Capítulo 5
A quella noche, después de administrarle a su paciente las medicinas de antes de dormir y asegurarse de que no necesitaba nada más, Anne se sentó al escritorio —con permiso de lady Celia— para escribir dos cartas.
En primer lugar, tal como había sugerido la señorita Lotty, escribió a su padre para contarle que iba a servir durante unas semanas como enfermera personal de lady Celia Fitzjohn.
Le pidió que en su respuesta le ofreciera todos los consejos que se le ocurrieran para cuidar de una paciente que padecía hidropesía en el pecho.
Mientras doblaba la carta, pensó en Nancy, y una vez más lamentó su despedida tan poco amigable. Después respiró hondo y le escribió a su hermana.
Querida Fanny:
Te envío esta breve nota para informarte de un cambio de planes.
Si papá te escribe o va de visita, es posible que lo mencione, por eso he pensado que será mejor que te lo cuente yo misma.
Me han solicitado que ejerza de enfermera de lady Celia Fitzjohn, que ha caído enferma, ya que su enfermera anterior acaba de jubilarse.
Por lo tanto, y aunque me hallo tan sorprendida como seguramente lo estarás tú, voy a vivir de manera temporal en Painswick Court.
Quiero aclarar que yo no he propiciado esta situación ni tampoco he aceptado el trabajo por otro motivo que no sea mi voluntad de ayudar.
Te prometo que no tengo interés en relacionarme con ninguno de los miembros de su familia, excepto, quizá, nuestro viejo amigo Jasper Paine, en caso de que este venga de visita mientras yo me encuentre aquí.
Su otro sobrino vive fuera, y es poco probable que nos veamos más que de pasada. Confío en que serás comprensiva.
La señorita Lotty te envía todo su cariño. Esas son todas las noticias que tengo por el momento.
Con cariño:
Anne
No le mencionó que la mujer de dicho sobrino había fallecido; no quería hacerlo en la misma carta en la que le anunciaba que iba a vivir en la antigua residencia de aquel hombre. Tal vez en la próxima.
* * *
A la mañana siguiente, mientras Rosa ayudaba a lady Celia a vestirse, Anne se dirigió rápidamente hacia el edificio con entramado de madera donde se encontraba la estafeta del pueblo para enviar sus cartas.
El interior del local tenía el techo bajo y en el lado derecho había estanterías que contenían lacre, cordeles, papel y tinta.
A la izquierda se extendía un largo mostrador con una rejilla de latón.
La vecina de Lotty, Úrsula Birt, se encontraba junto al mostrador disfrutando de una amigable conversación con la encargada de la estafeta.
—¡Anda! Ann Loveday, le presento a Anne Loveday.
Anne se acercó y sonrió a la mujer que se encontraba detrás del mostrador, con su área de trabajo iluminada por una lamparita.
—¿Cómo está?
—Un placer conocerla, señorita.
—Justamente le estaba contando a Ann lo valiente que ha sido usted al ocupar el puesto que dejó la señora Horlick en Painswick Court.
Por lo que contaba, esa posición va a ser todo un desafío.
Ahora ella se aloja en casa de su hermano en Slad, y está disfrutando de un merecido descanso.
¿Cómo le está yendo a usted? Me imagino que lady Celia es una mujer difícil de complacer…
Las dos mujeres la observaron con ojos brillantes. Era obvio que estaban anticipando un buen chismorreo o, como mínimo, deseando escuchar uno. Anne decidió que tendría que decepcionarlas.
—Yo no diría que es difícil, no —respondió con cordialidad—. Hasta ahora, todo está yendo bien.
—¿Ah, sí? Qué buena noticia. —Úrsula se hizo a un lado—. Adelante, envíe sus cartas, que yo ya he terminado aquí. Hemos solucionado todos los problemas de la parroquia las dos solas, ¿no es así, Ann? Ahora iré a visitar a la señorita Lotty. ¿Quiere que le diga que se encuentra usted bien?
—Hágalo, por favor.
* * *
A lo largo de los siguientes días, Anne aprendió a manejarse en Painswick Court, se acostumbró a las diferentes alas, los confusos corredores y los suelos inclinados y desnivelados.
En la parte más antigua de la casa, apartada del resto de las estancias, encontró la antigua sala de audiencias, revestida por completo con paneles de madera oscura, salvo por una impresionante chimenea de piedra cuya repisa tenía unos extraños grabados.
Toby, un joven lacayo, le explicó que aquella habitación ahora servía como segunda sala de estar, aunque la familia rara vez la usaba.
En el transcurso de estas visitas, Anne también conoció a la ayudante de la cocinera y a la fregona, y conversó brevemente con Buxton, el anciano mayordomo.
Con la señora Pratt habló del menú actual de lady Celia, sencillo y saludable, y solicitó que se añadieran caldo de res y agua de cebada para fortalecerla.
Anne le llevaba la comida a la paciente todos los días y la animaba a comer.
