Capítulo 7
A la mañana siguiente, Anne volvió a bajar a la despensa, en esta ocasión para preparar un remedio para las jaquecas de la señorita Fitzjohn y un frasco de agua de menta para las molestias estomacales de lady Celia.
Comenzó machacando corteza de sauce y cardo bendito con el mortero.
Desde la ventana alta de aquella estancia, alcanzó a ver al doctor Finch descendiendo por las escaleras exteriores de la cocina.
Escuchó cómo se abría la puerta del pasillo adyacente y, un momento después, el joven médico apareció en la puerta con un ramo de flores moradas y otras alegres florecillas parecidas a las margaritas en la mano.
Se lo ofreció.
Anne, sorprendida por aquel presente, dudó. ¿Tenía una aventura con Rosa y ahora también quería empezar a flirtear con ella? Tardó en reaccionar, pero se adelantó para aceptar las flores.
—Gracias. Son… muy bonitas.
Por un momento, él la miró con una expresión de leve desconcierto, pero luego lo comprendió.
—¡Ah! No estoy… Quiero decir que no son… Solo es manzanilla y lavanda, para ayudar a lady Celia. Se me ocurrió ayudarla con sus esfuerzos aquí abajo.
—Ah, por supuesto.
A Anne le ardía la cara por la suposición que acababa de hacer. ¡Qué tonta debía de parecerle al doctor!
Tras darse cuenta de la inquietud que había causado en ella, el doctor Finch emitió un quejido.
—Soy un necio.
—No, la necia soy yo. Sabía que eran flores medicinales, no sé por qué he sacado la conclusión equivocada.
—Bueno, estoy seguro de que ya sabe que la manzanilla sirve para hacer infusiones relajantes y ayuda con la inflamación —dijo él, sin duda con intención de aligerar la vergüenza que ambos estaban experimentando—.
Asimismo, se dice que impregnar la ropa de cama de aroma a lavanda ayuda a dormir.
Pensé que podríamos tratar de emplear algunos remedios extras y, quizá más adelante, reducir la dosis nocturna de láudano.
—Ya veo. Es muy considerado por su parte, gracias otra vez.
Agarró el mortero y miró en su interior para esconder el rubor de sus mejillas. Continuó machacando hasta que las pisadas del doctor se alejaron y las flores quedaron reducidas a polvo.
* * *
Más tarde esa misma mañana, lady Celia le pidió a Anne que sacara a Louie a dar un paseo. Al parecer, esa era una de sus nuevas responsabilidades. No le importaba, porque le gustaban los perros y pasar tiempo al aire libre.
Le enganchó una correa al collar; lo llevó abajo y después afuera para dar un paseo por los amplios terrenos de Painswick Court.
Descendieron por unos escalones de piedra, atravesaron tramos de hierba muy bien cuidada y pasaron por delante de árboles, jardines y algunas de las dependencias externas de la casa.
Anne miró hacia arriba y se dio cuenta de que el pequeño balcón de lady Celia tenía vistas a uno de los laterales de la casa, por encima del camino de gravilla de la entrada.
Se preguntó si la mujer se asomaría a él alguna vez.
En el trayecto de vuelta, oyó unos ruidos extraños y voces conocidas, y se encaminó hacia allí.
Al dar la vuelta a la esquina de la casa, oyó con más claridad el chasquido de flechas clavándose en las dianas, acompañado de la agradable conversación que mantenían el coronel Paine y la señorita Fitzjohn mientras practicaban tiro con arco con amistosa rivalidad.
Había dos dianas colocadas sobre pacas de paja en un lateral del jardín, al lado del cobertizo donde debían de guardar las herramientas.
Mientras sus primos disparaban, el señor Dalby estaba recostado en un banco cercano. Parecía adormilado, o quizá estuviera sufriendo las consecuencias de haber bebido en exceso la noche anterior.
Entre disparo y disparo, el coronel Paine extraía flechas de una aljaba que tenía clavada en el suelo a sus pies.
