Susurros en Painswick Court Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Alguien llamó con fuerza a la puerta.

—¡Adelante!

La puerta se abrió para dejar paso al señor Jude Dalby. Llevaba en brazos… un perrito.

—Te traído un regalo, tía.

Aquel hombre tan impertinente le guiñó un ojo mirando por encima de su tía.

—¿Cómo? —Lady Celia frunció el ceño—. No me hace falta un perro para nada. ¡No tengo energía para educar a un cachorro!

—No es un cachorro, tiene ya casi dos años, y además está educado. Pertenecía a Esther, y es tan dulce y manso como lo era ella, que en paz descanse.

«Pobre Esther», pensó Anne, acordándose de la apacible hermana de Albert Palling.

—¿Y por qué me lo traes a mí? —preguntó lady Celia—. Supongo que es una forma de lamerme las botas para que acepte que te mudes aquí.

—Siempre has tenido perros, desde que era niño. Pensé que podría hacerte compañía. —Le dedicó una sonrisa a Anne—. Aunque veo que ya disfrutas de una compañía muy agradable.

—¡Buf! —Lady Celia observó al spaniel de color blanco y pardo, orejas largas y rabo peludo—. ¿Cómo se llama?

— Louie .

El señor Dalby posó el perrito en la cama y este de inmediato se sentó y se quedó mirando a su posible nueva dueña con sosegado interés.

Lady Celia acercó la mano con cuidado para acariciarle una de las suaves orejitas. El perro se inclinó hacia ella para disfrutar de la caricia.

—No será la primera vez que Painswick Court ha sido el hogar de un spaniel —dijo ella—.

El rey Carlos I siempre llevaba con él a su can favorito, un spaniel blanco y negro que se llamaba Rogue .

Así, lo más probable es que el perro lo acompañara también cuando vino a Painswick.

Se dice que, después de que al rey lo decapitaran, aquel leal spaniel permaneció a su lado.

—Qué… conmovedor —murmuró el señor Dalby.

—Sí, a mí también me lo parece. —La mujer rascó al perro bajo la barbilla antes de levantar la mirada—. Está bien, se puede quedar. Y tú también.

* * *

Aquella noche, después de que lady Celia se quedara dormida, Anne sintió un poco de hambre y decidió bajar a la cocina a por algo de comer.

Salió por la habitación de sir Herbert para no perturbar el sueño de la señora.

En el pasillo, oyó una voz y se detuvo. ¿Estarían el doctor Finch y Rosa cuchicheando en un rincón otra vez?

No; reconoció la voz de la criada, pero se trataba de otro hombre: el señor Dalby.

—Tú… —El tono de él estaba cargado de incredulidad—. Señorita… —Vaciló, aparentemente tratando de recordar—. ¿Señorita Stark?

—Eso es.

—Estoy atónito. No la veo desde hace… ¿cuánto, un año? En Cheltenham, creo recordar.

—Así es.

Anne avanzó sin hacer ruido y se asomó al corredor secundario para observarlos.

—¿Y qué narices está haciendo aquí? —preguntó él.

—Soy la doncella de su tía.

Él se quedó boquiabierto.

—¡La doncella! —Se apartó un poco de ella, luego se dobló y se echó a reír con el tipo de carcajadas que emitiría alguien a quien un niño le acaba de propinar un puñetazo—. Dios está dándome lo que me merezco.

—¿Ah, sí? —preguntó Rosa alzando las cejas—. Bien por Él.

La doncella trató de continuar su camino, pero él la agarró del brazo.

—Espera. ¿Qué es lo que quieres?

—¡Nada! Aunque es muy atento por su parte que me lo pregunte. Me siento agradecida por mi actual situación aquí con su tía, eso es todo. Es tan buena mujer…

—Venga, sé que me estás engañando.

—¿Cómo iba a saber yo que estaba usted aquí? Creí que vivía en otro lugar, con su esposa.

—Así era. —El señor Dalby tensó la mandíbula, sin embargo, pareció volver a relajarse enseguida—. Sin embargo, me… me alegra encontrarte aquí, bajo mi mismo techo.

—¿Ah, sí? Entonces muy bien. Tendremos tiempo para familiarizarnos el uno con el otro.

Él sonrió como un gato que observa un cuenco de leche.

—Lo espero con ansias.

* * *

Anne volvió sobre sus pasos, abandonando su plan de bajar a la cocina.

De repente, la idea de comer ya no le resultaba tan apetecible.

Primero Rosa y el doctor Finch, y ahora ¿Rosa y el señor Dalby?

Se acordó de parte de la conversación que había escuchado al otro lado de los árboles su primera noche en Painswick: «No tendrías que haber venido.

Y, por descontado, no deberías quedarte en Painswick Court.

Este plan tuyo no te va a traer nada bueno».

¿Qué estaba ocurriendo? El señor Dalby mencionó que hacía un año que no veía a Rosa, pero por entonces su esposa todavía seguía con vida; la señorita Lotty dijo que había muerto hacía solo nueve meses.

Una desagradable teoría tomó forma en su mente.

¿Sería posible que el doctor Finch estuviera enamorado de Rosa y que el señor Dalby la hubiera seducido cuando todavía era un hombre casado?

¡Uf! Se sintió revuelta solo de pensarlo, y esperaba equivocarse.

Equivocarse con todos los elementos de esa teoría.

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N. del Trad.: Esta cita de Hamlet se usa en inglés como nuestra «excusatio non petita, accusatio manifesta» o «quien todo lo niega, todo lo confiesa». Es decir, que cuanto más niega alguien algo, más culpable de ello parece.