercó a la olla que estaba puesta al fuego, llenó un cuenco de caldo que espolvoreó por encima con hierbas y luego lo colocó en la bandeja junto con un panecillo y algo de mantequilla.
—Gracias, Clara. Todo tiene un aspecto delicioso, y las flores son un bonito detalle.
—No me puedo llevar el mérito por eso. Creo que ha sido la señora Pratt quien las ha puesto ahí.
Anne le sonrió a la joven.
—Bueno, pero la comida también tiene muy buen aspecto.
Se dio la vuelta y se alejó escaleras arriba teniendo cuidado de mantener la bandeja en equilibrio. Al entrar en la habitación de lady Celia unos minutos más tarde, dejó la bandeja sobre la mesita de noche y saludó a la paciente.
—Hoy le traigo una sorpresa: helado.
—Es un cambio más que bienvenido después de tomar litros de agua de cebada y gelatina de pata de ternera.
Anne soltó una risita.
—Me lo puedo imaginar.
El calor que se acumulaba dentro de la habitación aquel día de junio resultaba asfixiante.
—¿Está segura de que no quiere que abra la ventana? Aquí dentro hace tanto calor que el helado se derretirá antes de que llegue al postre.
—Entonces quizá deba empezar por él. —Un amago de sonrisa iluminó el rostro de la anciana.
Anne sonrió también.
—Qué buena idea.
—Supongo que puede entornar la ventana un poco.
—Estupendo. —Anne fue hasta la ventana, levantó el pasador y la abrió unos centímetros.
—¡Entórnela y nada más! Detesto los insectos.
—De acuerdo.
Anne ajustó la ventana de manera que, a pesar de no estar apenas abierta, dejara entrar una agradable brisa.
—Ah, así se está mucho mejor.
Regresó al lado de la paciente y la ayudó a incorporarse en la cama, colocándole los almohadones detrás. Luego tomó la ensalada de pepino con una mano y la copa de postre con la otra.
—¿Por dónde quiere empezar? —preguntó en tono jocoso.
Lady Celia golpeó la copa de helado con la cucharilla.
—¿Quiere que la ayude? —dijo Anne.
—Con esto creo que me las puedo arreglar yo sola.
Charlaron de manera animada mientras lady Celia tomaba unas cucharadas de helado, y luego Anne le ofreció el caldo y la ensalada.
—La ensalada no —digo lady Celia—. Creo que no tengo el estómago preparado.
Anne volvió a dejar el plato de ensalada en la bandeja. Entonces, un leve movimiento captó su atención. Se acercó más y vio que un insecto estaba trepando por el tallo de las flores.
Una abeja.
Anne contuvo el aliento. Reprimió una exclamación, no queriendo sobresaltar a la anciana.
Sabía que aborrecía los insectos, y, ¿qué le había dicho Jasper sobre la reacción que le causaban a su tía las picaduras de abeja?
A ella tampoco le agradaban las abejas, ya que le habían picado en más de una ocasión cuando era niña.
Volvió la vista hacia la ventana. ¿Le habría dado tiempo al insecto a colarse dentro del cuarto? ¿O acaso estaba escondido entre las flores? Si fuera así, ¿no se habrían dado cuenta la señora Pratt o Clara? ¿Y no se habría marchado volando hacía ya rato?
No sabía qué hacer. Volvió a mirar las flores para vigilar a la abeja.
Ahora otra acababa de salir del interior del florero, moviéndose despacio y con dificultad, casi como si estuviera ebria.
¿Pero qué narices…? Una tercera abeja emergió del jarrón, y aquella plaga hizo que a Anne se le pusiera la carne de gallina.
—No se asuste, milady, pero hay una abeja. Voy a…
—¿Una abeja? Le dije que no abriera la ventana. Sus picaduras me provocan unas reacciones atroces.
—Creo que estaban en las flores.
—¿«Estaban»?
—Shhh. Por lo menos tres. Voy a abrir la puerta del balcón, sacar el jarrón y confiar en que se marchen volando en vez de meterse dentro de la habitación.
—¡Vaya con cuidado!
Anne se acercó a la puerta del balcón, quitó el pasador y la abrió.
—Deprisa —solicitó lady Celia en tono apremiante—. Están empezando a moverse más deprisa.
Anne regresó hasta la mesita de noche, se mordió el labio y, con cautela, agarró el florero y lo sacó al balcón como si fuera una bomba con la mecha encendida, tratando de no moverlo demasiado.
Una vez fuera, dejó el jarrón encima del parapeto y volvió a meterse con celeridad en la habitación, asegurándose de cerrar tanto la puerta como la ventana.
—¿Ve alguna más? —preguntó Anne mientras revisaba la bandeja del desayuno y la mesita de noche antes de levantar la vista hacia el techo.
—No. —Lady Celia exhaló un largo suspiro—. Gracias, Anne. Ha reaccionado con mucha rapidez. Si hubiera tratado de espantarlas, las habría hecho enloquecer.
—Eso pensé yo también. Seguramente habría tirado el jarrón al suelo y roto los platos, y no habría podido matarlas a las tres antes de que nos picaran.
