Susurros en Painswick Court Capítulo 2
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Capítulo 2

A nne escribió a su hermana para contarle su plan de pasar el verano, o tal vez más tiempo, en Painswick.

Fanny, que vivía con su marido a unas diez millas de distancia, contestó de inmediato e insistió en que quería ser ella misma quien llevase a Anne hasta allí.

Anne no consideraba sensato que Fanny visitara Painswick; de hecho, estaba bastante segura de que era una completa insensatez.

A pesar de las protestas de Anne, menos de una semana más tarde y tal como había prometido, Fanny llegó a buscarla.

Mientras Anne esperaba junto a la ventana, observando como el carruaje se acercaba traqueteando por la carretera, Nancy se acercó a ella.

—Supongo que te vas por mí.

—Dijiste que era hora de que me marchara —respondió Anne—. Y, al menos en eso, estamos de acuerdo.

—Ahora tu padre me va a echar la culpa.

«A mí me culpa de algo mucho peor», pensó Anne, pero no pronunció estas palabras en voz alta. Se imaginaba que debía decirle a Nancy que no se marchaba por su culpa, pero entonces no estaría siendo sincera. Tragó saliva y, en lugar de eso, lo que le dijo de manera bastante torpe fue:

—Espero que… sigas teniendo buena salud.

Luego recogió sus cosas y salió de la casa.

Nancy se quedó dentro, pero su padre salió a despedirlas. Las lágrimas amenazaban con desbordar los ojos de Anne, pero se impuso a ellas y manifestó con brusquedad:

—Te acordarás de que el señor Cowley necesita más marrubio para la tos, ¿verdad? Y para la señorita Bates, las pastillas de matricaria.

—Me acordaré.

Su padre le dio un beso en la mejilla a ella y otro a Fanny.

Unos minutos después, Anne y su hermana ya iban de camino a Painswick, a donde regresaban tras una ausencia de casi tres años.

Painswick, el lugar de los noventa y nueve tejos y aún más recuerdos; un pueblo donde en su momento vivieron sus seres queridos…

y en el que todavía hoy residían muchos amigos y un único enemigo.

Las dos hermanas estaban sentadas en el único banco que había en el pequeño vehículo. La joven criada de Fanny, que ocupaba el asiento plegable del lateral, no tardó en quedarse dormida inclinada sobre su baúl, dando cabezadas.

Anne se miró el reloj en forma de broche que llevaba prendido de la solapa y luego se dirigió a su hermana.

—Supongo que el señor Norton estaría… ocupado.

—Ah, pues no, no más de lo habitual. Se ofreció a acompañarme, pero preferí traer a Betsy. —Fanny señaló a la criada que dormía con la cabeza—. Es una mujer callada y será mejor compañía para el trayecto de vuelta.

Aquellas palabras desdeñosas hicieron que sintiera compasión por su bienintencionado cuñado.

Alrededor de una hora más tarde, el carruaje subió a un alto, dobló una curva, y entonces la alta torre de la iglesia de santa María y su chapitel aparecieron al otro lado de la ventanilla.

Anne, inquieta a causa de la preocupación, se volvió hacia su hermana.

Fanny, con la mirada fija al frente, no reaccionó; los ondeantes faldones del abrigo del cochero le obstruían la vista, aunque, de todos modos, más que el paisaje actual, lo que debía de estar contemplando eran escenas del pasado, supuso Anne.

—Llegaremos dentro de unos minutos —dijo Anne en voz baja, a modo de suave advertencia.

—¿Mmm? —Fanny salió de su ensoñación dando un respingo—. Ah, sí.

—Has sido muy amable por traerme. Espero que no te resulte difícil. Estar aquí, quiero decir; los recuerdos.

Para Anne, la mayoría de los recuerdos que tenía de Painswick eran agradables.

Aquel próspero pueblo lanero había visto nacer a su madre, y los padres de esta habían continuado viviendo allí muchos años después de que ella y su padre se casaran y se mudaran.

Fanny y ella habían pasado muchos veranos alegres visitando a sus abuelos, hasta su fallecimiento hace algunos años.

Por eso, Anne se sentía agradecida de tener la oportunidad de regresar a Painswick.

Claro está que a ella no le habían roto el corazón allí ni había visto cómo se destruían sus planes de casarse con el hombre al que amaba.

Fanny seguía teniendo una expresión distante. Soñadora.

—Painswick podría haber sido mi hogar. Ay, si así fuera… Si su tía no hubiera decidido interferir, podría ser feliz en vez de hallarme atrapada en un matrimonio sin amor.

—Fanny, el señor Norton está enamorado, eso es evidente.

—Entonces al menos uno de los dos lo está.

Cuando su hermana quedó con el corazón roto tras perder al hombre que había prometido casarse con ella, su madrastra la alentó a recobrar el ánimo casándose con un sacerdote solitario que ella conocía, un rector con una excelente renta y una buena casa.

Fanny aceptó, pero aun así parecía no ser capaz o no estar dispuesta a olvidar aquel primer amor.

Anne se compadecía de ella, pero también le resultaba frustrante que no hiciera un esfuerzo real por valorar al hombre con el que se había casado.

Un hombre al que le guardaba rencor por no ser Jude Dalby.

