Susurros en Painswick Court Capítulo 10
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Capítulo 10

P or la mañana, despertó sentada de mala manera en el sillón, con el cuello y la espalda agarrotados. Después de una noche en vela, lady Celia por fin dormía plácidamente. El fuego del hogar se había apagado; aun así, en la habitación todavía hacía más calor de lo que a Anne le resultaba agradable.

Rosa entró y, al encontrarla en el sillón, se acercó a ella.

—¿Ha pasado aquí la noche? —le preguntó en un susurro.

Ella asintió.

—La señora tuvo una pesadilla y luego le costó volver a dormirse.

—Pues ahora márchese —dijo Rosa—. Yo me encargo de que milady tenga el desayuno preparado para cuando despierte.

—Gracias.

Anne se planteó la posibilidad de tumbarse en su cuarto y tratar de dormir un poco más, pero al final optó por no hacerlo. En vez de eso, se refrescó con agua fría, se vistió y bajó a la planta inferior.

Se encontró con el coronel Paine saliendo de la sala de estar.

—Hola, señorita Loveday. —Hizo una reverencia—. ¿Cómo se encuentra hoy?

—Bien, gracias.

—¿Y mi tía?

—Cansada. Me temo que esta noche apenas ha pegado ojo. Ha tenido pesadillas.

—Cuánto lo lamento.

Anne hizo un gesto en dirección a la biblioteca.

—Se me ha ocurrido que quizá pueda encontrar un libro que leerle; algo que le calme la mente antes de dormir.

—Buena idea. A mí siempre me ha gustado Los viajes de Gulliver . De hecho, ella me regaló un ejemplar cuando era niño.

—¿De verdad? Estaba pensando en otro libro, de sermones, aunque en ese caso supongo que bastaría con leerle el Libro de los Salmos…

El coronel Paine le recorrió el rostro con la mirada, deteniéndose un poco.

—Si no resulta poco caballeroso por mi parte mencionarlo, tú también pareces cansada. Venga, acompáñame a dar un paseo revitalizante por la propiedad.

—Debo admitir que la idea de tomar el aire suena divina. Lady Celia prefiere mantener las ventanas cerradas y el fuego encendido incluso cuando hace calor. Dame un minuto para avisar a Rosa de que voy a salir.

Anne regresó enseguida con la capota y los guantes puestos. El coronel Paine le abrió la puerta de servicio y luego atravesaron juntos el camino de gravilla que crujía bajo sus pies hasta alcanzar los amplios jardines que se extendían más allá.

—Recuérdame otra vez por qué pasas la mayoría de tus permisos aquí en vez de con tus padres —dijo Anne tras unos minutos de silencio.

Él se encogió de hombros.

—Aquí soy mejor recibido.

—¿En serio? ¿Y eso por qué?

Jasper lo meditó un momento antes de contestar.

—Es complicado. ¿Te importa que sea una respuesta muy larga?

—Ni mucho menos.

—Te acuerdas de que lady Celia, la madre de Jude y la mía son hermanas, ¿verdad? Las tres son hijas de un conde.

Anne asintió con la cabeza.

—De las tres, Celia fue la que se casó con el mejor partido. Sir Herbert descendía de un linaje antiguo y honorable, y tenía dinero. Por el contrario, mi madre se casó con mi padre, un hombre con propiedades, pero poco dinero, el cual le corresponde a mi hermano mayor.

»Ellos tres viven en la antigua propiedad de nuestros ancestros, que poco a poco se está convirtiendo en una ruina.

Yo no podía soportar quedarme allí sin hacer nada mientras eso sucedía, pero cuando hice sugerencias para lidiar con el deterioro de la propiedad, estas no fueron bien recibidas.

De hecho, a mi hermano le ofendió que me entrometiera; así que me rendí.

A este ritmo, para cuando le llegue la hora de heredar, quedarán poco más que escombros.

Lady Celia seguramente estaría dispuesta a ayudar, pero ellos tienen demasiado orgullo para aceptarlo.

»Ya sabes que, al ser un segundón, me corresponde labrarme mi propio futuro.

Ganarme la vida. De modo que escogí el Ejército y me marché.

Visito a mis padres de vez en cuando, pero mi padre se ha convertido en un hombre resentido con su destino, mientras que mi madre se ha resignado a él.

Mi hermano y yo no nos llevamos bien en absoluto, y cada vez que voy claramente a casa se encarga de dejarme claro que la propiedad y las decisiones respecto a ella le corresponden a él, o que al menos así será cuando nuestro padre ya no esté.

»Fue sir Herbert quien costeó mi nombramiento en el Ejército, y eran él y lady Celia quienes se interesaban por saber cómo iba ascendiendo de puesto, quienes se enorgullecían de mí.

La verdad es que disfrutaba de su compañía, y también la de Kat.

Siempre han sido buenos y generosos conmigo, y les estoy agradecido por ello.

—Entiendo. ¿Y la madre del señor Dalby?

Jasper hizo un mohín.

—El suyo fue el peor matrimonio de los tres, según cuenta tía Ce.

Se casó con un hombre que resultó ser infiel y jugador, tanto en lo que se refiere a las cartas, como en los negocios.

Ella murió joven, y el marido partió a visitar una plantación de las Indias Occidentales en la que había invertido.

Dejó a Jude al cuidado de sir Herbert y lady Celia y, hasta donde yo sé, no se ha vuelto a saber de él desde entonces.

