Capítulo 9
A la mañana siguiente, tras haber dormido poco, Anne se levantó temprano para comprobar cómo se encontraba lady Celia.
—Tengo sed —murmuró la mujer como respuesta.
Anne se calzó los zapatos y se abrochó una pelliza larga sobre el camisón, si bien no se molestó en vestirse por completo ni peinarse antes de bajar a buscar la bandeja de desayuno de lady Celia y algo para aliviar su sed.
Al regresar, Louie comenzó a enroscarse alrededor de su pierna agitando el rabo.
Lady Celia sorbió con cautela el té negro con leche y el agua de cebada con limón, pero se negó a probar ni siquiera una cucharada de las gachas, a pesar de que Anne le aseguró que la comida estaba en perfecto estado y la había preparado la señora Pratt en persona.
—Además de beber, también debe comer algo si quiere recuperar las fuerzas —dijo Anne.
—Todavía no. Aún tengo el estómago revuelto. —Se recostó contra los almohadones con el rostro contraído a causa del malestar y la fatiga—. Pero haga el favor de sacar a Louie y asegurarse de que coma.
—Por supuesto.
Como Rosa tenía que ocuparse de coser varias prendas, prometió quedarse cerca por si lady Celia necesitaba algo.
Anne le dio las gracias, enganchó la correa al collar del perro y luego se la enrolló alrededor de la muñeca para poder bajar la bandeja con la comida intacta a la cocina antes de sacar a pasear a Louie por los terrenos de la propiedad.
El perro olfateaba la hierba y los árboles con entusiasmo y tiraba de la correa cada vez que una ardilla pasaba corriendo por delante de él.
El coronel Paine venía caminando hacia Painswick Court con una cesta llena de peces al hombro y la caña de pescar en la mano.
Anne se sintió cohibida de inmediato al pensar que la iban a ver así.
Tenía el pelo recogido por encima del hombro en una trenza de la cual se le estaban empezando a escapar varios mechones que el viento le sacudía alrededor del rostro.
Peor aún: el dobladillo del camisón le asomaba por debajo de la pelliza, húmedo debido al rocío, y seguramente también sucio.
Se vio tentada a colarse por la puerta lateral y vestirse en condiciones antes de que nadie más la viera. A fin de cuentas, una enfermera debía mantener «una apariencia pulcra y aseada».
El perro se puso a ladrar, y el coronel Paine miró hacia ellos y los saludó con la cabeza.
Adiós a su oportunidad de escabullirse. Ya no podría volver a la casa sin antes detenerse a saludarlo.
—Anne, buenos días.
—Buenos días, coronel.
—Jasper, acuérdate. ¿O es que acaso no somos viejos amigos?
Una sensación agradable la llenó de calidez, a pesar de que aún se sentía avergonzada.
—Lo somos.
—Te has levantado temprano.
—Sí, lady Celia me pidió que sacara a pasear a Louie . No he tenido tiempo de peinarme; seguro que parezco un espantajo.
—Ni mucho menos. Tienes muy buen aspecto. El aire puro te ha dado color a las mejillas y tienes los ojos brillantes por el ejercicio.
Anne bajó la mirada, temerosa de que sus mejillas estuvieran adquiriendo más color —color rojo, en concreto— con cada segundo que pasaba.
Con la mano que tenía libre, Jasper le colocó un mechón de pelo agitado por el viento detrás de la oreja, y entonces él también se sonrojó. Luego se aclaró la garganta.
—Me he enterado de lo que le ocurrió a tía Celia. Es terrible. ¿Cómo se encuentra hoy nuestra pobre viejecita?
—Sigue débil y con náuseas, y todavía le cuesta un poco respirar, pero está mejor.
Con la mirada perdida en la distancia, Jasper frunció el ceño.
—Fue muy mala idea meter bogavantes en casa, pero Jude siempre ha recibido trato de favor por aquí. Para él, cualquier cosa.
Anne notó la vulnerabilidad que yacía bajo las palabras amargas de Jasper, pero decidió no hurgar en la herida. En lugar de eso, le hizo la siguiente pregunta:
—¿Hay algo más que tu tía no tolere? Me avergüenza admitir que no se me ocurrió preguntárselo al doctor Marsland en su momento, y tu tía no está en condiciones de contestar preguntas después del… incidente.
—Creo que toda clase de marisco, no solo bogavante.
Aparte de eso, no se me ocurre nada. Al menos, no en cuestiones de comida.
En lo que respecta a otras cosas, creo que también sufre reacciones a las picaduras de abeja.
Me imagino que esa es una de las razones de que no pase mucho tiempo fuera de casa.
Todavía olfateando el suelo, Louie agarró un palo entre los dientes. Anne se agachó y tiró de él a modo de juego. El perro se aferró al palo y sacudió la cabeza de un lado a otro, disfrutando claramente.
— Louie, al suelo —ordenó Jasper.
Sobresaltado, el perro obedeció.
Jasper dejó sus aparejos de pesca en el suelo, agarró el palo y lo lanzó lejos. El perro salió corriendo por el jardín, haciendo que a Anne se le escapara la correa de las manos.
—Se supone que tengo que llevarlo atado.
—Si alguien se queja, cargaré con las culpas.
El animal regresó poco después con el palo entre los dientes y erizos enganchados a su pelo.
—¡Ay! —Anne se agachó y empezó a arrancárselos.
