Susurros en Painswick Court Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Ah, qué bien, señorita Fitzjohn. Le ruego que perdone la interrupción, pero me gustaría presentarle a la nueva enfermera de su madre.

—¿Cómo? —Alzó una de sus oscuras cejas—. Pensé que había dicho que no había ninguna otra enfermera disponible.

—La señorita Loveday acaba de llegar a Painswick. Es una buena amiga de la señorita Newland que ha venido de visita.

Vacilante, Anne entró en la estancia siguiendo al médico. Este se volvió hacia ella para presentarla.

—Señorita Fitzjohn, permita que le presente a la señorita Anne Loveday, una de las nietas de Thomas y Sarah Spring. Su padre es cirujano y boticario, de modo que ella tiene experiencia con enfermos.

—Ah, sí, su cara me resulta vagamente familiar. —La señorita Fitzjohn le dedicó una leve inclinación de cabeza antes de volver a centrarse en el médico—. ¿De verdad cree que mamá necesita que alguien la cuide día y noche?

—Bueno, la señorita Loveday tendrá que dormir en algún momento, y le he prometido los domingos libres para que pueda pasar tiempo con la señorita Newland, pero sí. Su madre ha de tener los mejores cuidados posibles. A ninguno nos gustaría pasar por negligentes.

—Claro que no, doctor; usted es el que sabe de esto. Me ofrecería voluntaria como enfermera yo misma si mamá me lo permitiera, pero siempre ha insistido en que mi propia salud es bastante delicada. —La señorita Fitzjohn miró a Anne—. Mamá puede ser un tanto… enojadiza, como pronto descubrirá usted.

Al ver que Anne no decía nada, el doctor Marsland respondió por ella:

—Tiene fama de serlo.

La señorita Fitzjohn inclinó la cabeza hacia un lado mientras estudiaba a la recién llegada.

—Gracias por organizar la estancia de la señorita Loveday aquí —le dijo al médico sin mirarlo—. Ahora, me gustaría hablar en privado con ella. Estoy segura de que tendrá usted otros pacientes a los que visitar.

—Ah, pues… Por supuesto. —Hizo una reverencia—. Señoritas.

Cuando el doctor se hubo marchado, la señorita Fitzjohn señaló la silla de al lado de la suya con un ademán.

Anne tomó asiento y observó a la mujer con interés.

Hacía años que no veía a Katherine Fitzjohn y, de todos modos, en aquel entonces solo la había visto de pasada.

Era tres o cuatro años mayor que ella y, al contrario que sus primos, no se juntaba con los chiquillos del pueblo, lo cual era lo que cabía de esperar en una dama de su posición, incluso si su salud no hubiera sido «delicada».

Debía de tener por lo menos treinta años, aunque parecía más joven.

Su cabello oscuro estaba recogido en un moño lánguido y su tez pálida carecía de brillo, si bien tenía dos grandes ojos marrones que desprendían inteligencia.

A Anne le pareció que de cerca era una mujer bastante atractiva, con sus largas pestañas, cejas arqueadas y esa pequeña nariz bulbosa.

—Estará bien tener a otra mujer en casa —comenzó a decir la señorita Fitzjohn—.

Solía haber más, pero todas han ido desapareciendo.

Primero, tuve que despedir a una doncella que llevaba mucho tiempo con nosotras, y luego la antigua enfermera del doctor decidió jubilarse.

También teníamos ama de llaves, pero ahora la señora Pratt se las ingenia como puede para ejercer a la vez de cocinera y ama de llaves.

Afortunadamente, aún nos queda el viejo Buxton.

—¿Tuvo que… despedir a la doncella? ¿Por qué motivo? —preguntó Anne, esperando no correr la misma suerte.

—Sí, Martine nos atendía tanto a mamá como a mí, pero en realidad toda su lealtad era para mamá.

Era todo un perro guardián. Descubrí que nos estaba robando.

Baratijas, principalmente: pasadores, hilo, telas…

Entonces un día la envié a comprar una polvera nueva y un frasco de loción de Gowland.

Cuando regresó, me devolvió menos cambio de lo que correspondía; lo supe porque había comprobado los precios el día anterior.

Pese a que solo fueron unos chelines, mamá coincidió conmigo en que debíamos despedirla.

—Ya veo.

—Y lo lamenté mucho cuando la señora Horlick nos notificó su marcha, pero la verdad es que…

ya era hora. Un alma bondadosa, sin duda, pero también anciana y autoritaria.

Todo el rato nos estaba diciendo qué hacer, incluso a mamá: «Mantengan las ventanas cerradas.

No le sirvan el té demasiado caliente. Nada de comidas picantes ni con demasiado sabor.

Para las diez las velas ya deben estar apagadas».

No pongo en duda toda la sabiduría que adquirió durante sus muchos años trabajando como enfermera, pero a veces se comportaba de manera casi tiránica.

Y, verá, en esta casa solo hay sitio para una tirana.

La señorita Fitzjohn soltó una risita que hizo que sus ojos oscuros se encendieran.

—Hasta mamá se hartó de que la mangoneara.

Con todo esto le quiero decir que no trate de emular a su predecesora en ese aspecto.

—Toqueteó el tapete que cubría el reposabrazos de la silla antes de volver a alzar la mirada—.

Usted ejerció como ayudante de su padre, ¿verdad?

