Susurros en Painswick Court Capítulo 1
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Susurros en Painswick Court

Susurros en Painswick Court

Por Julie Klassen

© inepub.com

Capítulo 1

Anne no estaba prestando atención.

En vez de eso, su mente se encontraba en un lugar más agradable.

Estaba reviviendo el maravilloso pícnic veraniego con el que sus padres, su hermana, un puñado de amigos y ella habían celebrado el aniversario de bodas de sus abuelos.

El abuelo y la abuela estaban sentados en una manta bajo las ramas entrelazadas del tejo del camposanto de la iglesia de Painswick, con el alegre canto de cortejo de los reyezuelos acompañándolos desde arriba.

Madre, sana y llena de energía, se movía con afán mientras les pasaba platos que contenían pollo frío, lonchas de ternera y tarta de queso Stilton y les rellenaba los vasos de limonada.

Todos los seres queridos de Anne, juntos y felices, con un alegre futuro por delante.

—Me encantan los pícnics, pero ¿por qué lo celebramos bajo este árbol? —le preguntó Anne a su abuelo—. Creía que los tejos eran un símbolo de la muerte.

—Y lo son, mi tesorito, pero la muerte es parte de la vida.

Los tejos viven hasta mil años. ¿Ves cómo se le doblan las ramas hacia el suelo?

Un día echarán raíces y ahí mismo comenzará a brotar otro árbol.

Por eso el tejo representa también el renacimiento y la vida eterna.

Además, son útiles, ya que ofrecen refugio a los animales del bosque.

—Eres un romántico empedernido, Tom —le reprendió la abuela a modo de broma—. Pensaba que estábamos aquí porque fue donde me pediste matrimonio.

—Estaba a punto de llegar a esa parte, doña impaciente —respondió él dirigiendo una mirada llena de cariño a la mujer con la que llevaba tantas décadas casado.

—Pero ¿no se supone que son tóxicos? —insistió Anne.

—Muchísimo, tesorito. Y nunca te olvides de que…

Anne regresó de golpe al presente cuando se dio cuenta de que el viudo la miraba asombrado sosteniendo una galleta de jengibre a unos centímetros de la boca.

—¿Son tóxicas?

—¡Ay! No, las galletas no. —Dejó escapar una leve risita—. Estaba pensando en otra cosa.

—Ah, claro. Su madre mencionó…

—Madrastra.

—Sí, eso. Mencionó que siente usted una inusual predilección por las hierbas y las medicinas.

No se preocupe; el matrimonio la ayudará a desprenderse de esas cualidades poco deseables.

Estará demasiado ocupada atendiendo la casa y a los niños como para poder dedicarse a… actividades menos tradicionales.

Anne se levantó con brusquedad.

—Con su permiso.

Bajo el pretexto de tener que usar el escusado —pronunciar estas palabras en voz alta se consideraba una indiscreción, pero ella lo hizo de todos modos—, Anne salió de la habitación y se dirigió caminando de puntillas a su escondite preferido.

Con un suspiro de alivio, se ocultó tras las cortinas del cortejador del despacho de su padre y retomó la lectura de su preciada enciclopedia médica, a salvo del hombre que aspiraba a ser su pretendiente, de su madrastra y de sus medio hermanos; soñando con una vida diferente a la que llevaba.

Apenas había terminado de leer una página cuando unas zancadas que conocía bien irrumpieron en el despacho.

Su padre apartó las cortinas para dejar al descubierto el santuario de Anne, cuya existencia solo él conocía.

—La señora Barker está de parto —dijo—. Su hija mayor ha venido a avisarme. Recuérdame una cosa, ¿la última vez tuvimos que usar fórceps o pinzas vectis?

—¡Ninguna de las dos! Solo hicieron falta tiempo y paciencia, y también palabras de aliento. —Anne se incorporó—. Te acompaño. Su último parto fue sin duda complicado.

—No será necesario. En esta ocasión también han avisado a la comadrona, y ya sabes que Nancy no quiere que…

—¿Qué está pasando aquí? —La estridente voz de su madrastra surgió por detrás de su padre.

Un instante después, la mujer se encontraba al lado de su marido—.

