Capítulo 9 #2
—Está hablando usted como Anne, doctor.
—Vaya, muchas gracias. —Se puso de pie con una sonrisa—. Señorita Loveday, ¿le importaría acompañarme a la salida? La señorita Fitzjohn ha mencionado un nuevo remedio que ha preparado para sus jaquecas, y he pensado que quizá podría explicarme lo que contiene.
—Por supuesto. Vuelvo enseguida, lady Celia. Si necesita cualquier cosa, recuerde que Rosa está en el vestidor cosiendo.
Salieron de la habitación cerrando la puerta tras de sí y, una vez más, Anne colocó una pluma de ganso en la cerradura. Mientras descendían por las escaleras, le describió al doctor el remedio preferido de su padre para las jaquecas: menta, cardo bendito y corteza de sauce.
El médico le sostuvo la puerta y ella lo acompañó fuera. Una vez se encontraban en el sendero de gravilla de la entrada, él se detuvo.
—Me sorprendió verla con el coronel Paine esta mañana —dijo.
—¿Ah, sí? Solo nos encontramos cuando saqué a pasear al perro.
—Parece que tienen una relación bastante… cercana.
—Bueno, es que nos conocemos desde que éramos niños.
Mi hermana y yo pasábamos los veranos aquí con mis abuelos, y a veces nos juntábamos con él y otros niños para jugar a juegos infantiles: el escondite, el volante [9] …
; ese tipo de cosas. Aunque, por supuesto, nos hemos visto menos desde que se alistó en el Ejército.
—Es evidente que él está encantado de volver a verla.
—¿Y por qué no habría de estarlo? Después de todo, somos viejos amigos.
—¿Sabe si el coronel está… pensando en echar raíces, ahora que ha terminado la guerra?
—Supongo que sí.
—¿Han hablado de matrimonio?
Ella se encogió de hombros.
—Un poco. Aunque no me ha pedido que me case con él, si eso es lo que insinúa.
—Le ruego que me disculpe. Sé que estoy siendo impertinente metiéndome en algo que no es de mi incumbencia.
A Anne su interés le resultaba un tanto confuso. ¿Y qué pasaba con Rosa? ¿Y con el niño?
—Incluso si el coronel Paine me gustara de ese modo, él me ha dejado claro que jamás podría casarse conmigo. A no ser que un genio aparezca y me transforme en una rica heredera.
Ella sonrió ante su propia ocurrencia, pero el doctor Finch frunció el ceño.
—¿Le ha dicho eso?
—Bueno, sus palabras exactas fueron «es una lástima que no seas una heredera», pero sí.
—Menudo canalla. —Él sacudió la cabeza con ojos centelleantes—. Sí yo amara a una mujer, no me importaría si es la reina o una ayudante de cocina.
«¿O la doncella de lady Celia?», se preguntó Anne.
A pesar de sus reservas y su determinación a permanecer soltera, Anne sintió una leve presión en el pecho al ver aquel ardor romántico en la expresión del joven médico. ¿Cómo sería que a una la amaran de ese modo?
Respiró hondo para llenarse de fuerzas.
—Una noble declaración, doctor Finch. Sin embargo, yo aprecio la franqueza del coronel Paine. Es mejor que uno sea claro con sus intenciones para con una mujer en lugar de marearla.
Los ojos del doctor se quedaron clavados en los de ella durante un buen rato, con toda clase de sentimientos atravesando en rápida sucesión sus cristalinas profundidades. Después, los cerró.
—Tiene usted mucha razón, señorita Loveday. Discúlpeme.
Hizo una reverencia y se dio la vuelta para marcharse.
Entonces Katherine Fitzjohn dobló la esquina del jardín con una cesta colgada del brazo.
—Buenos días, señorita Loveday. ¡Ah! El doctor Finch ya se marcha. —Levantó la mano y lo llamó—: ¡Doctor Finch! Me gustaría hablar un momento con usted antes de que se vaya.
Él se dio la vuelta a regañadientes. Sin dirigirle ni siquiera una mirada a Anne, centró su atención en la señorita Fitzjohn.
—¿Cómo se encuentra mamá? —preguntó ella—. La señora Pratt me contó lo ocurrido, el accidente con la sopa. Terrible.
—Hoy ya parece bastante recuperada, afortunadamente. Continuaremos con el tratamiento para que respire mejor durante uno o dos días, y luego veremos cómo evoluciona.
Katherine lanzó un suspiro de alivio.
—Me alegra oírlo. Esta es la última vez que le pido a la señora Pratt que rompa sus propias normas. Da igual si es una ocasión especial o no.
El médico asintió con la cabeza.
—Creo que eso será lo mejor.
La puerta que llevaba al camposanto se abrió de golpe y Albert Palling entró corriendo, falto de resuello y a todas luces alterado.
—¡Señor Palling! —exclamó Katherine Fitzjohn—. Cielo santo, ¿qué ha ocurrido?
El hombre estaba desaliñado y parecía sin duda alarmado. Al contrario de lo que era habitual, iba sin sombrero y tenía una mancha en la pechera y el pelo alborotado por el viento.
—¡Ha habido un accidente en el molino! En King. He ido a buscar a Humpage, pero no estaba en casa. Marsland tampoco. He venido aquí con la esperanza de encontrar al nuevo. Doctor Finch, por favor, venga conmigo. A uno de mis hombres se le ha quedado un brazo atascado en la perchadora.