Eso me pareció entenderle al doctor Marsland.

—Sí, su consulta está cerca de Gloucester.

—El cirujano del pueblo es el señor Humpage. Un buen tipo. —La señorita Fitzjohn torció la boca y luego preguntó—: ¿Y qué ha dicho mamá sobre su llegada?

—Que no está impedida y que los rumores de su inminente fallecimiento son exagerados.

La señorita Fitzjohn se rio.

—Típico de mamá. No le falta vitalidad, eso se lo tengo que conceder. Ojalá yo tuviera una pequeña parte de la que ella posee.

A Anne no le parecía que la hija careciera de vitalidad, pero se abstuvo de comentar nada.

—¿Y ya ha conocido a la nueva doncella? —preguntó la señorita Fitzjohn.

—No, todavía no.

Katherine asintió con la cabeza.

—Una jovencita preciosa. Pulcra y aseada.

Tiene poca experiencia, pero a mamá le agradó y decidió contratarla.

Le gusta tener a gente joven y hermosa a su alrededor.

Y por esa razón, rara vez busca mi compañía.

—La señorita Fitzjohn emitió una risa forzada—.

Se supone que Rosa también me tiene que atender a mí, pero apenas la veo.

No voy a armar un escándalo por ello: ya he superado la fase de competir por la atención de otros, sea de mamá o de las doncellas.

Anne no tenía ni idea de qué contestar. La señorita Fitzjohn inclinó la cabeza a un lado y luego añadió:

—Lo que resulta extraño es que aún no habíamos puesto el anuncio de búsqueda de la nueva doncella cuando Rosa nos escribió para preguntar si había un puesto vacante en Painswick Court.

—Qué… causalidad.

—Espero que se trate de eso. Solo aportó una referencia. Yo quería escribirle a esa persona para que me informara de su carácter antes de emplearla, pero mamá la aceptó al instante. En fin… De momento mamá está satisfecha con ella.

—Bueno, estoy segura de que la conoceré pronto. —Anne se levantó—. Ahora, si me disculpa, debo ir a Yew Cottage a recoger mis cosas, pero regresaré enseguida.

—Sí, sí, por supuesto. —Katherine Fitzjohn hizo un gesto de desdén con la mano—. No quiero entretenerla más; no hay que hacer esperar a mamá.

* * *

Anne salió de la casa, recorrió el sendero arbolado hasta la puerta del muro que conectaba con la iglesia de santa María y después atravesó el camposanto.

Al llegar a Yew Cottage, le relató a la señorita Lotty su encuentro con lady Celia y le contó que esta se hallaba dispuesta a aceptarla como enfermera.

Luego subió al piso de arriba a preparar la maleta y su maletín de medicinas.

Dejó su baúl y algunas de sus pertenencias en la habitación de invitados, casi como si se estuviera prometiendo a sí misma que regresaría; un recordatorio tranquilizador de que no habían vuelto a expulsarla de su habitación.

—¿Está segura de que no le importa que me vaya? —le preguntó a la señorita Newland al bajar las escaleras.

—No, querida. Tengo a Dinah conmigo, y Úrsula ha prometido visitarme con más frecuencia cuando te marches.

Además… —Se mordió el labio antes de continuar—.

Tengo algo que confesarte. Cuando te escribí diciendo que en Painswick había alguien que necesitaba tu ayuda, la persona que tenía en mente era lady Celia.

Por entonces yo aún no me había torcido el tobillo.

El asombro invadió a Anne.

—¿Cómo?

Lotty asintió con la cabeza.

—La señora Horlick me había contado que se retiraba, y sé lo mucho que disfrutas ayudando a la gente y que has aprendido mucho trabajando como ayudante de tu padre.

Pero al llegar, me encontraste convaleciente y asumiste que…

Bueno, debería haberte sacado de tu error.

Lamento no haber sido completamente franca contigo.

Anne reflexionó durante un momento.

—Lo comprendo. Y tenía usted razón: si lo hubiera sabido de antemano, me habría mostrado reacia a venir. Ahora entiendo por qué no me dijo el nombre de la persona en cuestión.

Lotty volvió a asentir con la cabeza.

—Pero si lady Celia te trata mal, no tienes que quedarte.

—Intentaré que su lengua afilada no me afecte. —Anne dudó un momento y luego añadió—: He dejado parte de mis cosas arriba. Si lo prefiere, puedo llevármelo todo conmigo, en caso de que necesite la habitación para otra persona o…

—No, querida. Deja aquí lo que te apetezca. La habitación estará lista y aguardándote para cuando regreses.

Anne le apretó la mano entre las suyas.

—Gracias.

—Ahora, ¿quieres escribir a tu padre para contarle las novedades o prefieres que lo haga yo?

* * *

Poco después, Anne regresó a Painswick Court y llevó su maleta y su maletín adentro.

Una criada con cofia y delantal salió a recibirla.

—La señorita Loveday, ¿verdad?

—Así es.

—Me han encargado que le enseñe la habitación donde va a dormir. Si me acompaña…

—Gracias. ¿Y cómo se llama usted?

—Jane.

—Gracias, Jane.

En lo alto de las escaleras, la joven rodeó el pilarote de la barandilla y se dirigió a la puerta que se encontraba a la izquierda del cuarto de lady Celia.