Capítulo 6 #2
Anne apretó los labios y luego sugirió:
—¿Alguien como el doctor Marsland?
Lotty se rio con cierta incomodidad y empezó a juguetear con la moneda romana.
—Veo que has estado hablando con Úrsula. Se le ha metido en la cabeza que las amables atenciones de Richard tienen un objetivo romántico. —La mujer frotó la cara de la moneda con el pulgar—. Pero, tal como le he dicho a ella, solo somos amigos.
Al percatarse de la mirada evasiva y las mejillas sonrosadas de la dama, Anne pensó que tal vez Úrsula tuviera razón y quien todo lo niega, todo lo confiesa. [7]
—¿Hace cuánto conoce al doctor Marsland?
—Ah, pues desde hace ya casi quince años.
Después de Oxford, ejerció un tiempo en Nailsworth con un hombre mayor antes de establecerse por su cuenta aquí.
Llegó poco después de la muerte de mi padre, cuando yo aún estaba cuidando de mi madre en sus últimos días.
Se comportó como la bondad hecha hombre con mamá durante aquellos días tan difíciles, y también fue muy amable conmigo.
Hemos sido amigos desde entonces. Hubo un tiempo hace algunos años en que creí que…
—Lotty sacudió la cabeza—. Y entonces él, hasta cierto punto, se apartó de mí.
Me hizo saber de manera sutil que estaba cortejando a alguien.
No reveló a quién, se negó a hacerlo a pesar de todos los intentos de Úrsula por persuadirlo.
»Durante un tiempo, apenas lo vimos, pero entonces volvió a venir de visita.
Era evidente que estaba deprimido, que ella, fuera quien fuese, lo había rechazado.
En ese momento me di cuenta de que jamás lograría competir con el recuerdo de aquella mujer; sin embargo, sí que podría ser su amiga y ofrecerle consuelo y compañía en la medida de mis posibilidades.
»Úrsula piensa que ahora él vuelve a interesarse por mí. —Negó otra vez con la cabeza—. Yo no lo creo. No de un modo… romántico. En cualquier caso, tengo en alta estima la amistad de Richard y, si bien no es lo mismo que el amor, la amistad también posee un enorme valor.
Anne le apretó con suavidad la mano.
—Estoy completamente de acuerdo con usted.
* * *
Más tarde, Anne se despidió de aquella mujer a la que tanto apreciaba y regresó a Painswick Court.
Mientras atravesaba el camposanto, meditó sobre los rumores que Úrsula había mencionado acerca del doctor Finch y las jóvenes que acudían a su casa; o, por lo menos, una joven en concreto.
Lo había visto hablar con Rosa en más de una ocasión.
¿Estaría yendo la doncella a verse con él a escondidas?
Si no era ella, ¿entonces de quién se trataba?
O tal vez las murmuraciones resultaran no ser ciertas y en realidad fuesen el ama de llaves y su hija.
Después de todo, estas vivían y trabajaban en casa del doctor.
Luego sus pensamientos se desviaron hacia otra persona. Kathrine Fitzjohn había mencionado que el señor Dalby iba a regresar a Painswick Court, pero todavía no lo había visto. Tenía la esperanza de que hubiera cambiado de idea y permaneciera en…
De repente, ahí estaba, caminando a zancadas a través del camposanto con su abrigo oscuro ondeando al viento como si de unas alas negras se tratara.
Anne se quedó sin aliento. Casi había olvidado lo endiabladamente apuesto que era, como el Adonis de la mitología o un ángel caído.
Tenía el pelo y las cejas negros, las facciones marcadas y un porte distinguido.
Su primer instinto fue darse la vuelta y fingir que no lo había visto para así evitar un encuentro incómodo.
Y eso era justamente lo que habría hecho si no estuvieran a punto de empezar a vivir bajo el mismo techo, según le había contado la señorita Fitzjohn.
Sería mejor lidiar con aquella situación desagradable cuanto antes y en privado, en lu-gar de en casa con el resto de la familia de testigo.
Anne se recordó que, a pesar de haberle roto el corazón a Fanny, aquel hombre estaba pasando el luto por su esposa, y por tanto debía tratarlo con cortesía.
Se detuvo en el camino. Si hubiera esperado que él la reconociera al instante o se mostrara arrepentido, se habría llevado una decepción. Parecía a punto de pasar de largo sin detenerse, pero al fijarse en la pose de ella, con las manos apretadas y mirándolo directamente, vaciló.
La saludó con un asentimiento.
—Señora.
Su mirada recuperó el aire indiferente que tenía hacía un instante mientras la observaba con atención entornando aquellos impresionantes ojos verdes.
—Disculpe, me resulta usted conocida, pero ahora mismo su nombre se me escapa.
—Anne Loveday, la hermana de Fanny.
Él pestañeó varias veces, todavía confuso.
—Fanny Loveday. Bueno, ese era su nombre de soltera.
—Claro, qué obtuso he sido. Señorita Loveday. —Él hizo una reverencia—. Ha pasado una eternidad.
Por un momento, Anne sintió como si tuviera las extremidades paralizadas; respiró hondo antes de lograr responder a su reverencia.
—Espero que su familia goce de buena salud.
