Capítulo 8 #2
La voz de ella también se transformó; se volvió más acerada.
—Un dato que se abstuvo de mencionar mientras me seducía.
Anne se llevó una mano a la boca para acallar una exclamación de asombro.
—No quería pensar demasiado en ello.
—Eso quedó claro. Pero ahora es un hombre libre, y yo estoy dispuesta a concederle una segunda oportunidad. He venido a Painswick con la esperanza de que cumpla la promesa que me hizo entonces.
—¿Pretendes que me case contigo? —Él se rio, pero fue un sonido estridente y desagradable—.
Sabía que habías venido aquí con alguna intención oculta.
A pesar de que eres muy hermosa, me temo que debo rechazarte.
—Entonces, una vez más, su voz descendió a un registro más grave y ronco—. Aunque podrías tratar de convencerme…
El hombre al que un día su hermana consideró encantador ahora hablaba como una auténtica víbora.
Anne estaba levantando la mano para llamar a la puerta cuando el fuerte chasquido de una bofetada reverberó a través de la madera.
La puerta se abrió de golpe. Anne se echó hacia atrás, pero no fue lo bastante rápida.
Rosa vaciló al encontrarla merodeando. Tenía el rostro encendido y tenso a causa de la indignación.
Miró a Anne a los ojos con una actitud casi desafiante, y después se giró con brusquedad y entró en el vestidor de lady Celia.
El señor Dalby llegó a abrir la puerta, con la huella roja de una mano estampada en la mejilla.
Al ver a Anne, él también le sostuvo la mirada con aquellos ojos verdes brillando y una sonrisa sarcástica en los labios.
Después, le cerró la puerta en las narices.
Anne se sintió revuelta al entender lo que había sucedido.
Estaba claro que su hermana Fanny no era la única mujer con la que el señor Dalby se había portado mal.
Aunque por lo menos con ella había dado por terminada la relación antes de llegar demasiado lejos.
Además, cuando le rompió el corazón a Fanny, todavía no estaba casado.
Pobre Rosa. ¿Y a cuántas mujeres más habría agraviado de un modo u otro aquel hombre?
* * *
Anne acababa de regresar a su habitación cuando empezó a oír los quejidos.
Se acercó deprisa hasta la cama de lady Celia.
—¡Milady! ¿Qué sucede?
—Aaay, creo que voy a vomitar…
La anciana comenzó a levantarse de la cama, y Anne la ayudó a hacerlo.
—¿Es algo que ha comido o…? Ay, Dios mío.
Anne agarró la bacinilla en el momento preciso para que lady Celia vomitara en ella.
Louie alzó la cabeza dentro de su cesta y dejó escapar un gimoteo de solidaridad.
—Ese caldo de ternera… Sabía que tenía un sabor extraño; a pescado. No puedo tomar marisco, todo el mundo en esta casa lo sabe. ¿Preparó usted el caldo?
—Lo hizo la cocinera, o tal vez su ayudante, que fue quien lo calentó cuando bajé a buscar la cena.
—La señora Pratt lleva siglos trabajando conmigo y es leal. A la ayudante de cocina no la conozco mucho.
Volvió a vomitar. La violencia de las convulsiones hacía que aquel cuerpo ya de por si frágil se retorciera. ¡Pobre mujer!
Atraída por el alboroto, Rosa entró vacilante en la habitación de su señora y abrió mucho los ojos al verla a gatas con la cabeza inclinada sobre la bacinilla y el rostro verdoso.
—Rosa, qué bien. Por favor, quédese con ella un momento —dijo Anne—. Tengo que ir a buscar una medicina. Es mejor que la señora expulse todo lo posible, por desagradable que sea, y luego le daré algo para el estómago.
Mientras esto se desarrollaba, Anne encerró a Louie en su habitación, lejos del caos.
—Por favor, llame a uno de los doctores —pidió Anne cuando regresó con un frasco—. O envíe a Toby a buscarlos.
