Susurros en el Aire (Lobos Místicos 2) 62 Soren
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62 Soren

Soren

La toxicidad del aire nos estaba matando a todos a pasos agigantados.

Podía escuchar a través del enlace a decenas de miembros de la manada en diferentes cuadrantes pidiendo auxilio desesperados.

La capota de nubes negras, que ahora permanecía extrañamente estática sobre el cielo de Cuatro Lunas, no permitía que la menor brisa circulara para limpiar la atmósfera.

Los vapores del veneno quemaban de forma devastadora y se seguían esparciendo sin control, llegando intactos a nuestros pulmones.

—Amber... amor, por favor... disipa las nubes... —logré articular entre un ataque de tos desgarrador que me quemaba la garganta.

Coralie, tendida a mi lado sobre la hierba, no se encontraba en mejor estado.

—Amby... por... favor... necesitamos... aire...

De golpe, un ruido seco y pesado retumbó cerca. Me di la vuelta con esfuerzo y vi a Orion desplomado por completo en la hierba, inerte; mientras Bastian y Rhys, arrodillados a su lado y tosiendo sin parar, intentaban desesperadamente hacerlo reaccionar.

Hice un esfuerzo mental sobrehumano tratando de recordar si había máscaras de gas disponibles en los depósitos de la manada; pero si quedaba alguna en reserva, estaría en el laboratorio del hospital y claramente no alcanzarían para proteger a toda la población.

Los vapores de la baba evaporada eran altamente corrosivos.

Sentía la garganta y las vías respiratorias en llamas.

Y si bien el vínculo recién sellado con Amber me daba mayores chances de aguantar el colapso por más tiempo respecto a los demás, a mi lobo le estaba costando horrores seguir el ritmo y curarme a tiempo.

Bastian se acercó gateando con sus últimas fuerzas hasta Coralie y la abrazó por la espalda mientras tosía con violencia.

Ella, en la misma situación límite, se aferró a los brazos de su Alfa llorando en silencio.

Acababa de marcar a mi compañera predestinada de forma definitiva; no iba a permitir que nos muriéramos aquí mismo sin poder disfrutar el uno del otro en esta vida.

—Amber... escucha... Milo tiene la culpa de todo esto... no la gente de la manada... salva a la manada... por favor abre el cielo...

Sus vaivenes mecánicos sobre la tierra y su repetitivo murmullos de no cesaron de golpe, dejándola inmóvil en el sitio con la mirada perdida en la hierba. Lo intenté una vez más, hablándole directo al alma:

—Mi compañera... tú puedes controlar esto... el dolor no te controla a ti... sálvalos a todos...

No podía parar de toser y ni siquiera estaba seguro de que estuviera comprendiendo nada de lo que le decía. Hasta que ella misma comenzó a toser fuertemente por los vapores y algo se activó de golpe en sus ojos y en su expresión.

Milo, a unos metros de distancia, no paraba de reírse con una carcajada desquiciada.

—¡Son sencillamente patéticos! ¡Todos y cada uno de ustedes! ¡Mírense cómo agonizan en el suelo! ¡Y todo por no haberme entregado a su Luna desde el primer día!

—¿Por qué no te afecta a ti…? —la voz de Amber era un susurro rasposo que apenas logró cortar el aire.

—¡Porque el Alfa Jett le otorgó a sus generales el antído a su veneno! ¡Es por eso que yo sigo perfectamente bien mientras tú y tu sarnoso Alfa se mueren de a poco! Pero si aceptas ser mi compañera y volver conmigo a la manada, Jett podrá darte el antídoto para salvarte...

La voz de Milo sonaba cada vez más lejana y distorsionada en mis oídos. Mierda... esto me estaba afectando demasiado y sabía que no duraría consciente mucho más tiempo en estas condiciones.

Por el rabillo del ojo vi que Amber se levantaba despacio del suelo. Le costaba mantenerse de pie debido a los espasmos de la tos que le sacudían el pecho, pero aun así se las arregló para erguirse y gritarle a su no tan amigo de la infancia con pura furia:

—¡JAMÁS IRÉ CONTIGO! ¡MATASTE A MI FAMILIA! ¡MATASTE A TU PROPIA FAMILIA! ¡ERES UN ASESINO DESPRECIABLE QUE MORIRÁ DE LA PEOR MANERA POSIBLE! ¡TU DOLOR SUPERARÁ CON CRECES EL DE TODAS TUS VÍCTIMAS JUNTAS!

De la nada misma, un viento fuerte, helado y profundamente fresco comenzó a circular en espiral a nuestro alrededor.

Amber movía sus manos y brazos con una precisión y una elegancia majestuosas, ejecutando movimientos circulares.

Cuando tuve la vista un poco más despejada, me di cuenta con asombro de que estaba recolectando todos los vapores tóxicos presentes en el aire de la plaza.

Viendo que Milo y los místicos a su lado intentaban alejarse sigilosamente hacia la linde del bosque para huir, Amber, con un movimiento rápido y certero de sus dedos, lanzó una ráfaga de dagas de aire puro que los atravesó y los clavó literalmente contra los troncos de los árboles cercanos, dejándolos inmovilizados.

Siguió juntando las toxinas de la atmósfera en una esfera de aire presurizado donde se visualizaban densos hilos de un color violáceo, los cuales supuse eran el veneno concentrado.

Comenzó a reducir el volumen de la esfera hasta dejarla del tamaño exacto de un balón de fútbol violeta concentrado y la dirigió a toda velocidad directamente hacia la cabeza de Milo.

