58 Coralie
Coralie
Gracias a mi hielo y al control impecable del aire y la presión que estaba ejerciendo Amber, ya habíamos logrado abrir siete de las dieciséis cabinas saboteadas en toda la manada.
Aun así, ambas sabíamos que no íbamos a una velocidad lo suficientemente rápida.
A este paso, íbamos a lamentar más de una pérdida.
—¡Necesitamos ayuda urgente, Amber! —le grité contra el viento—. No somos lo suficientemente rápidas nosotras dos solas.
—¡Lo sé! —me respondió ella, limpiándose el sudor de la frente—.
¡Tal vez si alguien pudiera adelantarse a la siguiente posición con algún soplete de alta potencia!
La diferencia del calor intenso a nuestro frío helado debería destemplar y romper muchísimo más rápido las uniones del metal o el policarbonato blindado.
—¡Le avisaré de inmediato a las chicas! Tal vez ellas puedan acceder a los sopletes. Están desplegadas en los centros de evacuación.
—Genial. Diles que vayan directo a la siguiente garita en nuestra lista; de esta forma no le daremos tiempo al metal de enfriarse demasiado antes de nuestra llegada.
—¡Hecho!
«¡Amy! ¡Layla! ¡María! ¡Carla! ¿Se encuentran todas bien?», las contacté a través del enlace mental.
«¡Cory! ¡Estoy en el hospital con Doc administrando antídotos!
», la voz de María sonaba asustada, agitada y al borde del agotamiento.
«¡Doc cada tanto sale a la plaza con la manguera de alta presión para enjuagar a los soldados y a los Alfas y limpiar la fuente!
¡Esta nueva cepa de la baba es tremendamente venenosa, Cory!
¡No sé si lo lograremos!». Realmente teníamos que apurarnos a liberar a la gente e ir a dar una mano en la batalla.
«¡Yo estoy en el gimnasio!», intervino Carla.
«¡Brian se acaba de ir corriendo hacia la plaza central a ayudar a los Alfas, que están apenas resistiendo la embestida!
¡Aquí en el refugio hay algunas lobas muy asustadas por sus hijos, pero no puedo hacer más que intentar calmarlas con palabras!
¡Parece ser que casi todos los niños de la escuela están atrapados en las garitas de la zona central, debido a que estaban entrenando allí cuando comenzó el ataque! ».
«¡Yo también!», se sumó Amy. «Al igual que Carla, estoy en el área residencial de la casa de la manada, tratando de calmar a todos los civiles que están histéricos por la falta de noticias sobre los niños». Amy, a diferencia de las demás, sonaba profundamente furiosa y frustrada.
«Yo estoy atrapada adentro de una garita cerca de la plaza con los niños de mi curso y algunos más», la voz de Layla nos llegó con una serenidad impresionante desde el encierro.
«El nivel de oxígeno en la cabina está bajando considerablemente, pero por lo que supe, en menor medida que en las garitas atestadas únicamente de adultos.
Por suerte los cachorros son sumamente valientes y saben que tienen que quedarse tranquilos en el piso para darles más tiempo a los Alfas de encontrar al responsable y abrir estas cosas desde afuera».
«¡No te preocupes Layla, ya vamos para allá!
», le prometí. «Chicas, escuchen con atención por favor.
Con Amber estamos abriendo las garitas con hielo y aire presurizado, pero vamos demasiado lentas y no llegaremos a tiempo para abrir las nueve que nos faltan.
Amy, Carla, necesito que consigan sopletes de soldadura con tanques de gas para ir calentando al rojo vivo las puertas de las garitas que restan.
María, tú quédate en el hospital asistiendo con el antídoto.
Layla, ¡aguanta un poco más que allí vamos! ».
«En el taller de herramientas de la casa de la manada hay varios sopletes profesionales; son los mismos que sirvieron para asegurar las estructuras del techo del gimnasio tras el tornado», Amy sonaba agitada, así que supuse de inmediato que ya estaba en plena acción.