Rosa asintió y se marchó con premura.
Lady Celia sufrió convulsiones durante otros veinte minutos antes de que las náuseas por fin disminuyeran lo suficiente para que pudiera tragarse el tónico de sales de bismuto y carbón vegetal.
Entonces, la anciana comenzó a resollar, esforzándose por inhalar aire suficiente para seguir respirando.
Anne la ayudó a levantarse del suelo y volver cojeando a la cama mientras su rostro pasaba del verde pálido al azul, en especial alrededor de los labios.
Le tomó el pulso, y al notarlo muy acelerado empezó a preocuparse de verdad.
Rezaba por que Rosa regresara pronto con el médico.
Había esperado contar con la experiencia del doctor Marsland, pero en su lugar quien entró deprisa y corriendo en la habitación fue el doctor Finch, casi sin aire, con Rosa justo detrás.
Se arrodilló rápidamente junto a la paciente.
—¿Qué ha ingerido?
—Cree que había marisco en el caldo de ternera. En otras ocasiones ha tenido reacciones muy fuertes al marisco, pero insiste en que la cocinera jamás cometería el error de servírselo. Ha vomitado varias veces y ahora le cuesta respirar. Tiene el pulso muy acelerado.
Él asintió con la cabeza. Sacó un frasco de jarabe de algodoncillo de su maletín marrón de cuero y se lo administró para aliviarle la constricción de la garganta.
El algodoncillo se conocía por sus propiedades antinflamatorias y por ayudar a respirar mejor.
A Anne le sorprendió que el médico supiera eso.
Esa clase de remedios solo los conocían los boticarios o, en el caso de su padre, los cirujanos que también ejercen de boticarios.
Anne decidió hacerse con un frasco de ese jarabe para su propio maletín médico en cuanto tuviera ocasión.
—¿Quiere que vaya a buscar a su hija? —le preguntó Anne a la pobre mujer—. ¿O que por lo menos le cuente lo que ha ocurrido?
Lady Celia sacudió la cabeza con vehemencia.
Al cabo de otra media hora, la trabajosa respiración de la mujer por fin empezó a mejorar, y ella se recostó contra los almohadones y cerró los ojos, visiblemente agotada.
—Va a necesitar muchos líquidos después de esto —expuso el doctor—. Por supuesto, ni hablar del caldo de antes.
Anne asintió.
—Si se puede quedar con ella durante un rato, iré ahora mismo a la cocina.
—De acuerdo.
Bajó todos aquellos escalones hasta llegar a la cocina. Las diferentes estancias de trabajo estaban despejadas, excepto por una joven criada que estaba terminando de fregar los platos en la trascocina y la ayudante de cocina, que se estaba comiendo un pedazo de pastel sentada en un taburete.
Anne le preguntó a esta última por la señora Pratt.
—Está en su habitación, señorita. Se acaba de ir a dormir.
—¿Cuál es su habitación?
—La segunda a la derecha.
—Gracias.
Fue hasta dicha puerta y llamó con los nudillos.
Al otro lado se oyó un fuerte suspiro seguido de:
—¿Sí? Adelante.
Anne entró.
La señora Pratt levantó la vista, todavía vestida por completo, y luego se puso de pie.
—¡Ah, señorita Loveday! No esperaba que fuera usted. Justo acabo de terminar por hoy. Estoy agotada.
—Lo comprendo. Imagino que debe de estar mucho más ocupada ahora que hay dos hombres en casa, que seguramente comen mucho más que la señorita Fitzjohn y su madre.
—Así es. Sobre todo, con lady Celia enferma; hace ya un tiempo que no tiene apetito.
—Hablando de eso… Lady Celia se ha encontrado gravemente indispuesta esta última hora. Cree que, de alguna manera, algo de marisco podría haber terminado en su caldo de ternera. Sé que usted tiene mucho cuidado con eso, pero…