El traidor vio de pronto su cabeza completamente atrapada en la esfera de aire tóxico concentrado.

Llevándose deseperadamente ambas manos a la garganta e intentando en vano disipar la burbuja, comenzó a toser descontroladamente sin poder aspirar una sola molécula de oxígeno limpio.

Se le escuchaba maldecir ahogado, inhalando toda el aire tóxico presente.

Amber hizo que el aire contaminado entrara a la fuerza a sus pulmones, haciéndolo colapsar por completo desde el interior de sus órganos.

Sus ojos y su boca comenzaron a gotear sangre negra a borbotones, mientras convulsionaba de dolor hasta caer sobre la tierra con un ruido sordo que marcó su final definitivo.

Amber se quedó mirándolo fijamente, agitada, con una mirada cargada de una furia y un resentimiento desgarradores por aquel que debió haber sido un amigo de la infancia, y que en cambio había destruido su vida entera.

Volvió en sí del trance cuando nos escuchó toser a los demás. Si bien había disipado la toxicidad flotante en el aire de la plaza, todos en la manada habíamos inhalado demasiado veneno en los minutos previos, y no aguantaríamos mucho más tiempo con vida antes de terminar colapsando como Milo.

Vino corriendo a mi lado y tomó mi rostro entre sus cálidas manos y me miró con total desesperación.

—¿Qué puedo hacer, Soren? ¡Dime, por favor! ¡Dime qué puedo hacer para salvarlos a todos?...

No paraba de llorar en silencio sobre mi pecho.

—Amber... —habló Coralie a su lado, mientras se limpiaba con el dorso de la mano un hilo de sangre que le caía por la comisura del labio—. Pídele... ayuda... a la Diosa…

—¿A la Diosa...? —Amber la miraba desconcertada y aterrorizada al ver que Coralie no paraba de sangrar por la boca.

—Sí... pídeselo...

Amber se quedó pensativa. Luego asintió y giró el rostro hacia mí. Tomó mis manos entre las suyas con firmeza y cerró los ojos.

—Por favor, Diosa de la Luna... Permíteme salvarlos. Permíteme salvar a tus hijos. Sé que no nos habrías enviado hasta aquí de no quererlo así... Déjame ser tu instrumento… y déjame cuidar de tu manada...

Por un instante no pasó absolutamente nada.

Como respuesta cruenta, Rhys y Bastian comenzaron a toser hilos de sangre sobre la hierba.

Orion seguía inmóvil en el suelo sin dar señales de vida.

No podía ver a los demás, pero sabía que no estarían en mejores condiciones.

Solo esperaba que Alex y Layla estuvieran a salvo en el hospital, sobre todo ella, que ya había sufrido demasiado en el interior de la garita.

De golpe, nuestras manos unidas comenzaron a brillar con un resplandor cegador.

Levanté la vista con el último aliento para ver que Amber estaba cambiando físicamente ante nuestros ojos.

Comenzó a resplandecer con halos dorados y plateados.

Un vestido vaporoso tejido de viento y luz comenzó a cubrir su cuerpo, dándole la apariencia de una divinidad.

Una verdadera Diosa del Aire. Se levantó de la tierra con una gracia, una serenidad y una elegancia jamás vistas y se encaminó a pasos firmes hacia el centro de la plaza.

Al igual que había hecho en el claro del bosque cuando buscábamos pistas, direccionó corrientes de aire puro en todas las direcciones del territorio.

Pero esta vez, esas brisas sagradas se introducían suavemente en las bocas y narices de cada lobo herido, para luego salir teñidas con los mismos hilos violáceos del veneno extraído de sus cuerpos.

¡Mi compañera predestinada estaba retirando directamente el veneno de los pulmones de todos los miembros de la manada!

En el instante preciso en que la última hebra de veneno salió de mi propio cuerpo, sentí un alivio físico inmediato.

Mi lobo recuperó de golpe toda su energía y en menos de un minuto me encontraba de pie, regenerado y rebosante de vitalidad.

Vi cómo el mismo aire enrarecido salía de los pulmones de Orion, haciéndolo despertar de golpe con una profunda bocanada de aire y sentarse en la hierba totalmente anonadado.

Bastian y Coralie le sonreían con una devoción absoluta a Amber mientras la veían reunir el veneno purificado en una bola gigante de gas violáceo a unos metros por encima de su cabeza.

Cuando todas las corrientes de retorno cesaron de llegar a la plaza —lo cual significaba que hasta el último miembro de la manada estaba completamente a salvo de la toxina—, Amber envió la esfera gigante de veneno hacia lo más alto del cielo para que se dispersara de forma inofensiva con fuertes ráfagas de viento conjuradas por ella misma.

Los lobos de la manada, al sentir que podían respirar aire puro nuevamente, comenzaron a salir paulatinamente de sus escondites, del hospital y de los centros de evacuación, dirigiéndose en masa hacia la plaza central. Todos venían siguiendo los rastros de las brisas que los habían salvado.

Podía escuchar a mi alrededor profundos jadeos de admiración, devoción y absoluto estupor cuando, al llegar al predio, veían a la Diosa del Aire parada delante de ellos: brillante, majestuosa y poderosa.

Aquella a la que algunos habían juzgado en el pasado, yo incluido, nos había salvado a todos con sus increíbles habilidades.

Aquella que era una guerrera invencible y de la que estaba tan orgulloso que se me henchía el alma.

Aquella que era mi impresionante Luna y afortunadamente mi compañera de vida.