Susurros en Painswick Court Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Otra vez el mismo hombre, aunque ahora sin bolsa ni conejito de peluche.

Él se volvió hacia la anfitriona.

—¿Llego tarde? Le ruego que me disculpe.

—No tiene importancia. Llega usted…

—Llegas tarde —declaró el doctor Marsland con rotundidad—. De verdad, Ernest, tienes que hacer un esfuerzo por ser puntual. A no ser, claro está, que te hayas retrasado a causa de una emergencia con un paciente.

Los ojos marrones del joven se fijaron un momento en Anne antes de volver a apartarse de ella.

—Eh…, no. De nuevo, les pido disculpas.

—No se preocupe, lo importante es que está usted aquí —le dijo Lotty, y entonces pasó a las presentaciones—. Anne, permite que te presente al nuevo médico de Painswick, el doctor Ernest Finch. Doctor Finch, le presento a mi amiga, la señorita Anne Loveday.

Él la miró durante un momento con los labios entreabiertos, como si fuera a decir algo, tal vez a admitir que ya se habían visto anteriormente. En vez de eso, al final inclinó la cabeza con brusquedad.

—Encantado, señorita.

Anne se inclinó también.

—Es un placer conocerle, doctor Finch.

Al joven le subió y bajó la nuez por detrás de la corbata. Luego, se volvió una vez más hacia la anfitriona.

—¿Cómo va su tobillo, señorita Newland?

—Vamos, haga el favor de llamarme señorita Lotty. Casi todos me llaman así.

—De acuerdo. Señorita Lotty, ¿cómo está su tobillo?

El doctor Marsland lanzó un suspiro.

—Ernest, a las damas refinadas no les gusta hablar de ciertas… extremidades en público. Basta con decir «¿cómo se encuentra?» o «¿está recuperándose de su lesión?».

El joven médico agachó la cabeza un poco avergonzado.

Anne no pudo contenerse y se le escapó una risita.

El doctor Marsland le dirigió una mirada de desconcierto, mientras que el otro hombre la miró con una expresión que ella no sabía cómo interpretar.

—Lo siento —se disculpó Anne—. Es solo que, si yo necesitara, pongamos, que me extirparan un bulto sospechoso, no vacilaría a la hora de especificar en qué extremidad.

—¡Anne! —le advirtió Lotty en voz baja. Después se volvió hacia los invitados—. Les ruego que disculpen a mi joven amiga. Verán, su padre es cirujano y boticario, y ella ha sido su ayudante durante varios años, por lo que está más acostumbrada que otras damas a ese tipo de… conversaciones.

El doctor Finch trató de disimular una sonrisa.

—Ya veo. Eso lo explica todo. ¿Y dónde ejerce su padre?

—En Churchdown, un pueblecito en las afueras de Gloucester.

No hay médicos cerca, así que la gente suele llamarlo para que ayude con todo tipo de enfermedades, e incluso para atender partos.

En su juventud, trabajó durante un tiempo con un cirujano más veterano aquí mismo, en Painswick, antes de establecerse por su cuenta.

El doctor Finch levantó el mentón.

—Ah, eso lo entiendo a la perfección. Yo me siento más que agradecido de poder trabajar codo a codo con el doctor Marsland, al menos por el momento.

El hombre mayor asintió con la cabeza.

—Y mientras lo hagas, aprenderás, siempre que estés dispuesto a que te enseñen. Esa es la razón por la que me siento obligado a señalar esos… pequeños aspectos en los que tienes que mejorar. Para que si algún día decides marcharte te lleves esa experiencia y decoro contigo a tu futura consulta.

—Es un honor, señor, y le agradezco de corazón la oportunidad que me brinda.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en Painswick, doctor Finch? —preguntó Anne.

—Ya casi dos meses.

—Su padre es un conocido mío; en su día fue el abogado de mi tío —explicó el doctor Marsland—. Antes de marcharse al extranjero, me pidió que cuidara de su hijo, este joven, que había decidido estudiar medicina.

—¿Dónde estudió, doctor Finch? —preguntó Anne.

—En el Guy’s Hospital de Londres.