«Voy corriendo por ellos ahora mismo. Cory, dime exactamente hacia qué garita ir y hacia dónde apuntar con la llama. Nos reuniremos con Carla allí».
Les indiqué minuciosamente a ambas cual era el orden de las garitas que necesitábamos que sabotearan térmicamente con fuego, mientras nosotras seguíamos intentando abrir la octava.
Con Amber nos pusimos manos a la obra. Luego de un rato me preguntó:
—¿Lograron coordinar para llegar a la próxima garita?
—Sí, ya están en camino para ir calentando las puertas metálicas justo en la unión central —le confirmé—. Dejaron de lado el intento en los vidrios blindados ya que no hacían más que rajarse un poco por la superficie, pero nada más. Eso nos pasa por comprar infraestructura de excelente calidad...
—Jejeje, en realidad aquí lo único que falló estrepitosamente fue la intervención de Milo, no la calidad de las garitas —afirmó Amber con seguridad—. No te preocupes, van a ceder muchísimo más rápido al pasar del calor extremo al frío helado. Veamos si puedo acelerar un poco este proceso...
Se distanció un par de metros de la estructura y me hizo un gesto rápido con la cabeza para que me apartara de la trayectoria de impacto.
Luego, comenzó a ejecutar movimientos precisos, veloces y fluidos con sus brazos y manos en el aire, como si estuviese lanzando docenas de cuchillos invisibles.
De la nada misma, se formaron corrientes comprimidas que tomaron la forma de dagas de viento puro, las cuales impactaron de lleno contra el hielo acumulado en la puerta.
Se sucedieron de forma continua y certera hasta que se escuchó un crack metálico tan horriblemente fuerte que hizo que varios pájaros salieran volando asustados de los árboles circundantes, y que la gente atrapada en la cabina dejara escapar un jadeo de puro susto.
Amber esbozó una sonrisa de lado y, por octava vez en la jornada, introdujo un hilo de aire presurizado hacia el interior de la cabina, haciendo que la garita implosionara y volara en pedazos controlados hacia afuera.
La gente adentro respiró profundamente el aire puro, aliviada, y los guardias que estaban apostados cerca se apresuraron a ayudarlos a salir de los escombros y a guiarlos hacia el refugio más cercano.
—¿Un nuevo truco? —le pregunté a Amber entre risas, refiriéndome a las letales dagas de aire.
—Tuve que improvisar sobre la marcha... se me terminó de romper la rama en la garita anterior —dijo, encogiéndose de hombros como si no hubiera hecho nada fuera de lo común. No pude evitar sonreír de puro orgullo por mi hermana.
—¡Vamos de inmediato a la garita que sigue! Las chicas ya están en camino hacia la otra en la lista. Tienen que correr con esos pesados tanques de gas a cuestas, así que se desplazan un poco más lento por el bosque —le indiqué.
Amber asintió rígidamente y nos fuimos corriendo a máxima velocidad en nuestras formas místicas hacia la octava posición.
Cuando llegamos al punto, las puertas metálicas en la parte central estaban literalmente al rojo vivo por el trabajo previo de Amy y Carla, al igual que las personas dentro, que transpiraban profusamente por el calor sofocante que se había transmitido al interior.
Sin perder un solo segundo, comencé a proyectar mi hielo sobre el metal candente, ayudada por Amber, quien canalizaba una ráfaga de aire helado directo a la ranura.
Amber volvió a lanzar sus precisas dagas de viento con fuerza desmedida y, en muchísimo menos tiempo del previsto, se comenzaron a escuchar los cracks térmicos tan característicos que nos indicaron que la aleación de acero finalmente había cedido.
Amber volvió a colar el aire presurizado en la ranura, haciendo que la garita se abriera de par en par con un estruendo metálico.
Gracias a las chicas habíamos ganado una enorme cantidad de tiempo. Ahora sí existía una esperanza real de llegar a tiempo para salvarlos a todos antes de que la baba negra destruyera nuestra manada.