Susurros en Painswick Court Capítulo 6
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Capítulo 6

E se domingo Anne acudió otra vez a misa.

La señorita Newland todavía no podía caminar, de modo que Anne se sentó al lado de su amiga Úrsula Birt.

Mientras esperaban a que diera comienzo el servicio, la joven admiró aquella nave de techos altos, las arcadas, las ventanas lanceoladas por las que entraba la luz del sol y las placas que recordaban a los que ya no estaban en este mundo.

Los alumnos de la escuela de beneficencia se encontraban en lo alto de una de las galerías y más allá, cerca del altar, la señorita Fitzjohn y el coronel Paine, ahora vestido de civil, ocupaban su sitio en la tribuna de su familia.

También vio entre la concurrencia al doctor Marsland, pero no a su joven socio.

¿Faltaría siempre a misa el doctor Finch, se preguntó Anne, o estaría ocupado con algún paciente?

Observó al doctor Marsland con interés. El médico, de cuarenta y tantos años, era bastante apuesto, vestía bien y todo el mundo lo respetaba.

Sentía curiosidad por saber por qué nunca se había casado y si había permanecido soltero por decisión propia.

Se percató de que más de una dama trataba de atraer su atención, pero él no parecía fijarse en ellas.

Siguiendo la dirección de su mirada, la señorita Birt se inclinó hacia ella y susurró:

—Dicen las malas lenguas que hubo un tiempo en que cortejó a una mujer y acabó desencantándose del amor. Por lo que yo sé, desde entonces no ha vuelto a interesarse por nadie, salvo, quizá, Lotty, pero ella insiste en que solo son amigos. «Creo que la reina promete demasiado».

Las campanas tañeron y el organista empezó a tocar el preludio.

Todos se pusieron de pie para el canto de entrada al tiempo que el coadjutor, el señor Strong, entraba llevando sus vestiduras.

Anne hizo todo lo posible para concentrarse en la misa mientras el sacristán, de pie frente al atril, los guiaba en las respuestas y el coadjutor ascendía al púlpito de madera para dar el sermón.

Después del servicio, Anne y la señorita Birth fueron juntas hasta Yew Cottage para almorzar.

Nada más llegar, se enteró de que la señorita Lotty había invitado también al doctor Marsland y al doctor Finch.

Sospechaba que su vieja amiga podría estar intentando ejercer de casamentera. Ahora bien, ¿con ella… o consigo misma?

Anne se ofreció a ayudar a Dinah en la cocina.

Antes de que su padre volviera a casarse, se había encargado ella misma de preparar muchas comidas sencillas cuando la única criada que tenían disfrutaba de su medio día de asueto, y estaba encantada de poder ser de ayuda también ahora, sobre todo sabiendo que esperaban invitados.

Cuando oyeron el sonido de la aldaba, Dinah fue a abrir la puerta con rapidez. Anne la siguió más despacio para recibir a los doctores.

El doctor Marsland le entregó una moneda a la señorita Lotty.

—Aquí tiene, otra moneda romana para su colección. Fue encontrada cerca de Highfield Farm.

—¡Anda! Gracias, Richard, qué considerado por tu parte.

Úrsula levanto una ceja y le lanzó una mirada mordaz a Anne.

La joven saludó a ambos hombres y después regresó a sus tareas.

Desde la despensa, donde estaba colocando varias fuentes en una bandeja, podía oír a los demás conversando en el comedor.

—Tienes que casarte, Ernest, de verdad —dijo el doctor Marsland—. Los pacientes se fían más de los hombres casados. Y así no tendrías que sufrir las atenciones indeseadas de tantas jovencitas embelesadas contigo… ni de sus madres.

—Usted no es un hombre casado, señor —contestó el doctor Finch—. Si no resulta impertinente por mi parte señalarlo.

—Es impertinente, pero tienes razón. Sin embargo, yo soy mayor y estoy más establecido que tú, así que para mí eso no es un problema.

—Quizá las atenciones que le profesan las mujeres no sean una carga para el doctor Finch —sugirió la señorita Lotty con suavidad.

—Una esposa también ayudaría a acallar los rumores —añadió la señorita Birt.

—¿Rumores? —preguntó el joven con evidente incomodidad.

—Sí, me temo que ya hay rumores circulando por el pueblo —dijo el doctor Marsland.

—¿Qué rumores? —preguntó el doctor Finch.

—Quizá no tendría que entrar en detalles. No aquí y en este momento.

—Entonces lo haré yo —intervino Úrsula Birt en un tono de voz cargado de pragmatismo—. El rumor es que hay una joven que va a su casa a horas intempestivas.

Anne, que estaba a punto de cruzar la puerta de la despensa, se quedó paralizada y reprimió una exclamación de asombro.

—¿Qué? Eso es… —El doctor Finch resopló—. Deben de estar refiriéndose a mi ama de llaves.

—La señora Tufley no es joven —respondió el doctor Marsland.

—Pero su hija sí; tendrá solo unos doce años. Ha comenzado a ayudar con… cosas… de la casa.

—¡Dos criadas! Los pacientes pensarán que les estás cobrando de más si te puedes permitir tener dos criadas.

—Hannah comparte habitación y tareas con su madre, de modo que es una diferencia insignificante.

—Quédate con lo que te digo: los rumores y las conjeturas no cesarán hasta que no sientes la cabeza, ya sea aquí o en cualquier otro lugar. —En el tono de voz de Marsland se percibía una fuerte nota de advertencia.

