Capítulo 10 #2
Anne no logró encontrar un libro para entretener a su paciente en la biblioteca de Painswick Court, de modo que esa tarde lady Celia le sugirió que se acercara a la del pueblo en busca de algo nuevo.
Le escribió una nota y se la firmó, para que así la propietaria de la biblioteca cargase el libro de Anne a la cuenta que compartía con su hija.
—Katherine es una ávida lectora —añadió—. Se pasa horas en su habitación leyendo historias románticas. Pero a mí tráeme otra cosa, por favor. Mis días de romance terminaron hace mucho.
Con la nota de lady Celia en la mano, Anne abandonó Painswick Court y recorrió las callecitas del pueblo hasta la tienda de Sarah Brezill. Su letrero rezaba: «Mercería y biblioteca de préstamo».
La dueña, la señorita Brezill, la saludó cuando entró.
—¿En qué la puedo ayudar?
—Estoy buscando algo que leerle a lady Celia Fitzjohn —dijo Anne entregándole la nota.
—Ah, ¿la señorita Anne Loveday? Debe de ser usted nueva en Painswick Court.
—Así es. Estoy ocupando el puesto de enfermera de manera temporal. Según tengo entendido, Katherine Fitzjohn es una clienta habitual y ávida lectora de novelas románticas. A su madre le gustaría algo diferente.
La mujer entornó los ojos con expresión pensativa.
—En realidad, la señorita Fitzjohn no ha pasado por aquí desde hace meses. Es bueno que alguien le vaya a dar uso a su cuenta antes de que se marchite del todo.
—¿Mmm?
Aquello era extraño. Anne se preguntó qué es lo que la estaba apartando de la biblioteca.
La señorita Brezill señaló una hilera de estanterías.
—Los periódicos y revistas están ahí. Allí, una selección de novelas populares. Y si nada de eso le convence, aquí tiene una lista con los libros que tengo en el almacén.
—Gracias. ¿Le parece bien si echo un vistazo?
—Adelante.
Anne examinó con detenimiento la lista, que enumeraba colecciones de sermones, poesía, textos de viajes y crónicas históricas.
Después se dirigió a la estantería que exhibía novelas populares y hojeó Frankenstein o El moderno Prometeo .
Luego tomó el primer volumen de una colección de cuatro que contenía la novela La abadía de Northanger .
Se interesó por las páginas iniciales, en las que podía leerse una nota biográfica que rendía honores a la autora y revelaba que se trataba de una mujer llamada Jane Austen, quien también había publicado de manera anónima otras obras, entre ellas Orgullo y prejuicio , una de las favoritas de Anne.
Pasó al capítulo uno y comenzó a leer.
Nadie que hubiera visto a Catherine Morland en su infancia habría podido imaginar nunca que estaba llamada a ser una heroína. [10]
La campana de la entrada tintineó detrás de ella y, al mirar hacia la puerta, vio a Ernest Finch entrar mientras se quitaba el sombrero. Al verlo, el corazón se le agitó de manera totalmente ilógica.
Él se acercó y la saludó con una reverencia.
—Señorita Loveday, ¿cómo está?
Ella le devolvió el gesto.
—Buenos días, doctor Finch. Estoy bien, gracias.
—No me gustaría señalar obviedades, pero parece que ha encontrado usted una nueva lectura.
Ella miró el libro que tenía en las manos.
—Bueno, tendré que leer este en algún momento, pero hoy he venido a buscar algo para leerle a lady Celia por la noche, y dudo que disfrute de un romance gótico.
—¿Está segura? A mi hermana y su hija les encantaron La abadía de Northanger y Persuasión, así como el resto de novelas de esa autora. Tal vez a lady Celia también le gusten.
—Es posible.
—¿Qué otras opciones estaba barajando? —preguntó él.
Anne regresó al mostrador y volvió a recorrer con el dedo la lista de obras disponibles.
—Tal vez algo más serio, como El estado de Europa durante la Edad Media o Principios de economía política y tributación .
—¡Por Dios! —El médico hizo una mueca—. Si el objetivo es hacer que se duerma, creo que cualquiera de esos dos será más efectivo que una manzanilla o agua de lavanda. —Para suavizar sus palabras, las acompañó de una sonrisa.
—Supongo que tiene razón. —Anne le devolvió la sonrisa—. A lo mejor un libro de viajes sería mejor opción. Por ejemplo, este: Historia de una excursión de seis semanas por una parte de Francia, Suiza, Alemania y Holanda .
—Ese suena un poquito más interesante, se lo concedo.
Como no se veía a la señorita Brezill por ninguna parte, Anne llamó al timbre del mostrador.
—¿Y qué viene usted a buscar? —le preguntó entonces al médico mientras esperaban.
—Ah, eh…, solo estoy echando un vistazo.
La señorita Brezill salió del almacén, tomó el libro que Anne había elegido, rellenó un resguardo y luego envolvió el ejemplar en papel de estraza.
—¡Ah, doctor Finch! —dijo al alzar la vista—. El libro que quería ya ha llegado: La historia de la familia Fairchild .
—Ah… Estupendo, gracias.
Él esquivó la mirada de asombro de Anne.
Con sus respectivos paquetes en las manos, salieron juntos de la biblioteca. Anne quería preguntarle por aquel libro infantil —y por el infante en cuestión—, pese a que le daba miedo oír la respuesta.
Al final se contuvo, y el doctor también permaneció en silencio.
