Capítulo 8
A nne había estado postergando la visita a la casa de sus abuelos.
Ahora allí vivían otras personas, y no se sentía preparada para ver cómo había cambiado aquel lugar al que tanto cariño le profesaba.
Prefería quedarse con los recuerdos que tenía de ese que, en su momento, había sido para ella un segundo hogar.
Tras casi tres semanas en Painswick, decidió que ya lo había pospuesto demasiado. La tarde del día siguiente, mientras lady Celia y Louie descansaban, salió a dar un paseo con aquel destino en mente.
Con el apoyo de los cálidos rayos de sol y el aire puro, recorrió la calle St. Mary con el camposanto a un lado y casitas de campo de piedra engalanadas de hiedra y rosa setigera al otro.
Pasadas las calles principales del pueblo, unos senderos más estrechos descendían por la pendiente en dirección al arroyo y sus molinos.
Anne giró a la derecha en el primero de estos caminos, pasó bajo el letrero con forma de corazón de la posada Golden Heart Inn y luego bajó por la empinada cuesta de la calle Tibbiwell.
Con una presión en el pecho, se detuvo ante la casa donde habían vivido sus abuelos.
Aquella encantadora casita de campo tenía delante un pequeño jardín de flores rodeado por un murete de piedra.
Ay, la de horas felices que había pasado allí a lo largo de los años, desde la infancia hasta la juventud.
Una mujer con una cesta y tijeras de podar trabajaba en el jardín; estaba cortando rosas de los preciados rosales de su abuela. Cada chasquido metálico de las tijeras era para ella como un puñetazo en el corazón. «Al menos las rosas aún siguen aquí», se dijo para reconfortarse.
Al verla allí parada, la mujer le dirigió una sonrisa amable.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarla?
De repente, Anne se sintió cohibida.
—Ah, no, disculpe. Solo estaba rememorando el pasado. Mis abuelos vivían en esta casa.
—¡Anda! ¿Thomas y Sarah Spring?
—Eso es. Veo que mantiene el jardín muy cuidado. A mi abuela eso le haría muy feliz.
«Y a mí también».
—Cuánto me alegro. Muchas de estas plantas ya estaban muy aclimatadas cuando compramos la propiedad. Yo he añadido algunas plantas anuales aquí y allá, pero por aquí la mayoría son perennes. —La mujer alzó la cesta que llevaba en la mano—. Este año sus rosas han salido muy bonitas.
—Ya lo veo.
La mujer alzó una mirada de ojos bondadosos hacia Anne.
—¿Le gustaría entrar y volver a ver la casa?
—Se lo agradezco, pero no quiero molestar.
—No molesta en absoluto. —La mujer sonrió—. Si está usted recordando los viejos tiempos, lo mejor que puede hacer es entrar y terminar de rememorarlo todo.
—De acuerdo, pero solo unos minutos. Siempre y cuando de verdad no le importe.
—Para mí es un placer, señorita…
—Loveday. Anne Loveday.
—Yo soy la señora Baylis. Adelante, pase.
Anne siguió a la mujer al interior de la casa, y de inmediato notó aquel conocido aroma a leña, hierbas y libros antiguos. ¿Cómo era posible que aún permaneciera allí?
—Apenas hemos hecho cambios —explicó la mujer—, aunque sí derribamos un tabique para ampliar la sala de estar.
El pequeño despacho de su abuelo había desaparecido. Con todo, Anne tenía que admitir que suponía una mejora.
—Está muy bonito.
La señora Baylis le enseñó el comedor, que seguía prácticamente igual: el aparador, la mesa, las sillas…
—Reconozco estos muebles —declaró Anne.
—Sí, los compramos con la casa.
Se acordaba de la última vez que había venido a Painswick para ayudar a limpiar la casa y dejarla preparada para la venta.
Fanny y ella se habían llevado algunos recuerdos, pero la mayoría de las cosas se habían vendido, y con los beneficios habían saldado algunas deudas de sus abuelos y pagado los gastos del entierro y de la elegante lápida que habían encargado para su tumba en el cementerio.
Después, la señora Baylis la condujo hasta la parte trasera de la casa, al soleado porche, cuyos ventanales tenían vistas al huerto en el que sus abuelos solían cultivar hortalizas, el gallinero y la pequeña pradera que había un poco más allá.
Anne reparó en la casa que se veía al otro lado de la pradera.
—Me había olvidado de que estas ventanas daban al jardín trasero de aquella casa —comentó—. Si no me equivoco, allí vivía un maestro.
—Es Valley View Lodge. Ahora quien vive allí es el doctor Finch. A veces lo veo en el jardín con su esposa y su hijo.
Anne se quedó helada de asombro.
—¿Su esposa y su hijo?
—Bueno, no estoy segura de si es exactamente… la esposa. Había oído que no estaba casado. Por lo general suelo ver al niño acompañado de Bess o Hannah Tufley, quienes, según tengo entendido, trabajan para el doctor. Pero de vez en cuando el niño está con otra mujer joven.
—Vaya…
Anne notó una presión en el pecho al pensar en el niño. Entonces se acordó del conejito de peluche. Quizá no debería sorprenderle tanto.
—Perdóneme por chismorrear —continuó la señora Baylis—. Me preocupo por todos mis vecinos, y, al haber un nuevo médico en el pueblo, pues… es normal que una sienta curiosidad.
