Capítulo 4 #3
—Este era el dormitorio de sir Herbert —explicó Jane—. Puede llegar al vestidor desde aquí o desde el dormitorio de lady Celia.
Mientras recorrían la habitación escasamente iluminada, pues los postigos estaban cerrados, Anne alcanzó a entrever el armazón de una enorme cama con las cortinas echadas, un armario también muy grande y un lavamanos.
Jane abrió la puerta del lado derecho de la habitación y la condujo hasta un espacio estrecho con cajoneras y estantes empotrados a un lado y una cama parecida a una litera de barco al otro. Sobre la cama había un ventanuco que dejaba pasar la luz.
—Lady Celia tiene un dompedro [5] en su vestidor, pero en esta habitación no hay. Puede usted utilizar el aseo de esta planta o las letrinas que están fuera.
—De acuerdo.
—He puesto sábanas limpias en la cama y le he subido agua y toallas. —La criada señaló el aguamanil y la jofaina que se encontraban encima de uno de los estantes—. Si necesita cualquier otra cosa, avíseme.
—Así lo haré, gracias.
Anne guardó la maleta y el maletín con las medicinas, dejó la capota y los guantes encima de un estante y, tras llamar con delicadeza a la puerta, pasó al dormitorio de lady Celia.
—¡Ay! Me ha asustado —exclamó la señora llevándose una mano al pecho.
—Lo siento.
—No se preocupe. Es una alegría ver esa puerta abierta. Ha pasado tanto tiempo… —Se volvió hacia el otro vestidor y alzó la voz—. ¿Rosa? ¡Rosa! ¿Ay, dónde andará esa chiquilla?
—Rosa es su doncella, ¿verdad?
—Sí, pero no me gusta llamar a las doncellas por sus apellidos, la verdad. Y mucho menos a esta: resulta que se llama «Stark». [6] Qué espanto, señor. ¡Rosa!
—Aquí estoy, milady.
Una joven delgada poseedora de una belleza etérea entró en la habitación moviéndose con elegancia.
Llevaba el cabello dorado recogido con maestría encima de la cabeza, y varios tirabuzones perfectos le caían por los lados enmarcando un rostro angelical de grandes ojos azules, cejas un poco más oscuras que el pelo y labios carnosos con un lunar justo al lado.
Iba vestida de manera recatada con un modesto vestido de muselina de estampado floral y llevaba un chal sobre el brazo.
Le sorprendería que tuviera más de diecinueve o veinte años.
—Estaba planchando su chal de seda y tenía que concentrarme.
—Confío en que no lo haya chamuscado.
—No, milady.
—Déjeme que lo vea… —Lady Celia recorrió el elegante tejido con los dedos—. Un trabajo aceptable. —Señaló a Anne con un gesto—. Esta es la señorita Loveday. Ha venido a torturarme.
Rosa soltó una carcajada; un sonido dulce y melodioso.
—Dudo mucho que eso sea cierto, milady. —Con los ojos resplandecientes, desvió la mirada de su señora a Anne—. A mí no me parece que tenga un aspecto demasiado aterrador.
—El doctor Marsland le ha pedido que sea mi enfermera hasta que encuentren a otra.
—¿Es esa su ocupación habitual? —preguntó Rosa.
—No, pero he trabajado con mi padre durante años. Es cirujano y boticario.
—Es muy amable por su parte ofrecerse a echar una mano.
Rosa sonrió, y Anne comprobó con alivio que, aunque tenía unos dientes blancos y bonitos, había algunos que no estaban del todo rectos. Aquella leve imperfección hizo que la joven se le antojara más humana y agradable. La perfección habría sido difícil de tolerar.
—Gracias —contestó Anne—. Me gusta ser de utilidad.
—A mí también.
—Entonces, ¿por qué no dejan de parlotear las dos y hacen algo de provecho?
—Sí, milady —respondieron ambas al unísono.
Esbozando otra sonrisa, Rosa se volvió hacia Anne.
—Venga, señorita Loveday, permítame que le enseñe el vestidor, por si necesita algo de ahí, y también le mostraré dónde está el aseo. ¿Y quizá también la cocina?
—Gracias.
—Volvemos enseguida, milady.
La anciana dama emitió un sonido de indignación.
—Bah, por mí no se preocupen.
Rosa condujo a Anne hasta el vestidor anejo.
—Aquí es donde paso la mayor parte del tiempo, cosiendo y ocupándome de la ropa de lady Celia.
La estancia estaba llena de cosas: estantes amplios para colocar las sombrereras, una cómoda alta con cajones para guardar vestidos y un tocador.
También había una silla, un sofá, un lavamanos, una bañera de cadera y un espejo de pie y, al fondo, una puerta que se abría a un espacio pequeño similar a un armario donde la doncella dormía en un estrecho catre.
—Lady Celia usa esto —explicó Rosa levantando la tapa del dompedro—. Cuando se siente débil o mareada, la agarro del brazo para ayudarla a llegar hasta aquí. Insiste en que este ejercicio le sienta bien y, mientras le sea posible, quiere evitar la humillación de tener que usar una bacinilla.
—Lo entiendo, y yo también la ayudaré cuando lo necesite.
Rosa abrió la puerta exterior del vestidor y la condujo por un pasillo secundario hasta el aseo. Después la llevó a la planta baja y, desde ahí, escaleras abajo hasta la cocina.
La doncella señaló un pasaplatos.
—Lady Celia querrá almorzar enseguida, y aquí es donde tendrá que venir a buscar las bandejas con la comida.
Luego presentó a Anne a la mujer que ejercía de cocinera y ama de laves, la señora Pratt, diciendo:
—Esta es la señorita Loveday, la nueva enfermera de lady Celia.
Anne sonrió de manera torpe como respuesta. Le faltaba mucho para acostumbrarse a semejante título o encontrarse cómoda en aquel papel. Se trataba de un papel que tenía pocas ganas de desempeñar después de la muerte de su paciente más querida. Una muerte que Anne podría haber evitado.
[5]
N. del Trad.: El dompedro era un tipo de orinal consistente en una silla con una abertura bajo la cual se colocaba una bacinilla.
[6]
N. del Trad.: En inglés, «stark» tiene varios significados, pero por lo general sirve para describir algo severo, riguroso, austero, etc.