Susurros en Painswick Court Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Lady Celia posó el periódico y se retiró la servilleta que tenía encima del pecho, y que su enfermera notó que estaba húmeda y tenía una mancha marrón.

—La criada no aplanó las mantas antes de poner la bandeja, entonces se quedó desnivelada y se derramó un poco de té. No sé cuál de nosotras dos fue más torpe.

Aquello llenó a Anne de preocupación.

—¡Espero que no se quemara!

—No. Para cuando la chica llegó con el té, este ya estaba, siendo generosa, templado.

—En este caso, eso ha sido una bendición. Lamento que haya ocurrido eso, milady. Venga, vamos a ponerle algo seco.

Rosa llegó desde el vestidor, ya sin su ropa de la calle. ¿Tal vez confiara en que nadie hubiera notado su ausencia?

Se apresuró a acudir a ayudarlas, y Anne no pasó por alto la expresión de culpabilidad que apareció en su hermoso rostro.

—¡Ay, por Dios! ¿Qué ha pasado?

—No haga un escándalo —respondió con brusquedad lady Celia—. Les di permiso a las dos para ir a la iglesia. Aunque debo reconocer que esperaba que tardaran menos en regresar.

Rosa miró a Anne con inquietud, seguramente temerosa de que esta fuera a mencionar que no la había visto en misa.

—Lo siento, milady. Me… me entretuve hablando con… un conocido y perdí la noción del tiempo. Espero que no haya tenido problemas durante mi ausencia.

—Me empapé de té, pero, por lo demás, ya ve que he logrado sobrevivir sin ustedes.

Cuando lady Celia estuvo seca y acomodada de nuevo en la cama, Anne se preparó para salir a disfrutar de su tarde semanal en Yew Cottage.

—Esta vez se quedará aquí, ¿verdad? —le preguntó a la doncella antes de marcharse.

Rosa asintió con la cabeza.

—Se lo prometo.

* * *

Cuando Anne llegó a Yew Cottage, encontró a las dos señoras esperándola. Charlotte Newland estaba sentada con el pie en alto encima de una banqueta.

—¿Cómo está su tobillo, señorita Lotty?

—Mejorando, según dice el doctor Marsland. El doctor Finch me ha recomendado una serie de ejercicios suaves que parecen estar ayudando. Dentro de una semana o así, es posible que pueda empezar a moverme con la ayuda de muletas.

—No sabe cuánto me alegro.

La señorita Birt hizo un gesto con las cejas y se acercó a su amiga.

—El doctor Marsland nos insistió mucho en que la saludáramos de su parte y le transmitiéramos sus deseos de que pronto pueda acompañarlo en la iglesia.

—Acompañarnos —corrigió Anne con suavidad.

Le agradaba ver cómo la señorita Lotty, complacida, se sonrojaba, pero no quería exagerar el interés del hombre y crearle esperanzas que podrían no llegar a materializarse.

Anne fue a poner el hervidor al fuego y luego ayudó a Dinah a llevar la comida a la mesa.

—Bueno, entonces, ¿qué me he perdido? —pregunto Lotty después de bendecir la mesa.

Anne resumió el sermón del cura y Úrsula describió la rebeca Spencer y el sombrero de la señorita Fitzjohn.

—Ah, y he hablado con la señora Tufley —añadió Úrsula—. El ama de llaves del doctor Finch, ¿recuerdan? Pues bien, me ha contado que no solo hay una joven que visita al doctor a horas intempestivas, sino que también hay un bebé en casa.

—¡Un bebé! —La señorita Lotty se quedó boquiabierta.

Úrsula asintió con la cabeza.

—De unos tres o cuatro meses. La hija de la señora Tufley está ejerciendo de niñera de la criatura.

—El doctor Finch no está casado —dijo Lotty bajando la voz.

—¡Exacto! —respondió Úrsula con los ojos brillando de gozo ante semejante escándalo.

Anne sintió la necesidad de proteger al doctor Finch y habló en su defensa, aun cuando sospechaba que este no le había contado la historia al completo.

—No es un escándalo. El doctor Finch me ha explicado que está cuidando del hijo de su hermana. Ella y su esposo se han marchado a la India y le han pedido que se haga cargo del niño durante su ausencia.

—¿En serio? ¿Con la Compañía Británica de las Indias Orientales, de misioneros o…?

—No sé, eso no se lo pregunté.

La señorita Birt inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿El hijo de su hermana, eh? —preguntó con escepticismo—. No sé si me lo creo. El ama de llaves dice que es muy cariñoso con el crío, sea quien sea. Se llama Robbie.

—Y la mujer que acude a su casa, ¿sabemos de quién se trata? —preguntó la señorita Lotty.

—Todavía no. La señora Tufley no suelta prenda al respecto. —Úrsula levantó el dedo índice—. ¡Pero lo descubriré!

A Anne se le formó un nudo en el estómago. Si el doctor Marsland ya censuraba al joven médico por llegar tarde a misa y tener dos sirvientes, ¿cómo reaccionaría ante todo aquello? Ojalá no echara al doctor Finch.

Anne se marchó de manera abrupta a la cocina a buscar el hervidor. Cuando regresó, la señorita Lotty intercambió una mirada de complicidad con Úrsula antes de decir.

—Ahora, hablemos de cosas más agradables.

La señorita Birt se encogió de hombros.

—De acuerdo. Anne, en el pueblo no se habla de otra cosa que de cómo le cosió usted las heridas al trabajador del molino de King. Bueno, de eso y del hijo natural del doctor.

La señorita Lotty lanzó un suspiro y negó con la cabeza.

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N. del Trad.: Todos los fragmentos de La abadía de Northanger citados pertenecen a la traducción de Guillermo Lorenzo para Alba Editorial.