Capítulo 8 #3
—¡Ay, no! Dios me perdone, no se me pasó por la cabeza que eso pudiera estropear el caldo.
—¿A qué se refiere?
—Hace años que no preparo nada con marisco.
Lady Celia no lo tolera. Ni siquiera había marisco en casa.
Pero ahora, con el señor Jude aquí… Verá, la sopa de bogavante es uno de sus platos favoritos.
Le juro que no creí que fuera a causar problemas, ya que lady Celia no iba a bajar a la mesa, y estando allí arriba en su habitación…
No se me ocurre qué ha podido pasar. Es imposible que le haya llegado por el aire, ¿verdad?
—No creo que la contaminación se pueda producir de ese modo.
—Entonces, ¿cómo? Tuve mucho cuidado de mantener las ollas, cucharas y demás separadas, y también le pedí a Kezia, la fregona, que luego lo lavara todo de forma concienzuda.
—Tal vez haya sido un accidente.
—Eso ha debido de ser. No sé de qué otra manera explicarlo. Su señoría debe de estar furiosa, y yo ya estoy demasiado mayor para encontrar otra casa en la que servir.
—No la culpa a usted. Me dijo que es una empleada muy leal y que jamás cometería tal error, pero pensaba que quizá su ayudante…
—Clara preparó la última ración de caldo siguiendo mis indicaciones, aunque eso fue ayer, antes de que llegara el bogavante.
—Fue también ella quien calentó un cuenco de caldo esta noche cuando se lo pedí.
—Supongo que es posible que empleara una olla que no se había fregado a fondo.
—¿Y qué hay de la sopa de bogavante? ¿Estuvo cerca del caldo en algún momento?
—Supongo que durante un rato sí, relativamente. Herví los bogavantes nada más recibirlos y luego puse la olla a enfriar en el cuarto frío antes de sacar la carne para el caldo. Más tarde terminé de preparar yo misma la sopa, pero lo hice con mucho cuidado.
—¿Queda algo de sopa?
El rostro redondeado de la mujer enrojeció de culpa.
—Queda un cuenquito… Está en el cuarto frío. Pensaba recalentarla para darme un capricho, pero la tiraré de inmediato.
—Creo que es lo más inteligente, señora Pratt.
—Ay, la pobre señorita Fitzjohn…
—¿La señorita Fitzjohn? —repitió Anne, confusa—. ¿Por qué lo dice?
—Ahora que su madre está enferma, es ella quien decide el menú. Pidió la sopa de bogavante para celebrar el regreso de su primo.
—¿Ah, sí? Oiga, ¿y la olla con el caldo de ternera también sigue aún en el cuarto frío?
—Ajá. Cuando lo preparamos nos dura para varios días.
—¿Le importa si voy a examinarlo, si lo huelo?
—Caro que no. Venga conmigo.
Tomando la lámpara que estaba sobre la mesa, la señora Pratt la condujo al cuarto frío y le enseñó ambos recipientes.
Anne se acercó a la olla con el caldo y, tras levantar la tapa, se inclinó sobre él y lo olisqueó.
¿Olía a pescado? Después de los hedores a los que se había enfrentado en la habitación de lady Celia, era difícil estar segura.
La señora Pratt, que estaba más acostumbrada a los sutiles aromas de las cocinas, también olió el caldo.
—Es verdad que huele a pescado —dijo arrugando la nariz—. ¿Cómo diantres…?
Anne fue hasta el cuenco de sopa y levantó el platito que lo cubría. Solo quedaba un poco, pero, aun así, el olor era evidente y reconocible.
La señora Pratt se acercó a olisquear también el cuenco.
—Sí que tienen un olor parecido. Sigo sin entender qué ha podido pasar. Ni mi ayudante de cocina ni la fregona cometen este tipo de errores.
—¿Bajó alguien más aquí? Otros sirvientes o miembros de la familia.
La señora Pratt levantó la vista con aire pensativo.
—La señorita Katherine y sus primos bajan de vez en cuando. Hoy no he visto a nadie por aquí, aunque supongo que es posible que alguien entrara en el cuarto frío mientras nosotras estábamos ocupadas en la cocina o la trascocina.
La ayudante de cocina entró en la habitación y se detuvo de golpe al verlas a las dos allí.
—Ah, Clara —dijo la señora Pratt volviéndose hacia ella—. ¿Tienes idea de cómo ha llegado la sopa de bogavante al caldo de lady Celia?
Los ojos de la chica se abrieron como platos.
—¿Qué? No, señora, eso es imposible. Yo jamás haría algo así. Usted me advirtió de lo mal que le sienta el marisco a la señora.
—Eso pensaba. Bueno, si ya has terminado por hoy, será mejor que te acuestes. ¿O necesitabas algo de aquí?
La joven tragó saliva.
—Solo un vaso de leche, pero no…
—No pasa nada. Tómalo y vete a dormir.
Cuando la criada se marchó apresuradamente, la cocinera alzó la olla de caldo.
—No se preocupe, señorita. No sé qué ha podido pasar, pero me aseguraré de que no vuelva a ocurrir. Voy a tirar el resto de la sopa y de este caldo ahora mismo, y me aseguraré de que Kezia friegue ambos recipientes con arena y sosa. Y luego preparé yo misma más caldo.
—Gracias, señora Pratt. Me sentiré muy aliviada si lo hace.
A pesar de sus palabras, cuando Anne salió de la cocina poco después llevando un vaso de agua de cebada con limón para lady Celia, seguía preocupada.
¿Había sido aquello de verdad un accidente o es que alguien había puesto a propósito marisco en el caldo de la anciana? Pero ¿quién haría algo así, y por qué?