Katherine tomaba las suyas de la aljaba que llevaba colgada a la altura de la cintura.
Por turnos, iban colocando las flechas en el arco, apuntaban y luego disparaban; los dos estaban acertando a escasa distancia del centro de sus respectivas dianas.
¡Pum! ¡Zas! Una a una, las flechas se clavaban en los blancos con un chasquido.
A Anne no le sorprendía la habilidad del coronel, pero sí que le impresionó ver que la señorita Fitzjohn estaba a su mismo nivel. La había visto practicar sola, pero esta era la primera ocasión en que la veía competir contra otra persona.
Jasper miró allí y la vio.
—Ah, señorita Loveday. —Levantó la mano para saludarla—. ¿Tiene experiencia en el tiro con arco?
—Me temo que no.
—Acérquese e inténtelo.
—No, muchas gracias. Solo miraré un rato y luego llevaré al perro adentro.
—Inténtelo solo una vez.
—Bueno, está bien.
Anne se acercó, le entregó la correa de Louie al señor Dalby sin mediar palabra y luego se fue con Jasper. Este le ofreció su arco y le enseñó el modo en que debía sujetarlo y cómo colocar la flecha.
—Ahora, tire de la cuerda hacia atrás.
Anne trató de hacerlo, pero fue incapaz.
—¡Dios mío! Esto es más difícil de lo que me imaginaba.
—No se sienta mal —dijo la señorita Fitzjohn—. Yo tampoco podía hacerlo cuando empecé. Estaba convencida de que Jasper se rendiría y dejaría de tratar de enseñarme, pero al final logré dominar la técnica.
—Eso fue hace muchos años, Kat. Ahora tienes más talento para el tiro con arco que yo.
—He tenido tiempo para practicar mientras tú estabas fuera luchando en guerras.
Él hizo una mueca al oír aquello, pero no contestó. Volvió a centrarse en Anne.
—Inténtelo otra vez —la animó—. Yo la ayudo.
Jasper se puso a su lado y colocó la mano bajo las de ella en la empuñadura del arco. Luego pasó un brazo alrededor de ella y la ayudó a tirar de la cuerda hacia atrás.
—Levante el codo, así.
A Anne le ardía el cuello; se sentía cohibida por tenerlo detrás y a tan poca distancia.
—Si así es como se hace, tal vez debería empezar a practicar tiro con arco para poder hacer de profesor de jovencitas —se mofó el señor Dalby.
—Me parece que tú ya has hecho de profesor con suficientes señoritas —murmuró Jasper.
—Nunca son suficientes.
Al final, con la ayuda de Jasper, fue capaz de tirar de la cuerda del arco, apuntar y disparar. La flecha voló varias yardas describiendo un leve arco antes de caer en la hierba a bastante distancia de la diana.
El señor Dalby aplaudió con languidez.
—Bravo.
Avergonzada, Anne le devolvió el arco al coronel Paine.
—Gracias, ahora dejaré que continúen disparando los expertos.
La verja del jardín se abrió y un hombre ancho de hombros entró. Le resultaba familiar, pero no terminaba de reconocerlo.
—Pero si es mi querido cuñado Albert —dijo Jude Dalby arrastrando las palabras—. ¿Ya me echabas de menos?
El recién llegado se dirigió hacia él, no sin antes quitarse el sombrero —acto que reveló un rostro atractivo con algunas entradas— para saludar con una reverencia a Katherine Fitzjohn.
—Señorita.
—Señor Palling. —Katherine inclinó la cabeza—. Un placer verle, como siempre. Creo que ya conoce al coronel Paine, y esta es la señorita Loveday.
—¡Ah! Anne Loveday, claro. No la he visto en muchos años. Un placer volver a verla. Confío en que todo le vaya bien.
—Así es, gracias.
El señor Palling se volvió hacia el señor Dalby.
—He venido a buscarte. Se suponía que hoy ibas a supervisar el envío de la lana al tintorero, ¿recuerdas?