Tras llegar a la esquina, él se detuvo.
—Bueno, aquí es donde nuestros caminos se separan. Que tenga un buen día, señorita Loveday.
—Hasta luego.
Mientras Anne se alejaba, la desconfianza le mordisqueaba las entrañas. ¿Cuántos secretos ocultaba aquel hombre?
Cuando llegó a la entrada de Painswick Court, recordó que el día anterior el señor Dalby le había entregado algo al doctor Finch y este lo había lanzado a los arbustos.
Muerta de curiosidad, recorrió el muro que separaba la propiedad del camposanto, inspeccionando los arbustos a medida que avanzaba.
Entonces lo vio, allí en el suelo: el destello de una botella verde.
Se agachó con cuidado para recogerla. Era un frasquito de agua de una ciudad-balneario. Un recuerdo. El frasco estaba roto y se había vaciado, pero aún se podía leer el grabado: «Agua mineral natural de Cheltenham».
«¿A quién le he oído mencionar ese lugar hace poco?», se preguntó Anne. A modo de respuesta, la voz del señor Dalby, dirigiéndose a Rosa, resonó en su mente: «No la veo desde hace… ¿cuánto, un año? En Cheltenham, creo recordar».
Qué curioso. ¿Por qué le daría semejante suvenir al doctor Finch?
* * *
El domingo por la mañana, Anne sacó a Louie a dar un paseo temprano y luego regresó a casa.
Cuando entró en la habitación de lady Celia, la mujer no estaba en la cama.
En vez de eso, la halló en el vestidor anejo, sentada en el tocador mientras Rosa le cepillaba el pelo gris.
La doncella ya estaba vestida por completo y tenía el pelo arreglado, a pesar de que todavía no eran las ocho en punto.
—Me alegra verla ya despierta, lady Celia.
—Me encuentro un poco mejor. Los remedios que me ha preparado parecen estar surtiendo efecto.
—Me complace oírlo. —Anne miró a Rosa y comentó—: Si quiere ir a misa, puedo estar de regreso para esa hora.
—No hace falta, señorita Anne, pero gracias.
—Pueden ir las dos —expuso lady Celia—. No hace falta que me velen como si fuera una muerta. Tengo cartas que escribir, y Louie me hará compañía.
—No es necesario, lady Celia —respondió Rosa de manera despreocupada—. Ni tenía pensado ir ni tengo deseos de hacerlo. Me quedaré aquí leyendo.
—Bueno, como quiera.
Anne ayudó a Rosa a meter de nuevo a la mujer en la cama. La taparon con una mantita de punto y le acercaron su caja de escritura. Además de la zona inclinada para escribir, el escritorio portátil de caoba también contaba con plumas, un tintero, lacre y un cortaplumas.
Después, Anne siguió a la doncella hasta el vestidor.
—¿De verdad no quiere ir o solo lo dice por cortesía? —le preguntó en voz baja.
—No es por cortesía; hace meses que no voy a misa.
Anne se sorprendió.
—Pero… ¿solía hacerlo?
—Ah, claro. Iba con mucha frecuencia.
—¿Y qué ha ocurrido?
Rosa se encogió de hombros.
—¿Alguna vez ha rezado y rezado por algo y no ha recibido respuesta a sus plegarias?
—Sí.
«Por supuesto que sí».
—Pues yo recé con muchísima fe, de veras, pero él no… Lo que deseaba no sucedió.
Anne comprendía cómo se sentía.
—¿Y usted se… enfadó con Dios?
—Al principio sí. Luego entendí que había perdido el derecho de esperar que Dios escuchara mis plegarias, y ya no hablemos de responder a ellas. Después de lo que he hecho, sería una ingenua si esperara otra cosa que un silencio cargado de decepción.
—Rosa… —Anne se acercó a la muchacha con el corazón encogido por lo que estaba diciendo—. Todos hemos cometido errores, todos hemos pecado, pero Dios es misericordioso y nos perdonará si se lo pedimos.
La mujer sacudió la cabeza con lentitud.
—No todos los pecados son tan fáciles de perdonar ni olvidar.
—Como dista el oriente del ocaso —dijo Anne, parafraseando el salmo—, así aleja Él de nosotros nuestros pecados.
Pronunció aquellas palabras con toda la sinceridad del mundo, esperando que sus propios errores también estuvieran incluidos.
—Ojalá fuera verdad. —Rosa se puso recta—. Ahora, márchese. Será mejor que se dé prisa y termine de vestirse para la iglesia.
Anne le colocó con delicadeza una mano en el hombro y luego se marchó a su habitación.
Mientras se ponía la rebeca Spencer y los guantes, se preguntó qué era esa cosa «imperdonable» que había hecho Rosa. Aun sin saber todos detalles, estaba bastante segura de que Jude Dalby acarreaba la mayor parte de la culpa.
* * *
Mientras compartía banco de la iglesia y libro de rezos con la señorita Birt, igual que la vez anterior, Anne miró en derredor por la nave de la iglesia para ver si el doctor Finch había acudido esta semana.
Ni rastro de él. El doctor Marsland sí estaba allí, y el coronel Paine y la señorita Fitzjohn se encontraban de nuevo en la tribuna familiar, cerca de las primeras filas, representando a Painswick Court.
Ernest Finch entró durante el acto penitencial, y el doctor Marsland le lanzó una mirada de desaprobación y negó con la cabeza.