—Y en mi caso, eso habría sido terrible —dijo lady Celia—. La última vez que me picaron, la garganta se me hinchó tanto que tuve problemas para tragar y respirar. A mi madre le pasaba lo mismo. He heredado todas mis flaquezas de ella: el corazón débil, la sensibilidad al marisco y las abejas…
—¿Algún otro peligro que deba tener en cuenta? —preguntó Anne con delicadeza.
Lady Celia dudó, y adquirió de repente una expresión sombría.
—No que yo sepa.
Anne no quiso presionarla. En vez de eso, comenzó a darle vueltas a la siguiente cuestión: «¿cómo?
». Podría creerse que un insecto hubiera sido transportado por accidente dentro de un ramo de flores, pero ¿tres?
Reconstruyó los hechos en su mente: Clara había dejado la bandeja en el cuarto frío para que el helado no se derritiera.
¿Era posible que el frío hubiera atontado a las abejas y que luego el calor de la habitación de lady Celia las hubiera despertado?
Aunque así fuera, ¿cómo habían acabado las tres abejas dentro del florero?
Veinte minutos más tarde, Anne volvió a salir al balcón y sacudió el jarrón, sin importarle que las flores cayeran al suelo. No había agua, pero si una abeja muerta. Anne se dio cuenta de que el fondo del jarrón tenía una marca en forma de corazón.
Volvió a llevar el florero dentro de la habitación.
—Ya se han marchado.
La mirada de lady Celia se posó en el florero. Era un sencillo recipiente de cerámica pintado de azul, con una pequeña grieta que alguien había reparado con pegamento. Tenía un aspecto tosco, como si hubiera sido hecho por un niño o un aficionado a la alfarería.
—Traiga eso.
—Está vacío, me he asegurado de ello.
Aun así, lady Celia extendió la mano para que se lo entregara.
—Conozco este jarrón, aunque hacía años que no lo veía —manifestó entornando los ojos con recelo.
—¿Cómo?
Aquella pieza no encajaba en absoluto con la vajilla de Wedgwood de la señora.
—¿Un regalo? —preguntó Anne.
Un caleidoscopio de sentimientos recorrió el semblante de lady Celia: desconcierto, consternación y ¿angustia? Frunció el ceño, luego miró a Anne y apartó el jarrón haciendo un ademán de desdén.
—No… no me acuerdo. Es igual, no hace falta hablar de ello. A fin de cuentas, no ha pasado nada. Y estoy convencida de que lo han hecho con buenas intenciones.
Anne no estaba tan segura. Desconcertada por la extraña expresión de lady Celia y su inesperada falta de preocupación por lo ocurrido, Anne tomó la bandeja sin hacer mención de sus verdaderas intenciones.
—Si está segura de que no quiere comer más, me la llevaré a la cocina.
—Sí, gracias. Y dele las gracias a la señora Pratt de mi parte; el helado estaba delicioso.
Anne bajó la bandeja a la cocina y fue en busca de la señora Pratt. La encontró revisando el inventario de la despensa.
—Lady Celia ha disfrutado mucho del desayuno y quiere que le dé las gracias.
—Ha sido un placer.
—Por cierto, Clara mencionó que fue usted quien tuvo la amable idea de añadir un jarrón con flores a la bandeja de desayuno, ¿es así?
—¿Idea mía dice? No, señorita. Hoy no doy abasto; no he tenido tiempo para pensar en tales sutilezas. Seguro que Clara estaba siendo modesta.
—¿Y el helado? A lady Celia le ha encantado.
—Tampoco ha sido idea mía, me temo. La señorita Fitzjohn pidió que lo preparáramos. Dijo que su madre se merecía un premio después del calvario por el que ha pasado. Pensaba que le abriría el apetito en un día tan caluroso.
—¿Y las flores? ¿Las trajo ella?
—Tal vez. No me he fijado en ellas, con lo ocupada que he estado. Hemos recibido un pedido muy grande del verdulero.
—Entonces no la entretengo más.
De camino hacia la salida de la cocina, Anne se detuvo a preguntarle a Clara:
—¿Por casualidad ha visto a algún miembro de la familia por aquí abajo hoy?
—No, señorita, no lo creo. ¿Por qué?
—Por nada. Gracias, Clara.
* * *
Más adelante esa misma tarde, mientras Rosa estaba lavando y cepillando el pelo a lady Celia, Anne atravesó la propiedad en dirección al jardín.
Allí vio a Katherin Fitzjohn, con su rostro pálido protegido del sol por un sombrero de ala ancha de paja.
Estaba atando los delfinios, uno a uno, a tutores con cordeles.
Llevaba un recio delantal de lino por encima de vestido, con las herramientas de jardinería —tijeras de podar, navaja, pala y ovillo de cordel— que asomaban por los amplios bolsillos, y las manos protegidas por unos guantes de jardinería largos que le llegaban casi hasta los codos.
Levantó la cabeza al ver a Anne acercarse.
—Ah, señorita Loveday. ¿Se encuentra bien mamá?