¿Es aquí donde te estabas escondiendo? —El rostro pálido de Nancy se llenó de descontento—.

Ah, no. No, no, no. Anne no va a ir contigo.

Tiene que disculparse con el pretendiente al que ha abandonado de un modo tan grosero.

Además, Anne no es comadrona, ni tampoco tu ayudante.

—Por supuesto que no —dijo su padre—. Solo estaba…

Nancy hizo un aspaviento con las manos.

—¿Es que acaso no quieres que Anne tenga una vida mejor? Una familia, su propia casa…

—Pues claro, cuando llegue el momento, pero…

—Pero la que no quiere soy yo —intervino Anne—. El matrimonio solo trae infelicidad, bebés y muerte.

Era consciente de que exageraba, pero es cierto que varias mujeres habían fallecido dando a luz durante los años que ella llevaba echándole una mano a su padre.

—Los matrimonios no siempre son infelices —replicó Nancy.

—¿Ah, no? —Anne levantó las cejas—. ¿Y qué hay de Fanny?

—¡Tú y tu hermana! —Su madrastra resopló—.

Decididas a ser desdichadas porque la vida no os ha concedido exactamente lo que queríais, todo ello mientras ignoráis aquello que de verdad podría haceros felices.

No, las mujeres no pueden ser médicos; y sí, el señor Dalby se casó con otra.

¿De verdad crees que solo existe un camino hacia la felicidad?

Dios es más grande que todo eso y la vida es más complicada.

Malgastas tanto tiempo lamentándote por aquello que no puedes tener que pasas por alto las excelentes oportunidades que tienes delante de tus narices, y hasta te mofas de ellas.

Anne sintió una oleada de indignación.

—¿De verdad estás sugiriendo que el señor Shuflebottom es una excelente oportunidad?

¿Es mi camino hacia la felicidad? ¿Eso es para lo único que sirvo, para atarme a alguien que es prácticamente un desconocido y darle un hijo tras otro mientras las caderas se me van ensanchando y la paciencia se me va acabando?

Nancy se colocó las manos en sus generosas caderas y respondió desafiante:

—¿Como yo, quieres decir?

—Quien se pica…

—¡Anne Louise Loveday! —tronó su padre—. Me avergüenzo de tu comportamiento. Pídele ya mismo disculpas a tu madrastra.

Anne miró a su padre, el traidor, con el mentón alzado.

—Me puedo disculpar por ser maleducada, pero no por decir la verdad.

Anne no era una persona malintencionada, pero la segunda esposa de su padre sacaba lo peor de ella. No podía evitar guardarle rencor a aquella mujer que, siendo solo unos años mayor que ella, le impedía alcanzar la ilusión de su vida.

A continuación, se produjo un silencio incómodo mientras ambos la miraban con cara de pocos amigos, sobre todo la jovencísima mujer de su padre, la cual irradiaba tensión.

—Ya te había dicho que es hora de que se marche —dijo Nancy mientras lo agarraba del brazo—. Con otro bebé en camino, nos hace falta la habitación. Además, sus enfados constantes no me sientan bien.

Su padre miró a Nancy y no expresó su desacuerdo. En vez de eso, suspiró.

—Hablando de marcharse…, más me vale dirigirme cuanto antes a casa de los Barker.

—¿Sin mí? —preguntó Ane.

—Exacto —respondió Nancy por él—. Estoy segura de que la comadrona podrá arreglárselas sin ti.

Anne abrió la boca para protestar, pero en ese instante una manita se agarró a la suya. Miró hacia abajo y, a través de la neblina roja de la ira, se encontró con el rostro surcado de lágrimas de Matilda.

—Anne, me he vuelto a arañar la rodilla. ¿Me ayudas? Antes de que me llene toda la falda de sangre.

—Por supuesto que sí, Matty —contestó Anne, aliviada por aquella pequeña distracción.

Miró a su joven medio hermana con una mezcla de cariño y remordimiento. Ella no tenía culpa de nada.

—Con permiso —añadió llevándose a la chiquilla con ella.

Anne era consciente de que no debía estar resentida con su padre por ser feliz en su segundo matrimonio y con los hijos que habían nacido del mismo, ni tampoco con la mujer con la que él se había casado hacía seis años, solo dos después del fallecimiento de su madre.

