Capítulo 2 #2
—Temí que pospusieras la visita si te lo contaba, o que te preocuparas en exceso por mí.
Esto es una nimiedad y me habré recuperado en menos que canta un gallo.
Aun así, es posible que por el momento las comodidades no sean tan buenas como cabría esperar.
Dinah es una chiquilla encantadora, pero le falta experiencia.
No me he atrevido a enfrentarme a las escaleras para comprobar el estado de la habitación de invitados.
—No se preocupe por eso. Estaré encantada de echar una mano el tiempo que me aloje aquí. Será mucho más agradable que pasarse el día persiguiendo a niños pequeños y cambiándoles los pañales.
La señorita Birt se estremeció de manera teatral.
—¡Qué espanto!
—Quiero mucho a mis medio hermanos —aclaró Anne—, pero no me agrada el papel de niñera.
—Ahora mismo hay tres niños en la casa, ¿verdad? —preguntó Lotty.
—Cuatro, y el quinto está en camino.
—¡Santo cielo! Y tu madre no está desde hace, ¿cuánto? ¿Menos de ocho años?
Anne asintió con la cabeza.
La preocupación hizo que Lotty frunciera el ceño.
—Disculpa, tal vez no debería haberla mencionado.
—No pasa nada. Mamá nunca anda lejos de mis pensamientos. Me acuerdo de ella a diario.
—No me cabe duda de que así es, querida. Yo también la añoro. En cualquier caso, me sorprende que hayas tenido tiempo de ejercer de niñera. Pensaba que estabas ayudando a tu padre con la consulta y las mujeres a las que tiene que atender.
—Lo ayudaba…, y me causaba gran satisfacción hacerlo, pero Nancy lo desaprobaba. Dice que ese es uno de los motivos por los que aún no me he casado.
—¿Tu madrastra te prohibió trabajar con tu padre? ¿Y a él le pareció bien?
—Bueno… Sí. —Anne volvió a sentir una punzada de dolor.
—Toda una madrastra malvada —murmuró Úrsula Birt.
—No, no es mala, es solo que no me entiende, ni siquiera después de todos estos años. Su único deseo es encontrarme un buen partido, ya que para ella eso es lo que representa la felicidad.
—Igual que hizo con Fanny, ¿no es verdad? —preguntó Lotty.
—Eso es.
—¿Cómo está tu hermana?
El rostro contraído y lloroso de Fanny se le apareció en la mente, y de nuevo volvió a escucharla hablar en un tono de voz cargado de resentimiento. Con una breve mirada hacia la señorita Birt, logró componer una sonrisa.
—Está bien. Me ha pedido que le dé recuerdos de su parte.
Una cosa era hablar de sus propias congojas y otra muy distinta divulgar las de su hermana. De hecho, Fanny ya la reprendía a veces por ser demasiado indiscreta.
La señorita Lotty, tal vez al notar algo fuera de lugar en el semblante de Anne, decidió cambiar de tema:
—Bueno, será mejor que te instales. —Hizo sonar una campanilla que se encontraba sobre la mesita auxiliar.
La criada, que se encargaba de todas las tareas domésticas, llegó con rapidez e hizo una pequeña reverencia.
—Dinah, si eres tan amable, acompaña a la señorita Loveday a la habitación de invitados.
—Ahora mismo, señorita.
—¿Te has acordado de subirle agua y toallas?
—Sí, señorita.
—Muy bien. —Lotty se volvió hacia Anne—. Te acompañaría yo misma, pero el médico insiste en que por el momento debo evitar las escaleras.
—Estoy de acuerdo con él. —Anne recogió su maletín y su maleta y Dinah cargó con el baúl—. Gracias otra vez por acogerme.
* * *
Tras una comida sencilla, Anne salió a dar un paseo, deseosa de estirar las piernas y volver a ver Painswick.
Cruzó la calle hasta la iglesia de santa María y tomó uno de los caminos que recorrían el camposanto. Se detuvo a arrancar y oler un lirio de los valles y más adelante se paró también bajo el tejo para volver a recordar aquel último pícnic alegre que pasó toda la familia junta.
Después de eso, visitó la tumba de sus abuelos. Habían fallecido con una quincena de diferencia. Sus nombres y las fechas de su nacimiento y fallecimiento estaban inscritos en la piedra, junto con un epitafio que ellos mismos habían elegido:
Adiós, mundo vano, ya he visto suficiente de ti,
en el dolor y la pena, en la enfermedad y la desgracia.
Ni tus sonrisas valoro ni tus ceños temo,
pues gracias a Dios, duermo tranquilo aquí.
Aquellas fallas que hayas visto en mí, trata de evitarlas,
y mira en tu hogar, hay cosas por hacer. [3]
Estos versos no les pertenecían solo a ellos, sin embargo, resumían muy bien su naturaleza: la fe, la estoicidad frente al sufrimiento, la humildad y el valor que le conferían al trabajo y la responsabilidad.
Thomas y Sarah Spring habían sido figuras clave en la formación de su propio carácter —igual que sus padres, claro—, y siempre les estaría agradecida y los amaría.