Jasper se acuclilló a su lado para ayudarla.
El spaniel se acercó más a Anne y le lamió la mejilla; como respuesta, ella le frotó las orejas.
—Te tiene aprecio, ¿eh?
—Eso parece.
—No me sorprende.
Jasper se levantó y le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. Ella la aceptó.
Se quedaron cara a cara durante un momento, agarrados de la mano. Cuando Anne se dio cuenta de que él no la soltaba, le dirigió una mirada de curiosidad. Vio admiración en los ojos de color avellana de Jasper, así como cariño y también nostalgia.
Ante aquella mirada directa y cariñosa, Anne experimentó asombro, regocijo e incomodidad.
¿Jasper se sentía atraído por ella? Eso era nuevo, y no estaba segura de qué le parecía.
En menudo lío se estaría metiendo si se casara con alguien de esta familia…
No, un momento, ¿ya se había olvidado? Ella no se iba a casar.
Como si le estuviera leyendo la mente, Jasper dijo:
—Me sorprende que no te hayas casado, siendo una mujer tan hermosa e inteligente.
—Gracias —respondió ella, esforzándose por sonar indiferente—. Estoy feliz así, aunque mi madrastra se ha desvivido para presentarme a todos los hombres solteros en un radio de sesenta millas de Gloucestershire.
Él soltó una risita.
—Está esperando otro hijo más, y ha dejado claro que tengo que dejar libre mi habitación para dejar espacio a su creciente progenie.
—¿Por eso estás aquí?
Anne asintió.
—La señorita Lotty me invitó a que me quedara con ella, y yo deseaba regresar. Tengo muchos recuerdos de este lugar. Mis abuelos, mi madre, los primeros años de trabajo de mi padre…
Él levantó la cabeza y miró el horizonte con aire reflexivo.
—Sé que no los conocía mucho, pero tus padres y tus abuelos parecían felices juntos. Supongo que ambos matrimonios fueron por amor, ¿es así?
—Sí. Y, para ser justos, mi padre y su segunda esposa también parecen ser felices juntos.
Jasper se agachó, arrancó una flor del suelo con la mano libre y le dio vueltas entre los dedos.
—Por desgracia, yo no me puedo permitir ese lujo. No mucha gente en mi situación puede casarse sin tener en cuenta el dinero. Los segundones rara vez se casan con quien quieren. —Le entregó la flor.
Era un geranio silvestre; un símbolo de amistad.
El mensaje estaba claro: Jasper la admiraba, sin embargo, debía casarse con una mujer con dinero. Y ella no lo era.
—Lo entiendo —manifestó Anne—, y me alegro de que seamos amigos.
—Yo también. —Él esbozó una sonrisa triste—. Aunque es una lástima que no seas una heredera.
Anne Loveday no sabía si sentirse halagada o insultada. Como se trataba de un amigo de la infancia, se contentó con poner los ojos en blanco.
El doctor Finch se acercaba por el camino con su maletín en una mano y un pequeño ramo de flores en la otra.
Se detuvo de golpe al verlos a ella y al coronel Paine tan cerca y agarrados de la mano.
Anne se soltó dando un tirón y saludó al doctor, aunque una vez más deseó poder meterse en casa antes de que él se acercara más y notara el aspecto tan descuidado que tenía la nueva enfermera.
En lugar de eso, hizo un esfuerzo por sonreír. Se quedó mirando el ramo de claveles blancos, rosas rosadas y salvia morada, pero se recordó que no debía sacar conclusiones precipitadas.
—¿Es para… lady Celia? —preguntó vacilante.
Él bajó la mirada hasta las flores, como si acabara de recordar que las tenía en la mano.
—Ah, eh…, no —contestó—. Las vi al pasar por el mercado y, después de, eh…, el malentendido que se produjo con las otras… —Miró al coronel Paine, luego a ella y al final bajó la vista hasta la flor que ella ya sostenía entre los dedos—. Pensándolo mejor…
Visiblemente nervioso, el médico pareció a punto de darse la vuelta llevándose el obsequio con él.
Consciente de la vergüenza que estaba pasando el doctor, extendió las manos hacia el ramo de flores.
—Es muy considerado por su parte, doctor Finch. Gracias.
Él cambió el peso de un pie al otro.
—Quizá también pueda elaborar algo con ellas.
—Gracias, sin duda voy a… pensar en algo. De hecho, voy ya mismo hacia la despensa. —Inclinó la cabeza ante uno y otro—. Buenos días, caballeros.
Anne se alejó con las mejillas encendidas y sintiendo dos pares de ojos clavados en la espalda… O tal vez en su cabello despeinado.
Bajó a la despensa con el perro para poner las flores en agua. Luego le dio el desayuno a Louie y tomó la decisión de cepillarlo a fondo, antes de que lady Celia se percatara de que su nueva mascota también estaba hecha un desastre.
* * *
Más tarde, acicalado el perro y también ella, Anne volvió a entrar en el dormitorio de lady Celia llevando una taza de manzanilla y se encontró al doctor Finch sentado junto a su cama manteniendo una amigable conversación con ella.
Cuando Anne dejó la taza y el platito sobre la mesita de noche de la señora, el doctor Finch dijo:
—Bueno, me alegra ver que se siente y respira algo mejor esta mañana, lady Celia, pero estos próximos días tiene usted que comer y, sobre todo, tomar muchas bebidas saludables.