—Ah, pero… —El médico tragó saliva—. No soy cirujano, pero haré lo que pueda. ¿Es… es grave?
—No lo sé, pero está gritando como un loco.
El doctor Finch vaciló; luego se volvió hacia Anne.
—¿Vendría usted conmigo? Siendo hija de un cirujano, podría ayudarme en caso de que lo necesitara.
—Por supuesto que lo haría, pero lady Celia…
—Yo me quedo con mamá —declaró Katherine—. Por favor, ayúdelos, señorita Loveday.
—De acuerdo, si está usted segura… Rosa también está arriba.
—Nos las arreglaremos. Adelante, váyanse.
El doctor Finch ya había echado mano de su maletín y, considerando la urgencia del caso, Anne no insistió en subir a buscar su capota y sus guantes.
Siguieron a toda prisa al dueño del molino hacia la parte de atrás de la casa y después a través de la calle Kemp hasta llegar a la calle del Molino King. Una vez allí, siguieron el curso del arroyo hasta que alcanzaron el molino en cuestión.
Sin detenerse ni un momento, el señor Palling traspasó con premura las enormes puertas dobles del molino, que los recibió con una cacofonía de sonidos. Aparentemente, ni siquiera un accidente le ponía freno a la producción textil.
Sin embargo, una de las máquinas sí que estaba parada, y los tres se dirigieron con rapidez hacia allí. Un hombre estaba agachado y encorvado con el brazo atrapado dentro de la máquina, mientras otro, tal vez un mecánico, trataba de liberarlo.
Poco después, dicho mecánico serró la varilla de metal y la tensión que atrapaba el brazo del otro hombre desapareció.
—Con cuidado —dijo el doctor Finch.
Con la ayuda del señor Palling, bajó el brazo del hombre con cuidado cuando este quedó libre de la máquina.
Anne se dio cuenta de que el brazo herido colgaba de un modo antinatural, pero al menos no estaba amputado.
El mecánico se puso de inmediato manos a la obra para reparar la máquina.
—Ahí hay una mesa para cortar —indicó el señor Palling—. Voy a vaciarla.
«¿Una mesa para cortar?». Anne sabía que se refería a cortar las telas; aun así, esperaba que la lesión del trabajador del molino no fuera a requerir ningún tipo de corte.
El señor Palling se dio prisa para apartar el rollo de tela y los retales que llenaban la mesa.
Juntos, ayudaron al hombre a atravesar el molino y subirse a la mesa.
Los inevitables movimientos hacían que él aullara de dolor.
La manga de su camisa ya estaba manchada y hecha jirones, pero el doctor Finch arrancó lo que quedaba para dejar al descubierto el hombro del herido.
La máquina le había arrancado un pedazo de piel del antebrazo que se levantaba hacia atrás como la tapa de una lata de carne en conserva.
El doctor Finch se volvió hacia el dueño del molino.
—¿Podría traernos agua, jabón y unos trapos?
—Estamos en el caz del molino. ¿Estará esta agua lo bastante limpia?
—Debería estarlo.
El señor Palling se marchó rápido a buscar lo que le habían encargado.
—¿Cómo se llama? —le preguntó el doctor Finch a su paciente.
—Joe Webb —respondió este entre resuellos y gemidos de dolor.
—Yo soy el doctor Finch, y esta es la señorita Loveday.
—¿Es usted un hombre devoto, doctor?
—Lo soy.
—Pues rece por mí, ¿de acuerdo? Me hace falta este brazo. Hinton perdió el suyo el año pasado, pero yo no me lo puedo permitir. Tengo cuatro críos en casa.
El doctor Finch apoyó con suavidad la mano en el hombro sano del hombre y cerró los ojos durante un momento. En silencio, Anne se sumó a su oración, confiando en que Dios los ayudara, si bien sabía que Él no siempre respondía a sus plegarias. O, por lo menos, no del modo en que ella desearía.
El doctor Finch palpó el brazo, el hombro y la clavícula del hombre. Joe Webb apretaba los dientes y traspiraba con profusión en un esfuerzo evidente por reprimir los gritos de dolor.
—No puedo estar del todo seguro mientras sus músculos sigan tensos a causa del dolor, pero no encuentro ningún hueso roto.
—¡Gracias a Dios!
—Sin embargo, tiene el hombro dislocado, y estas abrasiones tardarán un tiempo en curarse y le dejarán unas buenas cicatrices.
—No me preocupa estar guapo. —El hombre logró esbozar una débil sonrisa mirando a Anne—. Eso se lo dejo a usted, señorita.
La joven se ruborizó ante aquel cumplido.
El doctor Finch extrajo entonces un vial de su maletín y lo llenó hasta arriba.
—Tómese esto, por favor. Aliviará el dolor y le relajará los músculos.
Mientras el hombre se tomaba la medicina, el señor Palling regresó con lo que le habían encargado, y luego volvió a marcharse deprisa para ayudar con la reparación de la máquina averiada.
—Señorita Loveday, si pudiera sostener al señor Webb mientras le recoloco el hombro…
Anne hizo lo que le pedía, y también se preparó ella misma para lo que estaba a punto de ocurrir.
—Respire hondo, Joe.
El doctor colocó una mano en la parte alta del brazo del hombre y otra en su hombro, y luego empujó este último hasta que el hueso volvió a encajar en su sitio con un chasquido. A pesar de sus esfuerzos, Joe no logró reprimir un grito.
—Discúlpeme.
—No se disculpe —respondió Joe entre jadeos—. Ya me siento mucho mejor.