59 Alex
Alex
Mi compañera estaba en peligro mortal a escasos metros de mí y yo no podía hacer absolutamente nada para salvarla.
Se iba a morir asfixiada delante de mis propios ojos y no podía hacer otra cosa que hablarle con la mente a través de nuestro enlace.
Me sentía la criatura más impotente de todo el continente.
Toda esta fuerza física de Beta, todo este estatus de líder...
para nada. Únicamente podía verla a través del cristal blindado cómo cuidaba, contenía y tranquilizaba con una sonrisa a los cachorros de la escuela mientras de a poco se iba quedando sin oxígeno.
¡La Diosa de la Luna no puede quitármela así! Sé con absoluta certeza que no sobreviviré a su pérdida...
De repente, escuché un ruido sordo de pasos a mis espaldas y vi a Layla levantarse de golpe del suelo de la garita, mirando fijamente un punto detrás de mí.
Mientras me daba la vuelta en guardia, vi de reojo a un lobo místico enemigo que cargaba a toda velocidad sobre mi posición.
Llegué de casualidad a esquivar su embestida por un costado, dejando que, con la misma inercia de su ataque, su enorme cuerpo golpeara de lleno contra la estructura de la garita.
¿Tal vez con la fuerza de sus garras podría romper el metal o el vidrio blindado? Me ilusioné por un segundo.
No tuve tanta suerte. El lobo seguía con vida tras el choque, solo un poco aturdido, y la maldita cabina continuaba intacta, sin un solo rasguño en la superficie.
Aproveché el despiste temporal del místico para dejar salir mis garras y le arranqué la garganta de un golpe seco.
Ya había hecho lo mismo minutos antes con un par de rebeldes, que únicamente lograron mancharme los brazos con esa cosa viscosa y negra.
Gracias a un enjuague de agua limpia que me dio Doc hace rato, seguía de pie frente a la garita contemplando con el alma en el piso cómo mi compañera de a poco perdía sus fuerzas.
Antes del enjuague, ni siquiera pensé en lavarme el veneno de la piel, a pesar de la furia que me transmitía Layla por el enlace para que lo hiciera de inmediato. Si ella estaba sufriendo y muriéndose allá adentro, entonces yo también sufriría con ella afuera. Jamás la dejaría sola en la agonía.
Solo me convenció de dejarme lavar cuando me dijo entre lágrimas que sentía a través de nuestro vínculo cómo me afectaba físicamente el veneno.
Como no quería cargarle más dolor del que ya tenía, me dejé empapar por la manguera hasta lavarlo.
Pero de este lugar no me movería por nada del mundo.
No podía dejarla sola para ir a luchar y arriesgarme a no verla nunca más.
Layla siempre fue una loba tan profundamente empática...
Entendía a la perfección por qué entró corriendo dentro de esa trampa junto con los cachorros cuando sonó la sirena; aun así, mi parte egoísta hubiese preferido mil veces que ella se quedara afuera, que otra persona hubiese estado en su lugar en esa cabina.
De repente, una mano fina cubierta con pelo dorado y garras afiladas se posó con firmeza sobre mi hombro.
Me di la vuelta sorprendido ante el toque gentil, solo para ver a Amber que me sonreía con una calma desarmante.
Coralie estaba justo a su lado, ambas desplegando su segunda transformación mística.
La forma casi plateada de Coralie y la dorada de Amber se dirigieron de inmediato ante las puertas obturadas de la garita.
Le dejaron el paso primero a Amy y a Carla, quienes, pertrechadas con unos sopletes de soldadura profesional conectados a sus respectivos tanques de gas a la espalda, comenzaron a calentar al rojo vivo la unión central de las puertas metálicas, generando un calor verdaderamente impresionante en el ambiente.
Enseguida, las dos Lunas se dieron la vuelta y formaron un escudo protector alrededor de las chicas, quienes trabajaban sin descanso intentando derretir la aleación del metal.
Luego de unos minutos de fuego directo, y viendo que los niños y Layla estaban todos tendidos en el suelo, completamente transpirados y boqueando desesperadamente por la falta de oxígeno, las chicas apagaron las antorchas y corrieron protegidas por sus parejas de regreso hacia el hospital.
Coralie y Amber, en cambio, se posicionaron al frente y comenzaron a enfriar drásticamente con hielo y aire helado el mismo punto exacto que Amy y Carla habían puesto candente.
De repente, un rebelde fuera de sí se abalanzó por la espalda sobre Amber; la Luna de Soren simplemente dejó de apuntar a la puerta un segundo y dirigió el aire hacia el cuerpo del rebelde con una ráfaga.
El infeliz se desplomó como un bloque sólido en el piso antes de rozarla.
Recién entonces pude reaccionar de mi estupor: corrí hacia el rebelde congelado y le rompí el cuello de una patada, evitando cuidadosamente todo contacto directo con la baba negra que supuraba de su boca.