—Le agradezco el consejo, doctor, pero no hay apuro. Todavía no he cumplido los treinta.

—Podría confeccionarle una lista de posibles candidatas —ofreció Úrsula.

—Úrsula… —la regañó la señorita Lotty.

Como Anne no quería que la comida se enfriara, respiró hondo y cruzó la puerta con la bandeja en las manos.

—Hablando de candidatas —dijo la señorita Birt entre dientes.

Anne fingió no haberla oído y mantuvo la vista fija en los platos que llevaba en equilibrio sobre la bandeja.

—Aquí tienen.

Mientras los colocaba en la mesa, se atrevió a lanzar una rápida mirada a Ernest Finch y vio que él se había sonrojado.

Por fortuna, cuando Anne ocupó su asiento, Úrsula cambió de tema de conversación:

—Entonces, señorita Loveday, ahora que ya lleva usted una semana en Painswick Court, ¿ha visto al fantasma?

—Úrsula, no empieces —le advirtió Lotty.

—¿Qué si ha visto a quién? —preguntó el doctor Finch.

—El rey Carlos I. Se lo ve a menudo caminando por los terrenos de Painswick Court.

Las palabras de Úrsula despertaron un antiguo recuerdo en su mente. Ya había escuchado aquello antes. Jasper Paine y otros muchachos solían contar historias de fantasmas en el cementerio, aprovechando que este se encontraba justo al lado de Painswick Court.

—No lo he visto, no —contestó Anne—. Salvo por un retrato que tienen colgado en la pared.

—Bueno, pues no te asombres si lo ves. —La señorita Birt se volvió hacia el doctor Finch—.

Es posible que usted, al ser un recién llegado, no lo sepa, pero el rey Carlos se alojó en Painswick Court después del asedio de Gloucester de 1643.

Cuando lo ejecutaron unos años después, sus últimas palabras fueron: «paso de una corona corruptible a otra incorruptible, donde nada me podrá perturbar».

Su espíritu ha sido visto en muchas ocasiones en los terrenos de Painswick Court, a veces acompañado de sus hombres.

Hay más de una persona que ha oído el ruido metálico de las armaduras de los caballeros fantasmales del rey preparándose para la batalla.

Anne se estremeció.

—Calla, Úrsula, que estás asustando a Anne.

El doctor Finch sonrió con aire compungido.

—Y también a mí.

—¡Pero es la verdad! Ah, y ¿ya han bajado ustedes a las mazmorras? —Úrsula movió las cejas como una muchachita traviesa.

—¿Qué mazmorras? —preguntó el doctor Finch.

—¿No lo sabe? En su momento, Painswick Court albergó una sala de audiencias, y debajo había celdas donde encerraban a los prisioneros que estaban a la espera de ser juzgados.

El doctor Finch sacudió la cabeza.

—No me sorprendería que el fantasma anduviera por allí también. Parece el lugar perfecto para que deambulen los espíritus.

Anne había oído hablar de dichas mazmorras, que protagonizaban algunas de las historias de Jasper, pero nunca había sabido si eran reales ni si todavía seguían existiendo.

—Venga, ya está. Suficiente con todo eso —insistió la señorita Lotty—. Al fin y al cabo, es el día del Señor.

—Estoy de acuerdo —afirmó el doctor Marsland—. Y, por el momento, es mejor que estos dos se centren en preocupaciones más terrenales. Hablando de eso… —Se volvió hacia el doctor Finch—. Vas a ver a lady Celia esta tarde, ¿verdad?

—Sí, eso tenía planeado.

—Bien.

Después del almuerzo, el doctor Marsland fue el primero en marcharse. Luego, el doctor Finch agarró su sombrero y se volvió hacia Anne.

—Ya que voy a visitar a lady Celia luego, hasta pronto.

La joven asintió con la cabeza mientras él salía por la puerta, y se dio cuenta de que Úrsula y Lotty intercambiaban una mirada cómplice.

Poco después de aquello, Úrsula también se marchó. Anne permaneció en Yew Cottage el tiempo suficiente para ayudar a recoger y charlar un rato a solas con la señorita Lotty.

—Al doctor Finch le gustas, Anne —expresó la señorita Lotty—. Es evidente.

Anne pensó en Rosa y se encogió de hombros.

—No sé yo. Además, he decidido mantenerme soltera y consagrar mi vida a las buenas acciones y a ayudar a los demás, como ha hecho usted.

Lotty alzó las cejas en un gesto de sorpresa.

—Si me permite la pregunta —dijo Anne—, ¿le ha tentado alguna vez la idea de casarse?

—¿Tentarme? Cielo santo, no.

«Ahí está —pensó Anne—. Ya ve, no soy la única que rehúye el matrimonio».

—¿Cómo iba a verme tentada si nunca me lo han pedido? —continuó Lotty.

—¡Ah! —Anne pestañeó varias veces—. Me sorprende, siendo usted tan hermosa, amable y refinada.

—Gracias, querida. —Su interlocutora esbozó una sonrisa burlona—. Por algo me has gustado siempre.

—Pensaba que se había quedado soltera por propia elección —declaró Anne—. Que había tomado la determinación de llevar una vida productiva según su manera de entenderla.

—Ay, por Dios, no. Me atribuyes una mentalidad moderna y mucho más coraje del que poseo. Me habría gustado casarme, y todavía lo consideraría si… si alguien que de verdad me importara me lo pidiera.