Hasta cierto punto, había logrado cumplir este objetivo, pero entonces la nueva señora Loveday asumió el papel de casamentera además del de madrastra y empezó a limitar la participación de Anne en la consulta de su padre.

Nancy no era la responsable de que a las mujeres no se les permitiera ser médicos, cirujanas ni boticarias, pero ¿de verdad aquello implicaba que la única opción que tenía era casarse con un hombre mayor al que apenas conocía?

Tenía veintisiete años y comprendía que el primer rubor de la juventud le quedaba ya muy atrás, así como la posibilidad de elegir entre los mejores pretendientes.

A su edad, era poco probable que pudiera casarse por amor, y ella se había jurado que no se casaría bajo ninguna otra circunstancia.

Volvió a pensar en el infeliz matrimonio de su hermana y en el cansancio que arrastraba su madrastra después de haber dado a luz a cuatro hijos en los últimos seis años —y con un quinto en camino—.

«No, gracias». Anne renunciaría a todo aquello y llevaría una vida de mujer soltera dedicada a ayudar a los demás, igual que la señorita Lotty.

Después de limpiar la herida de la rodilla de la pequeña Matilda y aplicarle un emplasto, volvió a abrir la carta más reciente de Charlotte Newland, la vieja amiga de su madre con la que Anne había mantenido correspondencia a lo largo de los años.

La señorita Lotty era una solterona de cuarenta y tantos años, y había invitado a Anne a visitarla y pasar un tiempo con ella en Painswick.

En un primer momento, Anne había dudado.

Ahora, tras los acontecimientos de aquel día, parecía evidente que debía aceptar.

Anne releyó las líneas que le había escrito la señorita Lotty, colmadas de noticias de lo que sucedía en Painswick y de palabras afectuosas de aquella querida mujer, que le recordaba que la echaba de menos y que había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que se vieron.

Terminaba la carta con una petición de lo más misteriosa:

P. D.: Mi querida Anne, en Painswick hay alguien a quien le vendría bien tu ayuda, aunque no me atrevo a decir su nombre por miedo a que eso te quite las ganas de venir.

Qué extraño…

A pesar de aquel misterio, Anne envió una respuesta aceptando la invitación. Aquello se le antojaba como la oportunidad perfecta para alejarse de una vez por todas de casa de su padre y de los intentos de su madrastra por emparejarla.

* * *

Cuando su padre regresó, Anne se sentía un poco avergonzada por haber perdido los nervios antes.

—¿Cómo se encuentra la señora Barker? —preguntó vacilante.

—De maravilla, igual que el recién nacido. La comadrona logró darle la vuelta y entre los dos pudimos traerlo al mundo sin necesidad de recurrir al instrumental.

Anne exhaló un suspiro de alivio.

—Qué buena noticia. Y, eh…, hablando de noticias, la señorita Charlotte Newland me ha invitado a visitar Painswick. He decidido aceptar.

Su padre dudó un momento y luego asintió lentamente con la cabeza.

—Comprendo.

Su rápida aquiescencia y la idea de tener que separarse de él le provocaron una inesperada punzada de dolor. En otro tiempo habían formado un gran equipo.

—Sé que echas de menos cómo eran las cosas cuando estábamos solos Fanny, tú y yo —dijo él—, pero…

—No, papá. Echo de menos cómo eran cuando estábamos los cuatro. Echo de menos a mamá. Es posible que tú la hayas olvidado, pero yo no puedo.

—¿Qué significa eso de que la he olvidado? No hay día en que no me acuerde de ella y lamente las decisiones que tomé. No debería haberla dejado sola contigo.

Otra puñalada directa a su corazón. Sin duda su padre lamentaba no haber estado presente para rectificar sus yerros. Si él hubiera estado allí, quizá su madre seguiría viva.

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N. del Trad.: Generalmente escrito con doble efe, Shufflebottom es un apellido toponímico inglés. El chiste aquí es que suena como bottom shuffle , que hace referencia a cuando los bebés, en lugar de gatear, se mueven arrastrando el trasero por el suelo.