Susurros en Painswick Court Capítulo 3
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Capítulo 3

L a primera semana que pasó en Painswick transcurrió rápido y fue de lo más agradable.

Pasó tiempo en Yew Cottage en compañía de la señorita Lotty, dedicándose a la costura, a charlar y a atender el tobillo de la buena mujer, al cual aplicaba emplastos calmantes para el dolor antes de volver a vendárselo tal y como le había enseñado a hacer su padre.

También disfrutó de tener una excusa para visitar la tienda del señor Greaves, «químico, boticario y proveedor de medicinas patentadas», en la calle Nueva.

Siempre le había caído muy bien aquel hombre.

Allí compró varios remedios a base de hierbas, a pesar de que había venido a Painswick preparada con su propio maletín médico, un preciado regalo que le había hecho su padre acompañado de un manual de medicina.

En un primer momento, le costó acostumbrarse a ver a Lotty pasar tanto tiempo sentada.

Cuando pensaba en la amiga de su madre, que todavía era una mujer relativamente joven, se la imaginaba yendo de un lado a otro preparando ramilletes de flores para la iglesia, llevando comida a los impedidos o acudiendo a una escuela de beneficencia para enseñar a leer a los alumnos.

Con todo, y a pesar de sus limitaciones a la hora de caminar, Lotty mantenía a menudo las manos ocupadas tejiendo calcetines para sus vecinos de mayor edad y los residentes del hospicio local.

Ella misma sabía coser, pero nunca había aprendido a hacer punto.

Lotty estaba tratando de enseñarle, pero a ella le estaba costando llegar a dominar la técnica.

Mientras estaban sentadas con sus agujas, Anne le hizo la siguiente pregunta:

—Recuérdeme, ¿cómo se hicieron amigas usted y mi madre?

—Buena pregunta —dijo Lotty desviando la vista como si mirara hacia un lugar lejano—.

Deborah y yo crecimos aquí y nos veíamos en la iglesia y otros lugares.

Ella era varios años mayor, y yo la admiraba mucho.

Me parecía una mujer tan elegante, tan amable, tan educada…

Si te soy sincera, me sorprendió que quisiera ser amiga mía.

Cuando descubrió que me gustaba leer y la jardinería, y a veces hacer ambas cosas al mismo tiempo, tu madre declaró que éramos almas gemelas.

Anne soltó una risita.

—Típico de mamá. —Las agujas de punto entrechocaron durante unos minutos mientras ellas permanecían en silencio, hasta que Anne añadió—: Gracias. Me gusta hablar de ella, escuchar historias.

Lotty asintió con la cabeza.

—A mí también me gusta. La echo de menos, pero verte es como volver a verla.

—¿De veras?

Las lágrimas le llenaron los ojos de cariño, y a Lotty también se le pusieron llorosos.

La mujer tragó saliva y luego, guiñando un ojo, dijo:

—Aunque ella tenía más talento para tejer.

* * *

El domingo, Anne acudió a un servicio en santa María acompañada por la señorita Birt.

Sintiendo una punzada de nostalgia, miró hacia el banco donde solían sentarse sus abuelos, ahora ocupado por un grupo de desconocidos.

Ay, cuánto los echaba de menos. Después de misa, charló con el joven coadjutor, varios vecinos y algunos viejos amigos de sus padres.

Después regresó a casa para compartir una cena de domingo y las últimas noticias del pueblo con su confinada anfitriona.

El lunes, se encargó del jardincillo que se encontraba en la parte de atrás de la casa y, resuelta a no ser una carga, ayudó a Dinah a limpiar el polvo y a barrer.

—Eres mi invitada, Anne —protestó la señorita Lotty—. No has venido aquí a trabajar.

—No me importa hacerlo. Me gusta ser útil.

Le alegraba poder ayudar, sobre todo en una tarde como aquella, en la que la señorita Newland había invitado a los dos médicos de Painswick a tomar el té y había tanto por hacer.

—En ese caso —declaró la señorita Lotty—, ¿serías tan amable de ir a la confitería de los Parrat a buscar algo con lo que acompañar el té?

Unas pastas, magdalenas o cualquier cosa por el estilo que les quede a estas horas.

El intento de Dinah de preparar un pastel de semillas de alcaravea no ha salido bien, y aún tiene que limpiar un poco antes de que lleguen los invitados.

De modo que por eso le había olido a quemado.

—Por supuesto, encantada de hacerlo.

—Hay un poco de dinero suelto en esa lata de ahí. Toma lo que necesites.

—No hace falta, ya lo pago yo.

Su padre le había dado algo de dinero para gastos. Era una cantidad pequeña, pero ella quería contribuir de alguna manera mientras estuviera alojándose allí.

Se colocó la capota y los guantes y salió de Yew Cottage.

Las campanas de la torre de la iglesia comenzaron a repiquetear.

Los campaneros estaban ensayando una nueva melodía, algo que solían hacer con frecuencia.

El alegre sonido la acompañó en su camino alrededor del jardín de la iglesia, rodeado en tres de sus lados por calles, y en el cuarto, por los terrenos de Painswick Court.

Pasó por delante del ayuntamiento, que acogía el hospicio, la escuela pública para niños y el calabozo del pueblo, con dos cepos de hierro instalados a la puerta.

Cuando alcanzó la confitería, que se encontraba cerca del mercado de la calle Friday, se detuvo ante el escaparate en el que se exponían panes, bollos y pasteles.