Recorrió con el dedo, de manera cariñosa, las letras grabadas de sus nombres y susurró un «os echo de menos». Confiaba en que su madre y sus abuelos estarían en el cielo, y esperaba de corazón poder volver a verlos algún día.
Después de eso, Anne siguió caminando, por costumbre, hasta alcanzar el que era su escondite preferido en su juventud: un antiguo sepulcro cuyo epitafio estaba desgastado por el paso del tiempo y ahora resultaba ilegible y que se encontraba medio cubierto por un tejo de ramas bajas.
Pasó por debajo de estas y luego volvió a enderezarse cuando se halló en el interior de aquel refugio de ramitas afiladas que pendían sobre el sepulcro.
Ay, cuántas veces se había ocultado allí antaño cuando jugaba al escondite con Fanny, Jasper Paine y otros chiquillos de Painswick.
Aquel había sido su rinconcito especial; cuando se cobijaba allí de niña, se imaginaba que se encogía hasta alcanzar el tamaño de una pequeña hada escondida bajo el sombrero de una seta.
Al salir de allí unos minutos después, Anne se rozó con las espinas del árbol y la manga se le manchó de polen.
Le pareció notar que la observaban, y miró en derredor.
Nadie. Tras recorrer la zona con la mirada, levantó la vista y allí encontró, alzándose imponente por encima del muro de piedra, Painswick Court, con su tejado de pizarra y sus altas chimeneas que se elevaban hacia el cielo como una mano furiosa.
¿La estaría observando alguien desde las ventanas del piso de arriba o era la cercanía de la vieja casa, de la que se decía que estaba embrujada, lo que le causaba tal inquietud?
Se estremeció y notó que se le ponía la piel de gallina.
Con rapidez, siguió su camino hasta salir del camposanto a la calle St. Mary, luego dejó atrás el mercado y continuó cuesta abajo por la calle Vicarage.
Pasó por delante de varias casitas humildes hasta alcanzar el templo de los Amigos.
[4] Aquí, torció a la derecha por un caminito estrecho que le gustaba recorrer de pequeña.
Estaba flanqueado a un lado por un espeso muro de árboles descuidados y matorrales y, al otro, por una amplia pradera salpicada de tendederos donde se ponía a secar la lana, con el alto monte Beacon al fondo.
Se detuvo a disfrutar de la vista de aquel adorable valle acariciado por la luz del crepúsculo.
Desde el otro lado de la pared de árboles le llegó el murmullo de unas voces que hablaban en voz baja. Quienesquiera que fueran, seguramente creyeran que estaban a salvo no solo de ser vistos, sino también de que les oyeran.
—No tendrías que haber venido —dijo un hombre.
Una voz femenina respondió algo que Anne no alcanzó a oír.
—Y, por descontado, no deberías quedarte en Painswick Court.
Anne se volvió. Aquel nombre había llamado su atención.
—¿Y eso por qué?
—¡Shhh! Baja la voz. Sabes muy bien por qué.
—¿Acaso no es esa también la razón por la que has venido tú?
—¡No! —insistió el hombre—. Este plan tuyo no te va a traer nada bueno. Déjalo estar, te lo suplico.
—¿Cómo pretendes que lo deje estar? Y en cualquier caso, ya es demasiado tarde, porque…
Anne no logró entender el resto de la respuesta de la mujer, pero lo que fuera que dijo hizo que el hombre farfullara una maldición entre dientes.
A eso le siguió un silencio. Al pensar que ya se habían marchado, Anne dio un paso adelante y…
¡crac! Una rama se partió bajo sus botas.
Se detuvo en seco, levantó la vista y se encontró con un hueco en el follaje que le permitía observar lo que sucedía al otro lado.
El hombre, claramente sobresaltado, tenía el rostro vuelto en su dirección.
A través de aquel pequeño túnel, sus miradas se encontraron.
La mujer, más baja que él, estaba de espaldas y fuera de su campo visual, de modo que solo alcanzó a vislumbrar un sombrero de paja.
Un segundo después, el hombre se dio la vuelta y se llevó a la mujer con él.
—Ven. No deberíamos hablar de esto en público.
Anne se quedó donde estaba, extrañamente temerosa de que el hombre encontrara una abertura mayor en el muro de árboles y lo atravesara para venir a enfrentarse con ella. Sin embargo, las pisadas se alejaron hasta desaparecer.
Con el corazón latiéndole con fuerza, se volvió y desanduvo el camino con premura, deseando sustituir aquel sendero desierto por las concurridas calles de la ciudad y la seguridad que representaba Yew Cottage.
[2]
N. del Trad.: El ridículo era un bolso pequeño con cordones en el que las mujeres solían llevar pañuelos, monedas y otros objetos pequeños.
[3]
N. del Trad.: Este epitafio, con variaciones, fue bastante común en los cementerios ingleses durante los siglos XVIII y XIX .
[4]
N. del Trad.: Se refiere a la Sociedad Religiosa de los Amigos, también conocidos como cuáqueros.