—¡Ah, sí! —contestó Anne—. Mi padre también estudió allí durante un año.

—Entonces entiende usted cómo es eso, ¡menudo soplo de aire fresco!

—Hablando de eso —interrumpió con delicadeza la señorita Lotty—: vengan a tomar un refrigerio.

Como si hubiera oído la señal, Dinah apareció con un hervidor que contenía agua caliente.

La cajita de té, la tetera, la leche y el azúcar ya estaban colocados sobre el mantel.

La señorita Lotty preparó el té en la mesa, pues así lo prefería, y mientras este se infusionaba, les fue pasando un plato con pastas, un tazón de frutos rojos frescos y una jarra de leche.

—Entonces, su padre ejerce como boticario además de como cirujano, ¿verdad? —le preguntó el doctor Finch a Anne.

—Así es. Considera que ambos oficios son complementarios. De este modo, cuando, en su papel de cirujano, se encarga de pinchar un forúnculo, después también puede preparar un bálsamo para hacerlo sanar más deprisa.

Lotty carraspeó.

—Ese no es un tema de conversación apropiado para la mesa, querida.

—Ay, disculpen —dijo Anne—. Mi hermana suele decirme que soy muy indiscreta.

El doctor Finch alzó las cejas hasta parecer bastante alarmado.

—¿Lo es? ¿Es usted indiscreta?

Ante aquella extraña pregunta, Anne lo miró, y en sus ojos de color marrón oscuro se encontró con una clara petición. Entonces se acordó de la conversación que había oído tras los árboles y comprendió que no era una pregunta tan extraña después de todo.

—Bueno, puedo ser discreta. Cuando hace falta.

De nuevo notó cómo al joven médico le subía y bajaba la nuez.

—Bien. Eso está… bien. Es una buena cualidad, la discreción.

—Ernest, por el amor de Dios —le reprendió con delicadeza el señor Marsland—. Menuda pregunta. Ahora eres tú quien está demostrando falta de discreción.

El doctor Finch miró a Anne.

—Le ruego que me disculpe.

—No hay nada que disculpar —contestó ella—. Cuando me conozca mejor, se dará cuenta de que es difícil ofenderme. Y asombrarme.

La señorita Lotty sirvió el té y, durante un rato, los cuatro conversaron sobre otros asuntos.

Lotty le explicó al doctor Finch que la madre y los abuelos de Anne eran originarios de Painswick y que ella y su hermana solían venir de visita con frecuencia antes del fallecimiento del señor y la señora Spring.

—Ah, entonces supongo que debe de conocer a muchos de los habitantes de Painswick —comentó el doctor Finch.

—A algunos, sí.

—En tal caso, ya me aventaja usted. Todavía me faltan muchos nombres por aprender. Se me ocurre… ¿por casualidad conoce a lady Celia Fitzjohn?

A Anne se le encogió el estómago.

—¿Lady Celia?

—Sí, supongo que podría decirse que es la matriarca del pueblo. Es hija de un conde, y se casó con sir Herbert Fitzjohn de Painswick Court.

—Sé… sé quién es. Aunque la verdad es que no nos hemos conocido personalmente.

—El doctor Marsland la conoce mucho mejor que yo, por supuesto. Por desgracia, está débil del corazón y cada día más frágil. Padece hidropesía.

—¿Tiene líquido en el pecho? —quiso aclarar Anne.

—Así es, un hidrotórax.

—Por desgracia, la enfermera del doctor Marsland se jubiló hace poco —dijo la señorita Lotty.

El doctor Finch asintió con la cabeza.

—De modo que ahora mismo yo me ocupo también de lady Celia; trato de llenar ese vacío lo mejor que puedo. Entre los dos, la visitamos casi a diario, pero no podemos pasarnos día y noche a su lado.

El joven miró al doctor Marsland, luego a Anne y de nuevo al doctor. Los dos médicos parecían estar intercambiando una suerte de mensaje silencioso.

—Eso me da una idea —manifestó el doctor Marsland—. ¿Consideraría usted, señorita Loveday, la posibilidad de echar una mano y ejercer como enfermera personal de lady Celia?