Capítulo 4
A l día siguiente, el doctor Marsland regresó a Yew Cottage para acompañar a Anne hasta Painswick Court y presentarle a lady Celia.
El inminente encuentro la llenó de inquietud.
Quizá no debería haber aceptado, sobre todo después de los errores cometidos con su propia madre, pero ahora ya era demasiado tarde.
Confiaba en que su vestido estampado de algodón, su rebeca Spencer y su capucha, ambas moradas, fueran apropiadas para la ocasión.
Cruzaron la calle y atravesaron el camposanto siguiendo, en la medida de lo posible, los caminos que lo recorrían.
Cuando ya se aproximaban a la puerta de madera del muro que separaba los terrenos de la iglesia de los de Painswick Court, el pulso se le aceleró.
El médico, por el contrario, no exhibió la más mínima vacilación al abrir aquella puerta.
Recorrieron un camino flanqueado por árboles al final del cual se hallaron frente a una escultura de granito que representaba a un león que enseñaba los dientes en un perpetuo gruñido de advertencia. Anne se detuvo unos pasos antes de alcanzar aquella figura amenazante.
Solo entonces el doctor Marsland mostró cierta vacilación.
Anne se aprovechó de ello para observar la casa un instante: dos plantas más los áticos, ventanas con parteluz y construida con bloques de piedra caliza.
El edificio central se encontraba más retrasado, y a cada lado de él se erigían, proyectadas hacia delante, dos alas coronadas por gabletes.
—Entraremos por aquí —dijo el médico indicando que iban a cambiar de dirección—, ya que se trata de una visita formal.
Recorrieron juntos el camino de gravilla de la entrada hasta la puerta principal de la casa, flanqueada por arbustos de alheña podados de manera meticulosa.
El doctor llamó con la aldaba, y enseguida vino a abrir un anciano mayordomo.
—Buenos días, Buxton. He traído a la señorita Loveday para presentársela a lady Celia como candidata para sustituir a la antigua enfermera.
—De acuerdo, señor doctor. Como se trata de usted, lo llevaré arriba de inmediato.
—Gracias.
El anciano los condujo con lentitud a través del vestíbulo con paneles de madera y por un corredor de iluminación tenue que terminaba en una escalera.
Cuando comenzaron a ascender por ella, Anne se sintió observada.
Levantó la vista y se encontró con la mirada del rey Carlos I.
En aquel enorme retrato, el desdichado monarca llevaba una amplia valona blanca de encaje sobre un jubón.
Sus ojos hundidos parecían seguirla con una mirada astuta, hasta que esta quedó fuera de su alcance.
En lo alto de las escaleras, el mayordomo llamó a la segunda puerta de la izquierda.
—Adelante —respondió una voz femenina que llegaba desde el interior de la estancia.
El mayordomo abrió y les indicó con un gesto que entraran mientras los anunciaba diciendo:
—El doctor Marsland y la señorita Loveday.
Después salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
El doctor Marsland se colocó delante de Anne, bloqueando en parte su visión de la mujer de cabello cano que estaba sentada frente a su escritorio, con un bastón apoyado en la silla. Al verlos entrar, los miró con expresión recelosa.
El doctor Marsland hizo un gesto de desaprobación con la barbilla.
—Lady Celia, debería estar usted descansando.
Señaló su enorme cama con dosel. Además de dicha cama, en la habitación había dos sillones y una mesita baja al lado de la chimenea.
—¿Y eso para qué? —dijo de forma imperiosa la mujer—.
Como puede ver, los rumores acerca de mi inminente fallecimiento son una exageración.
Me imagino que le habrá pedido al joven doctor Finch que secunde su prescripción de reposo, ¿no es así?
¡Es agotador! Si paso demasiado tiempo en la cama, dudo que vaya a ser capaz de volver a salir de ella.
Su aguda mirada se posó en Anne.
—Y, por favor, ¿quién es esta mujer?
El médico extendió el brazo hacia ella.
—Le presento a la señorita Anne Loveday. Ha venido a Painswick para visitar a la señorita Charlotte Newland.
—Me alegro por ellas —respondió con sequedad la mujer.
Anne aguardó, a la espera de que pusiera mala cara y dijera algo como «sé quién es usted, y no la quiero aquí, igual que no quise que su hermana se casara con mi sobrino».
Pero lady Celia no dijo nada parecido. En vez de eso, hizo un ademán de desdén con la mano.
—No conozco a esta mujer. ¿Qué está haciendo en mi dormitorio?
—Aunque a ella no la conozca, sí que tuvo usted cierto trato con sus abuelos. ¿Se acuerda de Thomas y Sarah Spring? Su hija era Deborah Spring.
—Tengo un vago recuerdo. Todos han fallecido, creo.
—Tristemente, así es. Su padre es cirujano y boticario. Pasó un tiempo en Painswick, pero ahora lleva muchos años ejerciendo cerca de Gloucester.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —Frunció el ceño—. ¿Acaso se jubila Humpage, es eso lo que me quiere decir? ¿Y me está derivando a un desconocido que vive nada menos que en Gloucester?
—No, milady. Solo quería explicarle que la señorita Loveday tiene experiencia y ha aceptado servirle como enfermera personal hasta que encontremos a una sustituta.