En el interior del local el ambiente era cálido y estaba lleno de aromas deliciosos a pan de levadura, canela y nuez moscada.

La gente hacía cola frente al mostrador para que los atendieran el panadero, con su delantal puesto, y su mujer.

Al salir de Parrat e Hijo poco después con un paquete de pastas de té, se chocó con el hombro de alguien. Un hombro muy sólido.

La recia mano de aquel hombre la sostuvo para que no perdiera el equilibrio.

—Cuidado —dijo él con voz grave.

El desconocido olía a vainilla y a algo intenso que a Anne le resultaba conocido.

Se fijó en la bolsa que él llevaba en la otra mano, de la cual sobresalía un conejito de peluche. Luego levantó la vista de aquellos ojillos hechos con botones hasta los impresionantes ojos marrones del hombre.

—Disculpe, estaba…

El rostro que tenía ante ella era atractivo y le resultaba vagamente familiar; era el mismo rostro que había visto a través de aquella abertura en el muro de árboles: nariz recta, patillas largas, pómulos y mandíbula marcados y un flequillo rubio oscuro que asomaba bajo el sombrero de piel de castor.

—Le ruego que me disculpe —manifestó él haciendo una leve reverencia—. No miraba por dónde iba.

Después, al mirarla con más atención, abrió más los ojos en un gesto de sorpresa.

—Ah.

¿Él también la había reconocido?

En ese mismo momento, un hombre mayor y una joven salieron de una tienda cercana. Anne lo reconoció: se trataba del pregonero del pueblo, ataviado con su casaca roja y su tricornio, acompañado, suponía, de su hija.

El pregonero saludó al hombre rubio.

—Buenos días, caballero.

—Ah, señor Parker, ¿cómo se encuentra? —El joven empujó con disimulo el peluche dentro de la bolsa.

—Ahora mismo bastante bien, gracias.

—Me alegro de oírlo.

La joven dama se ruborizó y sonrió, haciendo que en su rostro enrojecido aparecieran unos hoyuelos.

—Gracias otra vez por su ayuda.

—Fue un placer.

Cuando el pregonero y su hija se alejaron, el caballero volvió a mirar a Anne y le dedicó una brusca inclinación de cabeza.

—Le pido disculpas de nuevo, señora.

La rodeó y se alejó caminando de forma apresurada. Ella lo observó alejarse. Cuando llegó a la esquina, el hombre echó un vistazo atrás, luego volvió a apretar el paso y se perdió de vista.

Su actitud la llenó de curiosidad. ¿Quién era aquel hombre y qué andaba tramando?

* * *

Regresó a Yew Cottage con tiempo para guardar su ropa de calle y ayudar a poner la mesa antes de que llegara el primero de sus invitados.

Reconoció al doctor Marsland —un hombre ancho, de pelo oscuro y muy seguro de sí mismo— de las visitas que hizo a sus abuelos durante los últimos meses de vida de estos.

Aparentaba estar en la cuarentena, más o menos como Charlotte Newland.

El doctor le entregó el sombrero a Dinah, quien lo dejó encima de la mesa del vestíbulo y luego regresó con premura a la cocina.

—Anne, ¿te acuerdas de mi amigo, el doctor Richard Marsland? —preguntó Lotty—. Doctor Marsland, esta es la señorita Anne Loveday.

—¿Es posible que esta sea de verdad la pequeña Anne Loveday? —La miró con asombro evidente.

Lotty se inclinó hacia él y dijo:

—Ya te advertí de que había crecido.

—Desde luego que lo ha hecho. Recuerdo que su abuelo me llamó cuando usted se cayó al tratar de cruzar por una esclusa, aunque de eso hace ya muchos años.

—¡Es cierto! Me sorprende que se acuerde con la cantidad de pacientes a los que ha de atender. Sea como fuere, es un placer volver a verle.

Él miro por encima de su hombro hacia la sala de estar.

—¿Todavía no hay rastro de Finch?

—Aún no —contestó la señorita Lotty sin mostrarse preocupada al respecto—. Estoy segura de que llegará de un momento a otro.

El doctor frunció el ceño.

—Ese joven es incapaz de causar buena impresión.

—No tiene importancia, Richard, de verdad. —La señorita Charlotte lo consoló dándole una palmadita en el brazo—. Ahora, pasa y siéntate.

«¿Así que se llaman por el nombre de pila y se tocan?», pensó Anne, sorprendida.

Era obvio que su anfitriona sentía admiración por aquel hombre. Anne siempre había creído que Charlotte Newland se había mantenido soltera por decisión propia. ¿Acaso se equivocaba? Tal vez la vieja amiga de su madre no fuera a ser una solterona para siempre.

Llamaron a la puerta.

—¿Ves? Ahí está —dijo la señorita Lotty—. Es él, no me cabe duda.

Dinah pasó con rapidez por delante de ellos para ir a abrir la puerta. Un momento después, un hombre alto y rubio de unos treinta años entró en la casa sombrero en mano.

—¡Dinah, el sombrero! —exclamó Lotty.

—No se preocupe —respondió el caballero de manera despreocupada mientras lo dejaba junto al del doctor Marsland—. Lo pongo aquí mismo, si les parece. —Su mirada se posó en Anne, y entonces perdió la sonrisa—. Ah…