Después de que Fanny contrajera matrimonio, los afanes de su madrastra se dirigieron a tratar de casarla a ella. También empezó a insistir en que debía comportarse como una señorita y dejar de asistir a su padre en su labor como cirujano y boticario, y él no se opuso.

El rechazo había sido como una puñalada.

Fanny le agarró la mano de repente.

—¿Crees que lo veremos?

El apasionado brillo de los ojos de su hermana hizo que volviera a inquietarse. Respiró hondo y respondió de manera calmada.

—No lo creo. E incluso si lo vemos, recuerda que ahora está casado, igual que tú.

—Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes. Tienes que prometerme que si te lo encuentras durante tu estancia aquí no vas a coquetear con él. Me acuerdo de que te fijaste en él antes que yo.

—¡Eso no es verdad! —protestó Anne.

No podía negar que le pareciera un hombre apuesto, pero le gustaba mucho más su primo Jasper.

—Además, difícilmente voy a coquetear con un hombre casado. Sobre todo, con uno que prometió casarse con mi hermana y luego cambió de idea.

Fanny negó con la cabeza.

—Su tía se opuso al compromiso. Fue culpa suya, no de él. Te equivocas al juzgarlo con tanta dureza.

Los argumentos que Anne había aducido en su momento se amontonaron en su mente: «Es un hombre adulto.

Si de verdad quisiera casarse contigo, lo haría, con o sin herencia de por medio».

Pero se mordió la lengua. No tenía sentido volver a discutir sobre ese asunto.

Era el pasado. Ojalá Fanny pudiera verlo de la misma manera, aceptar la realidad y centrarse en el hombre que sí se había casado con ella.

El carruaje alcanzó las afueras del pueblo y luego traqueteó por la calle Nueva pasando por delante del edificio con entramado de madera donde se encontraba la estafeta del pueblo, tiendas que ambas conocían bien, casas de piedra pintadas de color miel y el Falcon Inn, hasta que al fin alcanzaron Yew Cottage.

La vivienda de dos pisos se encontraba enfrente de la magnífica iglesia parroquial y su camposanto, tan extenso que más bien parecía un parque.

—¿Quieres pasar a saludar a la señorita Newland? —preguntó Anne—. Nos ha invitado a las dos a tomar el té.

Su hermana no reaccionó.

—¿Fanny?

Estaba mirando fijamente por la ventanilla en dirección a los múltiples árboles del jardín de la iglesia. Tenía lágrimas en los ojos.

—Pensándolo mejor, no voy a entrar. Creía que quería volver a ver Painswick, pero ahora que estoy aquí…

No. Ni siquiera quiero poner un pie en sus adoquines.

—Se sorbió la nariz y alzó el mentón—. Por favor, saluda de mi parte a la señorita Newland, y pídele a John que nos lleve hasta Stroud.

Dejaremos que los caballos descansen mientras cenamos y luego haremos el trayecto de vuelta.

—Muy bien, si lo tienes claro…

—Clarísimo.

Anne salió sola del carruaje portando su maletín médico y su ridículo.

[2] El cochero llevó el baúl y la maleta hasta la entrada de Yew Cottage y después volvió a subirse al pescante.

Un momento después, el carruaje ya estaba en marcha, continuando con su camino.

Anne le dijo adiós con la mano, pero Fanny tenía el rostro vuelto, con la vista fija al frente.

* * *

Anne golpeó la puerta con la aldaba y, un momento después, una joven criada a la que no conocía abrió y la condujo a la sala de estar.

Nada más entrar, los ojos se le fueron directos hacia su querida Charlotte Newland, que tenía el cabello de color caoba —un color que en estos años había perdido algo de intensidad— peinado con la raya al medio, la nariz estrecha y unos amables y grandes ojos de cervatillo.

Charlotte se levantó con torpeza a causa de un tobillo que llevaba vendado y envolvió a la recién llegada en un abrazo que olía a agua de rosas.

—Bienvenida otra vez a Painswick, Anne. ¡Cuánto te he echado de menos!

—Y yo a usted, señorita Lotty. Ahora, haga el favor de sentarse y explicarme qué le ha ocurrido.

—No es más que una torcedura.

La mujer la soltó y señaló con un gesto a la otra persona que se encontraba en la pequeña sala de estar, una dama un poco mayor con pelo rizado de color gris ceniza y anteojos.

—Quizá te acuerdes de mi vecina, la señorita Úrsula Birt.

—Por supuesto que la recuerdo. Me alegra volver a verla, señorita Birt.

—Igualmente, señorita Loveday.

—Llámeme Anne, por favor. Y, señorita Lotty, muchas gracias por invitarme a que me quede aquí con usted.

—Es un placer, querida. Confío en que tu padre pueda prescindir de ti durante este tiempo.

—Sí, además parece que sin reparos. —Entonces Anne se dio cuenta de algo—. ¡Ah, claro! Se refería a usted misma cuando me escribió que «en Painswick hay alguien a quien le vendría bien tu ayuda».

—Bueno, en realidad… —Lotty intercambió una mirada cómplice con la señorita Birt—. Mis necesidades son escasas en comparación con las de otras personas.

—Debería haberme dicho que se había lesionado —continuó Anne—. No quiero importunarla.