—No me hace falta una enfermera.
—Enfermera y también… dama de compañía, si lo prefiere así. Tengo entendido que ahora mismo carece usted de doncella, así que me figuro que le vendría bien un poco de ayuda.
—Está mal informado. Sí que tengo doncella.
—¡Ah! Pues…
—¿Dónde está el doctor Finch? —preguntó la mujer.
El descontento tensó la piel que rodeaba los ojos del médico. Anne no sabía si la causa era la ausencia del joven o la preferencia que la mujer demostraba hacia él.
—No creí que hicieran falta dos médicos para una mera presentación —contestó.
—¡Buf!
—De todos modos, le aseguro que el doctor Finch está de acuerdo con que la señorita Loveday se quede aquí.
Ha manifestado que sería un gran alivio para él saber que ella cuida de usted cuando nosotros no estemos.
Y, por supuesto, si sucede cualquier cosa entre nuestras visitas, la señorita Loveday nos llamará de inmediato.
—Está bien. Veremos cómo se desarrolla la situación.
—Ah. Muy… muy bien.
Al médico pareció asombrarle la rapidez con la que había aceptado. A Anne también.
—¿Quiere que le pida a Buxton que prepare una habitación para ella?
—No será necesario. El vestidor de sir Herbert está justo ahí.
—La mujer apuntó con el bastón hacia una puerta que se encontraba al otro lado de la estancia—.
La habitación tiene dos vestidores anejos, para el esposo y para la esposa.
El mío es ese. —Señaló la puerta que se encontraba al otro lado, cerca de la cama.
El doctor Marsland vaciló.
—Bueno, eh… Pensé que no querría que nadie durmiera en los aposentos de su difunto esposo.
—No es un mausoleo. Además, ahí dormía su ayuda de cámara. No es que esté sugiriendo que se acueste en la cama del propio sir Herbert.
—Entiendo. Bueno, como desee.
—Cuando la señorita Horlick todavía era mi enfermera, dormía en una silla en esta misma habitación y roncaba de manera espantosa. Preferiría que esta enfermera duerma en la estancia de al lado.
Anne estuvo a punto de argüir que ella no roncaba, pero se contuvo. También preferiría contar con algo de privacidad y una cama.
—Muy bien. —El doctor Marsland le hizo un gesto a Anne para que lo siguiera hasta la cómoda, donde había varios frascos y un medidor. Entonces le explicó—: Le he recetado digitalina en forma de jarabe para controlar la hidropesía. Tenga cuidado con ella.
—De acuerdo.
—Dele cuatro cucharadas por la mañana, tres por la tarde y otras tres por la noche. Estas últimas acompañadas de una cucharada de láudano para ayudarla a dormir. Aquí tiene, se lo he dejado por escrito. —Le entregó un papel.
«Suena bastante fácil», pensó entonces Anne. Podría arreglárselas; o eso esperaba.
—Muy bien.
En ese momento el doctor extrajo un libro de pocas páginas del bolsillo de su abrigo y lo dejó sobre la cómoda.
—Y aquí tiene una nueva guía para enfermeras que quizá le resulte de utilidad a la hora de cuidar a nuestra paciente.
—Estoy segura de que así será, gracias.
—¿Son conscientes de que sigo aquí? —dijo lady Celia—. No hace falta que hablen de mí como si no estuviera presente.
—Disculpe, milady, no era mi intención.
Lady Celia se levantó y, apoyándose con pesadez en el bastón, caminó con cautela hacia la cama, hasta un cordón que colgaba entre una de las columnas de esta y la puerta.
Reaccionando con demora, se acercó deprisa a ayudarla, pero la mujer la apartó con un ademán.
—Todavía no estoy impedida. —Tiró del cordón—. Le pediré a Jane que le lleve sábanas limpias y toallas.
—Gracias.
—Señorita Loveday, ¿me acompañaría a la salida? Quiero darle algunas indicaciones más.
—Por supuesto. Tengo que recoger mis pertenencias de Yew Cottage, pero regresaré pronto, lady Celia.
La anciana dama esbozó una sonrisita.
—Intentaré mantenerme con vida hasta entonces.
* * *
Mientras bajaban las escaleras, el doctor Marsland recomendó que lady Celia mantuviera una dieta básica y sencilla, y le explicó que la cocinera y su ayudante ya sabían qué hacer. También le pidió que le avisara de cualquier cambio que se produjera en el apetito de la paciente.
—En la medida en la que le sea posible, trate de caerle en gracia a lady Celia.
—¿Y cómo puedo conseguirlo?
—Consiéntale aquellos antojos que no sean perjudiciales para su salud, evite discrepar de lo que le diga y haga un esfuerzo por guardarse para usted cualquier… crítica que se le pase por la cabeza. Al menos… —En este punto le dedico una sonrisa discreta—. Eso es lo que hago yo.
Anne le devolvió la sonrisa.
—¿Y ha surtido efecto?
—Solo un poco, me temo.
Mientras recorrían el pasillo, el médico se detuvo y llamó con los nudillos en el marco de la puerta de lo que sin duda era la biblioteca de la casa. En su interior estaba sentada una mujer de cabello oscuro vestida de forma elegante, si bien no a la última moda.
La dama levantó la vista del libro al ver entrar al doctor.