Susurros en Painswick Court Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Durante las letanías, el coadjutor hizo una serie de peticiones, incluyendo una que decía: «Y ruega por la salud de nuestra hermana, lady Celia Fitzjohn…

». Después de cada petición, la congregación respondía «te rogamos, óyenos».

A Anne le alegraba haber dejado atrás los resentimientos del pasado y poder sumar su voz al resto de manera sincera.

Más tarde, cuando el servicio terminó, el doctor Finch se levantó con rapidez para marcharse, pero Joe Webb y su familia los interceptaron a él y a Anne para agradecerles una vez más su ayuda.

El señor Palling los saludó también a todos, y después se quedó en el pasillo para hablar con la señorita Fitzjohn.

En ese momento, el señor Finch volvió a tratar de escabullirse, pero un anciano lo detuvo cerca de la puerta y parecía estar pidiéndole opinión sobre un bulto que le había salido en el cuello.

Anne trató de disimular una sonrisa. Tal vez creyendo que el gesto iba dirigido a él, el doctor Marsland se acercó a ella sonriendo de manera afable.

—Un placer verla, señorita Loveday. ¿Cómo se encuentra hoy nuestra paciente?

—Está un poco mejor. La dejé incorporada y escribiendo cartas cuando me fui.

—Esa es una noticia excelente. Luego me pasaré a verla.

El médico se dio la vuelta para hablar con la señorita Birt y pedirle que saludara de su parte a la señorita Lotty, a quien le deseaba que pronto pudiera unirse a todos ellos en misa.

Anne intercambió saludos con otras personas mientras se acercaba al doctor Finch, al que finalmente acabó alcanzando ya cuando llegaba al cementerio.

—¡Doctor Finch! Me alegra que haya asistido al servicio de hoy.

—Ah, eh…, sí. No siempre consigo escaparme para poder venir.

—¿El doctor Marsland y usted se turnan para estar disponibles en caso de que surja una emergencia?

—Bueno, no exactamente. Alguien tiene que… Dios mío, sí que es usted inquisitiva. ¿Tanto le preocupa mi espiritualidad?

—Disculpe, no debería inmiscuirme. Solo quería decirle que me ha alegrado verle y que la señorita Lotty quiere que le transmita su invitación para que venga a cenar otra vez con nosotras si no tiene otros planes.

—Es muy amable por su parte, pero…

—La señorita Lotty es amable —dijo Anne—, pero también desea con toda sinceridad que nos acompañe. Y… yo también. —Avergonzada por aquella confesión, añadió enseguida—: Además de la señorita Lotty y yo, solo vendrá la señorita Birt, quien nos deleitará con los nuevos chismorreos del pueblo.

—Los chismorreos de la ciudad, señorita Loveday —la corrigió él con un brillo bromista en la mirada—. Painswick es una ciudad, no un mero pueblo. Es una puntualización que me han hecho en más de una ocasión desde mi llegada.

—Tiene usted razón. A mí también me han corregido.

—Nuevos chismorreos, ¿eh? Quizá debería pasarme por allí para defender mi honor. —Torció los labios en una sonrisa triste.

Ella se rio.

—Por lo que he oído, la mayoría de gente de por aquí lo tiene en alta estima y considera que es usted un buen médico. Desde luego, yo sí… Sí pienso que es buen médico, quiero decir.

—Y yo creo que usted es una… buena persona. Así como amable e inteligente, y una compañía de lo más agradable.

A Anne le ardían las mejillas y una sensación placentera la recorrió, seguida de inmediato por la incertidumbre. ¿Estaba coqueteando con ella? Desde luego, eso es lo que parecía.

—Con todo, me temo que hoy no podré acompañarlas.

—Su expresión se ensombreció un poco—. Tengo que marcharme ya, pero gracias y, por favor, trasládele también mi gratitud a la señorita Newland.

Y sea lo que fuere que la señorita Birt diga de mí, por favor tenga en cuenta que en realidad la situación no es tan mala como parece.

Ella lo miró con interés; tenía una corazonada.

—Eso suena muy misterioso.

—No es mi intención.

El joven médico miró alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca y bajó la voz.

