Capítulo 3 #3
—¿Yo? —preguntó Anne con asombro—. No soy enfermera.
—Pero quizá podría serlo de forma temporal —sugirió el doctor Marsland—. Solo hasta que encontremos a alguien con más experiencia.
—Yo estaría encantada de ayudarte, Anne, pero ahora mismo no soy capaz de lidiar con todos esos escalones que hay en Painswick Court —dijo la señorita Lotty—. Además, tú sabes mucho más que yo de atender a pacientes.
—Sería usted de gran ayuda —añadió el doctor Finch—. Y nos estaría haciendo un favor enorme a nosotros dos. Yo, al ser relativamente nuevo, apreciaría mucho su ayuda. Con la experiencia que debe de haber adquirido trabajando con su padre, es usted la persona idónea.
Anne parpadeó varias veces mientras los pensamientos se movían a toda velocidad por su mente.
—Creo recordar que lady Celia tiene una hija. ¿No podría ejercer ella de enfermera? ¿O es que ya no vive allí?
—Vive allí, sin embargo… —El doctor Marsland parecía reacio a responder.
—La señorita Fitzjohn nunca ha gozado de buena salud —explicó Lotty—. Podría decirse que en cierto modo ella también está impedida.
El doctor frunció el ceño.
—Yo no diría «impedida», aunque en cierto modo está un poco delicada, eso es verdad.
Contrajo la escarlatina de niña, y a causa de ello tiene una constitución más débil.
—El médico volvió a mirar a Anne—. Sé que es mucho pedir, sobre todo teniendo en cuenta que ha venido usted a Painswick para visitar a la señorita Lotty.
Si prefiere no hacerlo, lo entenderemos perfectamente.
—Quizá podríamos encontrar a alguien para que cuide de lady Celia, pongamos, los domingos —conjeturó el doctor Finch—. Tal vez una de las criadas. De ese modo, la señorita Loveday también podría seguir pasando un poco de tiempo aquí.
Anne vaciló; a su mente le estaba costando seguir el ritmo. ¡Todo se estaba poniendo en marcha demasiado rápido!
Sí, es verdad que había ejercido de manera competente como ayudante de su padre en múltiples ocasiones.
Se sentía menos cualificada para encargarse de una paciente ella sola, si bien, es probable que estuviera a la altura de la tarea.
La razón por la que dudaba era otra: tenía un motivo para sentir antipatía por lady Celia.
¿Sería ella capaz de cuidar a la mujer que había destruido la felicidad de su queridísima hermana?
Resolvió que debía informar a los médicos de esta situación antes de que sus planes progresaran más.
—Para serles franca, no estoy muy segura de que a lady Celia le fuera a gustar mi presencia en Painswick Court —dijo—.
No nos han presentado de manera formal, pero su sobrino cortejó durante un tiempo a mi hermana, hasta que lady Celia se opuso a su relación.
Es probable que se acuerde de nuestra familia y…
—¿Qué sobrino? —preguntó el doctor Marsland.
—El señor Dalby.
Él alzó el mentón.
—Cómo no. —El médico y la señorita Lotty intercambiaron una mirada cómplice.
Incluso el doctor Finch apretó la mandíbula al oír aquel nombre. Anne se preguntó cuál sería el motivo.
—Eso no implica necesariamente que lady Celia vaya a acordarse de usted o, por lo menos, no de manera negativa —declaró el doctor Marsland—. El apellido Loveday es bastante común en esta parroquia.
La señorita Lotty asintió con la cabeza.
—De hecho, la actual encargada de la estafeta se llama como tú, aunque su nombre es «Ann», sin e. Además, esto que mencionas debió de ocurrir hace, ¿cuánto? ¿Tres o cuatro años? Y, después de eso, tanto él como tu hermana se casaron con otras personas.
—Eso es cierto.
Anne había sentido un gran alivio al enterarse del matrimonio del señor Dalby, ya que gracias a eso Fanny había dejado de languidecer por él, al menos en parte.
La señorita Lotty se mordió el labio y luego dijo:
—Es posible que no te hayas enterado, pero su esposa falleció… eh, hace unos nueve meses. Ahora es viudo.
—¡Ay, no! —exclamó Anne—. Eso es terrible.
Por más de un motivo.
—El señor Dalby vivía con su esposa en Brook House, pero, según tengo entendido, desde que ella falleció ha estado visitando Painswick Court con más frecuencia, de modo que es probable que vuestros caminos se crucen. ¿Sería eso un problema?
—¿Un problema? Para mí no.
—Estupendo. Tenerla a usted allí sería un desahogo para nosotros —confesó el doctor Finch—. Habría alguien para echarle un ojo a todo… A lady Celia, quiero decir.
—Pero si cree usted que esos antiguos resentimientos podrían interferir… —sugirió el doctor Marsland.
«¿Interferirán?».
—¿Sería usted capaz de olvidarse de esos asuntos del pasado? —insistió el doctor Finch—. ¿Al menos durante una quincena o un poco más? Significaría mucho para… para todos nosotros.
Anne se volvió hacia el doctor Finch, se encontró con su mirada implorante y analizó su expresión.
A pesar de que ella tenía ciertos reparos y de lo que le había oído hablar al joven médico con aquella desconocida, le gustaba sentirse útil, y también le gustaba aquel hombre apuesto de semblante sincero. Por eso, aceptó.
—Sí, creo que seré capaz.
«O eso espero».