—Naturalmente.
—Tome, llévese unas cuantas rosas.
Anne se marchó poco después. Ahora ella también sentía curiosidad, pero al mismo tiempo estaba inquieta. ¿Era posible que el doctor Finch tuviera un hijo? Se dijo que no le importaba en absoluto la vida privada del médico; aun así, un sentimiento de decepción se le instaló en el estómago.
* * *
Katherine Fitzjohn había planeado una cena especial para celebrar el regreso de sus primos a Painswick Court. Invitó a su madre a unirse a ellos, pero lady Celia arguyó que no se sentía capaz de enfrentarse a tantas escaleras ni de vestirse para la cena.
A solas con Anne, lady Celia confesó que tenía poco apetito y no quería tener que comer varios platos muy elaborados. En vez de eso, Anne prometió llevarle un caldo reconfortante, crema inglesa y compota junto con té de menta caliente para calmarle el estómago.
Al bajar a buscar la bandeja de lady Celia, Anne echó un vistazo a la sala de estar y vio al coronel Paine y al señor Dalby tomando una copa juntos.
Katherine entró en la habitación con un vestido de noche de color amarillo claro que tenía mangas largas y el cuello tipo valona.
Era un traje elegante, pero el color no le favorecía.
Anne continuó escaleras abajo hasta la cocina, que estaba colmada de sabrosos aromas y más ajetreada de lo habitual a causa de la cena especial. La señora Pratt iba del asador a la mesa donde estaban preparando la comida moviéndose a toda velocidad y pidiendo cosas a las criadas.
Cuando Anne reunió todo lo que necesitaba para la cena de lady Celia, la ayudante de cocina, Clara, dejó lo que estaba haciendo para calentarle el caldo.
Llevó la bandeja arriba y ayudó a lady Celia a incorporarse en la cama. Le colocó una servilleta de lino encima del corpiño y luego le dejó la bandeja en el regazo.
—¿Se arregla usted bien o quiere que la ayude?
—He comido sola desde niña, señorita Loveday. No se me ha olvidado cómo hacerlo.
Así pues, Anne volvió a bajar las escaleras para buscar su cena y también la de Louie .
Cuando regresó, el perro se subió a su camita junto al hogar y, con un suspiro de satisfacción, se quedó dormido.
Anne le leyó un rato a lady Celia, hasta que esta también se durmió.
Entonces, leyó para sí unos párrafos de Claves para el gobierno de las habitaciones de enfermos .
Una enfermera debería poder respirar algo de aire puro por las mañanas y disponer de tiempo para cambiarse de ropa, ya que una higiene rigurosa es indispensable.
Una mujer de aspecto afable y alegre con una apariencia pulcra y aseada y una buena disposición es un elemento de inestimable valor en la habitación de un enfermo, y ha de ser considerada una bendición no precisamente pequeña.
Voces y pisadas en el corredor anunciaron el regreso de la señorita Fitzjohn y sus primos a sus aposentos tras la cena.
Poco después, Anne se levantó del sillón y se percató de que el chal de lady Celia se había caído al suelo.
Lo recogió y lo colgó en el vestidor. Mientras estaba allí, echó un vistazo al dormitorio de Rosa, anejo al vestidor, y lo halló vacío, con una biblia sobre la cama.
Anne abrió la puerta de fuera del vestidor sin hacer ruido, con intención de dirigirse al aseo desde allí.
Al notar movimiento al final del pasillo, se quedó en el umbral, vacilante.
Desde allí, medio oculta, tenía una visión privilegiada de Rosa con la mano en el pasador de la puerta del señor Dalby, mirando a un lado y a otro antes de entrar en la habitación.
«¡Necia!», oyó en su mente con la voz de su madrastra. Se preguntaba si Nancy habría experimentado aquella misma frustración por el comportamiento que ella había tenido a lo largo de estos años.
En base a la conversación que había escuchado, sabía que Rosa y el señor Dalby se conocían de antes y habían tenido alguna suerte de relación.
Aun así, ¿qué hacía ella entrando en su dormitorio?
No le daba la impresión de que Rosa fuera ni mucho menos una joven de dudosa moralidad. ¿Acaso se equivocaba?
Atravesó el corredor de puntillas y se detuvo al lado de la puerta.
—No, no he venido a eso —estaba diciendo Rosa.
—¿Para qué sino se mete una joven hermosa en mi dormitorio?
—Para hablar con usted en privado, eso es todo.
—Pero ahora que ya estás aquí… —La voz de él se transformó en un ronroneo aterciopelado.
Entonces se oyó una refriega, las patas de una silla que arañaban el suelo y luego algo se cayó.
Anne se puso tensa. ¿Debería llamar a la puerta? ¿Entrar sin permiso? ¿Le daría Rosa las gracias en caso de que interviniera?
—Señor Dalby, pare —suplicó la muchacha—. Escúcheme. Solo porque me dejara seducir por usted una vez no significa que sea esa clase de mujer. Me aseguró que me amaba y que se casaría conmigo, ¿se acuerda? Cuando nos separamos, dijo que vendría a verme, pero no volví a saber de usted.
La voz de él cambió, perdiendo todo su seductor encanto, cuando respondió:
—Por supuesto que no. Ya era un hombre casado.