Le tomaba el pulso con la ayuda del reloj de péndulo y, cuando el doctor Marsland o el doctor Finch se pasaban por allí, compartía los resultados con ellos.
El doctor Marsland le auscultaba el corazón a su paciente del modo tradicional, colocando la oreja directamente en su pecho.
El doctor Finch, por el contrario, usaba un tubo de madera.
El joven doctor también contaba con un reloj pulsómetro para médicos con una segunda manija y un mecanismo que permitía detenerlo para así medir de forma más precisa el pulso de los pacientes.
Un regalo de su padre, explicó. Ambos doctores charlaban con lady Celia cuando iban a verla y, pese a sus maneras avinagradas, ella disfrutaba de dichas visitas y de las atenciones.
Cuando se sentaba junto a la paciente, Anne solía leerle en voz alta un libro de sermones encuadernado en cuero que lady Celia tenía en su mesita de noche y, cuando la mujer dormía, leía para sí el fino volumen que le había entregado el doctor Marsland, que estaba repleto de consejos para atender a una persona enferma, como el siguiente:
Un artilugio tan simple como una pluma sacada del ala de un ganso y colocada en la cerradura de la puerta puede servir como señal para indicar que no se debe entrar en la habitación del paciente y así evitar que el descanso de este sea interrumpido por un familiar imprudente que…
Anne adoptó enseguida este método y colocó una pluma de ganso en la cerradura para pedir que no molestaran a lady Celia mientras descansaba. Por la noche, dormía en el vestidor con la puerta entornada para así poder oír si su paciente llamaba o necesitaba algo.
Durante el día, le daba sus medicinas, ayudaba a Rosa a llevarla al dompedro o a la bañera y le subía la comida. También le masajeaba y estiraba las extremidades para reducir la acumulación de líquidos y mejorar la circulación, tal como su padre le había enseñado hacer. «De momento, todo va bien».
Una tarde cálida, pidió permiso para abrir la puerta del balcón o una ventana y así dejar entrar un poco de aire, pero lady Celia prefirió que se quedaran cerradas. Anne aceptó, aunque en su fuero interno lamentó no haberse acordado de traer consigo uno de sus abanicos.
Anne comía aparte, o bien en su propia habitación, o bien en un encantador rinconcito que había descubierto al final del pasillo que conducía al aseo.
Tenía dos puertas que se abrían a una estancia pequeña en la que solo había un cortejador con vistas al jardín.
Aquel extraño espacio seguramente fuera el resultado de una de las muchas mejoras y ampliaciones que se habían llevado a cabo en la casa a lo largo de los siglos.
Para Anne, era como un escondite secreto.
A veces tomaba el té allí mientras Rosa se ocupaba de cepillarle el pelo a lady Celia y ayudarla a vestirse.
O cuando la señora recibía visita, como el coadjutor que venía a rezar por ella o alguna amiga que venía a verla.
Desde la ventana de aquella pequeña habitación, a veces veía a la señorita Fitzjohn trabajando en el jardín con guantes y una amplia capota.
En otras ocasiones, la veía practicar tiro con arco en una diana que estaba instalada en la hierba.
Aquel no era el tipo de pasatiempo que habría esperado de una mujer «delicada».
Anne salía a menudo a dar paseos por los terrenos de Painswick Court o iba hasta la botica para comprar tal o cual cosa y pasaba un rato charlando con el señor Greaves.
Sabía que si las fuerzas de lady Celia disminuían, así lo haría también su libertad, y por eso disfrutaba de estos momentos de recreo y del aire puro tanto como podía.
En su quinto día en Painswick Court, pidió permiso para usar la despensa aneja a la cocina con el fin de preparar unos remedios sencillos para aliviar a lady Celia.
No eran medicamentos como tal, algo que recetaría un médico, sino remedios caseros habituales de cuya preparación se solía encargar la señora de la casa o la doncella a cargo de la despensa.
Como en aquel momento los Fitzjohn no contaban con una doncella que se ocupara de dichas tareas, la cocinera y ama de llaves le dio permiso para que usara dicha estancia, así como los diferentes utensilios, ollas y fogones que allí había.
Anne fue a buscar el maletín que su padre le había regalado y que contenía pequeños compartimentos repletos de hierbas secas y otros que, a modo de estrechos anaqueles, servían para guardar frascos y viales con sus correspondientes etiquetas, vasos medidores, un embudo, una espátula y una cuchara, un mortero pequeño y otros instrumentos.
Cuando se dirigía abajo portándolo, se fijó en que el doctor Finch estaba conversando en voz baja con Rosa cerca de la puerta de servicio.
Se preguntó de qué estarían hablando, pero siguió su camino sin llamar la atención.
Tenía pensado preparar un polvo de raíz de ruibarbo de levante, o rheum palmatum , que serviría como laxante suave, así como una infusión diurética de enebro y diente de león y un linimento hecho con alcanfor, aceite de romero y esencia de amoniaco para ayudar a los cansados músculos de las piernas de la paciente.