Amber, con un andar tranquilo y seguro —inusual dada la situación, debo decir— se acercó a Soren y a Orion, quienes estaban luchando cuerpo a cuerpo contra un lobo místico enemigo cada uno.
—Disculpen chicos... ¿Me los prestan un segundo?
Y de la nada misma, Amber agarró un pie de cada lobo gigante y comenzó a arrastrarlos por la hierba hacia la garita como si fueran dos bolsas de trapo.
Los tres —Soren, Orion y yo— nos la quedamos mirando completamente estupefactos, sin entender a hacía donde o para qué demonios quería llevarse a dos lobos enemigos.
—Cory, creo que el metal ya está al límite. ¡Hazte a un lado! —le avisó Amber.
Cory miró hacia atrás y vio a Amber arrastrando a los dos místicos por los tobillos.
Inmediatamente dio un par de pasos elegantes hacia un costado y, con un gesto teatral de bienvenida con las manos, dejó que Amber arrojara con fuerza sobrehumana a uno de los místicos directamente contra la puerta metálica.
La colisión fue de tal violencia que se escuchó un sonoro y crujiente crack en la aleación destemplada.
Seguidamente, Amber hizo exactamente lo mismo con el otro místico, escuchándose otro devastador crack en el centro de las hojas.
Satisfecha con el impacto, volvió a arrojar a ambos enemigos lejos hacia la maleza del bosque como si no pesaran más que una pluma, y se dio la vuelta para admirar orgullosa su obra ante Coralie, quien la observaba con una ceja levantada.
—¿Qué? Te dije que me quedé sin la rama...
—¿Y las dagas? —inquirió Cory.
—Se me cansaron los brazos... además, estos tipos tienen que servir para algo, no pueden ser tan inútiles —dijo Amber, señalando con el pulgar a los dos místicos aturdidos en la maleza.
Coralie dejó escapar una risa limpia y cantarina, mientras Amber se colocaba decidida delante de las puertas quebradas de la cabina.
—Alex —dijo mi Luna, dándome la espalda—, prepárate para sacar a Layla de allí en cuanto abra la estructura y llevarla volando al hospital.
Cory cubrirá la salida. Asegúrate de que haya guardias y civiles que puedan acercarse de inmediato a sacar a los niños, por favor.
Todos en esa garita necesitarán atención médica urgente.
Estaba tan infinitamente impresionado con la autoridad de Amber que ni siquiera pude responder con palabras.
Únicamente pude observar cómo, con movimientos fluidos de sus manos, dirigía corrientes masivas de aire hacia el interior de la cabina a través de las hendiduras que habían hecho los cuerpos de los místicos al impactar.
Por un par de segundos no pasó absolutamente nada...
hasta que un estruendo ensordecedor sacudió la plaza.
Los vidrios blindados de la garita cedieron por la presurización interna, rompiéndose en mil pedazos que salieron despedidos hacia afuera.
El techo completo, junto con el saboteado sistema de ventilación, salió disparado por los aires como un tapón de sidra; y las dos puertas de acero, profundamente debilitadas por el calor de los sopletes y el frío del hielo, se abrieron de par en par como los pétalos mecánicos de una flor destruida.
Se escuchó claramente cómo todos los cachorros jadearon al unísono, dando una profunda e insaciable bocanada de aire puro.
Layla intentó ponerse de pie sobre sus piernas temblorosas y solo entonces pude volver a moverme.
Corrí frenéticamente a su lado, la tomé en volandas con la mayor delicadeza posible y la pegué a mi pecho.
Tuve que tomarme un instante para hundir el rostro en su cuello e inhalar su aroma, reconfortando a mi lobo y calmando la angustia brutal que me dominaba.
Comencé a correr a máxima velocidad en dirección a la entrada del hospital, viendo cómo se acercaban hacia mi trayectoria algunos rebeldes infectados, seguramente atraídos por el ruido de la explosión de la garita.
No tuve ni medio segundo para decidir entre seguir corriendo con Layla en brazos hacia el hospital o dejar a mi compañera en el piso para ponerme a luchar, porque Coralie se interpuso entre los rebeldes y nosotros, levantando ambos brazos en una diagonal ascendente.
En respuesta a su gesto, una enorme ola de agua mezclada con veneno tomada de la fuente, se materializó en el aire entre ella y los atacantes, congelándose en el acto con un chasquido helado.
La pared de hielo sirvió de barrera protectora instantánea y generó un corredor directo y seguro hacia el ingreso del hospital.
Mientras me aproximaba a las puertas dobles del centro médico con Layla en mis brazos, varios lobos y lobas salieron corriendo hacia la garita destruida para rescatar a los niños y traerlos de vuelta al hospital al resguardo de la muralla de hielo de la Luna de Bastian.
Realmente me sentía más que infinitamente agradecido con la Diosa de la Luna por habernos otorgado la protección, la valentía y el poder supremo de estas guerreras elementales.