—¿Ah, sí? Se me había olvidado. Espero que te hayas encargado de hacerlo en mi lugar, hermano.
—No. Es responsabilidad tuya, «hermano».
Anne notaba tensión —animosidad, incluso— entre ambos, y se preguntó a qué se debería. ¿Era solo porque el señor Dalby había desatendido sus responsabilidades o había algo más?
Jude Dalby le dedicó una sonrisa agria a su cuñado.
—Muy bien, dame diez minutos.
Anne se dio cuenta de que Katherine Fitzjohn le lanzaba una mirada de disculpa al señor Palling y movía los labios para articular un silencioso «lo siento».
Cuando el hombre se marchó, el señor Dalby dijo en tono mordaz:
—Nadie me advirtió de que tener intereses del molino sería tan divertido. —Frunció el ceño mirando a Katherine—. Y tú tienes que dejar de ser así de aduladora con él, Kat. Difícilmente se le puede considerar tu igual.
—No he sido aduladora. ¿Y qué estás diciendo? Si tú te casaste con su hermana.
—Eso es diferente.
—¿Por qué? —lo desafió ella—. ¿No somos todos iguales a ojos del Señor?
—Mejor que tu madre no te oiga decir eso o te recordará que eres la hija del gran sir Herbert Fitzjohn. Yo, por el contrario, no soy más que un sobrino.
Katherine resopló.
—Sea como fuere, no me agrada verte eludir tus obligaciones.
—¿Es que no sientes compasión por este viudo?
—Ya no.
—Muy bien. Voy, voy para allá. —Se levantó con un gruñido y le devolvió la correa del perro a Anne.
Esta, dándose cuenta de que ella también había eludido sus obligaciones durante un buen rato, regresó a casa acompañada de Louie.
* * *
Esa noche, después de llevarle la cena a lady Celia, Anne fue al aseo y después bajó a la cocina en busca de algo para comer.
La señora Pratt estaba sentada frente a un cuenco de sopa de pollo y puerros y la invitó a unirse a ella.
Aceptó y se sentó a su lado para disfrutar de aquella deliciosa sopa, pan y una conversación agradable.
La mujer llevaba trabajando muchos años para la familia y le contó que conocía a la señorita Katherine y sus primos desde que eran solo unos niños.
Con su trabajo, había ascendido desde ayudante de cocina a cocinera, y ahora ejercía también de ama de llaves.
Cuando subía de regreso a la planta superior, vio al señor Dalby y a Katherine en el pasillo, vestidos para la cena.
—¿Dónde está Jasper? —preguntó el señor Dalby.
—Con mamá, cenando de una bandeja —le dijo Katherine.
Anne se detuvo, sorprendida de oír aquello. Debía de haber subido a la habitación de lady Celia justo después de que ella se marchara.
—¿Por qué? —preguntó el señor Dalby.
—Comentó que quería hablar de algo con ella. Tal vez esté pensando en vender.
—Lo dudo. Me contó que lo han expulsado del ejército, lo cual significa que no tiene ningún nombramiento que vender. En lugar de eso, el Ejército se va a quedar con el dinero. [8]
—¡Ay, no! ¿Qué ha hecho?
—Algo relacionado con un duelo, creo. Sabiendo cómo es de impulsivo, es probable que disparara a alguien en un arranque de cólera.
—No me lo creo. Jasper no es violento.
—Tal vez no contigo, pero cuando éramos jóvenes, no le costaba hacer justicia con los puños si yo hacía algo que le disgustara. Es un tipo con muy mal genio. Lo más probable es que le encantara formar parte del Ejército: dar órdenes a los soldados, matar gente…
—No digas eso. Jasper siempre ha sido un hombre honorable.
—Ya no. Al menos, no según el Ejército británico.
Anne se alejó caminando de puntillas y subió las escaleras.
Ahora que sabía que aquel hombre estaba cenando con lady Celia y, quizá, también manteniendo una conversación delicada con ella, decidió no interrumpir.
Entró a través del dormitorio de sir Herbert, con la intención de esperar en el vestidor hasta que Jasper se marchara.