—Eso es terrible. —Anne vaciló, pues no estaba segura de cómo de bien conocía Jasper el carácter de su primo. Al final se conformó con decir—: Pobre señor Dalby. Quizá entonces no es sorprendente que sea… como es.

—Si fuera tú, no perdería el tiempo compadeciéndome de Jude, Anne. Nadie lo ha obligado a seguir los pasos de su padre. Lo ha hecho porque ha querido.

Parece que conocía bastante bien a su primo.

Caminaron un rato más en silencio. Después, con el deseo de hacer virar la conversación hacia otro asunto, Anne le preguntó:

—¿Es cierto que todavía hay mazmorras en Painswick Court?

—Pues claro, ahí es donde los prisioneros esperaban a que se los juzgara. Kat, Jude y yo solíamos colarnos ahí abajo de niños. Se suponía que no debíamos hacerlo, ya que es un lugar frío y mugriento, pero por supuesto que lo hicimos. La prohibición solo lo hacía más irresistible.

Anne soltó una risita.

Él se detuvo y la miró.

—¿Te gustaría verlas? Dudo que lady Celia vaya a darnos un tirón de orejas, y a la señora Pratt no le importará que bajemos.

—Debo admitir que me pica la curiosidad.

Él señaló la casa con un amplio ademán.

—Entonces, permíteme que te guíe. Tío Herbert me contó que bloquearon la entrada original cuando hicieron unas reformas —explicó Jasper mientras caminaban—. Aun así, todavía se puede llegar allí a través de un corredor en la zona del servicio.

Una vez volvieron a entrar en la casa, atravesaron la antecocina y después bajaron por las escaleras hasta la cocina, que se encontraba a la altura de un semisótano y tenía ventanas en la parte alta de las paredes.

La señora Pratt levantó la vista al verlos entrar.

—No se preocupe por nosotros, señora Pratt —dijo Jasper—. La señorita Loveday no conoce las mazmorras, así que me he ofrecido a enseñárselas.

—Tengan cuidado ahí abajo. Sabe Dios en qué estado se encontrarán. Y tomen, lleven una vela.

La señora Pratt agarró un candelero con pantalla de vidrio, encendió la vela y se lo acercó.

—Gracias —dijo él—. Si no volvemos en diez minutos, mande a la caballería.

Le guiñó un ojo a la anciana cocinera, la cual respondió sonriéndole con indulgencia.

Pasaron más allá del cuarto frío hacia una pesada puerta de madera reforzada con hierro forjado. El coronel tiró de la manija de hierro y la abrió.

—Ten cuidado, las escaleras son estrechas y desiguales.

Bajaron con cautela por los escalones de piedra. A medida que descendían, también lo hacía la temperatura.

Abajo del todo, hallaron un subsótano de techos bajos que parecía servir como carbonera y almacén.

Allí, Jasper abrió una tosca puerta que conducía a otra estancia.

Esta parecía ser más antigua que la anterior y tenía un techo más alto con vigas vistas que estaba sostenido por varias columnas de hierro fundido cubiertas de telarañas.

Un botellero de madera se apoyaba contra uno de los muros, junto con un barril y varias cajas cubiertas de polvo.

Más allá se veían dos celdas con barrotes de hierro, cerradas con candados.

Jasper alzó la vela por encima de los barrotes de hierro y entonces Anne alcanzó a ver una cama de listones de madera podridos apoyada contra la pared y unos grilletes oxidados.

Además de la vela de Jasper, la única iluminación procedía de la débil luz que entraba a través de una rejilla de hierro en lo alto del techo; tal vez situada en el suelo de la habitación que se encontraba sobre ellos.

—No hay potros ni ningún otro instrumento de tortura —dijo Jasper—. Espero que no te sientas decepcionada. Los prisioneros solo se quedaban aquí mientras esperaban a ser juzgados. Los castigos se infligían en otro lugar.

—En realidad es un alivio. Solo esto ya me produce suficientes escalofríos.

Jasper asintió despacio con la cabeza. La llama titilante se reflejaba de un modo siniestro en sus ojos.

—Jude me encerró aquí una vez cuando éramos críos. Grité pidiendo auxilio, pero nadie me oyó. La de cosas terribles que uno se imagina cuando está atrapado en una celda… Espectros, inanición, los esqueletos olvidados de los prisioneros…

Anne se estremeció, y no solo por el frío.

—Lo siento mucho —expuso en un tono de voz suave—. ¿Cuánto tiempo pasaste aquí abajo?

—En aquella época esta habitación se usaba como bodega y, afortunadamente, Buxton me encontró antes de la hora de la cena.

Hubo ocasiones en que me vi tentado de devolverle el favor a mi primo, de encerrarlo en una celda y deshacerme de la llave.

—Una ferocidad algo perturbadora contrajo sus rasgos, por lo general amables.

Anne volvió a estremecerse. Esta vez Jasper se dio cuenta, y pareció volver en sí.

—De acuerdo, vamos a sacarte de aquí y a volver a la luz y al calor, que es donde perteneces.

—Gracias por enseñarme este lugar —repuso Anne mientras subían las escaleras.

Aunque, para ser sincera, casi preferiría no haber visto nunca aquellas celdas. Después de esto, temía ser ella la que tuviera pesadillas esa noche.

* * *