—Ha tenido que oír los rumores, así que le diré lo mismo que le dije al doctor Marsland hace poco cuando me preguntó por… el niño que vive en mi casa. Me imagino que se lo habrán contado, ¿verdad?

—Bueno, pues… sí.

—Estoy cuidando del hijo de mi hermana. Ella y su marido se han marchado a la India y han dejado al niño a mi cuidado.

—¡Ah! Supongo que… ha de ser un viaje peligroso.

—Puede serlo, sí. Pensé que era importante que usted supiera la verdad.

—Gracias por contármelo. ¿Es un secreto?

—Según parece, no. —Él se las ingenió para esbozar una sonrisa torcida, aunque en sus ojos aún se percibía algo de preocupación—.

Mi ama de llaves y su hija lo cuidan cuando estoy con los pacientes.

La señora Tufley tiene libre la mitad del domingo, por eso tengo que regresar a casa.

No es una situación ideal, pero es lo que me puedo permitir en este momento.

—Entiendo.

—No estoy seguro de que así sea, la verdad.

En estos momentos mi vida es… complicada.

Estoy tratando de mantenerme al nivel que el exigente doctor Marsland me impone y de contentar a docenas de pacientes mientras aprendo a moverme por una parroquia cuyas indicaciones son: «a mitad de camino de Sheepscombe, gire a la derecha después del antiguo limero».

También tengo que acostumbrarme a mi nueva situación viviendo con un niño, un ama de llaves y su hija, y…

Bueno, ya no tengo tiempo para mí. No tengo la libertad de…

centrarme en aquello que me interesa. Me gustaría serle más claro, señorita Loveday, pero en este momento no puedo.

Hizo una reverencia y luego se dio la vuelta, dejando a Anne confusa, preocupada y reflexionando sobre las diferentes capas de significado que escondían sus palabras.

Lo observó mientras se alejaba, sintiendo aún la misma curiosidad y arrastrando las mismas sospechas que antes.

Estaba convencida de que esa no era la historia completa, de que el doctor Finch todavía ocultaba algo.

Cuando él alcanzó la esquina del camposanto, una joven llegaba por la calle St. Mary. Se detuvieron a hablar.

Anne la reconoció al instante.

Rosa.

Le había dicho que se quedaría en casa por si lady Celia necesitaba algo.

Entonces, ¿por qué se había marchado? Anne ya había visto a aquellos dos hablando en privado en demasiadas ocasiones.

¿Sería Rosa la verdadera razón por la que el doctor Finch no tenía «libertad»?

Sin duda se traían algo entre manos. Ojalá alguno de los dos le contara de qué se trataba.

Se hallaban demasiado lejos para poder oír lo que decían, pero ninguno parecía contento.

La señorita Birt salió de la iglesia y se acercó a ella.

—Me imagino que vendrá a almorzar, ¿verdad? Creo que Dinah va a intentar hacer pastel de carne.

—Primero debería ir a ver cómo se encuentra lady Celia —dijo Anne—. Vaya delante; yo me reuniré con ustedes en cuanto pueda.

—Muy bien. Me aseguraré de reservarle algo de pastel. —Úrsula le guiñó un ojo y se marchó caminando.

Cuando Anne regresó a Painswick Court, encontró que, en lugar de la caja de escritura, ahora lady Celia tenía encima del regazo una bandeja con una taza de té en equilibrio precario y, en las manos, un periódico.

—¿Al final Rosa decidió acompañarla a misa? —preguntó la mujer—. La he llamado y no me contesta.

—Ay, lo siento mucho. ¿Necesitaba algo?

—No importa. Llamé al timbre y Jane me trajo el té y sacó a pasear a Louie . ¿No ha visto usted a Rosa en misa?

Anne no la había visto en la iglesia, pero no quería meter a la chica en problemas. Al fin y al cabo, lady Celia les había dado permiso a las dos para acudir.

—Pues… bueno, salí de casa antes que ella y en la iglesia me senté con la señorita Birt. Es posible que Rosa se sentara en los bancos de atrás, al no tener ningún amigo con quien hacerlo más adelante. Ahora, ¿le gustaría que le trajera más té o algo de comer?