Como de costumbre, había dejado la puerta que conectaba con la habitación de lady Celia entornada, y por eso oyó de manera involuntaria parte de la conversación.
—Has de saber que Jude me lo ha contado, así que no tienes que andarte por las ramas —dijo lady Celia.
El coronel soltó una maldición entre dientes.
—Debería haber sabido que no podría mantener la boca cerrada.
—¿Qué hiciste?
—Pensarás que soy un cobarde; después de todo, tú nunca has tenido paciencia con los cretinos.
—No, pero yo soy el gallo de este corral, y pobre del que se atreva a desafiar mi autoridad. Hasta donde sé, tú no comandabas el Ejército británico.
—Eso es algo que mi superior directo nunca me permitió olvidar…
—Cuéntame qué sucedió.
Él lanzó un suspiro.
—De acuerdo. Pues…
A pesar de que sentía mucha curiosidad, Anne cerró con cuidado la puerta para concederles intimidad al penitente y la confesora.
Fuera lo que fuese que Jasper había hecho, confiaba en que no fuera tan terrible como había sugerido el señor Dalby.
* * *
Cuando Jasper se marchó, Anne entró en la habitación de lady Celia y la encontró dándole bocaditos de su comida a Louie, que estaba sentado sobre las patas de atrás a su lado en la cama.
—Espero que haya tomado usted misma algo de la cena también, milady. Tiene que mantenerse fuerte.
—He recibido una mala noticia que me ha hecho perder el apetito. Además, estoy cansada. —La mujer se recostó sobre los almohadones y cerró los ojos.
—Lo lamento mucho —repuso Anne, más apenada de lo que lady Celia se podría imaginar.
Anne llevó la bandeja de la mujer al pasillo y la dejó encima de una mesita auxiliar. Después cerró la puerta sin hacer ruido y colocó una pluma de ganso en la cerradura para indicar que no se debía molestar a la señora mientras descansaba.
Cuando se apartó de la puerta, oyó susurros que llegaban desde algún lugar cercano.
Abandonó la bandeja encima de la mesita y se acercó de puntillas a las escaleras para mirar abajo.
Allí, en el siguiente descansillo, vio a Rosa y el señor Finch susurrando de manera brusca.
Los dos parecían agitados, puede que incluso enfadados.
Aquella escena despertó su interés y también sus sospechas. ¿Sobre qué podrían estar discutiendo a esas horas?
Jane, la criada, subió las escaleras, y en ese momento ellos se separaron con rapidez.
—Sí, gracias, doctor —dijo Rosa hablando un poco más alto de lo necesario—, me aseguraré de transmitir sus instrucciones a la enfermera.
—Eh… De acuerdo, señorita Stark.
Después de que la criada se alejara, ellos intercambiaron una larga mirada y acto seguido Rosa se dio la vuelta. Él la agarró del brazo, pero ella se liberó de un tirón y siguió a la criada escaleras arriba.
Anne volvió hasta la puerta de la habitación de lady Celia y agarró la bandeja. Cuando Jane se ofreció a llevarla abajo, Anne le dio las gracias. Observó a Rosa dirigirse hacia la puerta de su propia habitación.
—Buenas noches, Rosa.
—Buenas noches, señorita Anne.
Esperó un momento, pero, al parecer, Rosa no tenía instrucciones que darle. Aunque tampoco había esperado que las tuviera.
Preocupada, se acercó a la doncella y bajó la voz.
—Rosa, el doctor Finch no estará… presionándote o insinuándose de manera indebida, ¿verdad?
La muchacha estalló en carcajadas.
—Presionándome, sí. Insinuándose, no.
Entró en su habitación y cerró la puerta sin dar más explicaciones.
[8]
N. del Trad.: Hasta su abolición en 1871, la compraventa de nombramientos era algo habitual dentro del Ejército británico. Sin embargo, cuando uno desertaba o era expulsado, perdía el derecho a vender el nombramiento y recuperar el dinero invertido.