Susurros en Painswick Court Capítulo 9 #3
32%

Capítulo 9 #3

—Todavía no hemos terminado. Los cortes más graves necesitan puntos de sutura.

—El doctor Finch miró a Anne—. ¿Tal vez eso pueda hacerlo usted?

—Y luego, dirigiéndose a Joe, explicó—: La señorita Loveday es la enfermera de lady Celia Fitzjohn, y también trabajó como asistente de su padre, que es cirujano.

—Le estaría muy agradecido, señorita. ¿En Painswick Court, eh? Mi hija mayor trabaja allí de fregona.

—¿Kezia? Ah, claro. Una buena muchacha.

—Gracias, señorita, sí que lo es.

Anne tragó saliva. Hacía un tiempo que no ponía puntos de sutura, e incluso entonces, su padre la había guiado durante el proceso.

—Puedo hacerlo yo o también puedo guiarle si prefiere hacerlo usted, doctor.

—Le agradecería mucho su ayuda.

—Le entiendo, doctor —dijo Joe, con la voz languideciendo a medida que el láudano hacía efecto—. Las mujeres tienen más experiencia con las agujas, ¿no es verdad? Adelante, señorita, terminemos con esto.

Tras limpiar las heridas, el doctor Finch sacó una aguja e hilo de sutura de su maletín. No parecían haberse usado nunca.

Anne se obligó a concentrarse y recordar las indicaciones de su padre. Después, respiró hondo para serenarse y comenzó.

Fue una media hora angustiosa, para ella y, sobre todo, para Joe, el cual, aun después de tomar la medicina para el dolor, hacía muecas de dolor cada vez que la aguja le atravesaba la piel en los puntos que señalaba el doctor Finch.

Por fin, se terminó.

El doctor Finch le vendó las heridas al hombre y le fabricó un cabestrillo mientras Anne guardaba el hilo sobrante.

El señor Palling regresó cuando el médico le estaba dando al hombre las últimas instrucciones antes de dejarlo ir.

—Ese brazo va a necesitar reposo, Joe. Hay que dejar que las heridas se curen.

El señor Palling asintió con la cabeza.

—Vete a casa y descansa, Joe. No le voy a dar tu puesto a nadie más.

—Gracias, señor Palling.

Aparentemente, el señor Palling tenía mejor corazón que otros dueños de molinos de los que Anne había oído hablar, y se alegró de lo que eso significaba para Joe y su familia.

* * *

Anne y el doctor Finch acompañaron a Joe hasta su humilde casita —tendría, quizá, dos estancias en la planta baja y otras dos arriba— en la calle Vicarage.

Allí, su preocupada esposa se acercó corriendo con el rostro contraído de preocupación al ver a su marido con el brazo vendado y en cabestrillo.

—Se recuperará, señora Webb. Es un hombre afortunado.

El doctor Finch le explicó a la mujer cómo hacerle las curas y dijo que regresaría para retirar los puntos de sutura cuando correspondiera.

—Pero mañana ya puedo ir a trabajar, ¿verdad, doctor? —preguntó el hombre.

—No, Joe. Descansa ese brazo. Ya has oído lo que dijo el señor Palling: tu puesto te estará esperando hasta que te recuperes.

—Eso espero. Bueno, envíeme la factura, doctor.

—Creo que el señor Palling se hará cargo de ella.

—Prefiero pagarla yo mismo si es posible. No quiero que el señor Palling cambie de idea y me deje sin empleo.

—Ya lo hablaré con él. Tú no te preocupes por eso, Joe, solo descansa y da gracias de que no hayas salido peor parado.

—De acuerdo. Estoy muy agradecido. Gracias a los dos.

Se despidieron de la pareja y, al ver varios pares de ojillos jóvenes asomados a la ventana, Anne se despidió también de los niños con la mano. Después ella y el señor Finch se dieron la vuelta y se alejaron de allí.

—De veras podría haber sido peor, mucho peor —comentó el médico mientras caminaban—. En estos casos se pierden dedos, brazos, vidas… Tal vez aquí no tanto, pero en los molinos de vapor del norte… Debo confesarle que me temía lo peor.

—Yo también.

—Y, aun así, decidió acompañarme. Gracias por hacerlo, y por dar los puntos de sutura. Estoy en deuda con usted.

—No hay deuda alguna. Ha sido un… bueno, no precisamente un placer, pero sí que me ha alegrado poder ayudar. Me gusta ser útil.

—Y lo ha sido, de veras. Se lo agradezco más de lo que se imagina.