Se dio cuenta de que no preguntaba en concreto por Fanny. Quizá prefiriera no saberlo.
—Mi padre y mi hermana están bien, sí. Fanny se ha casado y ahora vive cerca de Tewkesbury. Su marido es rector; un hombre bondadoso y respetable.
—Ah. Bien.
Algo le ensombreció el rostro, si bien no podía estar segura de si se trataba de arrepentimiento por haber incumplido la promesa que le hizo a Fanny o si era una reacción a la noticia de que se había casado.
—Hace solo unos días me enteré de que ha perdido usted a su esposa —añadió Anne—. Le transmito mis condolencias.
—Gracias. —Su mirada se perdió en un punto impreciso por encima del hombro de ella y luego pareció volver al presente—. Bueno, ha sido un placer volver a verla. Que tenga un buen día. —Se llevó la mano al ala del sombrero y se volvió.
—Antes de que se marche —dijo Anne enseguida—, debería saber que en estos momentos me alojo en Painswick Court.
Él volvió a mirarla estirando el rostro en un gesto de sorpresa.
—¿De verdad? ¿Y por qué razón se iba a alojar usted allí?
—El doctor Marsland me ha pedido que ejerza como enfermera de su tía hasta que encuentren a alguien que pueda ocupar el puesto. La señora Horlick se ha jubilado.
—Sí, de eso ya me había enterado, pero ¿por qué usted?
—¿Y por qué no? He ayudado a mi padre con sus pacientes durante años. —Anne se encogió de hombros—. Le aseguro que no he sido yo quien propició esta situación, pero el doctor Marsland y el doctor Finch fueron de lo más persuasivos.
—Es un… acontecimiento desde luego inesperado. ¿Qué opina mi tía de este plan?
—Al principio no le entusiasmaba, pero no debido a… Quiero decir que no ha hecho mención del antiguo vínculo que les unía a mi hermana y a usted. No creo que se acuerde.
Él asintió apretando los labios y luego dijo:
—Asegurémonos de que siga siendo así, ¿le parece? No hay necesidad de darle vueltas a aquel desafortunado incidente a estas alturas. Como se suele decir: al perro que duerme, no lo despierte.
Anne notó la indignación bulléndole en las venas.
—Mi hermana no es un perro, señor Dalby.
—Por supuesto que no —respondió él abriendo mucho aquellos ojos felinos—. No pretendía… Por favor, discúlpeme. Era solo una forma de hablar.
Esta primera muestra de arrepentimiento parecía sincera. Recordando que el hombre acababa de sufrir una pérdida, la joven optó por ser benévola.
—Muy bien. No volveremos a hablar de ese asunto.
—Gracias. Aprecio mucho su contención y por eso estoy en deuda con usted. —Entonces levantó un dedo, como si se le acabara de ocurrir algo—. Y una cosa que acaba de decir me ha dado una idea…
Tras una rápida reverencia, el señor Dalby se dio la vuelta y se alejó sin darle más explicaciones.
Ella permaneció allí un momento mirando cómo se alejaba, y luego regresó a Painswick Court. Cuando subió a la planta superior, volvió a encontrarse al doctor Finch y a Rosa juntos en el pasillo, hablando en susurros.
«¿Ves, Anne?», pensó. La señorita Lotty se equivocaba al pensar que al doctor Finch le gustaba. Y quizá la señorita Birt también se equivocara respecto al doctor Marsland y Lotty.
* * *
Unas horas más tarde, tras terminar de masajearle y estirarle los tobillos y gemelos a lady Celia, pues los tenía hinchados, le cubrió las piernas con las mantas. La paciente elogió su labor a regañadientes:
—Gracias, Anne. Ha sido muy… terapéutico.
—De nada.
—Tengo entendido que mi sobrino, Jude Dalby, ha estado viniendo aquí para quejarse de sus circunstancias y expresar su deseo de volver a vivir en la casa —añadió la señora al cabo de un momento—. Me inclino a negarme.
—¿Ah, sí? —dijo Anne fingiendo indiferencia.
—Le advertí de que no se casara con la señorita Palling, pero ¿acaso me escuchó? No. Si ahora es infeliz, difícilmente puede ser culpa mía.
Anne se humedeció los labios resecos.
—¿Se… se opuso usted al compromiso?
—No exactamente, pero le recordé lo que significa casarse con una mujer. Su madre, mi hermana menor, tampoco siguió mi consejo, y acabó casándose con un hombre sin propiedades ni perspectivas. Por esa razón, Jude no va a recibir gran cosa, más allá de lo que yo decida dejarle.
—Creía que los Palling eran acaudalados.
—Lo eran. Como muchas otras familias dedicadas a fabricar ropa, eran dueños de un molino y luego compraron otro. También varias casas. Pero yo siempre supe que esa prosperidad no duraría. Mi banquero y abogado me aconsejó que no invirtiera en los molinos, pero Jude no me hizo caso.
—¿Los molinos tienen problemas? —preguntó Anne con asombro.
Lady Celia asintió con la cabeza.
—Si llevo razón, mi sobrino acabará haciéndose con parte de una deuda en lugar de con los beneficios que tanto esperaba.