Él hizo un ademán, como si fuera a tomarla de la mano, pero al final se limitó a cambiarse el sombrero de mano.

Cuando estuvieron de regreso en Painswick Court, Anne le deseó que tuviera un buen día. Estaba ansiosa por volver al lado de su paciente, y esperaba que lady Celia hubiera estado bien en su ausencia.

Al subir a la planta superior, le alegró encontrarla sumida en un sueño apacible, con su hija leyendo en silencio sentada en una silla al lado de la cama.

—¡Ah, ya está de vuelta! ¿Cómo ha ido en el molino?

—Mejor de lo que esperaba. El hombre se lesionó el brazo, pero con el tiempo se acabará recuperando por completo.

Katherine suspiró aliviada.

—Qué bien.

—El señor Palling parece un patrón bondadoso.

—Creo que lo es, sí. A mí siempre me ha parecido amable, incluso generoso.

—Y ¿no hay novedades con respecto a su madre?

—No, está descansando muy tranquila, como puede ver. Rosa se sentó un rato con nosotras, pero ha bajado a preparar el té. —La señorita Fitzjohn se levantó—. Quizá podría tomarlo usted con ella en mi lugar. Creo que voy a retirarme a mi habitación.

—Por supuesto. Gracias por quedarse con lady Celia.

Una sonrisa cariñosa apareció en los labios de Katherine Fitzjohn.

—¿Qué es eso que se dice? «Es lo menos que puedo hacer». Que tenga un buen día, señorita Loveday.

—Hasta luego.

Cuando la mujer se hubo marchado, Anne se percató de que la puerta del balcón estaba abierta.

Salió y se asomó; abajo vio a dos hombres: Jude Dalby estaba llamando la atención de Ernest Finch, que ya se marchaba.

El señor Dalby se acercó a él atravesando el camino de gravilla y extendió una mano para ofrecerle algo.

Anne observó con curiosidad la botella verde que pasaba de un hombre a otro.

¿Un buen whisky o algún medicamento, tal vez?

No alcanzaba a ver de qué se trataba, pero el doctor Finch se mostró reacio a aceptarlo.

Una vez que el señor Dalby se dio la vuelta y regresó a casa, el doctor Finch miró la botella, puso mala cara y la lanzó a unos arbustos.

¿Qué narices contendría?

* * *

Es noche, Anne se hallaba dormida en un sueño profundo cuando la despertaron unos quejidos amortiguados y el sonido de las mantas al moverse.

Se puso alerta al instante, salió de la cama y, abriendo del todo la puerta del vestidor, entró con premura en la habitación aneja.

Lady Celia estaba tendida en la cama con los ojos cerrados, pero gemía y sacudía la cabeza de un lado a otro.

¿Estaría enferma otra vez? ¿O era una pesadilla?

En su cestita al lado del fuego a punto de consumirse, Louie se levantó y esperó, atento.

—Milady, ¿qué le ocurre? —preguntó Anne mientras le tocaba el hombro con delicadeza.

La mujer se despertó lanzando un grito ahogado. Incluso en aquella habitación poco iluminada, fue capaz de distinguir el blanco de sus ojos muy abiertos en una mueca de terror.

—Alguien está intentando matarme —expresó con voz ronca.

—Está a salvo. Solo era un mal sueño, una pesadilla.

—¿Una pesadilla, está segura? Parecía tan real…

—¿Quién trataba de… hacerle daño? En su sueño, quiero decir.

—No pude verle la cara.

—Bueno, ahora ya ha pasado. Aquí solo estamos Louie y yo. Está a salvo.

—¿La puerta está cerrada con llave? —preguntó lady Celia.

—No, pero he puesto una pluma de ganso en la cerradura para avisar de que nadie la despierte.

—Demasiado tarde; ya estoy despierta. Cierre con llave, por favor.

—Como mande.

Anne sacó una cerilla de la caja plateada que estaba sobre la repisa de la chimenea y usó los rescoldos del hogar para encender una vela. Encontró la llave en el escritorio, y la metió en la cerradura. Después regresó y acercó un sillón a la cama de la paciente.

—Me quedaré aquí sentada hasta que se vuelva a dormir, ¿le parece?

Casi esperaba que la mujer rechazara su ofrecimiento arguyendo que podía dormir sin necesidad de que ninguna muchachita velara su sueño. En vez de eso, lo que lady Celia dijo fue:

—Se lo agradecería mucho, Anne.

[9]

N. del Trad.: Conocido como battledore and shuttlecock en inglés, este juego es un precursor del bádminton actual.